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domingo, 7 de noviembre de 2021

PARÍS, DISTRITO 13 (Les Olympiades, Paris 13e de Jacques Audiard, 2021)

Adelantándonos a la gala inaugural, pudimos ver en un pase de prensa matinal la primera cinta de la Sección Oficial del Festival de Cine Europeo de Sevilla. Filme elegido por la organización para el arranque por todo lo alto, seguramente debido al tirón que supone disponer de la última película de Jacques Audiard entre las ofertas de este, cada vez más prestigioso, certamen.

 

En París, distrito 13, cuatro personajes, tres mujeres y un hombre, de distintas nacionalidades, razas e inclinaciones sexuales se relacionan entre sí por distintos motivos (compañeros de piso, de trabajo o conocidos por un equívoco en las redes sociales), formando una serie de triángulos que cambiarán sus vidas para siempre. Una trama muy bien entrelazada si tenemos en cuenta que es el resultado de haber adaptado tres historias independientes del novelista gráfico Adrian Tomine.  

La nueva película del veterano cineasta francés se nos antoja que comenzó como un divertimento ⸺«siempre quise hacer una comedia romántica», ha confesado Audiard⸺, pero que en manos del avezado director de thrillers y cine negro, se ha convertido en un drama con cierto suspense por ver cómo terminan cada uno de los hilos. Es verdad que la típica estructura de comedia, chico-conoce a chica-se enamoran-se pelean-y se reconcilian, es en la que se apoya al menos una de las subtramas de este largometraje de vidas cruzadas. 

 

Una cinta en la que el cineasta galo ha bajado a la realidad del blanco y negro abandonando el colorido del polar por el que es conocido. Porque la expresividad del cine monocromático le viene muy bien a una trama realista de un espacio parisino multirracial como es Les Olympiades (así llaman al distrito 13, un conjunto de rascacielos de los años 70 conocido como el barrio chino más grande de Europa). De hecho, la única escena en color es aquella en la que uno de los personajes actúa mientras trabaja en su falso mundo de fantasías sexuales.

Buena película, por tanto, de un director que sorprende con un hábil cambio de registro para proponer una historia de intensas relaciones ⸺más intensas para unos que para otros⸺, con una cámara al servicio de los personajes cuando, gracias a la magia del cine, como ayuda a la contemplación, el director dilata el tiempo mientras fotografía a blancos, negros, amarillos, homosexuales, bisexuales o heterosexuales, es decir, a humanos. Personas que tienen una cosa en común: todos huyen de la soledad que caracteriza el mundo actual. 



lunes, 12 de enero de 2015

MAGIA A LA LUZ DE LA LUNA (Magic in the Moonlight de Woody Allen, 2014)

Tras el paréntesis de Blue Jasmine (muy bueno, por cierto), nuestro pequeño director de grandes gafas y cara de despistado vuelve a viajar a Francia -esta vez a la costa azul, pero de nuevo a los años veinte- para rodar su habitual película anual, si bien, en esta ocasión los resultados no nos han parecido tan atractivos como en su anterior aventura parisina.



Allen regresa con una comedia romántica, con una historia sencilla que se apoya en la lucha entre el escepticismo y la magia del amor, la que es capaz de transformar una vida insulsa y pesimista en algo que merece la pena ser vivido. Para llegar a una conclusión tan evidente, el realizador disfraza el conflicto con algo más divertido: un ilusionista famoso (Colin Firth; el escéptico) es animado a desenmascarar a una supuesta médium (Emma Stone; la que conseguirá enamorarlo) que opera en La Provenza francesa.

El argumento arranca de buen cariz dados los divertidos antecedentes en un cine, el de Allen, que se encuentran repleto de este tipo de personajes. Prestidigitadores, magos, hipnotizadores y toda clase de impostores son asiduos en los guiones del realizador y a veces, como es el caso, son el desencadenante de la trama principal (Scoop, Conocerás al hombre de tus sueños, La maldición del Escorpión de Jade, etc.).


