Pues eso, que nos tomamos un respiro. Nos vemos a la vuelta. Un abrazo a todos los lectores.
Ethan.
miércoles, 17 de julio de 2013
viernes, 28 de junio de 2013
LA HORA BRUJA (Jaime de Armiñán, 1985)
El cine como
medio de comunicación se ha servido de la literatura desde sus comienzos y,
desde entonces, ha devuelto con creces el favor al arte vecino. Lo ha hecho en
su faceta de divulgador de las letras gracias a adaptaciones más o menos fieles
a los textos en los que se basa. En el caso de Gustavo Adolfo Bécquer, las películas que recuperan su obra son verdaderos homenajes al escritor
sevillano. En nuestra opinión, La Hora Bruja puede que sea la cinta
de mayor calidad de todas ellas.
Una mujer me ha envenenado el alma,
otra mujer me ha envenenado el cuerpo;
ninguna de las dos vino a buscarme,
yo de ninguna de las dos me quejo.
César (Paco
Rabal) vive con Pilar (Concha Velasco) en un autobús que recorre los pueblos de
España ofreciendo diversos espectáculos como la proyección de películas, la
prestidigitación o la quiromancia. De todas estas especialidades, y de alguna
más, se encarga el “gran” César, un falso mago que no cree en nada y cuyo
negocio es tan ruinoso como su relación con Pilar. Sólo cuando el autobús penetra
en la profunda Galicia su suerte parece cambiar, aunque no esté claro si es a peor:
“Saga” (Victoria Abril) aparece en sus vidas para seducir a ambos y sembrar la
discordia...
La trama de La
Hora Bruja descansa en una fábula donde el cine, con su magia, participa
activamente. Así, en el arranque, el director hace uso de un guión especular
donde la película comienza con una proyección cinematográfica: Cleopatra.
Con el fallo del sonido y las consiguientes protestas del público, César y
Pilar doblan a los personajes en directo. César hace de César y Pilar de Cleopatra,
en un homenaje al cine como espectáculo. No será la única película de la que se
valga el realizador para reconducir la trama (Cielo Amarillo, Hello,
Dolly!, Tarzán y Viva Zapata!, también serán nombradas),
para utilizar el séptimo arte como un elemento más de fantasía en este universo
creado por De Armiñán donde los versos de los clásicos tienen claro protagonismo.
Y es que el
director dedica la película a todos los poetas de nuestra lengua, en particular
a Rubén Darío, Quevedo, Cervantes y Rosalía de Castro; también a Federico
Oliver, a la sazón abuelo de Jaime de Armiñán, y, por supuesto, a Gustavo
Adolfo Bécquer.
Ver ficha de La Hora Bruja.

lunes, 27 de mayo de 2013
I DIED A THOUSAND TIMES (Stuart Heisler, 1955)
Si hubo un
estudio que destacó por los policíacos, por las cintas de gángsters o por las películas del mejor ciclo negro de la historia
del cine, ese fue la Warner Brothers. Con Jack Warner a la cabeza, con
productores como Hal Wallis o Mark Hellinger, y con guionistas como John Huston
o William R. Burnett, comenzó esa aventura realista que denunciaba a su manera
el sistema y que se colocó a tiro para la caza de brujas del senador McCarthy.
De todos ellos sería muy interesante hablar, pero hoy nos decantamos por el magnífico
escritor que fue Burnett, y por una de sus novelas señeras: “High Sierra”.

Como saben los
aficionados al noir, el libro de
Burnett fue llevado a la pantalla por Raoul Walsh en dos ocasiones: la primera,
se estrenó en 1941 con el mismo título (aquí se conoció por El último refugio) y resultó ser una obra maestra donde Humphrey Bogart e Ida
Lupino brillaban al frente del reparto. La segunda, se rodó en 1949 en clave de western y tampoco le fue a la zaga: Colorado Territory (Juntos hasta la muerte en
nuestras carteleras). Lo que es menos conocido es que hubo una tercera versión,
que también nació en la Warner, que la dirigió el artesano Stuart Heisler y que
se tituló como Burnett sugirió para la cinta original: I Died a Thousand Times.
Para el guión de
I
Died a Thousand Times, nadie mejor que el propio Burnett que ya había
adaptado su novela en la primera versión, con la diferencia de que su colaborador de entonces, John Huston,
ya era un director hecho y derecho por lo que el escritor se tuvo que
enfrentar al trabajo solo. Un trabajo del que el propio Burnett reconoció estar
más satisfecho que el realizado para El último refugio. Digamos que fue
más fiel a su propia novela debido, según él, a no estar tan sujeto a las
decisiones de los productores tal como ocurrió en 1941. Burnett se refería a
las distintas objeciones que le puso Mark Hellinger, en especial en lo referente a la relación
entre el gánster Roy Earle (Humphrey Bogart en la original, Jack Palance en la que nos atañe) y la minusválida Velma (Joan Leslie frente a Lori Nelson en el remake):
Roy Earle sale
de la cárcel, indultado, después de siete años en prisión. Su socio Big Mac (Lon
Chaney), que se está muriendo, quiere que se encargue de un último trabajo:
robar la caja fuerte repleta de joyas de un hotel de la sierra. Roy acepta,
pero siente que las cosas no van a ir bien cuando le presentan a los compañeros
de trabajo: dos inútiles (Earl Holliman y Lee Marvin, algo desaprovechado este último) y una mujer (Shelley Winters) por la que ambos se
pelean. En el camino hacia la sierra, Roy conoce a un grupo de granjeros que le
recuerdan a su niñez. Quizás por eso se enamora de Velma, la hija pequeña, casi
una adolescente, que sufre una minusvalía en un pie. Roy hará todo lo posible
por ayudarla mientras prepara el plan que le hará rico, que le permitirá
retirarse y casarse con Velma.
