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martes, 3 de mayo de 2016

EL AUTOREMAKE EN EL CINE: CAPÍTULO 4.2 (XII)

Si bien Río Lobo guarda más relación con Río Bravo, su estructura se encuentra más cercana a El Dorado en cuanto a que arranca con un prólogo de similar duración, que marca la diferencia con los otros dos filmes. Es una introducción que también se organiza como si fuera un mediometraje independiente, con inicio, nudo y desenlace, pero que en esta ocasión Hawks se limita simplemente a supervisar.
  
La realización del prólogo corre a cargo de Yakima Canutt, el director de la segunda unidad, que narra con buen ritmo y minuciosidad el original atraco al tren. Aunque Hawks delega en Canutt, su presencia se deja notar en algunas secuencias como las de la muerte del teniente Forsythe (4.47) o la del encuentro entre McNally y Cordona en la cueva. La primera, recuerda a la escena de Sólo los ángeles tienen alas en la que fallece el amigo del líder; tanto allí como en Río Lobo, Hawks recurre a una experiencia propia cuando servía en aviación y vio morir a un joven que se había roto el cuello (Entrevistas TCM). La línea de diálogo es casi la misma en ambas cintas: el moribundo dice que no siente dolor, que se siente extraño; su compañero le confirma que se ha desnucado.

4.47


La segunda secuencia toma como referencia el arranque de El Dorado, el momento en el que el sheriff Harrah se encuentra con Thornton, cada uno a un lado de la ley. En Río Lobo, McNally, Cordona y Tuscarora también están en bandos opuestos y, de la misma forma que los personajes de El Dorado, recuerdan los viejos tiempos mientras John Wayne se aproxima disimuladamente a unos rifles. En los dos largometrajes, un Mitchum —en el primero, Robert, en el segundo, Chris, su hijo—  es el que amenaza a Wayne con dispararle si continúa acercándose a las armas. 

La presencia de Chris Mitchum en la última película de Hawks se nos antoja, más que un homenaje a El Dorado, un deseo no cumplido de ver a Robert Mitchum de nuevo al frente del reparto. Hawks se contentó con el hijo del actor al que le asignó el papel de Tuscarora, el joven del grupo, un personaje que finalmente quedó poco definido. Sin la personalidad de Colorado ni el humor de Mississippi,[1] Tuscarora sólo guarda cierto parecido con el último al compartir con él la habilidad en el manejo del cuchillo.


Precisamente, la ausencia de Robert Mitchum o de cualquier otro actor de la misma entidad es el principal fallo de la película. Como sabemos, Hawks siempre había basado sus mejores películas en el sólido pilar argumental del enfrentamiento entre dos fuertes caracteres. Con Río Lobo no tenía por qué ser diferente, de hecho Hawks reconoció que el guión lo habían escrito para John Wayne y Robert Mitchum: “… el no contar con Mitchum no nos ayudó en nada. Era una historia construida claramente para dos personajes fuertes” (Bogdanovich 2007, p.296). Hawks consiguió convencer a Wayne enseguida. El actor accedió sin necesidad de leer el guión, sólo hizo una pregunta: “¿Tengo que hacer de borracho esta vez?” (McBride 1988, p.156). Con Mitchum las cosas no fueron tan fáciles, aunque en realidad fue la productora la que no quiso invertir en otro profesional del mismo porte.[2] 
Se vol­vía a repetir la historia de Hatari!, sólo que allí la película se amparaba más en el hecho de rodar en África un docu-filme sin apenas argumento y, prácticamente, no se notó la ausencia de una segunda estrella. En Río Lobo, sin embargo, contar con un antagonista del mismo caché que Wayne era el ser o no ser del largometraje. Hawks intentó paliar la situación contratando a Jorge Rivero,[3] un actor desconocido —y, por tanto, barato— que prome­tía, pero que no logró solucionar el problema. Hawks sabía desde el principio que el proyecto estaba abocado al fracaso: “No pude hacer gran cosa […]. Los dos chicos que aparecían (Rivero y Chris Mitchum) no podían con Wayne […], así que no teníamos nada que hacer” (ibídem, p.132).

