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lunes, 7 de abril de 2014

EL AUTOREMAKE EN EL CINE: CAPÍTULO IV (III)

A pesar de lo disparatado de la trama, Bola de fuego resulta más pausada que sus  antecesoras, La fiera de mi niña y Luna nueva. Quizás Hawks se contuvo un poco debido a la fría acogida que La fiera de mi niña tuvo por parte de la crítica, una cinta que se adelantó a su tiempo y que ahora es reconocida como obra maestra. Bola de fuego continúa con el enfrentamiento, algo caótico por momentos, entre el mundo recto y ordenado de los profesores y el más libre y desenfadado de Sugarpuss, pero “carece de los destellos de invención demente de La fiera de mi niña, está más equilibrada y es fundamentalmente más sensible” (Wood 1982, p.111). 
El propio Hawks sostenía que la película no tenía la intensidad de, por ejemplo, Luna nueva porque era un poco más alegórica, “al carecer del realismo de otras comedias, no podíamos imponerle el mismo ritmo” (Bogdanovich 2007, p.256). El director se refería a que Bola de fuego, a diferencia del res­to, se basa en un cuento, en una versión de Blancanieves donde Sugarpuss es la heroína y los profesores son “Los Siete Enanitos” (aquí ocho, aunque Potts, el más joven, se transforme finalmente en el “Príncipe Azul”). Un largometraje, por cierto, muy capriano por los intérpretes[1] y por la referencia al cuento de hadas y a los gánsteres implicados en él (recordemos Dama por un día).

fig. 4.2
 En Bola de fuego hay varias escenas que remiten directamente a Blancanieves, en concreto a la versión de Walt Disney (Snow White and the Seven Dwarfs, 1937)[2]:
El letrero del arranque que comienza con la leyenda “Érase una vez, en un enorme bosque llamado Nueva York…” y continúa con el plano general de Central Park, con los ocho profesores caminando al son de una musiquita muy parecida a la de la película de dibujos animados (4.2); la reacción de los científicos cuando se esconden asustados al ver por primera vez a Sugarpuss (4.3); o la secuencia del baile de la conga, eso sin contar con el parecido físico de alguno de los profesores con los personajes inventados por Disney (4.4).

fig. 4.3
Hawks afirmó que la idea de apoyarse en el tradicional cuento de los hermanos Grimm era suya y que sirvió para desatascar a Wilder y a Brackett que llevaban varios días trabajando en el guión y no conseguían terminarlo. Ambas cosas fueron desmentidas por Wilder cuando años más tarde le confesó a Cameron Crowe, entre risas, que “Hawks era uno de los grandes embusteros de la historia” (Crowe 2002, p.204). Sin embargo, en la misma entrevista reconoció que “algo” aprendió de él como director de cine.[3] Desde luego, “algo” se llevó de la experiencia si tenemos en cuenta que una de sus películas más aclamadas, Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959), sigue una línea argumental muy parecida,[4] con la matanza del día de San Valentín como partida (en Bola de fuego también se nombra el citado crimen) y con una adecuada mezcla de elementos entre el cine de gangsters y la comedia.


fig. 4.4

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[1] Ya sabemos que Barbara Stanwyck era la actriz fetiche de Frank Capra; también Cooper participó en varias de sus mejores películas. A ambos, como pareja, los utilizó Capra con éxito unos meses antes en Juan Nadie. Sin duda, un buen reclamo comercial que Hawks aprovechó para Bola de fuego.
[2] Hawks lejos de ocultar su intención, la subraya cuando en una secuencia entre Dana Andrews y Barbara Stanwyck, el primero dice: “Me han dicho que vives con los siete enanitos”
[3] Bastante más de lo que reconoció Wilder ya que acudía todos los días al rodaje para tomar buena nota de cómo dirigir una película. Ese mismo año, Wilder se estrenaría como realizador en Hollywood con El mayor y la menor (The Major and the Minor, 1942), otra comedia escrita por la pareja Wilder-Brackett. También le sirvió a Wider el rodaje de Bola de fuego para conocer a Gary Cooper y a Barbara Stanwyck, futuros colaboradores suyos.
[4] El McGuffin, como lo llamaba Hitchcock, o pretexto para desencadenar la acción, es similar: Jack Lemmon y Tony Curtis se refugian en una banda de música para huir de unos gánsteres.