Salvo la omisión
de todo el arranque de High Sierra (algo crucial para
presentar el carácter ambiguo de Earle), el resto de la trama es idéntica al
de la cinta original; con algunos planos calcados como el del salto de la
liebre que propicia que Earle conozca a los granjeros, o la persecución final
camino al monte Whitney. A pesar de un guión bien construido, la cinta es
claramente inferior a la protagonizada por Humphrey Bogart e Ida Lupino; lo que
demuestra, una vez más, que no es suficiente con contar con un argumento bien
desarrollado.
Es inferior, en
primer lugar, por carecer de estos magníficos intérpretes, pero también por no
contar con Walsh al frente del proyecto. Heisler resulta demasiado frío. Desde
luego, se echan en falta aquellos primeros planos de Bogart y Lupino que iban
tejiendo un fuerte vínculo entre la pareja —para algunos (Noël Simsolo) esto es
una ventaja, porque se muestra todo con mucha más objetividad y, por tanto, con
más crudeza—. A la distante puesta en escena de Heisler, se le une algún
personaje no del todo definido, como el propio Earle, o sencillamente mal
construido como el de la cabaretera a la que da vida Shelley Winters, una mujer
que baila la conga en el momento menos oportuno. Tampoco ayuda la fotografía en
color mucho menos expresiva que el blanco y
negro de la primera película, ingrediente que se nos antoja fundamental para un
noir fatalista como éste; ni siquiera el
formato panorámico consigue hacer olvidar los magníficos encuadres de Walsh y
de Tony Gaudio, su operador de entonces.
.
A pesar de todo,
I
Died a Thousand Times puede ser una agradable sorpresa para el
aficionado al cine negro, en especial si no se han visto las versiones
anteriores, o no se tienen tan cercanas. Porque ya se sabe que las
comparaciones, en ocasiones, son odiosas.
Una de las mejores secuencias de la película:
Ver ficha de I Died a Thousand Times.

jueves, 9 de mayo de 2013
CINE EN DVD: EL HOMBRE DE LAS FIGURAS DE CERA
(Das Wachsfigurenkabinett de Paul Leni, 1924)
Sin abandonar el
tema que nos ha ocupado las últimas entradas del blog, retomamos nuestra serie
acerca de las novedades en DVD para comentar el lanzamiento que Cameo Media
tiene previsto efectuar el próximo día 22. Se trata de la obra maestra de Paul
Leni, El Hombre de las figuras de cera; película perteneciente al caligarismo o, lo que es lo mismo, al
expresionismo más puro (véase el capítulo III del especial sobre el Expresionismo).
Leni, antiguo
decorador de Max
Reinhardt (el productor y director teatral, padre del Expresionismo), se rodea de nombres propios del movimiento y se deja influenciar
por, Caligari,
primero, pero también por Las Tres Luces (Der Müde Tod de Fritz Lang, 1921), para rodar Das Wachsfigurenkabinett. Una maravilla de filme que, a
su vez, inspiró a cineastas posteriores y que aborda un tema que será
recurrente en las futuras películas de terror, los crímenes en los museos de
cera:
A un escritor
(Wilhelm Dieterle) le encargan el trabajo de inventar tres historias fantásticas
sobre otras tantas figuras célebres (el califa Harun al Raschid, el zar Iván el
Terrible y el asesino, Jack el Destripador) con el objetivo de promocionar el
museo de cera donde se exhiben. El poeta se apoya en su propia persona y en
Eva, la hija del dueño del museo, para protagonizar los tres cuentos. En ellos,
la pareja sufre el acoso de los hombres de cera que han cobrado vida. Mientras
escribe sus relatos, el escritor se enamora de Eva al tiempo que le va venciendo el sueño…
Como en Der Müde Tod, Leni narra tres historias
diferentes donde los mismos actores dan vida una y otra vez a distintos personajes
en un imaginario país árabe, en la Rusia zarista o en el Londres decimonónico. Para
escribir el guión, Leni no pudo elegir a
nadie mejor que a Henrik Galeen, otro de los fundadores del
expresionismo cinematográfico. De Galeen es, por ejemplo, el libreto de Nosferatu, pero también fue el director de uno de los remakes de El estudiante de Praga y el colaborador de Paul Wegener en la primera versión de El Golem. Para encarnar a
los villanos de cada episodio, Leni tampoco se corta y se decide por los tres
actores fundamentales del movimiento: Emil Jannings, Conradt Veidt y Werner
Krauss. Sin duda, uno de los atractivos de la película es ver trabajar juntos a
estos tres actores legendarios.
