lunes, 8 de octubre de 2012

ESPECIAL EXPRESIONISMO (II)


3. EL CINE EXPRESIONISTA ALEMAN.

3.1. Características del cine expresionista.- El cine expresionista recoge todas las ideas propias del movimiento y las adapta a su medio. Los rasgos que caracterizan al  cine expresionista son los siguientes:

El Golem

La Ciudad: Emblemática del movimiento expresionista, siempre presente en numerosos artistas y literatos, toma vida oprimiendo a los personajes con sus calles angostas y tenebrosas, y con sus casas de paredes y tejados sostenidos con perspectivas imposibles. Dos ciudades destacan sobre las demás: Praga y Berlín, en especial la primera. Su laberinto de irregulares callejuelas aparece representada en las primeras películas expresionistas: las citadas El estudiante de Praga, El Golem y El gabinete del Dr. Caligari.

Decorados e iluminación: Elaborados en estudios, los decorados presentan líneas rígidas, dentadas y angulosas, de una violencia extrema. Existe una pasión por el arte gótico y primitivo. Se recurre a una metáfora visual, en la que todo es simbología. Los objetos parecen cobrar vida, una vida misteriosa que se corresponde con el estado anímico de personajes y ambiente. La iluminación es esencial para lograr una atmósfera apropiada que se corresponda con lo que el personaje siente o presiente. Como dice Lotte H. Eisner "Los famosos claroscuros de las películas alemanas son atributo esencial del Expresionismo"[1]. En definitiva, la subordinación al decorado e iluminación es absoluta en este tipo de películas.

Las sombras de Nosferatu

Los personajes: El personaje central parece víctima de un encantamiento, con su mirada perdida y andar maquinal se asemeja a un robot sin sentimientos o a un sonámbulo. La narración, la iluminación y el objetivo de la cámara se centran en el personaje para aislarlo del caos que le rodea. Los gestos son violentos cuando se producen, como sacudidas que dan la impresión de una sobreactuación fuera de lugar. El resto de personajes están privados de vida personal, sólo cobran vida cuando aparece el personaje central mostrándose como "radiaciones de su esencia íntima"[2]

La Naturaleza: En principio el Expresionismo niega lo natural y generalmente se rueda en estudio, para expresar con decorados caminos imposibles y paisajes de ensueño que, una vez más, reflejen el estado anímico de los personajes.

Los decorados de Caligari

El estilo narrativo: De apariencia primitiva, pero sólo de apariencia, el estilo narrativo expresionista se fundamenta en la inmovilidad, en la fijación del encuadre y la ausencia de montaje tal como se entiende actualmente. Es decir la supremacía del plano frente a la escena o a la secuencia. Todo para dar una mayor sensación pictórica al espectador.

Reuniendo todas las características apuntadas en una sola dirección se llega a la esencia del cine  expresionista: el totalitarismo estético, es decir todos los elementos que configuran el filme pertenecen a una gran metáfora.

No todas las películas poseen los rasgos arriba descritos, ya que el Expresionismo no debe considerarse homogéneo, conciso, sino todo lo contrario. Muchos de los autores negaron pertenecer a él, aunque sus películas digan lo contrario. Tan sólo una de ellas parece presentar todas las características del movimiento: El gabinete del doctor Caligari.


    [1]Eisner, Lotte H. La Pantalla Diabólica. (Buenos Aires: Ed. Losange, 1955). Pg.19.
    [2]Ibídem. pg.72

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Leer el especial Expresionismo desde el inicio



lunes, 24 de septiembre de 2012

CINE FÓRUM: EL DESFILE DEL AMOR (The Love Parade de Ernst Lubitsch, 1929)


Nuestros lectores más asiduos a la sección de cine club habrán notado que nos gusta traer, de vez en cuando, alguna secuencia para analizar procedente de aquellos pioneros del cine mudo que sentaron las bases de lo que llamamos cine moderno. Hoy, de nuevo, volvemos la vista atrás, en esta ocasión para fijarnos en una cinta que fue muy famosa en su día y que significó la primera incursión en el cine sonoro de un director al que admiramos: Ernst Lubitsch.























Somos conscientes que The Love Parade ha sufrido con el paso de los años una merma considerable y, vista hoy en día, su rudimentaria producción llama mucho la atención en sentido negativo. Sin embargo, en nuestro modesto proceso de análisis —en el que siempre procuramos descontar el tiempo—, y tras situarnos en aquella época en la que la llegada del sonoro fue todo un acontecimiento, podemos observar, con cierta objetividad —muy poca, dada nuestra simpatía por el director berlinés—, las bondades de esta película.

El argumento es muy simple, se basa en la opereta “El Príncipe Consorte”, de los dramaturgos Leon Xanrof y Jules Chancel: 

El conde Alfred Renard (el simpático Maurice Chevalier) es destituido de su cargo en Francia por su afición a poner los cuernos a todos lo maridos parisinos. De regreso a su país, al imaginario reino de Sylvania, es llamado a la corte para ser reprendido por la reina Louise (Jeanette MacDonald, debutando). Su Majestad cae rendida al encanto del subordinado y, tras un fugaz noviazgo, se casan. Pronto, Alfred se dará cuenta de que no es más que el príncipe consorte y que no pinta nada en palacio ni tampoco decide las cosas de la alcoba…


