En la Sección EFA
(películas nominadas a los premios de la Academia de Cine Europeo) del XXII
Festival de Cine Europeo de Sevilla pudimos ver Un poeta, una
película colombiana del director de Medellín Simón Mesa Soto. Algo, sin duda,
extraño que se cuele esta cinta en los premios europeos si no fuera porque es
una coproducción del país sudamericano con Alemania y Suecia.
El filme narra la
historia de un escritor en crisis, divorciado, alcohólico y sin trabajo al que
le consiguen un puesto de profesor de literatura en un instituto de Medellín.
El poeta, como el mismo se denomina, tuvo éxito en la juventud logrando
publicar dos libros, pero desde entonces no levanta cabeza. Cuando una de sus
alumnas destaca por su talento, el protagonista intenta que la adolescente sea
reconocida en los ambientes literarios de la ciudad.
La película es —o
pretende ser— una comedia. Sin gracia y con más pena que gloria, avanza el
largometraje (larguísimas dos horas, que por más que uno mira el reloj no
terminan nunca). Una trama de un personaje en crisis, una especie de Woody
Allen, pero en malo —ya quisiera parecerse al director neoyorquino—, donde todo
lo que intenta el protagonista le sale fatal.
Y es que dos son los
objetivos del poeta: el primero es lograr que su hija le quiera, cosa que no
consigue ni de lejos, apenas logra que sienta lástima por él. El espectador ni
eso. El segundo objetivo tiene que ver con el éxito de su alumna: como si el
singular profesor fuera una suerte de entrenador, un antiguo boxeador que para
recuperarse del fracaso quiere que su pupila sea por él la campeona mundial,
cosa imposible dado el nulo interés de la susodicha.
Con dos o, a lo sumo, tres
golpes graciosos, la cinta no deja de ser un bodrio. Una patochada que no se
sostiene por más que el personaje se desgañite en gesticular, y que el
director, a la sazón también guionista, intente hacer algo gracioso sin caer en
la chabacanería más espantosa.
Pasado el ecuador del
XXII Festival de Cine Europeo de Sevilla, nos acercamos a la Sección dedicada a
los premios de la Academia de Cine Europeo (EFA), premios a los que aspira la
última película de José Luis Guerín: Historias del buen valle.
Un documental sobre la
vida en Vallbona (el “buen valle” al que hace referencia el título), un barrio
periférico de Barcelona que tras la guerra civil fue lugar de destino de
inmigrantes que procedían del sur. En realidad, una aldea, casi una isla, como
se dice en la cinta, por estar enclavado entre las líneas de ferrocarril, el
río Rec y los puentes sobre las autopistas. Gracias a que sus primeros
habitantes construyeron las casas con sus propias manos y lucharon por obtener
servicios indispensables como luz, agua, el barrio fue creciendo hasta ser el
vecindario multicultural que es hoy en día.
Guerín, con su cámara,
da la palabra a los habitantes de Vallbona. Los más mayores cuentan los duros
inicios del barrio, pero lo hacen con la añoranza del que recuerda tiempos
mejores en un asentamiento del todo rural, cercano a la ciudad, pero lo
suficientemente retirado para constituir un entorno ecológico y silencioso, una
comunidad de vecinos solidaria a pesar de sus diferentes orígenes.
Precisamente, esas
ventajas son las que han originado un proceso de gentrificación que es la
principal amenaza que percibe el barrio. La presión urbanística es otra. Sobre
todo, la que procede de la expansión del ferrocarril y la expropiación de las
tierras, que arrasará los pequeños huertos cuidados con esmero y dedicación,
casi con ternura por los habitantes del singular vecindario. Y es que hay algo
en común entre los personajes de la película: todos hablan con las plantas.
El largometraje de
Guerín tiene mucho en común con la reciente El 47 (Marcel
Barrena, 2024), donde el barrio de Torre Baró, el más cercano a Vallbona, pasó
por los mismos hitos que el vecindario que nos atañe (construcción de casas por
las noches para evitar el desalojo de la policía; lucha por los servicios básicos, población emigrante, etc.). De hecho, en la cinta de Guerín
también se habla de reclamar una línea de autobús, como sucedía en Torre Baró.