![]() |
| El agobiante laberinto del palacio del califa |
Con respecto al
protagonista, el futuro realizador Wilhelm Dieterle —que cambió su nombre de
pila por el más “americano”, William, después de emigrar a Estados Unidos—, hay
que decir que tampoco era ajeno al expresionismo ya que había pertenecido al
elenco de la compañía de teatro de Reinhardt. En El Hombre de las figuras de cera,
Dieterle es un pluriempleado que interpreta a tres personajes y además ejerce
de ayudante del director. En el primer acto, da vida a un panadero que
tiene que demostrarle a su mujer que no es tan débil como ella cree, para lo
cual se dispone a robarle al mismísimo califa el anillo de los deseos. Mientras
el panadero arriesga su vida, su “ligera” esposa flirtea con todo aquel que se
acerca a su casa, desde el visir hasta el propio califa. De este primer
capítulo, destaca el contraste del amenazante muro de la ciudad, con los decorados circulares de la vivienda del panadero y los laberínticos e imposible corredores del palacio. Esto
último en sintonía con la oronda figura de Emil Jannings que interpreta a un
lascivo califa. Se dice que Douglas Fairbanks se fijó en la cinta de Leni, en
este capítulo en concreto, para idear su Ladrón de Bagdad (The Thief of Bagdad de Raoul Walsh,
1924).
En el segundo
episodio, Dieterle es un príncipe de la corte de Iván el Terrible. El
célebre zar es interpretado por Conradt Veidt al más puro estilo
expresionista. Un monarca envilecido que ordena asesinar a su sicario, “el
envenenador”, para evitar ser una más de sus victimas. Veidt interpreta al zar
como hizo en Caligari,
como si fuese el zombi Cesare, sólo que ahora el monarca está hipnotizado por
un reloj de arena que cuenta el tiempo que le queda de vida. De nuevo los decorados —también el vestuario—
son un aspecto a destacar: las cúpulas esféricas que aluden al fatídico reloj
de arena se mezclan con otras formas más verticales, en armonía a la estilizada
figura del zar; aunque, igual que en el primer capítulo, los techos sigan siendo
demasiado bajos para que puedan andar cómodos los personajes. Es clara la
influencia de este acto en la excelente Iván el Terrible (1944) y su segunda
parte, La conjura de los boyardos (1958), ambas de Eisenstein. El Iván del director soviético es calcado al
de Veidt: camina a cámara lenta y se comporta como un autómata a través de unos
decorados que acentúan aún más la verticalidad que ya esbozó Leni.
Pero si hay un
capítulo que represente el caligarismo tal como lo enunciamos en anteriores entradas, ese es el tercero: Dieterle, el
poeta, escribe sobre Jack el Destripador, pero se queda dormido. El asesino,
interpretado por Werner Krauss (el doctor Caligari, ¿recuerdan?), cobra vida y
persigue al escritor y a su novia a través de una ciudad de pesadilla, donde
los decorados se desdoblan, donde se agolpan los edificios extrañamente
inclinados en un delirio maravilloso obra del propio Paul Leni y del pintor
Fritz Maurischat, todo para reflejar la angustia de la pareja. El único problema de este acto es que queda demasiado corto en comparación con los otros dos. Al parecer la falta de presupuesto fue el motivo de la amputación del filme que, en el origen, constaba de cuatro partes. Aun así, la cinta es una obra maestra del cine alemán, y del cine silente en general.
Para los
cinéfilos, pero también para diseñadores o artistas de cualquier índole,
recuperar, o visionar por primera vez —dichosos ellos—, El Hombre de las figuras de cera, prometemos que será una actividad sorprendente que no olvidarán nunca.
Ver ficha de El Hombre de las figuras de cera.
Ver ficha de El Hombre de las figuras de cera.

miércoles, 10 de abril de 2013
ESPECIAL EXPRESIONISMO (y VII)
4.2. El Neoexpresionismo (continuación)
En la
década de los treinta y en un estudio en particular, La Universal, es donde el
Expresionismo irrumpe con más fuerza. Fue la edad dorada del cine de terror.
Los Drácula, Frankestein, Fumanchú y demás
criaturas eran los herederos directos de Caligari y
Nosferatu. La influencia expresionista puede explicarse como
consecuencia de un clima social parecido al de la Alemania de Weimar: La
Gran Depresión.
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| El Cine Negro, heredero del Expresionismo |
Pero
quizás la llegada del Cine Negro (ver especial) en la década de los cuarenta es la que más se
asocia al Neoexpresionismo. Y no resulta extraña esta afirmación si repasamos
los nombres de los directores que desarrollaron el nuevo género (Fritz Lang,
Robert Siodmak, Otto Preminger, Billy Wilder...). Todos ellos aportaron al cine
negro recursos tales como extrañas angulaciones de cámara, el psicoanálisis, el
predominio de las sombras sobre las luces, la nocturnidad y la integración de
objetos, vestuario y decorados con los personajes.
Otros
cineastas importantes que aplicaron elementos expresionistas a su obra fueron:
Orson Welles.- Enfatizó las posibilidades expresionistas de la iluminación y
utilizó el decorado como un personaje más de la trama. En películas como
Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) y El Cuarto Mandamiento (The magnificent Ambersons, 1942) los edificios y objetos
parecen tener vida propia. Como ejemplo sirva la escalera de la mansión de los
Ambersons que a la vez separa a los personajes y es testigo de los momentos
culminantes de la acción.
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| La Escalera de los Ambersons |
Joseph L. Mankiewicz.- Su herencia expresionista radica en el interés
por el decorado. En películas como La Huella (Sleuth, 1973) los
autómatas, máscaras y demás objetos cobran vida para acercarnos a las miserias
humanas.
