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domingo, 28 de diciembre de 2025

EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO III (XII)

3.2.2. Lo quiso la suerte (Riding High de Frank Capra, 1950). 

Igual que el proceso de la creación de Un Gangster para un Milagro se encuentra ligado a Glenn Ford, el nacimiento y la producción del otro remake de Capra, Lo quiso la suerte, también va asociado a un actor de cine: Bing Crosby. En realidad, todas las películas del director, tras su aventura como productor independiente, son cintas comerciales al servicio de unas estrellas en concreto.[1] Al parecer esa era la única fórmula posible que el director veía para volver a trabajar, aunque fuera renunciando a la libertad de crear el cine que él quería; aunque fuera para confirmar la decadencia como realizador antes de su retirada definitiva.


El propio Capra confirmó en sus memorias, y en diversas entrevistas, que tras la venta de Liberty Films a la Paramount ya no volvió a ser el mismo.[2] Capra cayó en la trampa que no quería para sus personajes: ser engullido por una gran empresa. Los problemas de financiación y el miedo a seguir produciendo sus propias películas al margen del sistema establecido —y el millón de dólares que la Paramount le dio, más un contrato como director— fue lo que motivó su vuelta a la dependencia de unos estudios. Algo de lo que siempre se arrepintió, sobre todo después de ver como la Paramount rechazaba, uno tras otro, todos sus proyectos. Aunque los directivos siempre esgrimían razones económicas, Capra sospechó que existían otras motivaciones ocultas, derivadas de las acusaciones de pertenecer al partido comunista y del hecho de haber liderado un movimiento de rebeldía contra el sistema de producción tradicional.

Las causas achacables a la escasez de presupuesto tenían su origen en la nueva legislación anti-trust de 1948, en la caída de la demanda de las entradas de cine producida tras la guerra y en la creciente subida de la televisión. Todos estos factores obligaron a los estudios a llevar a cabo políticas de recortes de gastos como la conocida “Ley Balaban” de la Paramount: Barney Balaban, que dirigía el estudio desde Nueva York, implantó la norma de no producir películas que costasen más de un millón y medio de dólares.[3]


Esgrimiendo la limitación de costes como causa principal, Capra vio cómo sus propuestas eran ninguneadas, mientras observaba cómo sus compañeros de la extinta Liberty Films llevaban a cabo proyectos tan exitosos —y costosos— como La Heredera (The Heiress de William Wyler, 1949) o Un Lugar en el Sol (A Place in the Sun de George Stevens, 1951), ambas con un presupuesto por encima del tope impuesto por Balaban. Algo que debió ser bastante frustrante para Capra, igual que ver cómo viejas propuestas suyas de su periodo Paramount fueron posteriormente dirigidas por otros colegas (en especial por su exsocio William Wyler), con gran éxito de crítica y público.[4]

Capra confirmó su teoría cuando le rechazaron películas que había propuesto rodar en exteriores y con actores desconocidos para ahorrar dinero; o remakes de viejos éxitos de la Paramount, para no pagar derechos de autor. Las excusas eran del tipo: “De Capra no deseamos filmes de ‘relleno’ rodados en localizaciones. Deseamos películas que podamos publicitar a bombo y platillo, y grandes nombres de estrellas con las que podamos llenar los cines. A un buen precio…” (Capra 2007, p.416). Pero claro, “grandes estrellas” y “buen precio” eran conceptos excluyentes, así que todo parecía indicar que el director no volvería a los platós a menos que expusiera una idea que les resultase tan difícil de rechazar que no tuvieran más remedio que levantarle el “castigo”.

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[1] Son cuatro películas: Lo quiso la suerte y Aquí viene el novio, ambas con Bing Crosby, y, recordemos, Millonario de Ilusiones con Frank Sinatra y Un Gangster para un Milagro con Glenn Ford.

[2] Liberty Films fue una empresa creada en 1946 por Capra y sus compañeros de armas en la Segunda Guerra Mundial: William Wyler, George Stevens y Sam Briskin. En el seno de dicha compañía, Capra realizó ¡Qué bello es vivir! (1946) y El estado de la Unión (State of The Union, 1948). Dos películas personales que a la postre resultaron sus últimos largometrajes importantes, pero que le colocaron en el punto de mira, sobre todo el segundo filme, del senador McCarthy y su Comité de Actividades Antiamericanas.

[3] La “Ley Balaban” se basaba en la siguiente premisa: para que una cinta pudiera obtener beneficios, la recaudación en taquilla debía ser el doble que el gasto de producción. En aquellos tiempos de baja demanda, Balaban estimaba que ninguna película podía recaudar más de tres millones de dólares en taquilla, de ahí que para obtener beneficios las películas no podían sobrepasar el millón y medio de dólares (Capra 2007, p.417). Según McBride la cifra tope eran dos millones (2011, p.548).

