Bagdad (1949)
Los títulos de ambiente
oriental durante la Segunda Guerra Mundial ⸺se llegó a llamar “el filón de Alá”⸺ llenaron las salas de cine en Estados Unidos y fueron el medio más eficaz
de escapismo para espectadores que ansiaban olvidar la terrible actualidad. La
Universal fue uno de los estudios que se dedicó con más empeño a este tipo de
producciones. Al finalizar la guerra, la compañía continuó con buen ritmo dicha
actividad, esta vez para combatir otro enemigo: la televisión.
Las armas con las que contaba la Universal eran cada vez mejores: al color se le unieron los grandes formatos panorámicos para encuadrar las historias exóticas de siempre, y con estrellas que seguían dando buenos dividendos. Uno de los directores que destacaron en el género fue Charles Lamont, y una de sus películas señeras fue Bagdad.
La acción se desarrolla en el Irak dominado por los turcos donde una princesa, educada en Inglaterra, regresa a su país para ver con horror cómo su padre es asesinado por la banda de las túnicas negras. El líder de los criminales es desconocido, pero todas las sospechas recaen en el príncipe de una tribu de beduinos, que se desvive por demostrar su inocencia.
La trama es una especie de
refrito de varios de los relatos de Las mil y una noches. De ahí, los lugares
comunes de este género que solían aparecer en filmes como Bagdad:
nombres de Aladino, Ali Babá o Sherezade en personajes secundarios, para dar
ambiente a la historia; la danza de los siete velos, a cargo de la estrella; el
malo de turno ⸺nadie mejor que Vincent Price⸺, que ansía “ser califa en lugar
del califa”, igual que el famoso comic Iznogud de Goscinny y Tabary; y,
en fin, un miembro de la realeza escondido tras el personaje de esclavo, mendigo
o, como en Bagdad, conductor de camellos.
Protagonizada por Maureen O’Hara (llamada, con razón, la Reina del Technicolor) y el desconocido Paul Christian, la cinta se queda algo coja al carecer de una estrella masculina a la altura de la célebre odalisca. No obstante, la presencia de la pelirroja en pantalla es tan irresistible que ella sola puede con todo.
Los hermanos Barbarroja (Flame of Araby, 1951)
Con el artesano Charles
Lamont de nuevo al frente del proyecto, y con parte de su equipo, donde destaca
el director de fotografía Russell Metty, Los hermanos Barbarroja
sigue los mismos derroteros que Bagdad en cuanto a exotismo,
aventura y presencia estelar de Maureen O’Hara al frente del reparto.
La actriz da vida, otra vez, a una princesa, en este caso la hija del califa de Túnez, que también se queda huérfana. Los hermanos del título son unos conocidos piratas que tienen aterrorizada la ciudad y desean ganar una famosa carrera de caballos para que uno de ellos pueda casarse con la princesa. Eso sí, tendrán que competir con un beduino que posee el mejor caballo de la zona.
Charles Lamont, más conocido por ser el director de varias películas de la pareja Abbott y Costello, dirige una cinta que corrige la anterior al contar en el reparto con alguien de más renombre: Jeff Chandler. Un actor que se recuerda más por cintas del oeste como la excelente Flecha rota (Broken Arrow de Delmer Daves, 1950).
De todas formas, Chandler
no desentona demasiado como árabe en Los hermanos Barbarroja
porque la película es casi un western. Y es que la trama gira alrededor de
un caballo de pura sangre que todos ansían: el beduino (Chandler) porque le
dará suerte y reinará en su tribu como un héroe; uno de los hermanos Barbarroja
(Lon Chaney Jr.) porque quiere la mano de la princesa; y la propia princesa (Maureen)
porque lo necesita para convencer al beduino, que gane la carrera y, de paso, ¿alguien
lo dudaba?, casarse con él.
Nuevas aventuras, pero viejos clichés, de nuevo extraídos de Las mil y una noches, con decorados orientales, danzas varias y muchas correrías de acá para allá; y hasta una carrera de caballos emocionante. Eso es lo que promete esta película sin muchas pretensiones, ideal para disfrutar los sábados por la tarde con una de capa y espada; o de chilaba y cimitarra, como es el caso.