Charles Laughton.- Su único largometraje, La noche del cazador (The night
of the hunter, 1955), es una obra maestra del cine expresionista, contiene
prácticamente todos los elementos que caracterizan al movimiento artístico. La
amenaza que Robert Mitchum ejerce sobre los niños deforma totalmente el
paisaje. El dormitorio donde Mitchum asesina a una Shelley Winters en estado
semi-hipnótico recuerda a las habitaciones de Caligari.
Michelangelo Antonioni.- Con la película El Desierto Rojo (Il Deserto Rosso, 1964)
este director italiano experimenta con el color de tal forma que llega a pintar
paredes, fábricas y hasta un bosque para conseguir reflejar los estados
anímicos de los personajes.
La
lista es interminable pero sirvan esos ejemplos para adherirse a la definición
amplia que apuntábamos en la introducción.
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| "La Noche del Cazador" nos remite a "Caligari" |
5. A MODO DE CONCLUSIÓN.
Hoy en
día, lo normal es que las películas utilicen múltiples recursos para desarrollar
el lenguaje narrativo adecuado. El Expresionismo, como hemos visto, es uno de
los más utilizados.
El
caldo de cultivo para la aparición de la corriente expresionista fue una
situación social de intenso pesimismo, como la ocurrida en Alemania a primeros
de siglo. El resultado de ese ambiente fatalista fue un marcado interés por lo
sobrenatural y lo fantástico, por la revolución artística, por el rechazo a lo
natural y a lo real. De esta forma surgió en todas las artes, y en el cine en
particular, un movimiento que influyó en el tiempo de forma indefinida.
Las derivaciones del Expresionismo fueron múltiples: el
"Caligarismo", el "Expresionismo Arquitectónico", el
"Expresionismo Realista" o "el Neoexpresionismo". Pero
todas ellas tienen un elemento en común: el conseguir reflejar el estado mental
del personaje gracias a recursos externos a él. Ya sean objetos animados,
decorados y atmósferas deformadas, sonidos y colores irreales, o todo a la vez.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Sánchez-Biosca, V. 1985, Del otro
lado: la metáfora. (Modelos de representación en el cine de Weimar). Ediciones
Hiperión, Madrid.
Moix, T. 1997, La
Gran Historia del Cine. ABC, Blanco y Negro, Madrid.
Eisner, L. H. 1955, La Pantalla diabólica, Losange, Buenos Aires.
Casals, J. 1982, El
Expresionismo, Montesinos Editor, Barcelona.
Roig Ros, P. “El
Gabinete del Dr. Caligari”. www.interbook.net/personal/garry98/gabinete,htm
Leer el especial Expresionismo desde el inicio
domingo, 24 de marzo de 2013
ESPECIAL EXPRESIONISMO (VI)
4. EVOLUCION, DECADENCIA
E INFLUENCIA POSTERIOR.
4.1. Derivaciones
expresionistas. El Kammerspielfilm- A parte del "Caligarismo", del
Expresionismo arquitectónico, y de otras corrientes expresionistas
cinematográficas que surgieron en los años veinte en Alemania, cabe destacar
por su importancia el Kammerspielfilm (film de cámara) o también llamado
Expresionismo Realista. Se inicia con la película de Lupu Pick El
raíl (Scherben, 1921) y se basa en obras de pocos actores que se mueven
en ambientes cotidianos, con ausencias de rótulos, donde lo que importa es
visualizar los caracteres y la psicología de los personajes.
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| Emil Jannings en "El Último" de Murnau |
De nuevo
es Murnau el director que encabeza el "cine de cámara". Para rodar
estos filmes forma un grupo de profesionales entre los que se encuentran el célebre
actor Emil Jannings, el guionista Carl Mayer (omnipresente en todo el
Expresionismo) y el director de fotografía Karl Freund. La película
representativa del Kammerspielfilm es El último (Der letzte mann,
1924) donde un portero de hotel, al llegar la hora de su retiro, se
ve relegado a encargado del baño de caballeros. El drama del hombre privado de su
uniforme, por el que sentían respeto sus vecinos, como si fuera un general, se
presenta al espectador cargado de sentimientos. Con este filme se libera a la
cámara, atada literalmente al cuerpo de Freund, se la "desencadena"
como llaman los alemanes al objetivo en movimiento. Pese a estos novedosos
elementos, los recursos expresionistas se suceden una y otra vez en
contraposición al drama realista: Los juegos de luces, la deformación de la
imagen (la puerta giratoria del hotel), el movimiento fantasmal del ascensor y
la ausencia de protagonismo de los personajes secundarios, que sólo cobran vida
en relación con el personaje central.
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| Las luces y las sombras protagonistas en "M" de Fritz Lang |
La
desintegración definitiva del movimiento en Alemania sobreviene con el
advenimiento del nazismo. Una última película de este período es M. el
vampiro de Dusseldorf (1931) de Fritz Lang. Aquí el criminal ya no es un
monstruo como "Nosferatu" o "El Golem", es un pequeño
burgués de apariencia normal que asesina niñas y que es juzgado por los propios
delincuentes. La llegada del nazismo era tan evidente en este filme que
Lang tuvo que emigrar forzosamente a Estados Unidos.
4.2. El
Neoexpresionismo.- Fue en Hollywood precisamente donde el nuevo Expresionismo
se instaló con más fuerza, en parte debido al exilio de ilustres directores
centroeuropeos como Murnau, Lang y Von Sternberg, entre otros. Pero anteriormente, en la
década de los años veinte, su influencia ya se dejó sentir en el mundo anglosajón.
