Sí, soy yo, Dexter, tu amigo, tu compi, tu fiel seguidor ¡¡ por fiiiiin¡¡ Hace unos meses recibí en el buzón de mi correo electrónico un amable mensaje tuyo en el que me invitabas a formar parte del grupo de colaboradores que escriben y opinan de cine en tu blog. Como recordarás aquella vez me negué y te di con la puerta en las narices aduciendo excusas que ahora no vienen muy bien al caso. Pasó el tiempo, me lo pensé mejor, reconsideré mi postura y entonces fui yo el que de forma lastimosa se arrastró ante ti suplicándote un hueco entre tus blogueros. Fíjate que yo creía que ibas a devolverme la pelota y esta vez ibas a ser tú el que me diera con la puerta en las narices –debiste haberlo hecho en pago a mi desconsideración- pero no, te mostraste encantado con la idea y me dijiste que adelante. Y bueno, aquí me tienes, uff qué nervios dispuesto a empezar. Para agradecerte la confianza, voy a hacerlo con una película que yo adoro y sé que tú también puesto que así me lo has hecho saber en alguna otra ocasión. Se trata de Diarios de motocicleta de Walter Sayles, una maravilla que a pesar de tener sólo un lustro de antigüedad ha entrado ya a formar parte del selecto grupo de películas de mi vida.

Esto no quiere decir que la película haya de leerse en clave política ni mucho menos, no es éste el objetivo que perseguían su director y sus responsables. Quien vea aquí un panfleto politizado y propagandístico se equivoca de pleno; allá ellos, por el camino se pierde poder disfrutar con la belleza de una obra inigualable. Lo que Salles pretende simplemente es mostrarnos la historia de un joven que se asoma por primera vez al mundo y descubre las miserias que lo pueblan. Diarios de motocicleta es un canto a la juventud, la ecología- se nota que Redford respalda el proyecto- y el idealismo, y se aleja bastante en este sentido de la reciente recreación que de la figura del revolucionario ha realizado este año el norteamericano Steven Soderbergh.
El film adopta la estructura de una "road movie" que relata el viaje iniciático de sus dos protagonistas. A través de él y en paralelo con Guevara y Granados vamos descubriendo la riqueza social, cultural y física de todo un continente. Al igual que los dos amigos, vamos conociendo la sencillez de sus gentes, la mayoría pobres desheredados que no tienen nada y que a cambio están dispuestos a ofrecerlo todo, y la majestuosidad de unos paisajes irrepetibles, frente a los cuales el ser humano no puede más que sentirse pequeño, y que sin embargo y de forma paradójica empiezan ya a sufrir el devastador efecto que produce la mano del hombre. Diarios de motocicleta es una llamada directa a la emoción, a la alegría de vivir, a la utopía. Quizá sólo usando los dictados del corazón logremos, como cantaba Drexler, ver la luz al otro lado del río.