Al faltar ese segundo “peso pesado”, y con él su conflicto interno para superar la adicción al alcohol, también falla una trama ya lastrada por el hecho de la ausencia de motivación, digamos profesional: McNally no es un agente de la ley y, por consiguiente, no tiene por qué rechazar la ayuda que puedan aportar los habitantes del pueblo. No está presente la causa principal que empujó a Hawks a rodar Río Bravo. Es decir, desaparecen los dos temas centrales que hacían importante el filme. Tanto es así, que al final de la cinta, son los granjeros los que consiguen acabar con Hendricks, y Wayne no tiene más remedio que sentenciar que el mérito es de la gente del pueblo: “han reconquistado su ciudad”.





[1] Nótese que todos ellos, Ricky Nelson, James Caan y Chris Mitchum llevan, en sus respectivas películas, como apodo un río de Estados Unidos: Colorado, Mississippi y Tuscarora.
[2] Cinema Center Films fue la compañía que financiaba el filme y la que se negó a poner más dinero sobre la mesa para incorporar al casting a otro actor de primera línea.
[3] Actor mexicano, deportista, que representó a su país en los juegos panamericanos en la especialidad de natación y waterpolo.


lunes, 14 de marzo de 2016

EL AUTOREMAKE EN EL CINE: CAPÍTULO 4.2 (IX)

Un ejemplo del humor que se respira en El Dorado es la secuencia del reencuentro entre Thornton y Harrah después del prólogo: han transcurrido siete meses y Wayne impide que Mitchum, tumbado en un camastro, coja una botella del suelo. El primero desplaza de una patada el whisky y el segundo, después de la sorpresa, ataca a su amigo a causa de la crisis etílica. Una acción muy similar a la del arranque de Río Bravo, pero con ciertas diferencias que aclaran la intención del director. En primer lugar, la escena transcurre en el interior de la cárcel y no delante de testigos; por otro lado, el sheriff no se encuentra en una situación tan vergonzosa (no tiene que recoger la moneda de la escupidera) y Hawks, aunque mantiene el montaje de plano-contraplano entre los dos actores, opta por un picado y un contrapicado menos expresivos (compárese 4.39 y 4.40 con 4.23 y 4.24) para que todo resulte bastante más suave que en la cinta original. 

Lo que definitivamente establece el tono de comedia es la pelea entre los dos: la expresión en el rostro de Mitchum cuando recibe el golpe antes de desmayarse (4.41) es propia de una secuencia slapstick de cine mudo. Hawks reconoció que en El Dorado quería tomarse más a la ligera, casi de broma, el tema del alcoholismo del sheriff: “¿Qué otra cosa podía hacer? Ya lo hicimos de una forma, ahora teníamos que hacerlo de otra. Decidimos divertirnos un poco” (Bogdanovich 2007, p.295).


4.39

4.40


4.41

4.42


Con el avance del metraje se generaliza el tono irónico. Para establecer los lazos de amistad entre los dos protagonistas, Hawks sigue evitando las muestras explícitas de cariño: en Río Bravo, Dude tiene problemas al liar el tabaco con sus manos temblorosas, que se solucionan con el ofrecimiento de cigarrillos por parte de Chance; en El Dorado, el sheriff Harrah no consigue recargar el revólver por el mismo motivo (4.42), de nuevo Wayne acude en su ayuda para introducir él las balas en el cargador. Situaciones similares, muy efectivas ambas, pero presentadas de forma diferente. Más simpáticas en el remake que en la película original gracias, en parte, al excelente trabajo de Robert Mitchum. 