Es una trama ligera y agradable en la línea de otras operetas que Lubitsch filmó antes de la llegada del sonoro, en las que, por cierto, no se echan nada de menos las canciones (véase la excelente El Príncipe Estudiante, The Student Prince in Old Heidelberg, 1927). En El Desfile del Amor, los números musicales son demasiado estáticos (ahora veremos por qué), pero muy divertidos. Así, tenemos la despedida de París, “París, Stay the Same”, cantada por Chevalier, luego por su criado (Lupino Lane) y, por último… ¡por su perro! También destaca la canción que da título a la película, cantada por Chevalier y Jeanette MacDonald: “My Love Parade”; y el número de Lupino Lane y Lillian Roth, “Let’s be Common”, donde reivindican su condición de lacayos y donde los exagerados movimientos de Roth nos recuerdan algunos largometrajes de Lubitsch tan primitivos como graciosos, en especial LaMuñeca (Die Puppe) y La Princesa de las Ostras (Die Austernprinzessin), ambos de 1919.

El guión de El Desfile del Amor corrió a cargo de Ernst Vajda y supuso el inicio de una serie de películas parecidas, todas de éxito, con el mismo grupo de director, actores y guionista. La fama de Maurice Chevalier fue en aumento y se descubrió a Jeanette MacDonald que hizo lo mejor de su carrera junto al cantante galo. Desde luego, estaba mucho más picante y descarada a las órdenes de Lubitsch que más tarde, en su etapa de la Metro, en aquellos musicales en los que hizo pareja con el cursi de Nelson Eddy.


Pero la importancia de The Love Parade, bajo nuestro punto de vista, radica en la forma en la que Lubitsch se enfrentó al sonoro (ya hemos dicho que fue su primera película hablada).  Y es que, desde el año 1927 —El Cantor de Jazz (The Jazz Singer de Alan Crosland) tuvo la culpa— y hasta bien entrada la década de los treinta, la llegada del sonoro provocó que Hollywood se sumiera en una especie de oscura Edad Media. De repente, todo lo que se había avanzado en la producción de películas sufrió tal retroceso que el movimiento del objetivo, la puesta en escena e, incluso, la interpretación casi viajaron en el tiempo hasta los albores del cine silente: las cámaras se volvieron estáticas debido a que tenían que protegerse en enormes contenedores de cristal para que los rudimentarios micrófonos no grabaran el ruido de sus motores; los actores regresaron a los gestos exagerados porque los primeros sistemas de grabación exigían una vocalización extrema; y la puesta en escena se volvió excesivamente rígida, casi teatral, al tener que situarse los actores cerca de los dichosos micrófonos.

Lubitsch, en su afán para que The Love Parade escapara de ese retroceso, intentó manejar el sonido de la mejor forma posible. El director había llegado muy lejos en sus últimas películas mudas —El Abanico de Lady Windermere (Lady Windermere’s Fan, 1925), por ejemplo, es todo un prodigio de movimientos de cámara, angulaciones y planos secuencia— y no quería que la nueva tecnología arruinase todo lo que había logrado. Para ello, rodó buena parte de la película como si fuera muda y después incorporó la banda sonora, doblando algunos diálogos, algo que nos parece muy normal ahora, pero que entonces fue toda una revolución. Además, lejos de enemistarse con el sonido, lo tomo por aliado en secuencias como las de la noche nupcial cuando la salva de 300 cañonazos para celebrar el matrimonio real provoca que el flamante marido comience a dudar de si ha tomado la decisión correcta. También la escena del ladrido de la mascota, cantando al compás de la música, va en ese sentido, y la propia estructura de la película, con las canciones integradas en la historia, configurando un musical bastante adelantado a su tiempo.


Y ahora, sin más preámbulos, nos dirigimos a analizar la secuencia elegida. Se trata del arranque, justo después de los créditos. Estamos en París…

  

La secuencia es all singing y all talking, como las anunciaban entonces, pero es esencialmente muda. Rodada con muy pocos diálogos, está basada en primeros planos, planos detalle, en las miradas de los personajes y en el montaje, y muestra lo lejos que había llegado Lubitsch en el período silente y lo hábil que era narrando con las imágenes. El sonido está allí, pero no supone un impedimento para que el director de rienda suelta a su buen hacer.

La escena es en sí un corto, casi independiente al resto de la trama. Hay introducción, desarrollo y conclusión. Hasta existen dos puntos de giro que separan cada una de las fases. 

La secuencia comienza con un plano de situación, más bien con un “cuadro” de situación, una composición con lo más típico de la noche parisina, el Can-Can, la torre Eiffel, Le Moulin Rouge,… el champán. En el mismo sentido, a continuación, viene el primer número musical: “Ooh, La La” nos anuncia el género de la película y sigue con los tópicos, en especial el del champán. Es una simpática canción, con sorpresa final incluida, interpretada por Lupino Lane en un plano medio estático. La escena finaliza con una ligera panorámica del criado abandonando la habitación y cerrando la puerta.

El portazo da pie al inicio del siguiente encuadre, también con una puerta cerrada (aquí realmente es cuando comienza nuestra secuencia). Un plano general muy típico en el cine de Lubitsch, tan aficionado al vodevil y a dejar que el espectador imagine lo que sucede detrás de esa puerta (se oye una discusión, otro recurso sonoro). Del dormitorio sale Maurice Chevalier que se dirige al público en una pose brechtiana para anunciar que su pareja es muy celosa. Un plano detalle de una liga parece darle la razón a la enfadada mujer, sobre todo cuando Lubitsch enseña las piernas y comprobamos que a ella no le falta ninguna liga (más tarde repetirá plano cuando la reina enseñe las extremidades inferiores a un sorprendido gabinete ministerial). Con un montaje rápido y sin palabras vemos como la señorita se dispone a vengarse de Chevalier. Plano detalle de una pequeña pistola que saca del bolso y plano medio de los dos discutiendo de nuevo, en francés, hasta que viene el primer punto de giro: llega el marido (Chevalier nos hace de traductor mirando a la cámara por segunda vez).

