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martes, 31 de mayo de 2011

MIDNIGHT IN PARIS (Woody Allen, 2011)

Nueva entrega turística de Woody Allen, pero mucho mejor —muchísimo mejor— que la decepcionante Vicky Cristina Barcelona (2008). Esta vez nuestro director neoyorquino favorito recorre con su cámara los distintos barrios de París. Fotografía la ciudad de día y de noche, al amanecer y al anochecer; con sus barrios desiertos o en plena efervescencia. No esconde su objetivo (presentar la ciudad de la luz) cuando las primeras imágenes son documentos fotográficos.


Pero no se queda ahí. Su reportaje francés viene acompañado de una fantástica historia que se impone finalmente al homenaje parisino:
Gil (Owen Wilson encarnando al propio Woody Allen, pero sin gafas y mucho más joven) es un escritor en crisis al que le gusta caminar por París bajo la lluvia. Todos los días, a medianoche, viaja al pasado. Como si fuera una cenicienta donde el príncipe es intangible (los años veinte en París) Gil se encuentra con Cole Porter, Dalí o Buñuel. Gracias a ellos consigue reunir la inspiración necesaria para sacar adelante su libro y su vida.

Allen nos propone una trama con un alto porcentaje de añoranza. El director hace lo mismo que el personaje principal: los dos, Woody y Gil, deciden acudir a las raíces, a los autores que les influyeron en su juventud. Los diálogos con Scott Fitzgerald, Ernst Hemingway o Picasso son, en realidad, acercamientos a los músicos, pintores y literatos clásicos que les marcaron para siempre. Un notable ejercicio de nostalgia destinado a conseguir un imaginario visto bueno por parte de sus héroes para llevar a cabo su proyecto: el libro o la película que están escribiendo/filmando.


Y la vuelta a las raíces conduce a la nítida moraleja del filme: cualquier tiempo pasado nos parece mejor. Una tesis matizada doblemente por Allen cuando nos dice que cada uno tiene su propio ideal, pero que es un ideal probablemente no compartido por las personas que vivieron esa época, la que tenemos en un pedestal. Tan diferentes somos; y tan inconformistas.

Con Midnight in Paris Woody demuestra que el cine lo puede todo. Parece querer decirnos que gracias a la magia de la gran pantalla ha conseguido hacer realidad un sueño tan personal como imposible. No es la primera vez que lo hace. Recordemos, por ejemplo, aquella maravilla que fue La Rosa Púrpura del Cairo (The Purple Rose of Cairo, 1985) Una cinta con algunos elementos en común con su último trabajo. Entre ellos ese ambiente melancólico que nos hace temer por la carrera de nuestro director bajito con gafas. ¿Estará despidiéndose? Creemos que no porque, que sepamos, al menos tiene otra película en la recámara.


Ver Ficha de Midnignt in Paris.

No se pierda el comentario de Caperuzzita





lunes, 25 de agosto de 2008

VENGANZA DEL DESTINO (Under My Skin de Jean Negulesco, 1950)

En un sistema de producción cinematográfico como el americano de los años cuarenta y cincuenta, que funcionaba como una maquinaria perfecta, debía ser todo un acontecimiento para un director el poder filmar una cinta y hacerla personal, en el sentido de incluir recuerdos, ilusiones o aficiones de su propia existencia. Los contratos cerrados, los guiones impuestos, las estrellas del estudio y los productores no dejaban mucho margen de actuación a los realizadores. Por eso cuando vemos una película e identificamos parte de la vida del autor en ella, pensamos lo especial que le debió resultar el rodaje. La satisfacción de captar con imágenes evocaciones de la juventud seguro que premió a Jean Negulesco con creces su trabajo en Venganza del Destino.



Y es que el guión de Casey Robinson -todo un especialista-, basado en la novela “My Old Man” de Ernest Hemingway, se prestaba a que Negulesco se recreara con París, la ciudad en la que pasó sus años como pintor antes de dedicarse al cine. Los cafés bohemios; las panorámicas de la ciudad, con la Torre Eiffel presidiendo las tomas; las calles luminosas de la ciudad, con escenas cotidianas, se insertaban convenientemente en una trama paradójicamente obscura: un jockey viudo (John Garfield) y su hijo huyen de Italia, después de una carrera amañada que sale mal; se instalan en París, pero el pasado lejano en forma de mujer (Micheline Presle) y el más inmediato, amenazante, de un gangster que busca vengarse, se cruzan en su tortuoso camino.

El entorno por donde transcurre la historia es el de los hipódromos, las cuadras o las apuestas; pero la trama casi se corresponde más con el subgénero pugilístico, y no sólo por el aspecto del protagonista –John Garfied cuando se entrena parece más un boxeador que prepara un combate que un jockey perdiendo peso- sino por el conflicto interior del personaje que se debate entre ser fiel a su hijo –y a sí mismo- y ganar la carrera o seguir con el juego sucio para evitar una muerte segura. Además el argumento sigue muy de cerca a aquel éxito de King Vidor: El Campeón (The Champ, 1931), un dramón con Jackie Cooper y Wallace Berry que sufrió un remake en los años setenta a cargo de Franco Zeffirelli.