viernes, 26 de noviembre de 2010

COLABORACIÓN: CONVERSACIONES CON BILLY WILDER (Cameron Crowe)



Traducción de Maria Luisa Rodríguez Tapia,
Alianza Editorial, Colección Libros Singulares,
Madrid, 2002 (tercera reimpresión),
365 páginas, 20 x 25 cm.

Los libros sobre temas cinematográficos pueden ser distinguidos con criterios parejos a los utilizados para catalogar los propios filmes. Vemos películas en formato estándar o en gran formato. Cintas hay que atraen al gran público y propenden al consumo mayoritario, al tiempo que otras son valoradas, muy particularmente, por los cinéfilos y los verdaderos aficionados al séptimo arte. No pocos títulos son despachados en un visto y no visto, sin apenas registrarse en la memoria, mientras que algunos muy escogidos los tenemos siempre presentes, y aun a mano, grabados y coleccionados en DVD, para ser revisados una y otra vez. Etcétera.

Disponemos en el mercado, asimismo, de publicaciones dedicadas al cine con el fin exclusivo de ser leídas sin más contemplaciones, y de otras cuya vocación las dispone no sólo para ser miradas, sino también, admiradas. Al primer tipo, pertenecen las ediciones de bolsillo, ligeras y manejables, con papel áspero, todo texto y letra pequeña; es decir, en rústica. Los volúmenes del segundo género, son, en realidad, de «primera clase»: ediciones singulares que constituyen un lujo, con tapas duras, papel cuché, bellas estampaciones e ilustraciones y un generoso despliegue fotográfico. Porque, ¿qué es un libro de cine sin fotografías? Muy sencillo: como una piscina sin agua. Como un día de Reyes Magos sin regalos.

Viene este preámbulo a cuento de una obra que no puede faltar en la biblioteca del cinéfilo y el aficionado al cine: Conversaciones con Billy Wilder de Cameron Crowe, publicado en primera edición por Alianza en el año 2000. El libro está disponible en edición de bolsillo. Pero, la edición de la que aquí hablamos son palabras mayores, un ejemplar «gran reserva».

El texto que sirve de base al volumen recoge las entrevistas realizadas por Cameron Crowe a Billy Wilder en 1998, cuando el gran genio del cine cuenta 91 años. Estamos, pues, ante uno de los últimos testimonios directos y personales de Wilder, fallecido en marzo de 2002.

Cameron Crowe, nacido en Palm Springs, California, en 1957, comenzó su carrera en el cine como lo hiciese su legendario entrevistado: trabajando de guionista y periodista. Colaborador en revistas como Creem y Rolling Stone, su primer guión fue llevado pronto a la gran pantalla, cosechando gran éxito de público: Aquel excitante curso (Fast Times at Ridgemont High, 1982). Posteriormente, da el salto a la dirección, también como el maestro Wilder, manteniendo en todo momento las tareas de guionista. Ejerciendo ambas labores ha realizado hasta la fecha seis filmes de entre los que destacamos Jerry Maguire (1996), nominada a cinco premios Oscar, de los que consiguió uno en la categoría de Mejor Actor Secundario (Cuba Gooding Jr) y Elizabethtown (2005). Aquí acaban los paralelismos cinematográficos entre Crowe y Wilder. Aun así tienen bastantes cosas de qué hablar.