De nuevo el plano de la puerta cerrada y el marido que accede a la habitación. Un corte a la mujer que se dispara cayendo al suelo, corte al marido y vuelta a ella ya en el suelo. Es un montaje rápido que hace que parezca que la cámara es la que se mueve. Lo que viene a continuación es el enfrentamiento entre marido y amante. Otra vez el montaje dinámico entre los dos y el plano detalle de la pistola. Lubitsch los reúne en el cuadro abandonando el juego del montaje. Es cuando suena una música no diegética, de suspense. Después de un ligero y elegante travelling en profundidad, el marido dispara. La escena parece haberse convertido de comedia en tragedia. Pero es tan solo una ilusión: el conde Renaud ni se inmuta. No había balas. Es el segundo punto de giro.

La conclusión es tan simpática como el resto: de la pareja amante-marido a la supuesta muerta que abre los ojos. El director deja a Chevalier solo y reúne al marido con su mujer. Una panorámica sigue a Alfred hasta un buró donde comprobamos (otro plano detalle) la cantidad de pistolas que hay en el cajón, tantas —se imagina el espectador— como veces se ha reproducido la escena.

Lubitsch finaliza la secuencia siguiendo con el mismo juego de montaje entre la cámara que filma a Chevalier y la que sigue al matrimonio; con intercambio de miradas entre ellos, y con algo de su repertorio de insinuaciones sexuales: el marido no consigue cerrar la cremallera del vestido de su mujer, pero el amante sí lo hace —y ella no puede disimular su agrado—. Es un ejemplo de lo que se ha llamado “El toque Lubitsch”: Ella va de un encuadre, el del marido, al otro, el del amante. Una vez que el amante le ha hecho “el favor”, regresa con su esposo.

La secuencia concluye con una panorámica que sigue al matrimonio mientras éste abandona la habitación. Un movimiento prácticamente igual que el del principio, cuando el criado salía del salón, y que provoca que la escena sea redonda.


Ver Ficha de El Desfile del Amor.


lunes, 17 de septiembre de 2012

BOOKCROSSING

Hoy nos apartamos algo de nuestra habitual dedicación cinéfila para unirnos al movimiento Bookcrossing. Realmente, lo que vamos a hacer es continuar con lo iniciado por Jordi y su estupendo blog Interrobang. Para el que no se encuentre familiarizado con el tema, decirles que Bookcrossing es la práctica de compartir libros usados y liberarlos antes de que desaparezcan en el fondo de nuestras librerías o pasen a ocupar un lugar en el sótano, o cosas peores. Con esta iniciativa, los libros se liberan de sus dueños y se dejan en cualquier lugar para que cualquier persona pueda acogerlos, leerlos y soltarlos de nuevo.




















Existe una alternativa a la "suelta" en la calle que es la de entregarlo a un conocido, familiar o extraño con la intención de no parar el recorrido del libro. Esto último es lo que hizo Jordi con nosotros, y lo que nosotros vamos a hacer desde aquí.

Siguiendo el método de nuestro amigo Jordi, y de acuerdo al espíritu de la iniciativa, el libro será del primero que lo pille (igual que en la calle). Es decir, la novela que ahora proponemos será para el que antes la solicite. Esto no es ningún concurso o sorteo, es una liberación.

Para poder solicitar el libro hay que cumplir las siguientes condiciones:

- Escribir un comentario solicitando el libro.
- Esperar a leer comentario respuesta de confirmación de asignación.
- Enviar e-mail a soy_ethan@yahoo.es para comunicar dirección postal donde recibirlo.
- A la recepción del libro enviar e-mail, IMPRESCINDIBLE, para saber que ha llegado a su destino y que el servicio de correos funciona.
- Entrar en http://www.bookcrossing.com/ y hacer constar la recepción. Es un libro liberado y tiene su diario de bitácora y su corazoncito.
- Compromiso de que una vez leído, y si no se desea guardar, se comparta liberándolo y haciéndolo constar a su vez en la ficha bookcrossing para poder seguir su deambular por el mundo.

Las normas no pueden ser más sencillas, así que sin más preámbulos pasamos a presentar el libro: Pasaje al Paraíso de Michael Connelly.



Es una novela negra del autor de moda, Michael Connelly, flamante premio RBA 2012 (por cierto, con polémica como sabrán los que siguen este galardón, el más importante del mundo del noir). En Pasaje al Paraíso Connelly vuelve a narrar un caso de su famoso detective Harry Bosch, con sorpresa incluida procedente del pasado. La novela está muy bien escrita, es bastante entretenida y posee una trama atractiva dentro de los cánones del género.

Lo dicho: a partir de ahora el libro queda suelto, huérfano y libre para el primero que quiera adoptarlo.

Un saludo a todos.


lunes, 10 de septiembre de 2012

ESPECIAL EXPRESIONISMO (I)

Iniciamos hoy un especial sobre un movimiento artístico fundamental para entender ciertos estilos cinematográficos e incluso géneros enteros como el cine de terror o el cine negro. A lo largo de los siguientes meses iremos completando el especial con sucesivas entradas donde daremos pistas acerca de este apasionante tema.