El director quedó gratamente sorprendido con la estrella, a la que le precedía una fama de actor perezoso. Cuando Hawks le acusó de ser un farsante, de dar una imagen de vago cuando en realidad era uno de los hombres más trabajadores que había conocido, el actor le contestó: “No se lo digas a nadie” (ibidem). Además de una interpretación notable, Mitchum fue responsable de ideas tan buenas como la secuencia del baño en la cárcel o líneas de diálogo como las del cambio de muletas al final de la película cuando Harrah y Thornton, heridos, tienen que usar sendos apoyos para caminar (4.43).[1] Hawks era bastante receptivo y no le importaba nada cambiar el guion sobre la marcha, de hecho, a diferencia de otros directores como Hitchcock, esa era otra de las características de su cine: no ser esclavo de un papel escrito y seguir su intuición durante el rodaje para incorporar nuevas ideas, suyas o del resto del equipo.

4.43





[1] Ambos actores, Wayne y Mitchum, se atribuyeron esa idea por el mismo motivo, para contrarrestar el fallo de continuidad que comete Mitchum en la película al cambiar la muleta constantemente de brazo de una secuencia a otra.


lunes, 15 de febrero de 2016

EL AUTOREMAKE EN EL CINE: CAPÍTULO 4.2 (VIII)

Cole Thornton (John Wayne) es un pistolero a sueldo contratado por el cacique Bart Jason (Edward Asner)[1] para obligar a los MacDonald a vender sus propiedades. Thornton decide rechazar el trabajo después de una charla con su viejo amigo J. P. Harrah (Robert Mitchum), sheriff de El Dorado, y con Maudie (Charlene Holt) una antigua novia de ambos. Ajenos a esta situación, los MacDonald vigilan a Thornton y provocan que el pistolero, en un accidente, mate al menor de la familia. El deseo de venganza incita a la joven Joey MacDonald (Michele Carey) a disparar a Thornton, que resulta herido en la columna vertebral. Al no poder extraer la bala, Thornton tendrá que vivir con una lesión que en el momento más inoportuno le paraliza la mano derecha y le impide disparar.[2]

Después de este prologo, rodado en exteriores a plena luz del día, con muchas secuencias a caballo, Hawks se adentra en otro western de interiores: Tras una elipsis de siete meses, Thornton ayuda al joven Mississippi (James Caan) en un tiroteo contra los nuevos pistoleros de Jason. Allí se entera de la situación por la que atraviesa el sheriff Harrah, alcoholizado por culpa de una mujer e incapaz de auxiliar a los MacDonald en su lucha contra Jason. Resueltos a ayudar al sheriff, y a su viejo ayudante Bull (Arthur Hunnicutt), Thornton y Mississippi acuden a El Dorado. A partir de aquí la trama es muy parecida a la de RíoBravo, la película se vuelve nocturna y transcurre en su mayor parte en la cárcel y en el saloon

4.37

Si nos atenemos al primer tercio de El Dorado, una extensa introducción que no tiene nada que ver con Río Bravo, notaremos cómo Hawks ni siquiera ahí se resiste a autorreferenciarse, aunque esta vez sea entre secuencias de la misma película.[3] En efecto, en tan sólo media hora de metraje, el director incluye cuatro escenas, las más destacadas, que se emparejan dos a dos: por un lado los travellings en los que Wayne penetra a caballo en los ranchos de Jason, primero, y de MacDonald, segundo, con unos movimientos de cámara, de nuevo nada gratuitos, que son similares en ambos casos, de la misma forma que el suspense que pretenden.[4] En segundo lugar, el tiroteo en la laguna donde Thornton es derribado del caballo por los disparos de Joey (4.37), y la recaída de la vieja herida, siete meses después, en una laguna parecida (4.38), cuando Wayne y Mississippi viajan hacía El Dorado.


4.38

A partir de la llegada de la pareja al pueblo, Hawks y Brackett diluyen poco a poco la trama de Brown para llevarla a su terreno de igual forma que transforman el drama en un filme más proclive al humor. Con el encarcelamiento de Jason y la reclusión voluntaria del sheriff y sus ayudantes entre las cuatro paredes de la cárcel, Hawks ya puede dar rienda suelta a su estudio de caracteres y situaciones, es decir al intento de superación del alcoholismo, al rechazo de ayuda por parte del sheriff para acabar con los villanos, al saloon como escenario peligroso y al dilema de entrar por delante, o a resolver el canje entre prisioneros. 

