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domingo, 21 de noviembre de 2021

LUNAS DE HIEL (Bitter Moon de Roman Polanski, 1992)

A finales de los años ochenta, y a pesar del fracaso de Piratas (Pirates, 1986), Roman Polanski reunió al mismo equipo de guionistas, Gerard Brach y John Brownjohn, para escribir el libreto de Lunas de Hiel; una cinta que se situaba en las antípodas de aquella película de aventuras, con la que únicamente tenía en común el entorno marítimo donde se desarrollaba la historia:


Nigel y Fiona (Hugh Grant y Kristin Scott Thomas) es un matrimonio inglés que celebra su séptimo aniversario en un crucero por el Mediterráneo. En la travesía, conocen a la peculiar pareja formada por el americano Oscar (Peter Coyote), un escritor inválido en silla de ruedas, y por la bella francesa Mimi (Emmanuelle Seigner), bastante más joven que su marido. Pronto se establece una extraña relación entre Nigel y Oscar cuando el escritor le cuenta al inglés su sórdida relación con Mimi, una historia que desestabilizará a la pareja británica y provocará una tragedia inesperada...

El filme se basa en la novela “Lune de fiel” de Paul Buckner, cuyos derechos adquirió Polanski a finales de los ochenta. En aquella época aún estaba asimilando el fiasco de Piratas cuando conoció a la que sería su tercera esposa, la joven actriz francesa Emmanuelle Seigner. Enseguida quiso trabajar con ella en un policíaco con referencias hitchcocknianas (Frenético, 1988) para, acto seguido, realizar Lunas de hiel con el claro objetivo de lucir/exhibir a su flamante mujer; “una mezcla de madurez sexual e inocencia infantil”, en palabras del personaje que interpreta Peter Coyote.

La película se divide en cuatro actos a través de una estructura original que enlaza el presente y el pasado. Es un recurrente viaje de ida y vuelta desde el camarote de Oscar a su apartamento en París, años antes del crucero. Los sucesivos flashbacks en los que se apoya la narración son cada vez más cruentos a medida que el amor entre Mimi y Oscar cede el protagonismo al odio. Una relación perversa que al final sólo se alimenta con la intromisión de terceros (el matrimonio británico) en un juego tan morboso como peligroso. 



A pesar de ser una drama con elementos de suspense y terror, Polanski nunca renuncia al humor en sus películas. El maestro del thriller morboso, como a menudo se le ha llamado, suele introducir elementos de comedia en sus extravagantes e irracionales, pero siempre atractivos, dramas. En este caso, el director se vale del personaje al que da vida Hugh Grant. El registro de inglés de clase media, atolondrado, inseguro e inocente, es el mismo que posteriormente le daría al actor la fama a lo largo de la década de los noventa en comedias más o menos afortunadas. 

Otra característica de Polanski es su cinefilia empedernida, la que demuestra cuando inserta referencias a otras películas (las escenas de la televisión de El muelle de las brumas y de Érase una vez en América), u homenajes como los de La ventana indiscreta cuando Oscar espía desde su cuarto a los vecinos de enfrente. 

Influencias aparte, nadie duda que Lunas de hiel sea una de los largometrajes más personales de Roman Polanski. Con secuencias tan brillantes como las de la feria en el primer flashback, una especie de resumen metafórico de lo que ocurrirá más tarde. Así, los disparos del tiro al blanco, las manos entre Oscar y Mimi que se separan en el tiovivo; la boda que resulta ser un montaje, etc. 

Pero quizás lo más destacado de la cinta sea esa unión entre dos mundos, el real situado en el pasado, en París (segunda patria de Polanski), y el irreal del barco. A bordo, los pasillos estrechos fotografiados con gran angular dan la sensación de pesadilla que requiere el filme. Cuando el temporal se desata, también se precipita la acción entre los dos matrimonios. Como dice Oscar, “el fuerte vínculo que nos une va más allá del amor o el odio, es como el de los supervivientes de un naufragio.”


El post es un extracto corregido para la ocasión del capítulo dedicado a Lunas de hiel en mi libro: CINE Y NAVEGACIÓN. Los 7 mares en 70 películas




martes, 19 de mayo de 2015

SUITE FRANCESA (Suite française de Saul Dibb, 2014)

Sabemos que el ser humano es más duro de lo que imaginamos, que aguanta lo indecible el daño físico y mental hasta el desmayo o la locura. Pero lo que desconocemos es de lo que somos capaces de hacer bajo la presión de una amenaza latente de muerte en tiempos de guerra; de los actos que llevaríamos a cabo para aportar nuestro granito de arena a la causa o, por el contrario, de lo que no haríamos con tal de sobrevivir. Saul Dibb nos da su opinión camuflada con una trama de amor en la Francia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial:





















La película narra la historia de Lucile (Michelle Williams) y Bruno (Matthias Schoenaerts), francesa y alemán, respectivamente, enamorados el uno del otro desde que la primera aloja, por obligación, al segundo en su casa. En realidad, la vivienda es propiedad de madame Angelier, la suegra de Lucile (Kristin Scott Thomas), una mujer estirada que, en palabras de Bruno, da más miedo que los propios invasores. Madame Angelier sospecha que su nuera se ha casado por el dinero de su hijo, ahora prisionero de los alemanes. Con la llegada del teniente Bruno las cosas se complican aún más entre ellas: la suegra odia a Bruno como a todos los nazis, mientras que Lucile vive su particular historia de amor a través de la música que Bruno y ella practican. La trama pronto traspasa la frontera del chalé cuando Bruno es el encargado de leer todas las denuncias anónimas que los alemanes han recibido desde la ocupación.
Una frase, en el arranque de la cinta, resume la película: “si quieres conocer bien a alguien espera que llegue la guerra”. En efecto, todos y cada uno de los personajes sufren un cambio a partir de la llegada de los alemanes. Desde el alcalde y su mujer, los caciques del pueblo, hasta Benoit, un pobre agricultor lisiado, todos dejan ver sus mezquindades y envidias  y aprovechan la coyuntura para saldar viejas cuentas.

Tampoco se salvan de la evolución la propia Lucile, el teniente Bruno y madame Angelier cuando un suceso implica a todos los habitantes de la villa, y deja ver la cruel actitud de los nazis. Implicarse en la resistencia contra los alemanes, vivir como si no pasara nada o colaborar con ellos, son las tres opciones a elegir. Algunos no tienen alternativa, otros hacen la vista gorda y muchos, generalmente los pobres, no tienen nada que perder; sólo la vida.
Dos, por tanto, son los temas que aborda el filme de Saul Dibb: el entendimiento de una pareja enfrentada por un conflicto, pero reconciliada a través del amor —y de la música—, una historia romántica que deja caer la oportuna metáfora de las buenas relaciones actuales entre el pueblo francés y el alemán gracias a la Unión Europea; y la revelación del verdadero carácter de las personas, oculto tras una vida aparentemente pacífica, cuando la guerra sacude los cuerpos y las almas de todos.

Con una correcta interpretación, en especial la de Kristin Scott Thomas que acapara la atención del espectador cuando sale en pantalla, y con una música excelente, transcurre esta novela autobiográfica de la escritora judía Irene Nemirovsky. Autora que no sobrevivió a la guerra, pero sí su manuscrito que ahora cobra vida en las salas de cine cuando se cumplen setenta años del fin de la contienda mundial.  


Ver ficha de Suite francesa.



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