Pero Negulesco evita con éxito la lágrima fácil y sigue a los personajes con movimientos aparentemente sencillos de cámara e introduce algunas secuencias para enmarcar: la de la carrera final, con un caballo sin jinete que persigue a Garfield en una especie de pesadilla premonitoria; o el plano hustoniano que cierra el largometraje, donde el director contrasta la importancia de los seres queridos frente al dinero (los papeles de las apuestas se las lleva el viento).

Jean Negulesco tuvo una carrera irregular, su decadencia en los años sesenta cuando se dedicó a filmar comedias románticas “turísticas” no pueden hacernos olvidar las excelentes cintas que dirigió. Una de ellas fue Venganza del Destino, una película que refleja su verdadera vocación: la de pintor. El filme arranca con Dan Butler (John Garfield) y su hijo en la campiña italiana, entrenando. Rendidos por el esfuerzo se sientan debajo de un árbol para descansar. Cuando el padre señala hacia la aldea cercana, Negulesco encuadra una antigua ermita y fija la cámara/lienzo; en ese momento se oye la voz de Dan en off: “fíjate, es como una postal ¿eh?“

Ver Ficha de Venganza del Destino.

viernes, 4 de enero de 2008

TENER Y NO TENER (To Have and Have not de Howard Hawks, 1944)

"Anybody got a match?". Esas fueron las primeras palabras que pronunció para la gran pantalla la actriz que hoy recordamos: Lauren Bacall. La estrella nació en Nueva York, un mes de septiembre de hace más de ochenta años y aún sigue trabajando a buen ritmo. La frase en cuestión pertenece a la cinta de Howard Hawks Tener y no Tener, y ya es legendaria la aparición en el marco de una puerta de la jovencísima Bacall pidiendo cerillas al que sería su futuro marido en la vida real: Humphrey Bogart.



Tener y no tener nació de una curiosa apuesta entre Howard Hawks y Ernest Hemingway -siempre reacio a tomar parte en un proyecto cinematográfico-. El director, para implicar al premio Nobel a participar en un filme, le lanzó un desafío. Le dijo que era capaz de hacer una película de éxito basada en la peor de sus novelas. Y Hemingway picó el anzuelo. A los pocos días Hawks consiguió comprarle a su amigo los derechos del libro y se puso en marcha para lo que sería una de sus mejores cintas y, por extensión, una de las más grandes realizadas jamás.

Con To have and have not se quiso aprovechar el tirón de Casablanca. Así, el personaje de Bogart era de nuevo el de un egoísta que no quería implicarse en ningún conflicto bélico y que se resistía a los encantos de Slim (traducido aquí por “Flaca”, el apodo de Lauren Bacall en la película, el mismo que utilizaba Hawks para llamar a su segunda mujer); el bar, donde transcurría gran parte de la acción, recordaba mucho al café de Rick de la película de Curtiz; pero también el ambiente exótico de La Martinica y las intrigas por parte de la resistencia francesa eran sospechosamente parecidas a aquellas de Casablanca.

Gran parte de la culpa de que el resultado final tuviera muy poco que ver con el original, fue de una mujer de... ¡19 años! -esa era la edad de Bacall cuando se presentó al casting-. Es cierto que el director provocó la situación porque buscaba una nueva Marlene Dietrich que compitiera en frialdad con su oponente masculino. Para ello necesitaba los guionistas adecuados que hicieran brotar frases ingeniosas y punzantes de sus labios. Los tenía: William Faulkner (otro premio Nobel) y Jules Furthman -este último ya había trabajado con Von Sternberg en una película de Marlene Dietrich (Marruecos)-. Pero con lo que Hawks no contaba era con el flechazo que surgió el primer mes de rodaje entre los dos protagonistas.

Pasada la sorpresa, el director quiso aprovechar la situación y ordenó que se reescribiera el guión. El resultado fue espectacular: la sensual petición de cerillas por parte de Lauren Bacall era realmente una invitación para que Harry Morgan (Humphrey Bogart) cayera en sus brazos; o una botella que iba de una habitación a otra era la excusa perfecta para los encuentros amorosos entre la pareja. La verdad es que nadie ha podido igualar esa complicidad. Aquella que les servía para planear un robo en un bar, sólo con la mirada; o para “jugar” al amor en su habitación, donde una lección de cómo aprender a silbar nunca tuvo tantas connotaciones sexuales.

A pesar de todo lo anterior Tener y no tener es una película hawksiana por los cuatro costados. Su tema preferido, el de la amistad, estaba más que presente. Así, la causa de la implicación final del héroe es la relación entre Bogart y su protegido, el borrachín Eddie –genial Walter Brennan-, y no la sexual con Lauren Bacall. Sólo cuando su amigo sufre una agresión es cuando Morgan decide actuar, pero curiosamente lo hace en todos los sentidos: en el bélico, ayudando a la resistencia; y en el personal comprometiéndose con “la Flaca”.

Este largometraje de Howard Hawks fue un verdadero punto de inflexión en su carrera, pero también fue el descubrimiento de una gran actriz. Si hay una escena que siempre asocio con esta obra maestra es la de una mujer alta y delgada apoyada en el quicio de una puerta. Lleva un traje a cuadros, con hombreras. Tiene la cabeza ligeramente ladeada, con las cejas altas y la mirada insinuante; y, con una voz grave, dice: “Anybody got a match?”.

Ver Ficha de Tener y no tener
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