Genuine

1. INTRODUCCIÓN.

Si quisiéramos resaltar los tres acontecimientos cinematográficos de la etapa muda que más influyeron en el cine posterior, y asociarlos a una película en concreto, sin lugar a dudas elegiríamos: El nacimiento de una nación (The Birth of a nation, 1915) de David Wark Griffith, por lo que supuso para el desarrollo del lenguaje cinematográfico; El acorazado Potemkim (Bronenosets Potiomkim, 1925) por su tratamiento del montaje; y finalmente El Gabinete del Dr. Caligari (Das Kabinett des Doktor Caligari, 1919) como representante del Expresionismo. De este último movimiento es de lo que tratan los siguientes párrafos. De cómo se originó, de sus características principales, de los autores y sus obras más representativas y de su evolución e influencia posterior.

En primer lugar habría que definir qué se entiende por Expresionismo. Diversos autores tratan de definirlo relacionándolo con la corriente artística de vanguardia que se produjo en Alemania entre 1910 y 1920, presentando una alternativa al romanticismo decimonónico. Otros autores se decantan por una definición más amplia, sin límite de tiempo, en la cual se incluya a toda obra que "utilice la deformación artística como vehículo del estado emocional del artista"[1].

El Estudiante de Praga

2. ANTECEDENTES.

2.1. El nacimiento del Expresionismo.- Las fuentes de las que bebe el Expresionismo habría que buscarlas en primer lugar en Nietzsche. Este profeta de la destrucción de la moral vigente en el s. XIX y su pensamiento constituye una referencia obligada del movimiento revolucionario que iba a nacer a primeros del siglo XX. Las dudas por el mañana, la inflación galopante, el paro y el pesimismo en general se iban a adueñar de las mentes de los artistas de vanguardia. Como fruto de esta rebelión intelectual surge el Expresionismo, chocando frontalmente con el movimiento imperante hasta ese momento: El Impresionismo. El Impresionismo es optimista, objetivo, las cosas se representan tal como son, es el arte del golpe de vista. En el Expresionismo predomina el pesimismo, la subjetividad, la desconfianza sobre los datos de la realidad. Los objetos ya no son nada por sí mismos, el artista deja de ser un mero receptor para convertirse en un emisor de sentimientos a través de los hechos, de las cosas. Deforma la realidad para expresar su estado anímico a través de ella. Es ésta y no otra la verdadera revolución del Expresionismo.

2.2. Orígenes del cine expresionista.- El movimiento expresionista se desarrolló en diferentes sectores artísticos: pintura, escultura, literatura, arquitectura, música y cine. Las primeras películas expresionistas aparecieron tardíamente, después de la Gran Guerra, con el régimen  de la República de Weimar ya instaurado. Es justo en ese momento cuando se inicia una divulgación expresionista de las ideas que fueron desarrolladas antes de la guerra. Casi se institucionaliza el movimiento, precisamente cuando el movimiento se encuentra en decadencia. Las razones de este retraso se deben a la poca aceptación que el cine tenía en la sociedad alemana en los años anteriores a la guerra. Este recelo que despertó el séptimo arte sobre la clase media germana no desapareció hasta la fundación de la U.F.A. (Universumfilm Aktiengesellschaft), productora que colaboró activamente con el régimen de Weimar.

El Golem

Pero ¿Cuáles fueron los verdaderos antecedentes del cine expresionista? Sin duda, el teatro ejerció una influencia decisiva, como en tantas otras ocasiones. Hay dos figuras que sobresalen por encima de las demás: El director de teatro Max Reinhardt y uno de sus actores, y posterior director de cine, Paul Wegener. Con respecto al primero cabe destacar la utilización de las luces y sombras en sus puestas en escena. En ellas hacía pasar a los actores por delante de proyectores de luz estratégicamente situados para que las sombras de los personajes emergieran gigantescas y se deslizaran por las paredes del escenario evocando persecuciones de demonios. La influencia que ejerció sobre obras como El estudiante de Praga (Der Student von Prag, 1913), Caligari y Nosferatu, por poner sólo unos ejemplos, son del todo evidentes.

En cuanto a Wegener realizó dos filmes con tintes expresionistas: el ya comentado El estudiante de Praga y El Golem (Der Golem, 1915), del cual haría una remake en 1920. En El estudiante de Praga, rodada en exteriores, ya se pueden observar las sombrías calles fruto de la influencia del teatro de Reinhardt. Calles que posteriormente se recrearían en estudio, en títulos emblemáticos del Expresionismo y del Neoexpresionismo. El argumento refleja ese desasosiego interior y pesimismo del hombre que vende su imagen al diablo. En este tipo de guiones, la huella del Romanticismo se encuentra presente al tratar temas de carácter fantástico, terrorífico o sobrenatural que proceden de la tradición popular alemana. Es también el caso de El Golem, leyenda judía acerca de una criatura de barro, creada por un rabino para proteger al pueblo del gueto de Praga, pero que se rebela contra su dueño y finalmente constituye una amenaza. La estética expresionista de este filme se hace evidente, sobre todo en la versión de 1920, al representar las calles angostas y ondulantes del gueto deformadas por el juego de luces. Éste y otros filmes demuestran que la herencia romanticista es fundamental para el posterior desarrollo del Expresionismo cinematográfico.