En Historias del
buen valle, a los personajes que salen esporádicamente hablando de sus
vivencias, los vamos conociendo poco a poco, hasta completar un conjunto de
personas (andaluces, gitanos, rusos, hindúes, portugueses, subsaharianos,
marroquíes, etc.) que se comportan como una gran familia. Los vemos bañarse
juntos en el río —desafiando la ley, pues está prohibido—, observamos cómo
bailan y cantan, cómo se reúnen en tertulias o cómo reclaman sus derechos en juntas
vecinales. Todo mientras Guerín es testigo de los que sucede con una cámara por
momentos poética, cuando los mayores enseñan a los más pequeños cómo se
comporta la naturaleza; pero también con espíritu de denuncia, cuando los
adolescentes se quejan de un caso de bullying, o hablan de un suicidio.
Nada escapa al objetivo
del director, que ofrece lo que sucede en Vallbona con un cuidado montaje en el
que se ve en el fondo del plano lo que acaba de filmar mientras otros
personajes hablan en primer término. Dando a todo el conjunto una continuidad
que parece espontánea y no premeditada o ensayada, como seguramente esté.
De vuelta a la Sección
Oficial del XXII Festival de Cine Europeo de Sevilla, y posiblemente impelidos
por la fortuna del año pasado de ver Flow,
cinta de dibujos premiada por partida doble en el festival y posteriormente
ganadora del Óscar, ayer asistimos a la proyección de A Magnificent Life,
la nueva película de animación del director francés Sylvain Chomet.
Celebrando el 130
aniversario del nacimiento de Marcel Pagnol, uno de los más grandes escritores
galos de todos los tiempos, la película es un biopic del dramaturgo, novelista
y cineasta, que comienza con Pagnol ya retirado al que una revista le invita a
escribir sobre su vida y obra. Ayudado por su otro yo del pasado, el niño
Marcel, el escritor recorre lo momentos más importantes de su vida.
Esa persecución del
pequeño Marcel por su vida de adulto es quizás lo más original de una película
que no supera —se queda lejos— a lo mejor de la filmografía anterior de Chomet,
sobre todo a su obra maestra El ilusionista (L’illusionniste,
2010), a la que recuerda con un guiño al protagonista (Tatí), que aparece en un
momento dado en el filme que nos atañe, como si fuera una suerte de cameo.
Porque A
Magnificent Life tiene un elemento costumbrista importante que a los
que no somos franceses nos impide apreciar algunos diálogos, sobre todo
aquellos que diferencian el acento parisino del marsellés, o algunos de los
chistes de personajes carismáticos como Raimu o Fernandel.
Además, los dibujos que
describen a las personalidades del teatro y del cine con los que trató Pagnol
(Raimu, Fernandel, Josette Day, Alexander Korda, etc.), y al propio
protagonista, no son de nuestro agrado cuando parecen caricaturas de su rostro andantes,
como si fueran cabezudos de una fiesta popular.
Preferimos la segunda
mitad del largometraje cuando Pagnol descubre el cine mudo, y después el
sonoro. A partir de aquí se intercalan entre los dibujos animados fotogramas
reales de las películas escritas y/o dirigidas por Pagnol. Porque quizás lo que
más nos guste de esta película sea que nos hace recordar lo excelente guionista que
era Marcel Pagnol, y lo buenas que son sus películas, en especial la trilogía
formada por Marius, Fanny y César.
Sin abandonar la Sección
Oficial, aquí en el XXII Festival de Cine Europeo de Sevilla, asistimos a la
proyección de Late Shift (traducido literalmente como “Turno de
Noche”) de la directora Petra Biondina Volpe, una película suiza que es la
elegida por este país para competir en los Óscar a la mejor producción
extranjera.
La cinta transcurre
durante el turno de noche en un hospital suizo desde el punto de vista de una
enfermera, Floria (Leonie Benesch), en un día en el que han faltado sanitarias
y sólo hay dos para asistir a toda una planta. El trabajo de Floria es el
centro de atención. A pesar de los inconvenientes y el estrés, la protagonista
pone siempre su mejor cara y atiende con delicadeza a los pacientes, hasta que se
produce un error…
El filme desde el
aspecto técnico es un tour de force cuando la mayoría de las tomas son
planos secuencia que acompañan a Floria en su rápido caminar por los pasillos
del hospital, entrando y saliendo de las habitaciones como si se tratase de un
vodevil, que no lo es, en absoluto, cuando no hay ni una pizca de humor en el
largometraje. No hay tiempo para eso ni para nada que no sea la continua
atención a los pacientes.
Y los hay de todos los
colores: los que se quejan de todo, amargados por el grave diagnóstico de su
enfermedad —la mayoría con cáncer—; los que prácticamente están agonizando; los
que se creen que están en un hotel cuando son pacientes privados que gastan un
buen dinero para ser atendidos; pero también los hay que llevan bien su
situación, a veces terminal, con resignación y buenos modos.