Autores tan importantes como John Ford o Alfred Hitchcok incorporaron elementos expresionistas a sus películas. En El
enemigo de las rubias (The Lodger, 1926) Hitchcock renuncia casi
totalmente a los subtítulos fiel a la influencia alemana. En The
Ring, otro largometraje de su etapa muda, vuelve a notarse la influencia
expresionista patente en algunas metáforas y en la visualización sonora.
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| John Ford y el Expresionismo: "El Delator" |
Mientras
tanto, Ford, en Cuatro hijos (Four sons, 1928), utiliza los
decorados de Amanecer de Murnau y arranca la cinta de la misma forma que el director alemán hace en El Último (hasta el cartero del pequeño pueblo es un doble de Jannings con uniforme y todo). Aunque donde más se nota la influencia expresionista en Ford es en tres de su películas
sonoras: El
delator (The Informer, 1935), Hombres intrépidos (The Long
Voyage Home, 1940) y El Fugitivo (The Fugitive, 1947). En ellas la atmósfera agobiante e irreal y la utilización
de los claroscuros es bastante significativa.

martes, 26 de febrero de 2013
ESPECIAL EXPRESIONISMO (V)
3.3. El Expresionismo de
Murnau y Lang (continuación):
Pero quizás la obra mas recordada de Lang en
su etapa muda es Metrópolis (1927).
Cuando el movimiento expresionista agonizaba, Lang sorprendió al mundo
cinematográfico con este filme, paradigma de lo que se llamó Expresionismo Arquitectónico
o Lineal (no olvidemos los inicios de Lang como arquitecto). Lang se inspiró en
un viaje que realizó a Nueva York para poner en práctica su idea de "la
línea del cielo", por la cual todas las estructuras apuntaban hacia
arriba.
Continuar leyendo.
Leer el especial Expresionismo desde el inicio
Fritz Lang.- Comenzó en el mundo del cine como guionista, igual que su esposa Thea von
Harbou. Aunque el siempre lo negó, su forma de hacer cine tiene una relación directa con el Expresionismo,
tanto es así que estuvo a punto de dirigir El gabinete del doctor Caligari siendo sustituido finalmente por Wiene. Más que servir al movimiento, Lang se
sirve de él en su propio interés. De esta forma en Las tres luces (Der müde Tod, 1921) utiliza la
simbología que le proporciona una imagen y un decorado distorsionados a través
del claroscuro, influencias directas del teatro de Reinhardt.
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| Las Tres Luces |
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| "La línea del cielo" en Metrópolis |
Los recursos expresionistas son
evidentes en una cinta donde las máquinas cobran vida, donde los robots
protagonizan la trama, donde los actores gesticulan hasta el paroxismo (véase
el inventor interpretado por Klein-Rogge, o la falsa María, brillante Brigitte
Helm).
La luz también juega un papel importante,
pero no para distorsionar ambientes y personajes, sino para diferenciar
socialmente la clase alta que vive en el exterior de la clase obrera
perteneciente al mundo subterráneo. También para dar impresión sonora, como en
los cuatro chorros de luz que salen de la sirena que anuncia el cambio de
turno, o la sinfonía luminosa de las máquinas.
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| Disposición geométrica en las multitudes de Metrópolis |
Otro de los logros de esta obra maestra es el manejo de las
multitudes. Parte del mérito habrá que atribuírselo a Otto Rippert, cuya
influencia en Metrópolis es notoria, no en vano Lang trabajó para él como guionista.
Sólo hace falta ver Homunculus para darse cuenta de la similitud en la utilización
de las masas en ambas películas. En el arranque de Metrópolis, un grupo de
obreros caminan de manera uniforme, siempre con la cabeza agachada, sin que se
les vea la cara, carentes de personalidad alguna; durante la inundación, la
multitud que huye desesperadamente se amontona de forma piramidal sobre un
islote apuntando hacia el cielo, rogando por la salvación; en la escena final,
los obreros se aproximan formando un triángulo que apunta al centro de la
imagen donde se encuentra la pareja protagonista. Son algunos de los ejemplos
de las disposiciones geométricas que Lang ideó para dar mayor fuerza expresiva
a las imágenes.
Continuar leyendo.
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sábado, 16 de febrero de 2013
GANGSTER SQUAD (Ruben Fleischer, 2013)
Nos da por llevar la contraria. Es habitual que en estos días
de febrero, con la cartelera repleta de películas nominadas a los Goya, Oscar y
demás premios, uno no sepa a qué sala acudir. Qué manía la de distribuir las
películas, que supuestamente son las mejores, en un solo mes. No entramos en el
juego y nos decantamos por una cinta que me temo tendrá que esperar al año que
viene para disputar estos galardones ya que se estrenó el pasado enero; mala
fecha, pero buena película.