Son las mismas acciones que en Río Bravo, pero cambiando el punto de vista y dándole la vuelta a los personajes. Como apunta Perales, “son más interesantes las diferencias entre ambas cintas que la decepción que nos podría producir sus semejanzas” (2005, p.132): así, Mississippi ya no es el  lacónico y serio guardaespaldas, sino un inexperto en el uso del revólver y por eso le hacen llevar un pistolón que junto a la chistera y a la costumbre de recitar poesía [5] es lo que provoca que las situaciones se vuelvan más cómicas en su presencia, justo todo lo contrario que con Colorado. El viejo Bull sigue siendo un gruñón, incorpora la novedad de tocar la corneta en cuanto puede y repite algunas de las líneas de diálogo de Stumpy, pero no es tan exagerado como su antecesor, digamos que deja que la parte humorística se reparta entre todos los personajes. En especial, el interpretado por Robert Mitchum, un sheriff borracho del que se espera partan las decisiones, y que Hawks retrata desdramatizado, casi cómico, en comparación con el Dude de Dean Martin.





[1] Al comienzo de El Dorado, se explica cómo el villano de la película, Bart Jason, se enriquece a costa del oro de la guerra civil. Un tema, este último, que desarrollará Hawks en el prólogo de Río Lobo.
[2] Cole Thornton está basado en dos personajes reales: “un pistolero que mató accidentalmente a un muchacho y perdió su prestigio, y un sheriff que siguió utilizando el revólver a pesar de haber perdido varios dedos de la mano” (Casas 1998, p. 394).
[3] También hay escenas extraídas de otras películas de Hawks como el guiño a El sueño eterno (The Big Sleep, 1946), cuando Thornton y Mississippi obligan a los sicarios de Jason a salir por la puerta para que los acribillen otros matones apostados en la calle, o la pelea entre Mississippi y Jodie en el granero, una secuencia que remite a El Forajido.
[4] De dichas secuencias destaca la parte en la que Thornton sale del rancho de Jason. John Wayne se luce en la doma de su precioso caballo pinto cuando le obliga a caminar hacia atrás.
[5] Los versos que recita son los del poema “El Dorado”, escrito por Edgar Allan Poe.


viernes, 21 de enero de 2011

MACAO (Josef Von Sternberg, 1952)

Conocida en nuestro país como Una aventurera en Macao, se trata de una de las últimas películas de Josef Von Sternberg, el creador de ese mito llamado Marlene Dietrich. Lejos ya de su colaboración con la estrella, Von Sternberg realizó pocos largometrajes y siempre con la sombra de la diva en ellos; su otro yo, como él afirmó en más de una ocasión.



Macao fue un encargo del magnate Howard Hughes para el que Von Sternberg ya realizó algún largometraje anterior, siempre con el mismo resultado: la intromisión de Hughes en el rodaje. El multimillonario, además de poner el dinero, incluyó a Jane Russell en la película. La actriz, que ya nació a la moda, con un cuerpo espectacular al que le sobraban las hombreras en los vestidos, fue descubierta por Hughes y lanzada al estrellato con aquel extraño western titulado El Forajido, donde Jane Russell enseñaba algo más de lo permitido por la censura.

Realmente, Macao es una excusa para que Jane Russell se luzca en un film noire. Por eso la historia es lo de menos: una especie de jefe mafioso (Brad Dexter) actúa impunemente en Macao, lejos de las leyes occidentales. El asesinato del agente americano que venía a detenerle provoca el envío a la isla de otro policía. En el mismo barco llegan un aventurero de oscuro pasado (Robert Mitchum), una cantante de cabaret (Jane Russell) y un comerciante sin escrúpulos (William Bendix). Uno de ellos es el encargado de acabar con el sindicato del crimen.