Otros autores de esta época son Max Mack y su película El Otro (Der Andere, 1913), el danés Stellan Rye con La casa sin puertas ni ventanas (1914) y Otto Rippert que dirige el melodrama en seis partes Homunculus (1916).


    [1]Casals, Josep. El Expresionismo. (Barcelona: Montesinos, 1982) Pg.7.


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lunes, 3 de septiembre de 2012

CAÑONES EN BATASI (Guns at Batasi de John Guillermin, 1964)


Regresamos de nuestras vacaciones con renovado espíritu cinéfilo, con muchas ganas de hablar de lo que más nos gusta; hasta algo ruidosos y vehementes si nos atenemos al título escogido para la apertura de la nueva temporada: una cinta bélica, una de las mejores de este género producidas en Gran Bretaña.























Basada en la novela de Robert Holles, Cañones en Batasi es una película que, a pesar de su origen literario, se nos antoja más cercana al teatro que a la narrativa. Quizás por el entorno donde se desarrolla la mayor parte del filme (la cámara de suboficiales de un regimiento del ejército colonial inglés), pero también por la profusión de diálogos y por el enfrentamiento de caracteres.

En un país africano imaginario (podría ser Kenia), se levanta el pueblo contra el gobierno títere del Imperio Británico. En paralelo, en un regimiento arranca un motín liderado por un oficial de color. Depuesto y herido el capitán nativo leal a la corona, nada les impide a los amotinados hacerse con el cuartel y con las armas. Sólo unos pocos suboficiales blancos resisten ante los rebeldes. El enfrentamiento se recrudece cuando los británicos no dejan que el capitán herido caiga en poder de los insurrectos. El sargento mayor Lauderdale (Richard Attenborough) liderará la suicida resistencia.

Guns at Batasi es una cinta que no defrauda al amante del género ya que apuesta decidida por el entretenimiento, pero tampoco elude el mensaje político y social. Para cumplir con lo primero nada mejor que dejar el proyecto en manos de John Guillermin, un director especialista en cine comercial y doctorado en largometrajes de catástrofes (El Coloso en Llamas, ¡Alarma! Vuelo 502 secuestrado, y un largo etcétera). Para lograr lo segundo, lo del mensaje, la cinta ofrece una retahíla de personajes secundarios que proponen, cada uno de ellos, una metáfora en su interior. De esta forma, el imparable movimiento descolonizador surgido tras la Segunda Guerra Mundial, con su cenit en los años sesenta, es retratado por el director con habilidad, determinación y cierta ironía.


En efecto, entre las cuatro paredes de la sala de recreo de los suboficiales, Guillermin presenta un microcosmos que explica las diferentes posturas de las partes implicadas (países e instituciones internacionales). De entre todos ellos, destaca un magnífico Richard Attenborough, a nuestro entender en el papel de su vida (quizás compartido con aquellos otros dos bélicos de La Gran Evasión y El Yang-Tsé en llamas). Lord Attenborough encarna al sargento mayor Lauderdale, un militar ordenancista que aún cree en el Imperio y que está deseando ser el protagonista de una heroica acción digna de figurar en los anales de la historia. Para contrarrestar el fuerte e intransigente carácter de Lauderdale se encuentra el resto del elenco: a saber, una congresista liberal (Flora Robson, ¿la recuerdan en Siete Mujeres?) que muestra cierta simpatía por los rebeldes, pero que será engañada por ellos; un soldado (John Leyton), y el resto de suboficiales, que no están por la labor de perder sus vidas en un conflicto que ni les va ni les viene; el capitán nativo, aún leal a la corona y que, al igual que su gobierno, agoniza frente al imparable movimiento descolonizador; y una funcionaria de la ONU (Mia Farrow, prácticamente debutando), tan joven e inocente —e irresoluta— como la institución a la que representa.

Con todo esto, el atractivo del filme es indudable, pero Guillermin eleva más la calidad de la cinta con la inteligente postura de no rechazar del todo al sargento mayor Lauderdale. El carácter rancio e intolerante del ser solitario abandonado por todos le es simpático al director —y al público— y esa ambigüedad es lo que hace que Cañones en Batasi sea, finalmente, una gran película.


Ver Ficha de Cañones en Batasi.






lunes, 16 de julio de 2012

¡VACACIONES!

Pues eso, que vamos a estar ausentes algunos días. Con la seguridad de vernos a la vuelta para seguir hablando de buen cine, os dejo con algo que ya viene siendo tradicional en este blog: una secuencia de Centauros del Desierto.




En esta ocasión, Ethan y Martin, por fin encuentran a Scar y a la pequeña Debbie, que se ha convertido en una piel roja. La tensión se masca en el ambiente.

Pero me gustaría centrar la atención del lector en la perfecta planificación de Ford en las escenas previas, las de la cantina donde Martin da buena cuenta de un plato de comida. Allí hay que estar atentos a la profundidad de campo (Wayne habla con alguien en la barra) y a varios encuadres  (sobre todo uno con Wayne saliendo del bar) donde se reproduce el tono de la cinta (el del arranque y el del final de la cinta).
La escena, con baile incluido, parece que relaja algo el estrés de la búsqueda, pero el  agrio carácter de Ethan consigue volver a poner las cosas en su sitio (tira la bebida al fuego).

De la siguiente secuencia destaca la plasticidad de los planos, del paisaje, de la armonía en el montaje. Hasta los personajes parecen participar cuando desmontan de los caballos prácticamente a la vez.

