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domingo, 14 de enero de 2024

2 X 1: "OYUKI, LA VIRGEN" y "LAS HERMANAS DE GION" (Kenji Mizoguchi)

Oyuki, la virgen (Maria no Oyuki, 1935)

Hablar de Kenji Mizoguchi es hablar de un genio, uno de los grandes directores del cine japonés y, por extensión, del cine mundial. A mediados de los años treinta, ya era considerado un maestro, con una trayectoria muy importante en el período del cine silente (más de cuarenta películas). En plena adaptación al sonoro, dirigió las dos películas de las que vamos a hablar hoy.

En Oyuki, la virgen, en medio de la guerra civil una familia acomodada huye de la ciudad que está siendo bombardeada por las fuerzas del gobierno. En la diligencia pública en la que viajan, les acompañan dos geishas, que son objeto de su desprecio y crítica. Cuando un señor de la guerra secuestra la diligencia y pide pasar la noche con la más joven de la familia, una de las geishas se ofrece para ir en su lugar…

La película de Mizoguchi es una crítica certera y directa de las clases acomodadas frente a la generosidad y benevolencia de las protagonistas de la cinta, las dos prostitutas. El filme está basado en el cuento Bola de sebo de Guy de Maupassant, el que después utilizaría de partida John Ford cuando dirigió La diligencia (Stagecoach, 1939); la trama también tiene cierto aire a El expreso de Shanghai (Shanghai Express, Josef Von Sternberg, 1932).

 

Mizouguchi pone el acento en las dos protagonistas, sobre todo en Oyuki, interpretada por Isuzu Yamada, para realizar uno de sus habituales retratos femeninos. Igual que su coetáneo Mikio Naruse, pero con más conocimiento de causa —la hermana de Mizoguchi fue vendida como geisha, y él mismo frecuentó en la infancia los prostíbulos—, Mizoguchi es un director experto en esa materia, en personajes de vida difícil como son las prostitutas, rechazados por la sociedad que los ve como objetos que se pueden comprar y vender.

En Ojuki, Mizoguchi se enfrenta a su segunda película sonora y todavía no ha desarrollado el estilo por el que será conocido mundialmente, el de los barrocos planos-secuencia, aunque sí deja ver su vocación pictórica —estudió bellas artes— en los cuidados y preciosistas encuadres y en la puesta en escena.

 

Las hermanas de Gion (Gion no shimai, 1936)

Un año después de realizar Oyuki, la virgen, Mizoguchi vuelve a rodar un melodrama con parte del equipo de Oyuki, y con una historia que trata de nuevo sobre dos geishas, que en esta ocasión son hermanas:

La mayor, Umekichi, atiende al señor Furusawa, un antiguo cliente del que está enamorada y que ahora se encuentra arruinado. Umekichi le deja vivir con las dos hermanas a pesar de las pegas que pone la pequeña Omocha (interpretada, otra vez, por Isuzu Yamada). Omocha despotrica sobre los hombres, se queja de que las utilizan como objetos, pero desea que un rico las mantenga. Los tejemanejes de Omocha para vivir a lo grande y deshacerse de Furusawa se centran en convencer al señor Jurakudo, un rico comerciante de antigüedades, para que sea el protector de su hermana. Al mismo tiempo, Omocha rechaza a Kimura, un simple empleado, al que utiliza para que le consiga un kimono nuevo. Omocha prefiere al jefe de Kimura, el señor Kudo. La menor de las hermanas llega tan lejos con sus intrigas que Kimura quiere vengarse de ella…

El excelente e intrincado guion de Las hermanas de Gion se debe al colaborador de Mizoguchi durante el resto de su obra: Yoshikata Yoda. El libreto, muy criticado por el régimen militar japonés que llevó al país a la Segunda Guerra Mundial, adapta la novela del escritor ruso Aleksandr Kuprin.

 

Mizoguchi, por momentos, transforma el guion en una obra de teatro, o en una ópera, cuando aleja la cámara de los personajes para descubrir el escenario que los envuelve. Aún sigue sin desarrollar el estilo sintético a base de planos-secuencia, pero elude lo que puede el montaje para que fluya la narración con los menos artificios posibles.