Este escuadrón antigángsters
se basa en una historia real y en el libro homónimo de Paul Lieberman, pero realmente es, a partes
iguales, un ejercicio de nostalgia y de estilo. Veamos:
Mickey Cohen (Sean Penn) es un sanguinario y ambicioso capo
de la mafia que quiere controlar Los Ángeles a base de asesinar a la
competencia y de comprar a jueces y policías. El sargento O’Mara (Josh Brolin) es
un excombatiente de la Segunda Guerra Mundial que aún sigue batallando, esta
vez contra los delincuentes. Un agente de la ley atípico, de los que no se
venden, que quiere acabar con Cohen formando un escuadrón de policías. Los
agentes operan desde la ilegalidad y tienen carta blanca para destrozar
locales, garitos e intervenir las operaciones del mafioso. La mano derecha de O’Mara
es el sargento Jerry Wooters (Ryan Gosling), un policía más “normal”, que se
adhiere a la causa por dos razones: es el amante de la novia de Cohen y además
acaba de perder a un amigo, a un niño limpiabotas víctima de un tiroteo de los
matones de Cohen.
Con esta trama de película de serie B ambientada en los
años cuarenta, Ruben Fleischer, un director curtido en la televisión —uno más—, elabora un producto que sueña parecerse a aquellas películas de cine negro que
poblaban las carteleras de posguerra. Consigue su propósito gracias a una
cuidada estilización y ambientación, y a una galería de personajes estereotipados
que encajan como un guante en este filme de género.
Sin embargo, es en esa definición de caracteres donde el director se
muestra algo más irregular. Si el personaje al que da vida Ryan Gosling —en un
registro que el actor domina— es el que consigue que la película se salga del maniqueísmo
para ingresar de lleno en el noir, el
de la esposa del sargento O’Mara da más vueltas que una veleta hasta
convertirse en el error más grave de la película.
Pocos fallos que Fleischer suple con algunas secuencias
para enmarcar: la del atentado en plena calle y la del tiroteo a oscuras. La
primera, resuelta dilatando el tiempo con el manejo de la cámara lenta; la
segunda, con un montaje paralelo que alterna el número musical de una graciosa “Carmen
Miranda” con una espectacular escena de acción. Dicha secuencia utiliza de una
forma muy original los fogonazos de los disparos para conseguir un recurso estético
de altura.
Gangster Squad es, por tanto, un refugio para el cinéfilo
aficionado al cine negro, una mirada al pasado con la técnica del presente, un
producto bien rodado con un guión que parece escrito por el mismísimo Raymond
Chandler:
“—¿Dónde has estado toda mi deprimente vida?
—… Bebiendo.”
Ver Ficha de Gangster Squad.
viernes, 8 de febrero de 2013
EL MESTIZO (The Squaw Man de Cecil B. DeMille y Oscar Apfel, 1914)
A lo largo de este año se cumple
un siglo del comienzo del rodaje del que ha sido considerado durante muchos
años el primer largometraje realizado en Hollywood. La importancia de la
gestación de El Mestizo, que sobrepasa con creces la que pueda tener la película
—de calidad limitada—, justifica sobradamente que nuestro blog preste su
espacio al proceso que culminó con su filmación:
En otoño de
1913, casado y con deudas, Cecil B. DeMille había superado ya la treintena y se
le presentaba un futuro bastante incierto: su trabajo como escritor de operetas
y vodevil no daba para mucho, y además veía como las compañías de teatro en
Nueva York iban desapareciendo año tras año (en parte, por culpa del cine). Fue
entonces cuando decidió apostar por la aventura. DeMille le confió a su amigo Jesse
L. Lasky su deseo de probar como corresponsal de guerra en la revolución
mexicana. Lasky, como empresario que era, le quitó a DeMille la idea de la
cabeza y le propuso otro tipo de aventura: rodar un largometraje.
Después de
reunir alrededor de 20.000 dólares, Lasky formó la Jesse L. Lasky Feature Play
Company, con él de presidente, Sam Goldwyn de vicepresidente y Cecil B. DeMille
como director general. Para su primera película, decidieron adaptar una obra de
teatro de éxito y contratar como protagonista a un actor consagrado en las
tablas. “The Squaw Man” cumplía todos los requisitos: era una obra muy
conocida, que se había representado en casi todos los estados, y que había sido
un éxito total. Su autor, Edwin Milton Royle, vendía los derechos a un precio
asequible, y al ser un western, el
ahorro en costes de iluminación podía ser significativo ya que gran parte del
rodaje se haría en exteriores. Para el papel principal se pensó en Dustin
Farnum que ya lo había representado en el teatro. El resto del casting estaba previsto elegirlo en el
lugar de la filmación, en Flagstaff, Arizona.
DeMille y su
equipo llegaron a Arizona, pero tanto el clima como el paisaje les parecieron
muy poco adecuados para una historia que en teoría se desarrollaba en Wyoming. Fue
Farnum el que sugirió la idea de seguir hacia delante, hacia Los Ángeles,
California, y echar un vistazo. Así lo hicieron. Después de varios días
buscando un lugar adecuado para montar su estudio, por fin lo hallaron en una especie
de pedanía próxima a Los Ángeles que ofrecía gran variedad de escenarios
naturales y un clima perfecto. La aldea se llamaba Hollywood, allí fue donde
DeMille alquiló el famoso granero que se convirtió en el primer estudio de lo
que hoy conocemos como la Paramount.
Tras elegir
localizaciones y contratar al resto del personal, el rodaje comenzó el 29 de
diciembre de 1913. La historia de la filmación de The Squaw Man, plagada de obstáculos y contratiempos, podría
perfectamente ser motivo para hacer otra película; sobre todo por las anécdotas
relativas al enfrentamiento entre la recién creada empresa y la todopoderosa
compañía de Edison, por entonces dueña del monopolio cinematográfico.