[4] Como Vacaciones en Roma (Roman Holiday de William Wyler, 1953), La Gran Prueba (Friendly Persuasion de Wyler, 1956) o Caravana de Mujeres (Westward the Women de William A. Wellman, 1951).




jueves, 19 de febrero de 2009

SILENCIO SE... GRABA (Semana del 20 al 26 de febrero de 2009)

Con los premios de la Academia Hollywoodense a las puertas, la semana entrante nos ofrece algunas cintas merecedoras de estos galardones, acompañando a otras que los han ganado o han sido nominadas. Son películas tan buenas como El Padrino III, Testigo de Cargo, El Tercer Hombre, Tú y Yo o El Apartamento, entre muchas otras. Tampoco faltan largometrajes contemporáneos interesantes como el filme de Tony Gilroy, la fábula de Tim Burton o el biopic de James Mangold. Saludos a todos y que los dvd vayan calentando motores.


Pinchar en la tabla para verla mejor (las películas en rojo no son necesariamente las mejores, son las que se comentan más abajo)


Comentarios de algunas de las cintas recomendadas:

Gunga Din (George Stevens, 1939). Cary Grant, Victor McLaglen. (Castilla-La Mancha TV 2, viernes 20 a las 00:30)

La cinta está basada en un poema de Ruyard Kipling sobre la historia de un héroe hindú del ejército británico, que era un simple aguador, pero deseaba ser un soldado. Sin embargo, dicho argumento queda en un segundo plano, por detrás de la historia de tres sargentos y sus aventuras en la India. Pensada en un principio para que la dirigiera Howard Hawks, finalmente la realizó George Stevens con indudable maestría, como se demuestra en el montaje que él mismo hizo de las escenas de acción. El resultado es claro: una de las mejores películas de aventuras del Hollywood dorado.

Sin embargo, el director, recordando su participación en algunas de las cintas de “El Gordo y el Flaco”, no se resistió a incluir escenas cómicas. Hay tantas situaciones divertidas, y son tan buenos los gags, que el filme casi puede considerarse una comedia, con Cary Grant como humorista aventajado. La fordiana secuencia de la fiesta, con el ponche como protagonista, y la de la curación del elefante, son memorables. Pero también lo es el clímax final, con la batalla filmada en Lone Pine, en el desierto de California.

El largometraje ha servido de referencia a cineastas tan importantes como Steven Spielberg, que se dejó influenciar para llevar a cabo su exitosa serie de Indiana Jones; a Blake Edwards, en el arranque de El Guateque (The Party, 1968); o a John Huston en la obra maestra El Hombre que pudo Reinar (The Man who would be King, 1975).




La Pantera Rosa (The Pink Panther de Blake Edwards, 1963). Peter Sellers, David Niven. (CARTV y TV3, sábado 21 a las 01:00 y domingo 22 a las 18:25, respectivamente)

Primera entrega de la famosa serie del torpe Inspector Clouseau (Peter Sellers). Debe su fama tanto al protagonista de la película como a los dibujos animados de los créditos, obra de Fritz Freeleng, y a la música de Henry Mancini. No es lo mejor de Blake Edwards, pero se convierte en un éxito en todo el mundo. Quizás la segunda parte, El nuevo caso del Inspector Clouseau (A shot in the dark, 1964), y la quinta, La Pantera Rosa ataca de nuevo (The Pink Panther strikes again, 1976), sean mejores que ésta. A pesar de no haber envejecido bien tiene algunos gags muy buenos, como el de la habitación del hotel o la escena final, y, sobre todo, un gran reparto.



El Último Caballo (Edgar Neville, 1950). Fernando Fernán-Gómez, Conchita Montes, José Luís Ozores. (Castilla-La Mancha TV 2, domingo 22 a las 00:30)

Una de las primeras aproximaciones del cine español al Neorrealismo. Y no podía ser otro que Edgar Neville, un director muy apreciado hoy en día, que ya llevaba a sus espaldas obras tan personales como La Torre de los siete jorobados o El crimen de la calle de Bordadores.

El director madrileño aborda una comedia costumbrista, con interesantes aportaciones realistas, que se agradecen al separase -no mucho- de los clásicos proyectos cinematográficos del régimen franquista. Su guión narra las desventuras de un soldado (Fernando Fernán-Gómez), recién licenciado, que no quiere abandonar a su caballo; de hacerlo lo que le espera al animal es morir destripado en cualquier corrida de toros. Por salvarlo tiene que enfrentarse a su novia; recurrir a la portería, como cuadra de emergencia; o dejárselo a su compañero de mili (José Luís Ozores, qué gran actor), un bombero cuya mayor ilusión es tener un piano de cola.