No le resultó fácil a Crowe ganarse el favor de Wilder y lograr que una de las últimas leyendas vivas del celuloide por aquéllas fechas, hablase sobre su vida y su obra. Wilder ya estaba por entonces muy anciano y, lo que es más relevante para el caso, nunca le han gustado los interviús ni hablar de sí mismo. Entre otros motivos, porque las confesiones de un personaje célebre son, con bastante frecuencia, malinterpretadas o manipuladas sin más, a la hora de ser impresas y divulgadas. Finalmente, con perseverancia —y la participación decisiva de generosos e influyentes amigos comunes— Crowe se hace un hueco en la agenda y la confianza del director, reavivando así, de nuevo, la memoria del veterano director. El director de El apartamento narra relajadamente múltiples anécdotas del rodaje de sus míticos filmes, habla sin pelos en la lengua de muchas de sus filias y fobias, tanto personales como profesionales, así como de sus opiniones sobre Marylin Monroe, como mujer y como actriz, o de por qué nunca rodó ninguna película con Cary Grant. Y como éstas, cientos de secuencias e impresiones más, relacionadas con una de las trayectorias cinematográficas más memorables que nos da dado Hollywood.

Si el texto, como decimos, es todo un lujo para los amantes del cine, ¿qué decir de la edición? Sencillamente: que les encantará. El aficionado dispone ya de otros libros editados en España sobre la biografía y la cinematografía de Wilder, varias de ellas con profusión fotográfica. Sin embargo, en el volumen que aquí reseñamos encontrará, como valor añadido, imágenes inéditas, inteligentemente seleccionadas y distribuidas en las páginas, todas ellas oportunamente comentadas. No le pasarán desapercibidos algunos detalles ampliados, verdaderamente reveladores, de algunas de esas fotos. Citaré sólo como ejemplo las fotos de los ensayos de la célebre escena de seducción entre Marilyn Monroe y Tony Curtis en el camarote del yate en Con faldas y a lo loco (Some like it hot, 1959). No dijo Curtis toda la verdad sobre que el estar besando a Marilyn en el plató hora tras hora, toma tras toma, hasta la definitiva, supuso para él como besar a Hitler. Pero no diremos ahora más. Que el lector, el voyeur, lo compruebe por sí mismo y disfrute de la última gran obra de Billy Wilder.


Ariodante
Noviembre 2010

(publicado anteriormente aquí)

miércoles, 24 de junio de 2009

COLABORACIÓN: Tootsie (Sidney Pollack, 1982)