Y por todos ellos tiene
que pasar Floria en lo que parece una carrera contrarreloj para poder atender a
los pacientes a tiempo, con efectividad y ternura. El espectador que sigue a
Floria se contagia del ritmo de la película y sólo descansa en una excelente
secuencia cuando Floria también lo hace mientras intenta calmar a una enferma
cantando una canción.
El mérito del filme es
de la directora —el final es maravilloso—, que critica la falta de personal y
los recortes en sanidad; pero también tiene mucho que ver en el excelente
resultado el trabajo de la actriz protagonista, que, increíblemente, no es una
enfermera, aunque lo parezca dada la soltura con la que se maneja entre
medicamentos, reanimación, medición de constantes vitales, vías intravenosas,
goteros y demás actividades.
Leonie Benesch (la vimos
hace un par de años en el festival cuando también llevó todo el peso de la
película en Sala de
profesores) es la que interpreta a Floria. Creemos
que estará seguramente en la mente del jurado como una de las aspirantes a
llevarse el premio a mejor actriz del certamen. Al parecer, la actriz tuvo que
hacer unas prácticas en un hospital suizo para observar a las enfermeras del
servicio de cirugía abdominal y ensayar los gestos técnicos (¡a toda
velocidad!) con el fin de parecer una enfermera profesional. Lo consiguió.
Seguimos en la Sección
Oficial del Festival de cine europeo sevillano, donde van saliendo cada vez
películas mejores. En esta ocasión se trata de un largometraje macedonio, DJ
Ahmet, la ópera prima del director Georgi M. Unkovski, que ganó de
forma sorprendente dos premios importantes en el Festival de Sundance.
La trama se desarrolla
en un pueblecito en Macedonia del Norte, una pequeña comunidad donde Ahmet (Arif Jakup), un adolescente
de quince años, vive con su padre, conservador, autoritario, y con su hermano
pequeño Naim, que no habla desde que murió la madre. Ahmet siente debilidad por
la música, pero su progenitor sólo quiere que se ocupe de las ovejas. La vida
de Ahmet da un vuelco cuando conoce a Aya (Dora Akan Zlatanova), una vecina de su edad, de una clase
social más alta, amante también de la música y el baile, pero próxima a casarse
con un hombre desconocido en un matrimonio concertado.
La historia tiene mucho
de comedia romántica, de musical y sobre todo de humor, mucho humor. No
obstante, el guion posee un trasfondo dramático —a punto de convertirse en tragedia—,
cuando la tradición, la religión y las costumbres arcaicas no dejan que Aya y
Ahmet se relacionen como debieran.
La organización del
Festival califica al filme dentro del género coming of age, lo cual es
un acierto por cómo evoluciona la vida de Ahmet: Todavía sobreponiéndose a la
muerte de su madre, intentando que su hermano pequeño hable, descubriendo el
amor por Aya, y aficionándose a la música. Es decir, en plena transformación de
su personalidad de niño a persona adulta.
La cinta tiene, por
tanto, mucho atractivo. El espectador no para de sonreír —a veces reír a
carcajadas—, por las ocurrencias de los diferentes personajes, pero también es
una delicia para la vista, gracias al paisaje donde se encuadra esta aldea
remota, y al buen hacer del realizador macedonio, que dilata el tiempo cuando
la situación lo requiere (la primera vez que se ven Ahmet y Aya; el baile de la
joven y sus amigas en el festival de música, etc.), o lo acelera según convenga
a la acción, mientras suena la excelente banda sonora.
Ayer nos dimos un paseo
por la Sección Oficial del Festival de Cine Europeo de Sevilla para ver
We Believe You. La película belga dirigida, al alimón, entre Charlotte Devillers
y Arnaud Dufeys —a la sazón, la primera incursión en el largometraje para los dos cinesastas—, acude a
la capital andaluza con un premio en la Berlinale bajo el brazo.
La cinta trata de las
dificultades judiciales de Alice para quedarse la custodia de sus hijos después
de que, supuestamente, el más pequeño haya sufrido abusos sexuales por parte
del padre. Narrada en el interior de los juzgados, el filme se limita a la
audiencia para dirimir si el progenitor tiene derecho a custodia compartida, o
incluso completa, ante los problemas de salud de Alice y los del pequeño, que
sufre incontinencia.