Lo dicho: a descansar y nos vemos a la vuelta.
Un abrazo.
Ethan




miércoles, 4 de julio de 2012

PREMIO DE BELLEZA (Prix de Beauté de Augusto Genina, 1930)


El caso de Louise Brooks es único en el mundo del cine. Una actriz norteamericana que triunfó en Europa gracias, principalmente, a dos películas, a dos obras maestras de George Wilhelm Pabst. Hoy la recordamos en una cinta menos conocida que las anteriores, pero igualmente interesante; para nosotros su última gran película europea.























El largometraje lo dirigió Augusto Genina, un realizador italiano que trabajó mucho fuera de su país (también en España, recordemos Sin Novedad en el Alcázar de 1940) y que tuvo el placer de contar con Louise Brooks en esta maravillosa cinta francesa. El filme se rodó al final del período silente y, aunque concebido como mudo, su versión más conocida es una sonorizada con música y doblaje en algunas secuencias. Decir que la película critica a los concursos de belleza y a todo lo que rodea ese mundo, incluido los contratos con las productoras cinematográficas, es quedarse algo corto: la cinta es mucho más.

El argumento, en parte especular, se basa en una idea de René Clair. El director francés se encargó también del guión; pero no lo hizo solo: Pabst se unió al proyecto. Incapaz de dejar a Louise Brooks, después de los dos largometrajes que convirtieron en mito a la actriz del “Casco Negro”, La Caja de Pandora —o Lulú, como prefieran— (Die Büchse der Pandora, 1929) y Tres Páginas de un Diario (Tagebuch einer Verlorenen, 1929), George Wilhelm Pabst siguió a su musa en este claro antecedente de películas sonoras del corte de Ha nacido una estrella:

Lucienne (Louise Brooks) es una joven trabajadora que sueña con ser Miss Europa. Sin que su novio lo sepa, se apunta al concurso de belleza y es seleccionada para representar a Francia en el certamen internacional de San Sebastián. El éxito complica tanto su relación sentimental que tendrá que elegir entre una prometedora carrera como actriz y una vida normal junto a su novio.

La doble autoría en el guión, más la dirección de Genina, convierte a Prix de Beauté en una cinta muy atractiva. Se nos ocurre que la primera parte, la que narra la vida cotidiana de la pareja junto a su amigo íntimo, tanto en el trabajo como en vacaciones, puede ser más del estilo de René Clair. Genina rueda la trama realista como si perteneciera a la corriente de películas documentales de vanguardia (las de Dziga Vertov, por ejemplo). Lo hace tan bien, que el resultado del arranque nos parece igual de adelantado a su época que el de la excelente Gente en Domingo (Menschen am Sonntag de Siodmak, Ulmer, Zinnemann y Wilder, 1930).

La segunda parte, más dramática, con Louise Brooks en el registro que le dio la fama, es completamente diferente, pero igualmente interesante. Lulú —¡también se llama así!— desde que sale del anonimato, gracias al concurso, se ve acosada por los hombres y arrastrada sin quererlo, sin ser consciente de ello, a un destino trágico. Lógicamente, esta fase de la historia tiene todos los ingredientes para que el autor no sea otro que Pabst.

Independientemente del responsable de cada secuencia, lo que está claro es que la cinta es propiedad de Louise Brooks. La estrella está más bella si cabe que en La Caja de Pandora. Muy simpática en ese primer acto realista, casi un documental sobre la propia actriz, el que asignamos a Clair; y estupenda en el melodrama final más cercano a la obra de Pabst. 

Premio de Belleza, insistimos, es la película menos conocida del periodo europeo de Louise Brooks, pero no por ello deja de ser una excelente muestra de lo que la actriz era capaz de hacer. La estrella se aseguró su pase a la eternidad gracias a los elogios de los directores de la Nouvelle Vague. Tanto Truffaut como Godard se dejaron impresionar por la belleza de la actriz y por los personajes que interpretó. Fue tal la influencia, que quisieron rodar sus películas como si fueran homenajes a la memoria de Lulú. En Vivir su vida (Vivre sa Vie de Godard, 1960), Anna Karina es una Louise Brooks revivida. En Jules et Jim (Truffaut, 1962), las andanzas del triángulo protagonista se nos antoja  muy cercanas a las de la primera parte de Prix de Beauté.

Después de la cinta de Genina, Louise Brooks volvió a Estados Unidos para convertirse en una estrella al estilo Hollywood. No nos explicamos qué pudo suceder para que la actriz nunca llegara a triunfar en su país. Sí sabemos que no era como las demás: era culta e  inteligente, una intelectual que dedicó buena parte de su vida al ensayo literario y que nunca se dejó amedrentar por el agobiante sistema de estudios.

Una fuerte personalidad que renunció a formar parte del Star-System… Y claro, eso allí no se perdona.


Os dejo con un clip del tema principal de la película:


 Ver Ficha de Premio de Belleza.





domingo, 17 de junio de 2012

CINE EN DVD: THE ROAD (John Hillcoat, 2009)


En sintonía con los tiempos que corren, la distribuidora Emon Home Ent. lanza en junio un pack de dos DVD’s donde se incluye la cinta de John Hillcoat, la que vamos a comentar, acompañada de la primera entrega de la trilogía sueca de Millenium; algo que ya está siendo habitual para combatir la crisis: la oferta múltiple.