La película gana muchos enteros por su carácter documental. Los paseos a caballo, con Fernán-Gómez de chaqueta y corbata y sombrero de ala ancha, como un Buster Keaton moderno, ajeno al asombro que despierta a su paso, son una entrañable excusa para recorrer las calles del Madrid de final de los años cuarenta.

Toda la cinta se convierte en una reivindicación ecologista, cuando los protagonistas (el dúo de compañeros más Conchita Montes, la actriz fetiche de Neville, que esta vez encarna a una simpática florista) reniegan del mundo moderno; ese que ha motorizado el regimiento, motivo por el que los caballos ya no tienen cabida en él; o el que ha transformado la ciudad en un lugar hostil para los nobles animales que antaño circulaban por sus calles.

La protesta de los personajes se extiende y alcanza su propia existencia. Y es que el verdadero mérito de Neville reside en denunciar ciertos comportamientos sociales y más de una miseria, todos presentes en la España de la posguerra. Así, la vida en la oficina, o en el parque de bomberos, no es más que una prolongación de la rigidez del cuartel; la eterna novia -y la suegra- no pueden ser más materialistas; y hasta las medicinas que necesitan para salvar al caballo las tienen que buscar de estraperlo.

Por último, el rechazo a las corridas de toros es total: el realizador aprovecha la tensión dramática de la trama para presentar unos planos generales donde los astados embisten contra los indefensos caballos. Lo que consigue es una prueba contundente de lo salvaje que realmente es la llamada "Fiesta Nacional".


domingo, 24 de febrero de 2008

POZOS DE AMBICIÓN (There Will Be Blood de Paul Thomas Anderson, 2007

“Habrá Sangre”, advierte, más que titula, Paul Thomas Anderson en su última película. Es una promesa que nos predispone para asistir a una dura historia sobre ambición y odio a partes iguales. Pozos de Ambición, tal como se la conoce aquí, se basa en la novela “Oil!” de Upton Sinclair, y narra la vida de un implacable empresario, Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis) que se dedica al negocio del petróleo en las primera décadas del siglo XX.



El arranque (más de 10 minutos sin palabras) es una perfecta introducción del drama que vendrá a continuación. El duro trabajo manual del protagonista sirve de “biblia” del personaje, de tal forma que el espectador no se extraña lo más mínimo de su posterior actitud personal ante la vida y ante los hombres. La historia realmente comienza cuando Plainview se dispone a explotar una región cuyos propietarios pertenecen a una especie de secta religiosa, dirigida por un fanático que pronto se enemistará con el empresario.

There Will Be Blood podría situarse al lado de otros largometrajes épicos que tocan el mismo tema: el del ambicioso hombre de negocios que se ha hecho a sí mismo a costa de pasar por encima de los demás. Sin embargo, Paul Thomas Anderson le confiere un aspecto sensiblemente distinto y original; y crea una obra importante, una de las mejores del año. El joven director hace con el sueño americano lo mismo que Clint Eastwood hizo con el Western cuando estrenó Sin Perdón (Unforgiven, 1992), es decir lo convierte en una pesadilla. Para que el lector se haga una idea, es como si Anderson hubiera volcado un cubo de fango, lodo y alquitrán sobre Gigante (Giant de George Stevens, 1956). El resultado es el siguiente: fotografía oscura, escenas apocalípticas y diálogos que recuerdan a los del coronel Kurtz en Apocalypse Now con música que sale del mismísimo infierno.


La impresión desde luego es excelente. Pero hay un fallo que tiene nombre y apellidos: Daniel Day-Lewis. Encarna al personaje central, y no lo hace mal; ese no es el problema. Es un error de cantidad más que de calidad: Plainview requiere histrionismo el cien por cien de las veces, esto provoca que Day-Lewis se sitúe al borde de la sobreactuación más de dos horas y media. Ese es el tiempo que dura una cinta algo cargante. Quizás, si Anderson hubiera alternado el punto de vista con otro personaje, habría oxigenado el filme lo suficiente para darle un respiro al espectador.

Independientemente de las pegas que podamos ponerle a este largometraje hay que reconocer que Paul Thomas Anderson crea una atmósfera única, en un entorno hostil donde viven unos seres que odian y rezan. Y llega Plainview. Un hombre cuya personalidad se refleja en un rostro salpicado de manchas de petróleo; rostro que evoluciona a lo largo del metraje como una peculiar versión del “Retrato de Dorian Grey”. Daniel Plainview ofrece un futuro de progreso y bienestar, pero alimenta en su interior una promesa que se hará realidad. Y pronto correrá la sangre...

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Leer critica de Pozos de ambición en Muchocine.net

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