La cinta tiene el envoltorio de las mejores películas del género, pero ya hemos dicho que le falta una trama solvente. Con Mitchum, con dos damas tan “negras” como Jane Russell y Gloria Grahame, y con un entorno exótico al estilo de Casablanca o Tener y no Tener, Hughes pensó que el éxito estaba asegurado. Y si incluía en la nómina a Von Sternberg, un director con pasado de claroscuros y dominio de los entornos orientales, con más razón. Sin embargo, Hughes no tuvo en cuenta la fuerte personalidad del cineasta austríaco, su exagerada estilización y su permanente búsqueda de Marlene.

Sí, faltaba Marlene. A cambio, Sternberg disponía de Jane Russell, una actriz que dinamitaba el mito de la Dietrich; en el sentido literal de la expresión dada la presencia explosiva de la protegida de Hughes. Así, las canciones de Jane Russell se distanciaban de las actuaciones sofisticadas de Marlene, y se situaban más cerca del número "A Little Girl from Little Rock" en Los Caballeros las prefieren Rubias (Gentleman Prefer Blondes de Howard Hawks, 1953), película que rodaría al año siguiente.
Los continuos enfrentamientos entre productor y director, más una enfermedad sufrida por Von Sternberg, provocaron que fuera Nicholas Ray el que finalmente terminara la cinta. A pesar de todos estos inconvenientes, y si no nos fijamos mucho en el fondo, el resultado final se puede considerar aceptable. En parte, gracias a los buenos diálogos que consiguen achicar las fugas de una historia que hace aguas por todas partes. Pero, sobre todo, por las cestas del casino, que suben con joyas y bajan con dinero, aunque no formen parte de la increíble atmósfera de El Embrujo de Shanghai (The Shanghai Gesture, 1941); por un descarado cambio de medias en la cubierta de un barco; por las tomas a través de las redes de pesca en un muelle abarrotado; o por las sombras de alguna que otra persecución entre callejones oscuros recreados en el estudio. Son detalles, pocas escenas, alguna secuencia, que nos recuerdan mejores tiempos del gran Josef Von Sternberg.


Ver Ficha de Macao.



martes, 7 de septiembre de 2010

WHERE DANGER LIVES (John Farrow, 1950)

En nuestra búsqueda insaciable de buen cine negro nos hemos topado con una joya injustamente olvidada. Una película oscura de un gran director y escritor: John Farrow. Padre de Mia Farrow y marido de Maureen O’Sullivan (la famosa Jane de Tarzán, a la que le reserva un papel secundario en este drama), es autor de filmes de muy buena factura (recomendamos al menos dos: El reloj asesino y Mil ojos tiene la noche), entre ellos este largometraje que roza la obra maestra.



Jeff es un joven médico (Robert Mitchum) que comienza su carrera trabajando como cirujano en un hospital. Allí se enamora de Margo (Faith Domergue), después de que ella ingresara tras un intento de suicidio. Margo le domina y le hace creer que es soltera, pero no libre del todo por la interferencia de un padre posesivo (Claude Rains). El engaño funciona hasta que Jeff se enfrenta con él y descubre que en realidad es el marido. Farrow define el triángulo; y éste resulta fatal.

Mitchum, con el mismo registro que tendrá en Cara de Ángel (Angel Face de Otto Preminger, 1953) -eso sí, aquí con algo más de categoría, en tres años Preminger lo degradará a conductor de ambulancia-, resulta igual de manipulable por las mujeres. El masoquismo del personaje es alarmante. El espectador sabe que se va a meter en problemas. Lo intuye por la sombría estética, por la dureza de los rostros, por la ausencia de romanticismo en unos diálogos que hieren.

Por su parte, Claude Rains también da vida a su personaje más aplaudido: el de cínico, aparentemente tranquilo, extremadamente educado, un hombre adinerado que no le importa casarse con una mujer mucho más joven que él, aún sabiendo que va tras su dinero. En la inevitable pelea entre el médico y el marido Jeff resulta herido, sufre una conmoción cerebral que le aturde y confunde. La pareja decide huir; más bien es Margo –prototipo de femme fatale- la que toma esa determinación ante la poca resistencia de Mitchum que vive con un permanente dolor de cabeza, y con el remordimiento del asesino, certificando así la pesadilla en la que se convierte su particular viaje a los infiernos.