We Believe You es,
sin duda, una película dura, realista, que antepone el diálogo de los
personajes, y sus reacciones, a cualquier otro elemento cinematográfico. En
especial, destaca el testimonio de Alice, interpretada por Myriem Akheddiou (la vimos en el festival hace unos años formando parte del reparto de El joven Ahmedde los hermanos Dardenne). La
actriz es el objetivo predilecto de la cámara, que casi no la suelta en lo que
dura el metraje.
No sólo en el momento de
su declaración, sino también los gestos de la protagonista, que observa el
espectador mientras se oyen en off al resto de personajes (su marido, los
abogados de unos y otros, la jueza), en un sobresaliente ejercicio continuo de
actuación que bien podría llevarle a conseguir el premio del certamen a mejor
actriz. Y más si tenemos en cuenta que la secuencia de la audiencia dura casi
una hora y se produce en tiempo real.
La performance de Myriem Akheddiou, es
tan potente que deja pocas cosas más en el tintero. Quizás conviene señalar un
detalle al terminar el juicio, donde el objetivo se detiene para subrayar la
soledad de la que tiene que decidir; o el final, que nos recuerda a la excelente miniserie
española Querer (Alauda Ruiz de Azúa, 2024), que también versa acerca de los presuntos maltratos sexuales en el seno de un matrimonio, y que
se estructura de forma parecida a la película que nos atañe, con, ya digo, un
desenlace casi calcado.
La película de Devillers y Dufeys, después del
reducido metraje —se agradece—, nos ofrece unos datos demoledores donde sólo el
dos por cien de los menores que denuncian, que ya son pocos, obtienen
finalmente justicia.
Comienza el XXII Festival
de Cine Europeo de Sevilla y nosotros nos estrenamos asistiendo a la proyección
de Sirat, la última película del director español nacido en
París, Oliver Laxe. Un largometraje premiado en Cannes, que, además,
representará a España aspirando al Óscar a mejor película extranjera.
La cinta arranca con una
frase, una creencia de los árabes —casi toda la filmografía de Laxe tiene que ver con
la cultura musulmana— que dice: «Existe un puente llamado Sirat que une
infierno y paraíso. Se advierte al que lo cruza que su paso es más estrecho que
una hebra de cabello y más afilado que una espada». Este párrafo puede
perfectamente ser el resumen de una historia que por momentos se traduce en una
experiencia audiovisual que no dejará indiferente a nadie.
El filme comienza en
algún lugar de Marruecos donde se celebra una rave. Luis (Sergi López) y su
hijo llevan cinco meses buscando a la hermana mayor, que ha desaparecido y
creen que se encuentra en el norte de África asistiendo a una de esas fiestas
con música electrónica y drogas. Cuando la policía marroquí disuelve la reunión,
algunos de los participantes se encaminan hacia otra rave que tiene lugar en
Mauritania. Luis y el pequeño se unen a la caravana con la esperanza de encontrar
a la joven.
A partir de aquí, el
largometraje se convierte en una road movie a través del desierto donde los
personajes sufrirán todo tipo de obstáculos naturales mientras se oyen noticias
del exterior nada halagüeñas: todo parece indicar que el mundo se encuentra al
borde de la tercera guerra mundial.
Dentro de una atmósfera apocalíptica,
que puede recordar a Mad Max por lo extraño de los vehículos, el
paisaje yermo y la falta de gasolina, los singulares personajes antisistema,
que parecen extraídos de una película de Tod Browning —de hecho, uno de ellos
lleva una camiseta que hace referencia a La parada de los monstruos
(Freaks, 1932)—, avanzan hacia el sur al compás de una música envolvente
y machacona.
La película se parte en
dos en un momento trágico al tiempo que están atravesando un cada vez más
angosto desfiladero (¿el Sirat?). De repente todo se vuelve violencia y muerte, cuando da
la impresión de que los protagonistas estén realmente en el infierno. El final
abierto, muy afín a lo que el director nos tiene acostumbrados, no es nada
optimista ni esperanzador.
Oliver Laxe, en sus
películas, siempre busca paraísos en la tierra. En su cinta anterior, Lo
que arde, parece que el edén reside en algún lugar situado entre los parajes
gallegos de su patria, aunque pronto todo se torna fuego a raíz de los
incendios provocados. En Sirat, la felicidad de los personajes,
el paraíso terrenal, tiene lugar cuando se sienten en libertad, bailando al son
de la música. Sin embargo, pasado el puente, no pueden evitar que se desate el
infierno de sus pecados.
Desde hace un par
de décadas, el mes de noviembre es sinónimo de festival de cine en Sevilla.