En Las hermanas de Gion, de nuevo Mizoguchi sabe de lo que habla: la hermana mayor del director, con la que se fue a vivir cuando murió su madre, era una geisha mantenida por un noble. Gracias a eso, Mizoguchi pudo costearse los estudios de bellas artes en Tokio. Este filme con toques de comedia, de vodevil, es en realidad un drama que termina con un mensaje muy claro acerca de la profesión de geisha: «¡por qué tiene que existir!», exclama una y otra vez Omocha en la secuencia final, acaso la mejor de la película.



lunes, 19 de marzo de 2018

2 X 1: "SOBERBIA" y "LOS ASUNTOS PRIVADOS DE BEL AMI" (Albert Lewin)

Soberbia (The Moon and Sixpence, 1942)

“El extraño caso de Albert Lewin”, podría titularse una película sobre el sorprendente director responsable de obras tan singulares ––y magníficas–– como Pandora y el holandés errante o El retrato de Dorian Grey. Desde luego resulta, como poco, curiosa la carrera de este director personal que navegó a contracorriente del sistema.

No siempre fue así, pues Lewin formó parte de la época de esplendor de los grandes estudios cuando en los años treinta fue la mano derecha de Irving Thalberg, a la sazón directivo estrella de la Metro Goldwyn Mayer. En la Metro, Lewin fue guionista y productor de numerosos filmes, pero cuando Thalberg murió de forma prematura, el cineasta quiso probarse como director debutando con Soberbia.

Y lo hizo, esta vez sí, fuera del sistema, en una producción independiente, adaptando una novela de Somerset Maugham y con un actor que pronto sería su fetiche: George Sanders. El habitual registro del actor encajaba como un guante con el protagonista: un hombre cínico, egoísta y sin escrúpulos que abandona su familia para dedicarse a lo que siempre deseó, a la pintura, sin pararse ante nada y ante nadie.


Basado ligeramente en la vida de Paul Gauguin, el filme se centra en volver odioso al personaje principal que acumula otras “virtudes”, como la de ser un misógino que no cree en el amor, y que utiliza a las mujeres en su provecho para, una vez conseguidas sus metas personales, desecharlas como un envase vacío.

La película puede considerarse la primera de una trilogía donde Lewin adapta sendas obras literarias. Novelas con la pintura como elemento sobre el que gira toda o gran parte de la trama, y con personajes atormentados por su propia crueldad. La siguiente, por orden de aparición, es su obra maestra El retrato de Dorian Grey (The Picture of Dorian Gray, 1945), cinta suficientemente conocida. De la tercera vamos a hablar ahora:



Los asuntos privados de Bel Ami  (The Private Affaires of Bel Ami, 1947)

Tras el éxito de la versión de la célebre novela de Oscar Wilde, largometraje producido al amparo de la MGM, Lewin regresó a la vía independiente para dirigir otra adaptación, esta vez de Guy de Maupassant.

En Los asuntos privados de Bel Ami, el realizador vuelve, con George Sanders a la cabeza, a retratar un personaje atrapado por su propia ambición. Un arribista que utiliza a cuanta mujer se pone a su alcance para conseguir medrar en la sociedad. Bel Ami (que así es conocido por sus numerosas amantes) intenta por todos los medios conseguir un título noble y casarse con la hija de un multimillonario. Pero lo hace por etapas: contrayendo matrimonio con una viuda, que le ayudará sin saberlo en sus propósitos, mientras se lía con la madre de su objetivo final: la joven ––y rica–– casadera.

Igual que en Soberbia, Lewin rueda en un blanco y negro expresionista con sólo una secuencia en color, la que dedica a un cuadro que refleja la ambición del personaje como si fuera un espejo (¿les recuerda a Dorian Gray?). En Soberbia son pinturas muy reconocibles del estilo de Gauguin; en Bel Ami es un cuadro que representa la tentación de San Antonio. Entre otros pintores, Salvador Dalí ofreció a la productora de la película su particular visión del tormento del santo (la que a la postre resultó una de sus obras maestras con esos elefantes y otros animales de patas finísimas rondando por la pintura), aunque finalmente fue Max Ernst el autor del lienzo que sale en el filme.  




Las obsesiones de Albert Lewin estaban claras. También los finales de ambas películas son parecidos cuando el amor en el que no cree el protagonista parece redimirle. En Soberbia lo encuentra en una isla del Pacífico; en Bel Ami se esconde en su interior y sólo al final, cuando ya es demasiado tarde, emerge para que el personaje se dé cuenta de que toda su vida ha sido un error.