En una
ocasión, DeMille encontró en la sala de montaje varios metros de película destrozados
que fueron repuestos gracias a que tenían otra copia disponible. En esa misma
jornada se estableció un turno de guardia —armada— a la puerta de la sala de edición.
Otro día, como si formara parte del western
que estaban rodando, el propio DeMille en el traslado —¡a caballo!— de parte de
la película desde su alojamiento hasta el estudio, recibió varios disparos de
un franco tirador. Todas estos atentados se suponían estaban orquestados por el
trust de Edison.
A pesar de los
inconvenientes, para Lasky, Goldwyn y DeMille, The Squaw Man fue una aventura que salió muy bien. Un éxito sin
precedentes que significó el inicio de nada menos que la Paramount y la Metro
Goldwyn Mayer. Ellos fueron los que dieron el pistoletazo de salida a la
industria cinematográfica en Hollywood; con todo lo que eso significa.
Ver ficha de El Mestizo.
lunes, 28 de enero de 2013
NO VA MÁS (Rien ne va plus de Claude Chabrol, 1997)
Ya estábamos
tardando demasiado en volver a nuestro admirado Chabrol, a quien echamos tanto
de menos pese a que tenemos sus filmes, los que usamos para curar cualquier nostalgia y
descubrir siempre algo nuevo. Algo como No
va más.
Rien ne va plus es la única película
autobiográfica reconocida por Chabrol, aunque sea un thriller y se encuentre tan lejos de la realidad —una razón más
para verla: encontrar a Chabrol entre los personajes—. El guión elaborado por
el director divide la cinta en tres actos muy diferenciados que traspasan
varios géneros, desde la comedia al drama pasando por el suspense, para
finalizar con un epílogo abierto que se sitúa en cabeza de las conclusiones
mejores realizadas por el cineasta galo:
Betty y Víctor (Isabelle
Huppert y Michel Serrault, pareja de genios; la musa de Chabrol dando réplica
al legendario actor francés) son dos estafadores de poca monta que a pesar de
llevarse treinta años se compenetran muy bien: roban a congresistas en los hoteles,
pero siempre dejándoles la mitad del botín, por lo que nunca son detenidos. Una
filosofía que Betty se salta en el siguiente atraco cuando conoce a su víctima,
Maurice (Francois Cluzet, otro actor chabroliano).
La presa quiere participar en la estafa cuando el objetivo es un maletín
repleto de billetes que podrían desaparecer sin problemas de cara a la ley. Son
al dueño del maletín, monsieur K (Jean-Francois Balmer, el marido de Isabelle Huppert
en la versión que Chabrol hizo de Madame
Bovary), y a sus matones a los que deben temer Betty, Maurice y Víctor.
Chabrol plantea, por tanto, dos temas: el conflicto triangular que se establece entre los ladrones, y el suspense ante una amenaza común. Del primero destacan la relación entre Betty y Víctor, entre la joven y el hombre ya maduro. En ocasiones hay una pulsión sexual; en otras es paternal. Todo depende del estado de ánimo de ambos; o quizás sólo de ella.
Los personajes
se cruzan de la misma forma que el maletín pasa de unas manos a otras. El director
advierte con cada plano que el golpe les viene grande, muy
grande. Como siempre, lo mejor de Chabrol es observar a Chabrol: la mirada subjetiva
en un teatro concurrido; la muerte horrible, pero silenciosa; el grito mudo, la
tortura despiadada, pero desdramatizada. El director ha creado un estilo
partiendo de los clásicos —en especial de Hitchcock— tan inconfundible y
personal que él mismo se ha convertido en un clásico.
Chabrol reserva
siempre lo mejor para el final. Al suspense del desenlace se le añade el del cinéfilo seguidor del fundador de la Nouvelle Vague. Y no defrauda: como en sus más aclamadas cintas, Chabrol aísla el diálogo,
lo ningunea, para concluir con el manejo de la imagen, con el cine, con la
forma superando al contenido. Así, el director gobierna la cámara y traslada el objetivo
para saltarse el eje y desdoblar a los personajes, e insinuar elegantemente que
el final no tiene nada de happy-end.
Ver Ficha de No va más.
jueves, 10 de enero de 2013
ESPECIAL EXPRESIONISMO (IV)
3.3. El Expresionismo de
Murnau y Lang.- Wiene, tras algunos intentos, no consiguió mejorar ni siquiera igualar
su obra maestra Caligari, además el mérito de esta película es tema
de controversia pues algunos autores sostienen que tanto Carl Mayer, el guionista,
como los directores artísticos tienen un peso mucho mayor que el director en la
realización del filme. No ocurre lo mismo con los dos mejores cineastas que haya
tenido nunca Alemania: Friederich W. Murnau y Fritz Lang. Ambos llevaron el
cine germánico a cotas jamás alcanzadas, si bien sus obras distan de la pureza
de Caligari en cuanto a integración de todos los elementos
expresionistas. De hecho, ninguno reconoció explícitamente estar integrado y ni
siquiera de acuerdo con la corriente expresionista. Sin entrar en el debate de
qué película pertenece al movimiento expresionista y cuál no, lo que sí se
puede es analizar estos importantes autores y distinguir en sus obras las
características propias del movimiento.