Este año, el certamen arranca el día 7 y finaliza el 15, tal como indican unos
carteles muy sugestivos, diseñados por el ilustrador sevillano José Luis
Ágreda. Un tríptico donde se mezclan símbolos de la ciudad con imágenes icónicas de célebres películas (La
dolce vita, La trilogía del dólar y El cielo sobre
Berlín), con el denominador común del gato de Flow, cinta multipremiada en el
anterior festival (pinchar en la imagen para ver el tríptico en todo su esplendor, merece la pena).
Este
XXII Festival de Cine Europeo de Sevilla 2025 se podrá disfrutar, igual que el
año pasado, desde distintos puntos repartidos por toda la capital andaluza:
Plaza de Armas y cines Avenida; el centro comercial del barrio de Nervión; el
cine Cervantes, único local clásico en pleno centro; por la Alameda; y por el
moderno barrio de la Cartuja.
Como
en otras ocasiones, le daremos prioridad a la Sección Oficial donde una
veintena de películas se disputan el Giraldillo de Oro. Destaca la cinta del
director sueco Anders Thomas Jensen, El último vikingo,
protagonizada por el excelente actor Mads Mikkelsen, que, además, será la
elegida para dar el pistoletazo de salida del certamen en la gala inaugural.
Sin abandonar los países escandinavos, el noruego Dag Johan Haugerud cierra su
trilogía de las relaciones humanas con Dreams (Sex Love),
ganadora del Oso de Oro en Berlín. Este año, predominan las mujeres en la
Sección Oficial: Así, las realizadoras Cherien Dabis, Laura Samani, Teona
Strugar Mitevska, Hafsia Herzi, Petra Biondina Volpe y Charlotte Devillers nos
traen sus nuevas propuestas.
Fotograma de "El último vikingo"
Otra
de las secciones que más nos gustan es la que se ocupa de los premios de la
Academia de Cine Europeo (Sección EFA). Nombres conocidos como Agnieszka
Holland (responsable de obras tan señeras como Europa, Europa, El
Jardín secreto o In Darkness); Oliver Laxe (autor de Lo
que arde y de Mimosas, que obtuvo un par de premios en Sevilla); José Luis Guerín (legendario cineasta, que ya sabe lo que es ganar aquí con La academia de las musas) o Richard Linklater (director de la trilogía que
arranca con Antes del amanecer, o de Boyhood, entre
otras maravillas) pelearán por el premio del público.
Este
año los Giraldillos de Honor serán entregados a Jim Sheridan (se proyectará Re-reation,
su último trabajo), Alberto Rodríguez (se podrá ver su última película: Los
tigres), Juliette Binoche (que estrena película como directora) y
Costa-Gavras (volveremos a ver la excelente Z).
Una
novedad del certamen es la inclusión de una Sección Oficial de
cortometrajes; además de las habituales Panorama andaluz, Rampa, Alumbramiento,
Esenciales, Embrujo, etc.
Atractivo
programa, pues, el que nos ofrece el festival. Como siempre, nos será difícil
estar a todo, eso sí, intentaremos asistir a las proyecciones que a priori
sean las más interesantes. En cualquier caso, la intención es dar testimonio de
todo lo que veamos y publicarlo en estas páginas.
¡Un
abrazo a los lectores que nos sigan estos días de cine!
El próximo miércoles 22 de octubre se celebra la Feria del Libro de Sevilla 2025 (FELISE 25). En los jardines de Murillo de la capital andaluza se montarán las correspondientes casetas. La feria durará hasta el 2 de noviembre.
El sábado 25 de octubre a las 19:00 estaré firmando ejemplares de mi libro "Esvástica de hielo" en la caseta número 40 correspondiente a la librería Palas y a la Editorial Acantilado (véase mapa, pinchar en él para verlo mejor)
Aparte de las firmas de autores y presentaciones de libros habrá numerosas actividades. Aquí van algunas:
Desde el 22 de octubre hasta el 2 de noviembre, se podrá adquirir en la caseta nº 26 de la editorial Almuzara el libro CINE Y NAVEGACIÓN. En la caseta nº 40 de la librería Palas y la editorial Acantilado se podrá comprar la novela ESVÁSTICA DE HIELO.
Os esperamos en la Feria del Libro de Sevilla 2025, no os la perdáis.