La película de Hillcoat, basada en la novela de Cormac McCarthy, nos presenta una trama apocalíptica donde el mundo agoniza después de una catástrofe, una guerra o ambas cosas. Perteneciente a un género muy reconocible, la cinta describe el viaje de un padre y su hijo hacia el sur con la esperanza de encontrar una civilización normal dentro del caos que vive la humanidad.

Hillcoat se aproxima con acierto, desde la parte técnica, a este tema algo manido. Lo hace gracias a una fotografía plomiza, a un entorno helado, con viento hostil incluido, y a un paisaje desolado. La trama es muy simple, casi no existe, salvo el diálogo poco sutil y machacón entre padre e hijo acerca del bien y del mal, de resistir a la adversidad conservando, protegiendo, los valores morales en un mundo donde la supervivencia obliga a aparcarlos. Sólo el uso del flash-back, y algún que otro encuentro desagradable interrumpen la conversación familiar, eje central del filme.


Y es que apenas hay lugar para la acción, aunque reconocemos que la existente se encuentra bien aprovechada. Hillcoat esquiva las cintas sobre vampiros o zombies para enseñar que el monstruo más terrible de todos es el ser humano: sólo hay que dejarlo sin alimentos y sin ley para ver cómo se transforma, cómo pierde su identidad. En ese sentido, el director, igual que en la novela, nunca explica la causa que ha llevado a esa degeneración de la sociedad; ni siquiera pone nombres a los protagonistas.

A The Road, por tanto, la situamos junto a filmes intimistas como El Tiempo del Lobo (Time of The Wolf de Michael Haneke, 2003), o tan extremos en la reflexión como The Turin Horse (A Torinoi lo de Bela Tarr, 2011), por poner ejemplos contemporáneos, más que a películas comerciales del estilo de Mad Max y sus imitadoras. Podríamos decir que la cinta de Hillcoat es un producto estadounidense con aspiraciones europeas, algo así como Quinteto (Quintet, 1979), aquel atractivo largometraje de Robert Altman, con un arranque similar, protagonizado por Paul Newman. Allí destacaba un espectacular elenco del viejo continente donde Vittorio Gassman, Fernando Rey y Bibi Andersson interpretaban a supervivientes en un era post atómica, con la Tierra congelada, y con un juego mortal como único pasatiempo.


En The Road, el casting es mucho más reducido. Ese estupendo actor que es Viggo Mortensen se echa a las espaldas el proyecto de Hillcoat y hay que decir que pone empeño y le sale bien —por lo visto, en el rodaje dormía con la misma ropa y pasaba hambre de verdad, hasta le echaron de un supermercado de Pittsburg por confundirle con un indigente—. El resto de intérpretes, a excepción del papel del niño, rozan el cameo por el poco tiempo que el director los tiene en pantalla; y eso que Robert Duvall, Charlize Theron y Guy Pierce cobraron lo suyo por participar.

The Road nos parece una película algo desigual por lo plana, lo repetitivo de su mensaje y lo poco que aporta a un género esquilmado por los cineastas, sin embargo, creemos que cuenta con suficientes elementos atractivos como para darle una oportunidad y echarle un vistazo.

Ver Ficha de The Road







viernes, 8 de junio de 2012

PUENTES Y SOMBRAS: La Novela en la Red (II)


Hoy se cumplen tres meses desde que "Puentes y Sombras" se lanzó al mercado editorial. La Red sigue haciéndose eco del libro en forma de reseñas y artículos publicados desde diferentes espacios.

Todas estas entradas las coleccionamos con orgullo y figuran en el lateral del blog. Las últimas que se han publicado en Internet son las siguientes:




LU, desde su estupenda bitácora de cine y literatura nos regala este post:

"Una trama sin piedad, sin descanso, con numerosos e inquietantes giros. Asesinatos, romance, la propia ciudad hispalense, un periódico local y la policía. La ineptitud de los jefes, las traiciones, el submundo de la droga, los barrios marginales, referencias cinéfilas, psicología criminal y ambiciones. Altamente recomendable."



El prestigioso crítico literario Miguel Baquero, de "El Heraldo del Henares", escribe así de bien sobre "Puentes y Sombras":

 "Los personajes, todos ellos, desde la policía protagonista al personaje más secundario, están construidos con deseo de verosimilitud, la trama no es tramposa, no se resuelve en el último momento gracias a un azar increíble, sino que todo va conduciendo hacia un final lógico, es más, sorpresivo, pero es una sorpresa que estaba ante nuestros ojos..."



El líder en información de ocio, cultura y turismo en Sevilla, "El Giraldillo", también opinaba de la novela:

"...la ciudad de Sevilla vuelve a ser testigo protagonista. Los personajes deambulan por la oscuridad de sus calles salvaguardando su supervivencia, cometiendo crímenes y buscando la venganza o el éxito..." 



En "La Pluma Afilada", otro espacio de referencia cultural, destacaban algunos elementos de la novela:

"Desde el primer momento, pues le da un cierto aire de misterio e intriga, invita al ávido poseedor del libro, a seguir devorando las palabras inmersas en su seno, para así, de esta manera, lograr desenmarañar todo ese ovillo de trampas y rompe cabezas que presenta el autor."



¡Muchas gracias a los responsables de las páginas web señaladas y a los autores de los artículos, y un saludo cordial a todos los lectores del blog!





viernes, 1 de junio de 2012

CINE Y TAPAS: LA PANADERA DE MONCEAU (La Boulangere de Monceau de Eric Rohmer, 1963)


El olor a pan recién horneado, a croissants, a palmeras de chocolate y a bollería en general, es nuestra excusa para volver a la sección culinaria del blog. Para presentar nuestro menú, hoy nos apoyamos en los primeros trabajos de uno de los principales valedores de la Nouvelle Vague: Eric Rohmer.
