Sin embargo, como si fuera uno de los trucos del protagonista, el planteamiento es sólo una ilusión cuando, finalizado el largometraje, comprobamos que el filme de Allen es el más flojo desde el desastre de Vicky Cristina Barcelona. Es cierto que deja mejor sabor de boca que la fallida cinta rodada en España, pero Magia a la luz de la luna tampoco aporta mucho a una filmografía repleta de buenos largometrajes. La culpa la tiene una trama sosa que no cumple con las expectativas, diríamos que simplona y previsible, que desarrolla mal la historia de amor y, lo que es peor, carente del sentido del humor, algo que suele ser el principal activo en los filmes del director neoyorquino.

Aunque tampoco se luce Allen especialmente desde el lado técnico (lo suyo no son los encuadres que quieren aprovechar el formato panorámico), sí destacamos un par de aciertos, uno general y otro más concreto, que nos recuerdan que nos encontramos ante una leyenda viva del celuloide. El primero se refiere a la agradable descripción de un pasado nostálgico que Allen piensa debió ser mejor (como una continuación de la citada Medianoche en París), subrayado por el colorido propio del artista que se encuentra en su etapa final (nos recuerda a Resnais o a algunos pintores); y la segunda tiene que ver con una escena que se desarrolla en el observatorio astronómico, es la que da título a la película y aunque no sea suficiente para salvar la película, sí que nos dice que el mejor Woody Allen sigue ahí; nosotros lo esperamos en su próxima cinta.



viernes, 22 de noviembre de 2013

ANTES DEL ANOCHECER (Before Midnight de Richard Linklater, 2013)

Tercera entrega de la comedia romántica que iniciara ya hace dos décadas Richard Linklater con la pareja formada por Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy). Después del amor que surgió en Viena, en Antes del amanecer (Before Sunset, 1995), y de su segundo encuentro en París, en Antes del atardecer (Before Sunrise, 2004), los dos personajes —y los dos actores— vuelven a coincidir, esta vez en una isla griega.



La estructura de Antes del anochecer  sigue siendo similar a la de sus antecesoras, es decir un diálogo continuo entre Jesse y Celine dividido en un prólogo (con suspense incluido cuando Jesse se despide de su hijo en el aeropuerto y el público se pregunta ¿qué habrá sido de Celine? Algo que pronto tendrá respuesta) más cuatro actos que se desarrollan en el coche, en una comida con amigos, en un paseo por la isla y en el hotel. Hay repetición en la forma, pero no tanto en el fondo ya que ahora los temas se centran casi exclusivamente en la relación de pareja, de esa pareja.

Mientras entre las dos primeras cintas Jesse y Celine se pierden para continuar cada uno con sus vidas, entre la segunda y esta nueva secuela (que ya adelantamos: es tan buena película como las otras) hay una diferencia importante, en esos nueve años no han dejado de verse: Jesse se ha separado de su mujer y vive con Celine con la que ha tenido dos niñas gemelas. No es lo único que distingue esta tercera película de las anteriores, también lo es la presencia de personajes que interactúan con la pareja al menos en uno de los actos del largometraje, todo con el propósito de centrar la película en un sólo tema, en una sola pregunta: ¿es posible que el amor entre dos dure toda una vida?


  
Cuestión que preside la acción en especial en tres de las fases: la primera, en el coche, con un conato de discusión; la última, la del hotel, con un claro enfrentamiento; y la segunda, en la que los protagonistas comparten una comida con otras tres parejas que representan, casualmente, las tres etapas de la vida en común: jóvenes, maduros y ancianos. Allí se aborda el tema de las diferencias entre los hombres y las mujeres, se habla de los motivos de las separaciones, lo efímero de las relaciones, pero se remata con un emotivo caso de amor eterno. Todo bien dispuesto en la mesa para que el público saboreé la puesta en escena y opine también con su propia experiencia.

Evidentes diferencias que, sin embargo, incluyen una parte muy parecida a las dos primeras entregas, la que tiene lugar en el paseo por la isla. Los diálogos y la sucesión de largos travellings son un claro guiño a las cintas anteriores de la trilogía: Jesse/Ethan y Celine/Julie recuerdan diversos pasajes de Antes del amanecer y Antes del atardecer mientras suenan las notas de “A Waltz for a Night”, canción compuesta por la actriz para el segundo filme. Lo hacen con el registro de naturalidad que se le pide a una pareja que lleva varios años de matrimonio, pero también con la cooperación de los actores que ya han recorrido ese camino juntos en dos ocasiones anteriores y que, además, han participado en la elaboración del guión en lo que suponemos han sido unas sesiones de trabajo muy placenteras.