Ya hemos dicho
al comienzo del capítulo lo estrechamente relacionadas que se encuentran las
películas de Frank Capra. Si nos atenemos a secuencias concretas, podemos
acudir posiblemente a la mejor escena de Estrictamente Confidencial: muy bien fotografiada por
Joseph Walker y hábilmente montada por Gene Havlick, se trata de una serie de
planos de angulaciones extremas donde personajes de todo tipo de condición,
sexo y raza hablan por teléfono para extender un rumor (figuras 3.25 a 3.28). Es la
misma escena que Capra rodó en La Locura
del Dólar, sólo que allí lo que filtraba la chismosa operadora era una
información acerca del poco dinero en efectivo que disponía el banco, mientras
aquí de lo que se trata es de apostar por Broadway Bill.[1]
Si lo que queremos
analizar es la temática del filme o el mensaje social, la semejanza no es con
una cinta en particular, sino con todas en general: Dan es el típico héroe que
solemos asociar con los largometrajes del director, el hombre idealista, algo
revolucionario, que ataca al que acumula el dinero, al que intenta eliminar a
los competidores, al sistema capitalista que condujo a la crisis, y que vive, o
quiere vivir, según sus principios. El discurso rooseveltiano del arranque, por el que Dan le echa en cara a
Higgins su comportamiento con los pequeños empresarios, es toda una declaración
de intenciones de la pareja Capra-Riskin; muy similar, y volvemos de nuevo a La Locura del Dólar, al que Walter
Huston utiliza contra el consejo de administración del banco.[2] La solidaridad del ideario
democrático para salir de la crisis también preside la película (el muchas veces
citado mensaje de la unión hace la fuerza), y hasta un ser irracional como
Broadway Bill se convierte en todo un símbolo del New Deal cuando representa en la carrera a los pequeños
ahorradores, a la gente corriente que han apostado únicamente un par de dólares
por el caballo, frente a los grandes especuladores y a los corruptos que se
juegan grandes fortunas. “El caballo de los desesperados”, llegan a llamarlo en
algún momento de la carrera, el héroe que ha muerto por ellos, una metáfora del
cristianismo que tampoco es nueva en el cine de Capra (véanse los filmes que
tratan el tema del mesianismo como The
Miracle Woman, El Secreto de Vivir
o Juan Nadie).
Por último,
igual que en Dama por un día, Capra
también roza el tema del acercamiento entre clases. Dan trata a Whitey,[3] el criado de color, con la
familiaridad de un amigo, más que de un amo —tampoco vemos el racismo al que
alude McBride en su ensayo— y le golpea cariñosamente de la misma forma que lo
hace con el mayordomo (3.29). Y es que Dan se siente más a gusto con la clase
trabajadora que con la opresora a la que pertenece accidentalmente gracias a su
matrimonio con Margaret.
Estrictamente Confidencial se estrenó en
Diciembre de 1934, a las puertas de los premios de la Academia. Un poco oscurecida
por el éxito de Sucedió una Noche,
recibió buenas críticas y obtuvo ganancias. La cinta, vista hoy, resulta una
agradable comedia sobre el mundo de la hípica con escenas tan graciosas como la
de la disciplinada cena en casa de los Higgins, donde todos los comensales
manejan la cuchara a la vez (3.30), o la estratagema de Dan y el Coronel para
irse sin pagar de un restaurante; y excelentes tomas, casi documentales, de las
carreras de caballos, de los establos y el hipódromo. Capra habló de ella como
de una película divertida, pero le quedó el mal recuerdo del actor
protagonista, de lo poco predispuesto que estaba a ser filmado junto al
caballo. También declaró por entonces su deseo de cambiar de género: “No tengo
la intención de estar indefinidamente haciendo esta mezcla de drama y comedia.
Estoy ansioso de probar con un musical” (Scheuer 1934, p.13). Para ver
cumplidos ambos deseos, el de dirigir a un actor amante de la hípica y que
además cantase bien,[4] Frank Capra tendría que
esperar hasta 1950.
[1] Por
cierto, la operadora rubia platino de Estrictamente
Confidencial es una casi desconocida Lucille Ball (3.25).
[2] Y a
los argumentos que esgrimía James Stewart o Gary Cooper en El Secreto de Vivir, Vive como
quieras, Caballero sin espada, Juan Nadieo ¡Qué bello es vivir!
[3]
Interpretado por Clarence Muse, un actor negro que apreciaba a Capra —y
viceversa—, que participó en varias películas del director, entre ellas el remake de Estrictamente Confidencial.
[4] Warner
Baxter canturrea en la película en un par de secuencias junto a Myrna Loy, pero
lo hace tan mal que la propia Myrna exclama “¡Qué descanso!” cuando Baxter le
asegura que no volverá a cantar más.
