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martes, 4 de octubre de 2011

TÉ CON MUSSOLINI (Tea with Mussolini de Franco Zefirelli, 1999)

Siempre resulta gratificante recorrer la filmografía de un director y encontrar en ella alguna película singular, una cinta personal que se aparta premeditadamente de lo habitual, que incluso puede recurrir a la propia vida del autor, o a sus aficiones más queridas, para presentarlas en pantalla como si de un manifiesto, testamento o diario intimo se tratara, con el objetivo de dejarlo registrado para la posteridad. Todo esto se nos antoja que haya sido la intención de Franco Zefirelli en su mejor película hasta la fecha.


Como decimos, Zefirelli se apoya en su autobiografía para escribir y dirigir este filme basado en las vidas de un grupo de damas inglesas retenidas en Italia durante la Segunda Guerra Mundial. Es, por tanto, un retrato coral donde las mujeres son las protagonistas. Personajes femeninos muy ricos en matices, brillantemente expuestos por el realizador italiano emulando al mejor Cukor y sintiéndose muy a gusto con el reto.

Las “Scorpioni”, que así llaman al grupo de viejas aristócratas, viven en Florencia, de forma inocente ajenas a un mundo a punto de estallar, y convencidas de su inmunidad gracias a una tarde en la que El Duce las invitó a tomar el té. Pronto se darán cuenta de que las promesas del dictador eran vanas, y sentirán muy de cerca el drama bélico cuando queden recluidas a la fuerza, como si fueran —que lo son— prisioneras de guerra.

La trama es original, pero la calidad de la cinta viene a raíz de las actuaciones. Todas las actrices están estupendas: Maggie Smith es la líder del grupo, la más ingenua de todas, pero también la más enérgica (como la propia Inglaterra de Chamberlain que se creía, o hacía la vista gorda, a todas las mentiras de Hitler y no reaccionaba a sus conquistas hasta que invadió Polonia); Joan Plowright es la que aporta el punto de vista de la narración junto al niño que protege (el alter ego del propio Zefirelli); Cher es la americana, la que simboliza la vida despreocupada del otro lado del "charco", pero también la realidad y la tragedia del conflicto al ser judía; Lily Tomlin, da vida a una arqueóloga lesbiana que ejerce como tal sin ningún prejuicio, adelantándose a su época (y dejando que el director opine sobre esta cuestión); y, finalmente, Judi Dench, encarna a una enamorada del arte, que antepone su propia vida para defender la belleza, otra de las constantes en la vida del cineasta, un director consagrado a la representación artística, en particular a la escena.


Y es que, aunque Franco Zefirelli parece que en Tea with Mussolini se aleje de la ópera, sin embargo lo que realmente fabrica es un homenaje a la lengua inglesa, a los clásicos, con Shakespeare a la cabeza, al que aprendió a admirar y querer desde la infancia, y al arte en general siempre presente en su Florencia natal. No, no se distancia tanto de las tablas, al menos no en ambientación, ni en la puesta en escena coral gracias a la profusión de planos generales.

Es decir, Zeffirelli acierta con la narrativa, con las intérpretes y con una forma de rodar muy británica, casi podríamos decir cercana a James Ivory. Sobre todo en la primera parte, cuando el grupo aún vive en el final de la década de los treinta como si sus relojes se hubieran detenido en los felices veinte, con una venda en los ojos. Como muchos en aquella época: los que querían vivir sin creerse lo que parecía inevitable, la guerra más sangrienta de la historia.

Ver Ficha de Té con Mussolini.



lunes, 25 de agosto de 2008

VENGANZA DEL DESTINO (Under My Skin de Jean Negulesco, 1950)

En un sistema de producción cinematográfico como el americano de los años cuarenta y cincuenta, que funcionaba como una maquinaria perfecta, debía ser todo un acontecimiento para un director el poder filmar una cinta y hacerla personal, en el sentido de incluir recuerdos, ilusiones o aficiones de su propia existencia. Los contratos cerrados, los guiones impuestos, las estrellas del estudio y los productores no dejaban mucho margen de actuación a los realizadores. Por eso cuando vemos una película e identificamos parte de la vida del autor en ella, pensamos lo especial que le debió resultar el rodaje. La satisfacción de captar con imágenes evocaciones de la juventud seguro que premió a Jean Negulesco con creces su trabajo en Venganza del Destino.



Y es que el guión de Casey Robinson -todo un especialista-, basado en la novela “My Old Man” de Ernest Hemingway, se prestaba a que Negulesco se recreara con París, la ciudad en la que pasó sus años como pintor antes de dedicarse al cine. Los cafés bohemios; las panorámicas de la ciudad, con la Torre Eiffel presidiendo las tomas; las calles luminosas de la ciudad, con escenas cotidianas, se insertaban convenientemente en una trama paradójicamente obscura: un jockey viudo (John Garfield) y su hijo huyen de Italia, después de una carrera amañada que sale mal; se instalan en París, pero el pasado lejano en forma de mujer (Micheline Presle) y el más inmediato, amenazante, de un gangster que busca vengarse, se cruzan en su tortuoso camino.

El entorno por donde transcurre la historia es el de los hipódromos, las cuadras o las apuestas; pero la trama casi se corresponde más con el subgénero pugilístico, y no sólo por el aspecto del protagonista –John Garfied cuando se entrena parece más un boxeador que prepara un combate que un jockey perdiendo peso- sino por el conflicto interior del personaje que se debate entre ser fiel a su hijo –y a sí mismo- y ganar la carrera o seguir con el juego sucio para evitar una muerte segura. Además el argumento sigue muy de cerca a aquel éxito de King Vidor: El Campeón (The Champ, 1931), un dramón con Jackie Cooper y Wallace Berry que sufrió un remake en los años setenta a cargo de Franco Zeffirelli.

Pero Negulesco evita con éxito la lágrima fácil y sigue a los personajes con movimientos aparentemente sencillos de cámara e introduce algunas secuencias para enmarcar: la de la carrera final, con un caballo sin jinete que persigue a Garfield en una especie de pesadilla premonitoria; o el plano hustoniano que cierra el largometraje, donde el director contrasta la importancia de los seres queridos frente al dinero (los papeles de las apuestas se las lleva el viento).

Jean Negulesco tuvo una carrera irregular, su decadencia en los años sesenta cuando se dedicó a filmar comedias románticas “turísticas” no pueden hacernos olvidar las excelentes cintas que dirigió. Una de ellas fue Venganza del Destino, una película que refleja su verdadera vocación: la de pintor. El filme arranca con Dan Butler (John Garfield) y su hijo en la campiña italiana, entrenando. Rendidos por el esfuerzo se sientan debajo de un árbol para descansar. Cuando el padre señala hacia la aldea cercana, Negulesco encuadra una antigua ermita y fija la cámara/lienzo; en ese momento se oye la voz de Dan en off: “fíjate, es como una postal ¿eh?“

Ver Ficha de Venganza del Destino.
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