La cinta arranca de nuevo, y entra a formar parte del subgénero oscuro más interesante: el de la pareja que huye fuera de la ley. Where danger lives resulta menos romántica que Los Amantes de la Noche (They Live by Night de Nicholas Ray, 1949) y Sólo se vive una vez (You Only live once de Fritz Lang, 1937), pero la fatalidad se ceba igualmente con ella; no es tan moderna como El Demonio de las Armas (Gun Crazy de Joseph H. Lewis, 1949), pero sí más negra; tanto que llega a alcanzar a Detour (Edgar G. Ulmer, 1946) por el ambiente de pesadilla que vive el protagonista.


La huida es dramática. El destino es implacable con ellos; y aún peor ya que el amor que podría redimirles va desapareciendo poco a poco, igual que se van mermando las facultades del protagonista. Y es que la herida de Jeff es física, pero también psicológica. La nebulosa en la mente del protagonista coincide con la propia del género. Sombras distorsionantes, trama borrosa, ambigua y subversiva, mujer psicópata y dominante tejen un obscuro envoltorio que agobian al personaje; y que no le dejan otra salida que la de escapar hacia delante, sin posibilidad de regreso, al menos hasta que ese terrible dolor le deje pensar con claridad.

Los equívocos del malintencionado guión consiguen llevar a la pareja a la destrucción típica del cine más negro. La fotografía se ensaña con ellos, incluso de día. También los personajes con los que se cruzan. Todos sacarán provecho de los pocos bienes que les quedan. El saqueo previo al hundimiento. Pero que nadie se lleve a engaño, es John Farrow el que abre la espita, el que los arrastrará hasta el maravilloso y trágico final.


Ver Ficha de Where danger lives.

lunes, 21 de abril de 2008

EL CABO DEL TERROR (Cape Fear de J. Lee Thompson, 1962)

La novela "The executioners", de John D. Macdonald, ha sido llevada a la pantalla en dos ocasiones: la primera de la mano de J. Lee Thompson, de forma impecable y es la que vamos a comentar; la segunda dirigida por Martin Scorsese en 1991, bastante interesante, pero, en mi opinión, inferior al original.



J. Lee Thompson era un director desigual especialista en películas de acción y bélicas que obtuvo algún éxito como Los cañones de Navarone (The guns of Navarone, 1961) pero que, sin duda alguna, con Cape Fear consiguió realizar su mejor obra. La cinta pertenece al género de suspense, pero es prima hermana de las películas de terror. La acción se centra en el acoso por parte de Max Cady (Robert Mitchum) hacia el abogado que le metió entre rejas (Gregory Peck). Es un acoso más psicológico que físico y se centra más en la familia de Peck que en la persona del abogado. Cady consigue mantener en vilo a sus victimas sin que la policía pueda hacer nada para evitarlo. Esto provoca un interesante debate sobre si, en esa situación, es correcto que uno se tome la justicia por su mano. En este caso con un agravante: el que toma la decisión es un defensor de la justicia.

El atractivo de la película reside en que el espectador se pone en la piel de Gregory Peck y no sabe exactamente qué es lo que pretende Mitchum. Éste se limita a observar los movimientos de la mujer e hija del abogado, presentándose de forma imprevista e inquietante, con una mirada que hiela la sangre. Y es que Mitchum realiza una de sus mejores actuaciones, muy en la línea del psicópata de la Noche del cazador (The Night of the hunter, de Charles Laughton, 1955). Creo que esa es la razón por la que funciona mejor la película de Thompson que la de Scorsese. Mientras el primero utiliza un suspense más subyugante, menos explícito, con un delincuente casi fantasmal, el segundo presenta a Max Cady (Robert de Niro) más real, también más brutal, pero no tan inquietante debido a que el contacto es más directo –hasta llega a relacionarse con la hija del abogado-.