Murnau.- Fue discípulo de Max Reinhardt, por lo que la influencia del hombre de teatro fue decisiva en su cine. Los famosos juegos de sombras en Nosferatu el vampiro (Nosferatu, Eine Symphonie des Grauens, 1922) deben mucho a la puesta en escena de Reinhardt. Quizás sea esta la película más expresionista de las realizadas por Murnau. Narra la leyenda del conde Drácula, que tantas veces fue llevada al cine. Los problemas con los derechos de autor, fueron los que llevaron al director a cambiar los nombres originales de los personajes: Conde Orlock o Nosferatu en vez de Drácula.
La película se aparta un poco de la corriente expresionista al filmar muchas de las escenas en exteriores. Murnau se sirve de la naturaleza para expresar un ambiente de desasosiego e inquietud continuo. Las olas rompiendo violentamente nos anuncian la llegada de Nosferatu a bordo de un barco fantasma. El aspecto desolado de los paisajes, que intercala el director en el viaje inicial del protagonista a Transilvania, también ayuda a crear esa atmósfera.
Los pueblos y los castillos son reales, pero acompañan al ritmo aterrador que impone el director. Las callejuelas de la ciudad no necesitan de decorados artificiales para expresar esa sensación de agobio. El edificio donde habita Nosferatu con fachadas inclinadas y casas agolpadas unas sobre otras, confiere el mismo sentimiento amenazante que los decorados pintados de Caligari. Este es realmente el mérito de Murnau: una realización expresionista sin el menor artificio.
Por otro lado Murnau es fiel a los preceptos expresionistas en el momento en que utiliza los juegos de luces y sombras o cuando dirige a sus actores. El propio conde Orlock, interpretado por Max Schreck, es el típico personaje expresionista. A lo largo de la película su fisonomía se va haciendo cada vez más repelente, gracias a cambios de maquillaje progresivos. A su figura inquietante siempre le precede una sombra estilizada que se va agrandando por momentos. Tanto el dueño de la inmobiliaria como la protagonista, carecen de personalidad y su presencia sólo tiene el sentido que Nosferatu les confiere.
Lo mismo se puede decir de los objetos animados que están presentes en su cine, véase la hamaca que continua moviéndose después de que su ocupante haya muerto y ya no se encuentre a bordo. O los ataúdes apilándose unos encima de otros. En lo que se refiere a su estilo narrativo se encuentran diferencias fundamentales con respecto al estatismo de Caligari: Murnau utiliza el montaje para inferir el estado de ansiedad que la acción requiere, y el manejo de la cámara es más dinámico. Los ángulos con los que presenta a Nosferatu en el barco, por ejemplo, hacen que la oblicuidad parezca proyectarle fuera de la pantalla.
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| Nosferatu, el vampiro |
Murnau.- Fue discípulo de Max Reinhardt, por lo que la influencia del hombre de teatro fue decisiva en su cine. Los famosos juegos de sombras en Nosferatu el vampiro (Nosferatu, Eine Symphonie des Grauens, 1922) deben mucho a la puesta en escena de Reinhardt. Quizás sea esta la película más expresionista de las realizadas por Murnau. Narra la leyenda del conde Drácula, que tantas veces fue llevada al cine. Los problemas con los derechos de autor, fueron los que llevaron al director a cambiar los nombres originales de los personajes: Conde Orlock o Nosferatu en vez de Drácula.
La película se aparta un poco de la corriente expresionista al filmar muchas de las escenas en exteriores. Murnau se sirve de la naturaleza para expresar un ambiente de desasosiego e inquietud continuo. Las olas rompiendo violentamente nos anuncian la llegada de Nosferatu a bordo de un barco fantasma. El aspecto desolado de los paisajes, que intercala el director en el viaje inicial del protagonista a Transilvania, también ayuda a crear esa atmósfera.
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| Murnau no necesitó decorados expresionistas: tenía las calles de Bremen |
Los pueblos y los castillos son reales, pero acompañan al ritmo aterrador que impone el director. Las callejuelas de la ciudad no necesitan de decorados artificiales para expresar esa sensación de agobio. El edificio donde habita Nosferatu con fachadas inclinadas y casas agolpadas unas sobre otras, confiere el mismo sentimiento amenazante que los decorados pintados de Caligari. Este es realmente el mérito de Murnau: una realización expresionista sin el menor artificio.
Por otro lado Murnau es fiel a los preceptos expresionistas en el momento en que utiliza los juegos de luces y sombras o cuando dirige a sus actores. El propio conde Orlock, interpretado por Max Schreck, es el típico personaje expresionista. A lo largo de la película su fisonomía se va haciendo cada vez más repelente, gracias a cambios de maquillaje progresivos. A su figura inquietante siempre le precede una sombra estilizada que se va agrandando por momentos. Tanto el dueño de la inmobiliaria como la protagonista, carecen de personalidad y su presencia sólo tiene el sentido que Nosferatu les confiere.
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| Contrapicado de Nosferatu en el barco |
Lo mismo se puede decir de los objetos animados que están presentes en su cine, véase la hamaca que continua moviéndose después de que su ocupante haya muerto y ya no se encuentre a bordo. O los ataúdes apilándose unos encima de otros. En lo que se refiere a su estilo narrativo se encuentran diferencias fundamentales con respecto al estatismo de Caligari: Murnau utiliza el montaje para inferir el estado de ansiedad que la acción requiere, y el manejo de la cámara es más dinámico. Los ángulos con los que presenta a Nosferatu en el barco, por ejemplo, hacen que la oblicuidad parezca proyectarle fuera de la pantalla.
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