La carrera del veterano director alemán Wim Wenders ha
tenido luces y sombras, si bien más de las primeras que de las segundas, con
éxitos como El cielo sobre Berlín, París Texas o El
amigo americano; una filmografía desigual salpicada de documentales
—estos sí, casi todos excelentes— tan buenos como aquel sobre los últimos días
en la vida de su colega Nicholas Ray (Relámpago sobre el agua), o
ese otro sobre el cine de Yasujiro Ozu (Tokyo-Ga), y unos cuantos
rebosantes de música como Buena Vista Social Club.
Largometrajes que son ensayos
cinematográficos como los realizados en la segunda década del siglo XXI donde ha
podido rodar sus dos mejores trabajos en el terreno de la no ficción, ambos
nominados al Óscar al mejor documental. El primero de ellos, Pina,
es un homenaje a la bailarina alemana Pina Bausch, fallecida pocos días antes
del comienzo del rodaje.
El filme es en realidad un musical cuando se
estructura en capítulos dedicados a cada uno de los bailarines de la escuela de
Pina, testigos de las enseñanzas de su maestra. Un grupo heterogéneo,
internacional, que opinan y dan su versión acerca de la visión que tenía la
bailarina a la hora de interpretar el baile moderno, de romper los límites
entre el teatro y la danza.
Junto a las opiniones de los alumnos, estos
interpretan segmentos de las creaciones más notables de Pina, coreografiadas
por ella misma, a veces en un teatro, otras en las calles de la ciudad, dentro
de los tranvías o en la propia academia. Son números expresionistas que dejan
huella tras haberlos visto, y representan aspectos de la vida misma sublimados
gracias al baile.
Destaca el número Café Muller, que se
desarrolla en una cafetería repleta de sillas donde los bailarines danzan a través
del laberinto que se abre ante ellos, gracias a la intervención de otro artista
que va retirando los elementos del atrezo, con una perfecta compenetración con
los que danzan a su alrededor —dicen que cuando Wenders, en un principio no
interesado demasiado en la danza, vio esta obra en el teatro, rompió a llorar. El
número es un ejemplo de los muchos que hay en el filme, todos preparados y
representados en el teatro con éxito. La película termina con una frase
pronunciada por la propia Pina que resume su obra: «Dance, dance, otherwise we
are lost».
La sal de la tierra (The Salt of
the Earth, 2014)
El
siguiente documental realizado por Wenders es La sal de la tierra,
en mi opinión puede ser el mejor documental del director hasta la fecha, no
solo por lo bien estructurado y dirigido que está, sino por la repercusión
mundial que ha tenido el trabajo de Wenders. La cinta narra la vida y la obra
del fotógrafo recientemente fallecido Sebastião Salgado,
y esta codirigida por el hijo del protagonista: Juliano Ribeiro Salgado. Rodada
en gran parte en blanco y negro, colores de las expresivas instantáneas del fotógrafo
brasileño, la película sigue una organización lineal, que arranca en la
infancia del protagonista y continúa en su juventud, cuando se licencia en Economía. Gracias a su mujer, Salgado se apasiona por la fotografía, dejando el trabajo
como economista para centrarse en su nueva profesión.
A
partir de aquí, comienza a trabajar en varios libros que recogen sus instantáneas
—algunos les lleva una década de trabajo— viajando por todo el mundo a más de
100 países, recogiendo conflictos internacionales, masacres, hambrunas, éxodos
y todo tipo de calamidades. Así, los volúmenes titulados Otras Américas,
o Sahel son muy descriptivos. Otros trabajos, como el dedicado a los
trabajadores del mundo —entre ellos, los pescadores gallegos— son notables.
Quizás el más impresionante es el reportaje realizado en Kuwait cuando en la
Primera Guerra del Golfo, Sadam Husein mandó quemar los pozos de petróleo. Las
imágenes de aquel infierno, donde el humo era tan denso que no dejaba pasar la
luz y los días sólo tenían noches, son espectaculares y han dado la vuelta al
mundo.
Lo
siguiente fue Éxodo, cuyo tema central era los movimientos de masas de
personas que huían de la guerra, como lo ocurrido en Ruanda en los años noventa
con el genocidio de tutsis a cargo de los hutus y, más tarde, al contrario. Lo
visto allí, reflejado en durísimas fotografías, parece una pesadilla, como si el
testimonio de Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas se quedara
como una simple anécdota.