La trilogía de Linklater no decae, al contrario: sigue gustando por la frescura del experimento, tan bien expuesto por los dos actores; por la estudiada espontaneidad de los diálogos, que con dos películas a sus espaldas ya cuenta con la complicidad de un público fiel; y por la originalidad de la propuesta, que sigue abierta para que, quién sabe, dentro de nueve años volvamos a disfrutar, una vez más, con las conversaciones entre Ethan y Julie.



Ver Ficha de Antes del Anochecer.



lunes, 29 de septiembre de 2008

VICKY CRISTINA BARCELONA (Woody Allen, 2008)

¿Conoce Barcelona? Si la respuesta es negativa y se dispone a ver la nueva película de Woody Allen, entonces está de suerte, al menos en lo que se refiere a la capital catalana. Podrá ver la ciudad en todo su esplendor gracias a los planos de sus monumentos más emblemáticos. Las Ramblas, Montjuic, La Pedrera, El parque Güell o La Sagrada Familia resultan especialmente bellos en las imágenes que nos propone el director neoyorquino...

Eso es todo lo destacable en Vicky Cristina Barcelona. Un filme que decepcionará a los admiradores de Woody Allen –entre los que nos situamos-; que ya pueden decir que el director tiene su “película mala”.



Y es que Allen, de forma descarada y premeditada, ha construido la casa por el tejado: para homenajear unos exteriores que siempre le han tratado bien ha insertado una trama absurda; un guión que sólo pretende ser el soporte de las tomas de la ciudad; una historia aburrida y sin contenido, parecida a aquellas comedias "romántico-turísticas” tan soporíferas del Hollywood decadente de los sesenta.

Además casi todo le ha salido mal. Comenzando por los actores, sobre todo los españoles, y terminando por el apartado técnico el resultado no podía haber sido peor. Me sabe mal decirlo, pero las actrices americanas le dan sopas con honda a nuestros compatriotas: Penélope Cruz parece que se haya empachado de divismo. Tal como le ocurriera a Elizabeth Taylor con aquellas películas junto a Richard Burton, a la estrella española le sobra caracterización. El exceso en la interpretación, la sobreactuación y la falta de credibilidad acompañan toma tras toma a nuestra “Pe”.




En el polo opuesto se sitúa Javier Bardem, que sólo tiene en común con su pareja lo poco creíble de su actuación. El oscarizado actor ha cubierto a su personaje con un inadecuado manto indolente. La sensación de desgana resulta paradójica en un papel que debería dar la impresión contraria. La verdad, no se entiende su falta de motivación cuando le han dado la oportunidad de trabajar con una leyenda viviente del cine.

Para subrayar más el despropósito, la trama se encuentra narrada con una voz en off redundante que, la mayoría de las veces, se empeña en contarnos lo que ya estamos viendo. Mal viendo, diría yo, sobre todo en algunos planos de secuencias interiores donde parece que se hayan equivocado de objetivo; o eso o que se haya declarado en huelga la profundidad de campo, que todo puede ser.

Creo que he visto todas y cada una de las cintas del genial director. Jamás se me ha hecho larga ninguna de sus películas. Sólo he bostezado (varias veces) en una: Vicky Cristina Barcelona. Confirmado: Woody Allen ya tiene su “Película Mala”.


Ver Ficha de Vicky Cristina Barcelona.

lunes, 21 de enero de 2008

CENIZAS DE AMOR (H.M. Pulham. Esq. de King Vidor, 1941)

¿Quién no ha tenido alguna vez en su vida una crisis existencial? Harry Pulham, con algo más de 40 años, se encuentra en esta situación y King Vidor la describe de forma excelente, dando una vuelta de tornillo -más de una- a la famosa crisis de los cuarenta.