Pocas fueron las películas que dirigió Lewin (seis); para el gran público, su figura siempre estará ligada a Pandora y a Dorian Gray, no obstante, recomendamos acercarse a estas dos cintas, notables ejemplos de su cine particular, repleto de misticismo, con una aureola de fantasía tan poco común en el cine clásico y, me atrevería a decir, en el cine de todas las épocas. 



sábado, 5 de noviembre de 2016

UNE VIE (Stéphane Brizé, 2016); TONI ERDMANN (Maren Ade, 2016)

La primera jornada del Festival de Cine Europeo de Sevilla 2016 giró en torno a la mujer. Ayer pudimos asistir a dos cintas con ese tema como denominador común, aunque muy diferentes en el género, en la época (primera mitad del siglo XIX, la primera, y primeros compases del XXI, la segunda), y que además competían en distintas secciones:

UNE VIE

La película del director Stéphane Brizé —que se ve le ha gustado el festival pues es de los realizadores que repiten—, es un retrato de época tal como corresponde a la adaptación de la ópera prima de Guy de Maupassant. Pero, sobre todo, es la constatación de las dificultades por las que la mujer de cualquier estamento social (¡ojo! no sólo las de clase baja) debia pasar en aquellos años debido a los convencionalismos, a las tradiciones, a la religión y al machismo imperante. 


La película se narra bajo el punto de vista de Jeanne (Judith Jemla) y arranca en el momento en el que la joven de familia acaudalada sale del convento, donde se le enseña todo menos a transitar por la vida. Un matrimonio de conveniencia y una noche de bodas traumática no es nada más que el principio. Desengaños, infidelidades, traiciones, enfermedades y todo tipo de calamidades se aguantan peor desde el lado de la sufridora que desde la postura del que se va de cacería o del hijo que vive a costa de la madre. 

Si a eso se le une un reverendo que en vez de solucionar un problema lo que consigue, en nombre de Dios, es provocar el desastre, pues el dramón está servido. Lo que podría ser un melodrama estilo Orgullo y prejuicio se torna en tragedia cuando se le despoja de todo el glamour y se observa lo que se esconde detrás de una historia de amor y lujo. Así, la luminosidad de las lámparas de los bailes de salon se convierte en la luz mortecina de las velas de los largos días invernales; y los románticos duelos se transforman en asesinatos a sangre fría.


El director aborda la trama de forma lineal, pero episódica; digamos, y salvando las distancias, como haría Tarkovsky pero con estructura clásica. Con el maestro ruso coincide en los insertos a base de flashback de recuerdos felices, y con el ropaje telúrico de una película que transcurre en la campiña normanda. Las estaciones del año son utilizadas por el realizador de Une vie como compartimentos estancos donde guardar las secuencias del filme: la primavera y el verano coinciden con los instantes de felicidad; mientras que el otoño y el invierno sacuden el cuerpo y el alma de la protagonista que ve como su vida se deshace, al tiempo que el sonido del crepitar del fuego de una chimenea que ya no calienta se convierte a veces en la única banda sonora de la película.




TONI ERDMANN

Mientras Une vie competía en la sección Oficial, la segunda película que tuvimos la suerte de ver pertenece a la EFA, es decir a las cintas seleccionadas para los premios de la Academia Europea de Cine. Premiada en Cannes y propuesta por Alemania para los Óscar, este filme de la directora germana Maren Ade es una delicia para el espectador, a pesar de su larga duración:


¿Qué serías capaz de hacer para reconducir la vida de tu hija, cuando te sientes culpable de que viva de esa forma? Esa es la pregunta que la realizadora parece hacerse desde el comienzo de esta original tragicomedia que estamos seguros de que va a dar mucho que hablar en los próximos meses.

Maren Ade describe una familia desestructurada formada por un matrimonio divorciado donde él es un profesor de música cuya vida bohemia es un desastre. Winfried, que así se llama (interpretado por un magnifico Peter Simonischek) padece del corazón, se refugia en un perro moribundo y en su particular y extravagante sentido del humor. Por otro lado, Inés (Sandra Hüller, tan fría como adecuada para su papel) es la hija que vive en Bucarest. Ejecutiva agresiva y déspota con sus subordinados —de uno de ellos se aprovecha para vivir una falsa aventura basada en el sexo— no trabaja para vivir, sino todo lo contrario. 


La existencia de Inés transcurre en continuo estrés, sin importarle demasiado que su profesión consista en externalizar servicios para empresas, aunque eso signifique el despido de cientos de trabajadores. Cuando Winfried acude a ver a Inés por sorpresa se da cuenta de lo infeliz que es su hija. Entonces decide inventarse un personaje (Toni Erdmann) para intentar cambiar la vida de su hija.

Atractiva historia para una película donde la comedia y el drama se dan la mano para gestionar situaciones muy divertidas que van a tener consecuencias en la relación entre padre e hija y en las vidas de ambos. A Toni Erdmann le basta una peluca y unos dientes postizos para poner patas arriba la vida de su hija y la de la empresa donde ella trabaja. Todos se verán afectados por la presencia de un personaje que sólo pretende que la gente se tome un respiro, se mire al espejo y se haga la última gran pregunta que nos propone la directora: ¿merece la pena vivir así?




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