Pero
lo mejor del documental, por lo que es conocido, se desarrolla cuando Salgado termina
el ciclo de su vida, volviendo, con «el alma enferma» después de presenciar tanto
horror, al lugar donde pasó su infancia: un vergel convertido en un desierto a
causa de la tala descontrolada de árboles. Entonces su mujer tiene una idea,
casi una utopía: plantar cientos de miles de árboles para deshacer el desastre
y volver a tener una selva tropical. Tras varios años, lo consiguen y
demuestran que los destrozos hechos por el hombre se pueden revertir, eso sí,
plantando cerca de dos millones de árboles.
Por último, decir que el título
del documental viene de un pasaje de la Biblia. En Mateo 5:13 se dice : «Ustedes
son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿Cómo volverá a
recuperarlo? Ya no serviría para nada, excepto para ser echada afuera y
pisoteada por los hombres». También hay una referencia explícita al nombre del fotógrafo,
porque Salgado en portugués significa salado. Sebastião Salgado es la sal de la
tierra, y lo demuestra con la contribución que él y su familia han hecho en el lugar donde viven.
Casi siempre en ambientes urbanos, el polar (cine negro francés) se prodigó poco en entornos marítimos, quizás porque los autores de los libros que servían de base a los filmes tampoco lo hacían. Una de las excepciones fue Charles Williams, cuya novela Aground se convirtió en el guion de Armas para el Caribe:
El capitán Jacques Cournot (Lino Ventura) ha sido contratado por Hugo Hendrix (Alberto de Mendoza) para comprar el “Dragoon”, un velero de dos palos propiedad de Rae Osborn (Sylva Koscina). Cuando todo parece indicar que la venta está asegurada, la goleta desaparece; en su lugar la policía encuentra los cuerpos de dos hombres asesinados y las pruebas de que hay tráfico de armas de por medio. Cuando Hendrix también se esfuma, Rae se sincera con el capitán y le confiesa que es la exmujer de Hendrix, que resulta ser un estafador de poca monta. La joven contrata a Cournot para buscar al “Dragoon” al que localizan varado bastante lejos de la costa y muy próximo a un islote...
Charles Williams fue uno de los autores hard-boiled más afamados y uno de los más adaptados al cine. Hasta una docena de novelas suyas se convirtieron en películas, algunas con el escritor participando directamente en el guion. Como en Armas para el Caribe, sus historias giraban en torno a una mujer de turbio pasado experta en engatusar al héroe de turno. La cinta arranca de esta guisa, pero pronto da un giro, cuando Rae se sincera con el capitán al que encarna el duro Lino Ventura —un actor tan identificado con el noir en Europa como Humphrey Bogart en Estados Unidos—. Quizás debido a la manipulación de los guionistas, entre ellos el director Claude Sautet, la protagonista se muestra desde el principio más en la línea de una joven vulnerable, adicta al alcohol, que de una femme fatale.
Que Claude Sautet fuera elegido para llevar adelante el proyecto de Armas para el Caribe es posible que ahora resulte extraño, dada su trayectoria cinematográfica posterior cuando se dedicó más a los dramas que a los policíacos. La película puede entenderse como una cinta de aprendizaje aunque el cineasta ya se maneja con soltura a través de unos caracteres tan estancados en su vida como la situación en la que se ven envueltos.
Situación repleta de contrasentidos: un barco que no navega, una isla que no es la costa ansiada, unas armas que no disparan; y en fin, unos personajes sin salida en su vida privada, pero también en la acción cuando tres se encuentran en el barco sin poder navegar y el cuarto, con todas las armas a su alcance, se ve incapaz de revertir la situación desde una isla desierta.
Armas para el Caribe es una cinta realista, un noir insólito, casi un thriller, en especial en el último tercio de la película cuando el villano mantiene a Cournot en el punto de mira al tiempo que éste intenta fondear el ancla salvadora. La secuencia es de una angustia creciente al ver que la puntería del gánster mejora por momentos y las probabilidades de acertar al capitán, cuando éste asoma la cabeza para respirar, son cada vez mayores.
Realizado con la misma pericia de marino que Cournot cuando monta un aparejo de fortuna en su afán de sacar el barco de varada, el filme se encuentra además muy bien fotografiado. La luz del atardecer y la del alba predominan sobre la del día a medida que las cosas se complican. El blanco y negro juega un papel austero en una cinta sobria, sin adornos. Igual que los diálogos a los que no les sobra ni les falta una coma: los justos y necesarios.
Armas para el Caribe nos dice muchas cosas, entre ellas que una isla en el Caribe, unas aguas transparentes y un lujoso velero no son siempre sinónimos de vacaciones y placer.