El filme es de los que atrae al cinéfilo curioso. Y es que se encuentra repleto de anécdotas. Así, en una secuencia donde Mitchum perseguía a Polly Bergen, alguien del equipo de rodaje se dejó cerrada una puerta que tenía que servir de escape. La angustia de la escena traspasó la ficción cuando Polly Bergen intentaba en vano abrir la puerta y Mitchum se acercaba amenazante.

Si en algo se diferenciaban Mitchum y Peck de los demás actores era por su profesionalidad, muchas veces ensalzada por los directores. En la escena final, Gregory Peck le daba un puñetazo a Cady. En el rodaje, de forma accidental, el golpe impactó de lleno en el actor. Lejos de cortar la secuencia, Mitchum siguió con su actuación hasta el final de la toma. Más tarde afirmaría, dolorido, que molestar a su colega no era muy recomendable.

Otros logros de la cinta son la fotografía en blanco y negro, heredera del mejor cine expresionista, y la música del habitual colaborador de Hitchcock: Bernard Herrmann. Ambas proporcionan el ambiente inquietante que requiere la película.

El cabo del terror, gracias a todo lo citado, es de esas películas que ganan con los años. El propio Scorsese –ante todo, un gran cinéfilo-, cuando realizó el remake no se resistió a homenajear la cinta de J. Lee Thompson, para ello incluyó la misma música que utilizó Herrmann y les dio trabajo a dos actores legendarios: Gregory Peck y Robert Mitchum.


Ver Ficha de El Cabo del Terror

jueves, 10 de abril de 2008

CARA DE ÁNGEL (Angel Face de Otto Preminger, 1953)

Un conductor de ambulancia (Robert Mitchum) conoce a una mujer (Jean Simmons) y se siente atraído por ella la noche en la que tiene que acudir a su domicilio después de un aviso de grave accidente domestico. Pronto se dará cuenta de que el accidente no era tal y se verá atrapado por la manipuladora mujer, que pretende involucrarle en sus siniestros planes.


Con este atractivo guión, Otto Preminger realizó uno de sus mejores y más personales trabajos. En la cinta se puede apreciar su estilo inconfundible: el movimiento de cámara siempre directo, hacia los actores; la profusión de planos secuencia perfectamente planificados -planeamiento nunca reconocido por el propio Preminger-; y, por supuesto, una perfecta dirección de actores, uno de sus fuertes.

La fama que Preminger tenía de “duro” fue confirmada en el rodaje de Cara de Ángel. Es famosa la anécdota del enfrentamiento entre Robert Mitchum y el director a causa de una secuencia donde el galán abofeteaba a Jean Simmons. Preminger no estaba satisfecho de su resultado y mandó repetirla hasta conseguir que la actriz llorara de dolor. Sin quitar mérito a la “habilidad” del realizador, lo cierto es que Jean Simmons se encontraba en el mejor momento de su vida profesional. Su interpretación puede ser la mejor de su dilatada carrera al encarnar a la perfección el papel de mujer malvada y cínica. Quizás le ayudara en su actuación la tortuosa relación que mantenía con el magnate y productor, Howard Hughes. Mientras tanto, en la ficción, se las tenía que ver con un ingenuo Robert Mitchum.
Y es que el centro de toda la trama descansaba en la pareja Simmons-Mitchum. Desde el arranque (con el cruce de bofetadas citado) hasta el final -no perderse la expresión de la actriz, merece la pena grabarla y detener la imagen en ese momento- las escenas en las que aparecen las dos estrellas son todo un acontecimiento. De ella, no se sabe si se aprovecha de la candidez de Mitchum para cometer sus crímenes o realmente está enamorada de él; o sólo lo quiere como un sustituto de su adorable padre (Herbert Marshall). De él, no se entiende si es masoquista al seguir con la relación, sabiendo que es su perdición – “Estas jugando con fuego, y no te lo aconsejo en una habitación llena de gas”-; o es que no puede escapar de la red que estratégicamente va tejiendo Jean Simmons, que no le abraza, sino que, literalmente, le rodea con sus brazos cada vez que él intenta escabullirse.