Para Harry Pulham (Robert Young) cada día es una repetición exacta de la jornada anterior. El mérito de Vidor es mostrar las actividades cotidianas de Harry y que el espectador sienta que son rutinarias aunque sea la primera vez que las ve en pantalla. La serie de planos que coloca en el arranque demuestran como dominaba el lenguaje cinematográfico, y es que King Vidor planificaba todo al detalle. Así, en una notable secuencia, Harry, de espaldas a la ama de llaves, extiende su mano como si fuera un autómata para que la sirvienta le coloque los dos cacahuetes de siempre que más tarde él echará a las ardillas del parque, de siempre, camino de su trabajo.



Sólo una invitación a comer de un antiguo compañero de la universidad alterará la rutina y provocará toda la acción posterior. Se trata de celebrar el 25 aniversario del fin de carrera y proponen que Harry sea el encargado de escribir un breve resumen de la vida que ha llevado cada compañero. Como es lógico empieza por la suya. A partir de aquí Vidor nos muestra, gracias al flash back, como la vida del pequeño Harry estaba ya planificada desde el momento de su nacimiento. Ese día, su padre (Charles Coburn) hace ya una reserva para un colegio privado donde ingresará su hijo... ¡Dentro de 12 años! Cuando llega a esa edad el primogénito de los Pulham recibe unos consejos que son para enmarcarlos: "Si alguna vez te ocurre algo desagradable, procura que nadie se entere" le dice un grave Charles Coburn.

Una llamada de su antigua novia, Marvin, interrumpe sus recuerdos y hace que la crisis se desate. Ella le pregunta si es feliz; la misma pregunta que varias personas le formulan a lo largo de la cinta. Él siempre responde por obligación, como si la respuesta fuera obvia, "Claro que sí". Pero el genial director nos transmite la sensación de que Harry se encuentra fuera de su cuerpo, oyéndose a sí mismo, respondiendo afirmativamente, cuando sabe que no es verdad, que siente haber perdido el tiempo con su vida y que siempre ha hecho lo que los demás querían que hiciera. Llegados a este punto, queremos aprovechar la aparición en escena de Marvin para homenajear a la estrella que interpreta el personaje: Hedy Lamarr, tristemente desaparecida un mes de enero de hace ocho años.



Nacida en Viena, de familia judía y casada con un simpatizante Nazi, comenzó su carrera como actriz bajo las ordenes del legendario Max Reinhardt. Sin embargo, lo que le dio a conocer fue su papel en Éxtasis, (Ekstase de Gustav Machaty, 1933) una película Checa donde aparecía completamente desnuda. Tras el escándalo, su marido la encerró en casa y le prohibió actuar. También quiso comprar todas las copias disponibles de la cinta, cosa que evidentemente no consiguió –una de ellas la tenía el propio Benito Mussolini-. Después de una huida espectacular (en la que tuvo que drogar a su asistenta y deslizarse por la ventana) Hedy Lamarr llegó a Estados Unidos y fue contratada por la MGM. Si esto no es suficiente para una vida de “película” hay que añadir las veces que se casó y las que fue detenida por su “afición” a robar en las tiendas; pero lo más sorprendente, para mí, es que tiene en su haber varias patentes, algunas de ellas tan importantes como... ¡un dispositivo para evitar que los torpedos guiados sean interferidos por el enemigo!



Esta increíble –y guapísima mujer- realiza una de sus mejores interpretaciones en el largometraje que estamos comentando. Pero no solo ella, King Vidor también da muestras de su buen hacer. Y es que en Cenizas de Amor hay multitud de detalles de buen director y de guionista. Los podemos ver en cada despedida entre Harry y Marvin: siempre da la impresión de que va a ser la última, siempre hay una mirada desesperada o una puerta medio abierta o un hueco de escalera vacío.

Pero la resolución final es lo que marca la diferencia entre una película buena y una obra maestra que perdurará a través de los tiempos. El encuentro entre Harry y Marvin, después de tantos años, y la constatación de que nada volverá a ser igual que antes (hasta su canción suena horrible en el tocadiscos) es memorable. El falso final feliz deja un poso de amargura en un filme que, por lo ambiguo de la conclusión, merece estar en la cima del séptimo arte, donde hace ya tiempo que se encuentra.


Ver Ficha de Cenizas de Amor.

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