Hete aquí que indiscutiblemente nos encontramos ante uno de los grandes hitos de la moderna comedia norteamericana, quizá también ante uno de sus últimos clásicos y quién sabe si además al mismo tiempo ante el definitivo principio del fin. Tootsie posee la estructura y el tono de una comedia tradicional de las de toda la vida, y aunque no renucia en ningún momento a ese clasicismo, en ella ya se atisba cómo se va a allanándo el camino hacia nuevas formas de abordar el género. Y no hay más que echar un vistazo al salvo honrosísimas excepciones lamentable estado en el que éste se encuentra en la actualidad para observar que lo del principio del fin no es una apreciación exagerada. En los últimos tiempos nos hemos más que acostumbrado a ver cómo la comedia viene siendo sometida a todo tipo de vejaciones y de cómo historias y guiones más o menos aprovechables, y que juegan más o menos las bazas del film que nos ocupa, acaban erigiéndose en monumentos al mal gusto y a la chabacanería por obra y gracia de la incompetencia de sus responsables. Por fortuna en esta ocasión detrás de las cámaras nos encontramos con un señor que de incompetente tiene más bien poco como es Sidney Pollack que llegó al proyecto de rebote después de que Hal Ashby que iba a dirigir inicialmente la película presentara su renuncia Ashby, responsable durante la década de los 70 de films tan populares como El regreso o Bienvenido Mr.Chance debió pensar aquello de pies para que os quiero cuando se topó de bruces con, Dustin Hoffman al que en la época se atribuía un ego de tamaño inversamente proporcional a su estatura. Acorde a su status de estrella por aquel entonces el amigo Dustin era todo un especialista en amargar la vida de directores y productores por mor de sus continúas exigencias y su manía de meter mano en todos proyectos en cuantos participaba. Y por lo visto Hal Ashby debía tener poca paciencia.
De algun modo en Tootsie Hoffman empieza interpretándose a sí mismo. Él es Michael Dorsey, un actor del off Broadway con fama de duro y difícil entre algunos círculos de su profesión. Para desesperación de su agente- al que da vida el propio Pollack en uno de sus habituales cameos interpretativos- los contratos pasan de largo una vez sí y otra también, cosa que no es de extrañar ya que su representado se ha convertido en una especie de pesadilla para la industria por culpa de su carácter quisquilloso y tocanarices (en realidad esta primera parte no deja de ser una parodia contra los métodos de la escuela Stanislawsky). Dispuesto a cambiar su suerte, Dorsey toma una decisión tan ingeniosa como arriesgada: disfrazarse de mujer y presentarse al casting de una telenovela de éxito que cuenta con millones de seguidores en todo el país (parodia a su vez de la archifamosa Hospital General que arrasó en la tele americana de los 60 y los 70). Asi, convertido en Dorothy Michaels, oculto tras un enorme pelucón y unas gafas imposibles, Michael obtiene el reconocimiento profesional que tanto ansíaba al tiempo que su vida personal entra en barrena. Nuestro protagonista empieza a conocerse a si mismo, descubre su falta de escrúpulos y comienza a sentir remordimientos por haber traicionado a su mejor amiga que también aspiraba al papel; por si fuera poco se enamora de una atractiva compañera de reparto-Jessica Lange merecedora del Oscar de aquel año por su personaje- y a su vez se ve objeto de deseo del padre de ésta. Pollack echa mano de uno de los recursos más característicos de la comedia de enredo como es la suplantación de personalidades, en esta ocasión también de esos. El antecendente obvio son las farsas de los años 20 y 30 que a su vez desembocan en esa comedia de comedias llamada Con faldas y a lo loco. No era fácil tomar el relevo del "Nobody´s perfect" en una década como la de los 80 tan dada a los excesos y a la frivolidad pero Pollack lo consiguió. Al igual que el maestro Wilder, al que ya en los 90 homenajeará con su "remake" de Sabrina, el director de Tal como éramos huye de los clichés y tópicos característicos de este tipo de argumento para apelar al diálogo inteligente y al gag con sustancia.
Frente a la herencia clásica Tootsie reclama también su propia autonomía e incluye alusiones a la nueva cultura pop y referencias a los nuevos movimientos contraculturales en boga a principio de los ochenta. La película contiene asímismo un interesante discurso sobre lo que en una sociedad como la nuestra significan los términos éxito y fracaso, constituyéndose además en una brillante metáfora sobre la realidad que supone ser actor. Y ahí es donde entra en juego el talento de Dustin Hoffman, uno de los bastiones de la película. Como ya hiciera casi una década antes metido en la piel de otro cómico – Hoffman no daba vida a Lenny Bruce, ERA Lenny Bruce- el actor vuelve a brindarnos todo un recital interpretativo. Por su trabajo volvió a ser candidato al Oscar en un año en el que la competencia era de aupa y en el que junto a él aspiraban al galardón nada menos que Peter O´Toole también en un papel de actor problemático en Mi año favorito, Paul Newman, a las órdenes de otro Sidney, Lumet en Veredicto final, Jack Lemmon, el Jerry de Con faldas y a lo loco, esta vez en un rol serio como el de Desaparecido y Ben Kingsley que al final resultó el vencedor con Ghandi. Dustin se quedó a las puertas de lo que hubiese sido su segunda estatuilla. No lo consiguió pero a cambio nos dejó una interpretación memorable en la que quedaba demostrado que su talento interpretativo era también inversamente proporcional a su estatura.

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