La Boulangere de Monceau es el primero de los seis Cuentos Morales de Eric Rohmer, uno de los tres grupos de películas que son los pilares básicos de la obra del director francés (los otros dos son Las Comedias y Proverbios y Los Cuentos de las Cuatro Estaciones). De los Cuentos Morales, los primeros, La Panadera… y La Carrera de Suzanne (La Carriere de Suzanne, 1963) son dos cortos, ambos  producidos por Barbet Schroeder, que se reserva en la cinta que nos atañe el papel protagonista. El que luego tendría una carrera como director en Estados Unidos (recuérdese, entre otras, El misterio Von Bulow o Mujer blanca soltera busca…) se convierte así en mecenas del realizador galo.

A pesar de que la película de Rohmer es un filme artesanal, rodado en 16 mm y con escasos medios, ya se adivina por dónde va a transcurrir la mayor parte de su obra. También se presiente que ha nacido un cineasta moderno, comprometido con la nueva ola y sobrado de talento.

La sencilla trama narra como un estudiante se enamora a primera vista de Sylvie, una joven que pasea por las calles de París. Intentando dar con ella, obsesionado por entablar una relación más íntima, el joven pasa siempre por una panadería donde la dependienta se le insinúa ligeramente. Como un juego, y para contrarrestar el fracaso de no encontrar a su amor platónico, el joven intenta seducir a la panadera.

El estilo característico de Rohmer ya está ahí, casi desde el principio de su obra: la desdramatización de los personajes, el realismo en la puesta en escena, la acción que transcurre a un ritmo lineal, pausado pero con las escenas muy bien encadenadas. Cada secuencia, en apariencia muy simple, tiene consecuencias en las siguientes, también sencillas, y todas juntas configuran una historia más compleja de lo que parece. La voz en off, los actores desconocidos, las imágenes del mercado rodadas en exteriores, el realismo que lo impregna todo, le da una frescura a la película que influirá decisivamente en los realizadores contemporáneos y posteriores.

La Panadera de Monceau hay que verla como una obra independiente, pero también como una introducción de la serie a la que pertenece. Sigue el esquema del hombre que persigue a una mujer con la que sueña casarse, pero que en el camino se encuentra con otra de la que también se siente atraído aunque sea la antítesis de la primera (en el físico, en la clase social o en la religión, o en varios de esos aspectos juntos); después vendrá el conflicto cuando tenga que elegir una de las dos. Una introducción, decimos, o un borrador de, por ejemplo, Mi Noche con Maud (Ma Nuit chez Maud, 1969) otro de los cuentos morales que sigue la misma estructura.

Con el título de la cinta de Rohmer nos hubiera bastado para incluir este medio metraje en nuestra serie particular de películas gastronómicas, pero es que, además, algunos alimentos son protagonistas de la trama: así, las galletas son utilizadas para establecer un código en las citas entre el estudiante y la dependienta; el olor a hortalizas, el sabor a cerezas y a otros frutos forman parte de las mañanas de este joven mientras persigue a su amada. Incluso, el propio Rohmer siente una atracción especial por lo que ofrece la panadería en cuestión cuando se para en planos detalle del pastel de melocotón, del bizcocho borracho, de la tarta de manzana o del pastel lorenés.

 Ver Ficha de La Panadera de Monceau.


Y ahora las tapas:



Bar Casa Paco (Calle Luis Huidobro, 23, Sevilla)

Pertenece al Huerto de Santa Teresa, pero para los que no vivimos por allí decimos que Casa Paco es el mejor bar de Nervión. Es un local pequeño, un bar de barrio cualquiera de los cientos que hay en Sevilla, al menos ese es su aspecto exterior, pero que está siempre a reventar. No tiene ni sillas ni taburetes —lo siento—, sólo una barra que, cuando regresas, se te antoja cada vez más pequeña. Todos estos inconvenientes se soportan bien —y pronto se olvidan— cuando por fin te acomodas y empiezan a servirte un festival de tapas.

Los nombres de las materias primas son conocidos: que si solomillo, que si champiñones, ortiguillas, huevos de choco, etcétera. Todo resulta familiar, pero no es más que un espejismo, hay que estar atentos a los apellidos: merluza rellena de langostinos, bacalao en salsa de espinacas, pulpo… a la ¡parrilla! con salsa de boletus… Es decir, comida de aquí, pero elaborada como si estuviéramos en El Bulli, eso sí, sin que el bolsillo se entere, que también es importante.

Cuando a estas delicias (preguntar por la especialidad del día) le unes un surtido de caldos muy bien elegido, dispuesto ante tus ojos en estantes de madera, y bien servido, y unos precios muy asequibles, es cuando te das cuenta de por qué el bar está siempre a rebosar de clientes. Conscientes en Casa Paco del éxito, y de lo incomodo del sitio, hará cosa de un año decidieron abrir otro local más amplio y moderno “a la vuelta de la esquina”, en la calle Muñoz Seca. Allí te puedes sentar sin miedo: las tapas son las mismas.

Ya sea en el local de siempre, o en el otro, o en el pequeño restaurante que tienen enfrente, te garantizo que disfrutaras de las mejores viandas de la ciudad. Y, quién sabe, a lo mejor nos vemos por allí algún día.




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