Cara de Ángel destila una atractiva imprecisión y, desde luego, Preminger se cuida mucho de dar su opinión a los espectadores; tan sólo se limita a exponer los hechos sin decantarse por ninguna solución demasiado explícita. Esto sucede en casi todas las películas del cineasta. De esta forma, uno no se conforma con verlas, necesita comentarlas con alguien. El debate está asegurado porque las películas del realizador piden la complicidad del espectador y requieren su opinión para poder finalizarlas. Lo cual, siempre, es de agradecer.

Ver Ficha de Cara de Ángel

miércoles, 2 de abril de 2008

EL DORADO (Howard Hawks, 1966)

El Dorado es un remake de Río Bravo (1959) y un anticipo de Río Lobo (1970), todas de Howard Hawks, uno de los grandes. Con esta trilogía el genial director quiso ofrecer una alternativa a Solo ante el peligro (High Noon de Fred Zinnemann, 1952). Y lo consiguió: el sheriff sólo necesita de sus colaboradores (un borracho, un anciano y un muchacho imberbe) para solucionar sus problemas, dejando al margen al pueblo que para eso lo eligió. Sin menospreciar la trama, lo que más me interesa a la hora de comentar una obra de autor -y ésta lo es, digan lo que digan- es descubrir los elementos, en este caso hawksianos, que la configuran. Veamos algunos de ellos:


Como ocurría en Río Rojo (Red River, 1948), aquí también nos encontramos con un grupo de amigos unidos frente al peligro. La amistad en letras mayúsculas es uno de los grandes temas que Howard Hawks analizó a lo largo de su carrera, pero a diferencia de lo que sucedía en Río Rojo y Río de Sangre (The Big Sky, 1952), en El Dorado los personajes se mueven en un entorno cerrado, la película es más claustrofóbica y no existen esos rodajes de exteriores que dan un aire más épico a las anteriores producciones. Sólo su “mano invisible” (como la del mercado, que decía Adam Smith) a la hora de rodar permanece como denominador común de estas tres grandes cintas. Y es que la cámara, en los filmes de Hawks, prácticamente no se nota. Él no quería por nada del mundo que extraños movimientos del operador -la mayoría para lucimiento del director de fotografía o del propio realizador- estropeasen o desviasen la atención del espectador. Así no es de extrañar la profusión de planos generales, planos fijos a la altura de los ojos o planos americanos con ligeros movimientos sólo usados para encuadrar a los actores. De esta forma cuando Hawks usaba un travelling o una panorámica resaltaba la acción mucho más que cualquier otro director con la misma técnica.

Pero donde podemos encontrar al verdadero Howard Hawks es “buceando” en los protagonistas. En El Dorado, como en el resto de películas de Hawks, los actores se encuentran muy identificados con los personajes. Es lo que buscaba el realizador a la hora de hacer un casting, y a la hora de escribir un guión. Supeditaba la parte escrita al actor en cuestión y no dudaba en variarla o en improvisar si con ello lograba esa perfecta unión personaje-actor. Así Robert Mitchum logra hacer uno de los mejores papeles de su vida al interpretar a un complejo personaje hundido en el alcohol. Este actor da aquí muestras de hasta donde puede llegar una estrella de cine si se encuentra bien dirigida.


John Wayne, con el que trabajaría en cinco ocasiones, interpreta al héroe hawksiano por excelencia, el líder que no duda en ayudar a su amigo evitando muestras explicitas de ese apoyo (como hiciera Cary Grant en Sólo los Ángeles tienen alas o el propio Wayne en Río Bravo y otras).

Mississippi (James Caan), el joven aprendiz, es otro clásico en la temática de Hawks (Matt al principio de Río Rojo, Ricky Nelson en Río Bravo o Chips en Hatari! son varios ejemplos).

Con El Dorado el espectador puede presenciar un western distinto; el cinéfilo puede dedicarse a disfrutar de la interpretación de los personajes sin distraerse con los movimientos de cámara; y el aficionado, en general, seguro que va a pasar un rato entretenido junto a una película narrada al estilo clásico, lejos de las innovaciones que se imponían en el mundo del cine en los años sesenta.

Ver Ficha de El Dorado

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