lunes, 31 de julio de 2023
ESTAMBUL (Journey into Fear de Orson Welles y Norman Foster, 1943)
domingo, 9 de julio de 2023
2 X 1: "GENTE VIVA" y "TAXI" (Roy del Ruth)
Gente viva (Blonde Crazy, 1931)
La
larga carrera del actor James Cagney comenzó con el inicio de los años treinta en
la Warner Brothers, estudio en el que se mantuvo durante toda la década, la más
prolífica de su carrera (33 películas). Uno de los directores que más veces lo
dirigieron en esa época fue Roy del Ruth. Dos películas de este artesano son
las que vamos a comentar ahora:
En la primera, Gente viva, Cagney es el pícaro y mujeriego botones de un hotel en el que realiza pequeñas estafas hasta que se enamora de una camarera recién contratada (Joan Blondell). Junto a ella va dando golpes cada vez mayores, pero en el camino la relación entre los dos sufre altibajos a medida que los “trabajos” se vuelven más peligrosos.
Atractivo filme de Del Ruth, un realizador que se especializa en musicales y películas policíacas, casi como el propio Cagney, actor con un registro ideal para las segundas cintas, pero también con condiciones de bailarín ⸺en la cinta hace sus pinitos con el claqué en alguna escena. No en vano, comenzó su carrera en las tablas del music-hall, interviniendo en comedias musicales y en obras dramáticas hasta que la llegada del sonoro le cambió la vida al ser contratado por la Warner.
En
cualquier caso, Gente viva no es ni un musical ni un largometraje
de gánsteres, aunque se le acerque a este segundo género poco a poco. De hecho,
lo mejor de la cinta es el cambio que va sufriendo la película desde una comedia
romántica hasta un policíaco. Es verdad que no llega a la altura de obras coetáneas
como Enemigo público (The Public Enemy, William A.
Wellman, 1931), pero se queda en un filme entretenido, con giros continuos de
guion donde los estafadores también son estafados como en la secuencias de los
falsos billetes falsos, y en la de la carrera de caballos.
La interesante trama se complementa con buenos planos de Del Ruth donde destaca el cenital de la enfermería de la cárcel, con fotografía de bajo tono, muy minimalista, casi abstracto, muy del estilo de la Warner; y con finales de secuencia made in Cagney, rematados por el tipo duro que es, enfrentándose a otros más grandes que él, pero menos atrevidos. Ojo a un Ray Milland jovencísimo, casi irreconocible. Como pasatiempo extra les recomiendo contar el número de bofetadas que se dan unos y otros.
Taxi (Taxi!,1932)
Justo después de Gente viva,
el director Roy del Ruth vuelve a colaborar con James Cagney en Taxi,
otra película del mismo corte que la anterior, pero, digamos, más negra:
Cagney ahora es Matt Nolan, un taxista independiente que no se deja intimidar por la todopoderosa compañía Consolidated, que quiere deshacerse de los pequeños taxistas y no duda en usar métodos gansteriles para hacerlo. Uno de los compañeros de Matt, es el padre de Sue (Loretta Young), que en su lucha por mantenerse independiente termina en la cárcel y muere allí. A pesar de la tragedia, Sue opta por el diálogo para solucionar el problema, mientras que Matt está más por la labor de responder a la violencia con violencia…
El tema que trata la película, el de las controversias entre los taxistas independientes que luchan por sus licencias, y las grandes empresas que intentan que el reparto del pastel sea cada vez más grande para ellos, es bastante actual y ayuda a que la cinta mantenga su interés a pesar de los años.
El carácter radical de Cagney,
aunque permanece en el bando teórico de los buenos, recuerda mucho al registro de
sus películas de malvado, con sonrisa que hiela la sangre como en la citada Enemigo
público de ese mismo año. De hecho, las mejores secuencias se reservan
a Cagney enfrentándose a sus enemigos. También funcionan los planos fijos de la
pareja Cagney-Young, sencillos, pero eficaces.
Cagney de nuevo, a la menor oportunidad, quiere lucirse como bailarín y hace algunos bocetos de números que demuestran lo bien que se le da el musical ⸺no olvidemos que ganará el Óscar unos años después con Yanqui Dandy (Yankee Doodle Dandy, Michael Curtiz, 1942). Esas secuencias quedan perfectas gracias a que Roy del Ruth sabe cómo introducirlas en una puesta en escena desenfadada. Al menos hasta que el drama se torna en tragedia y la película se vuelve cada vez más oscura; algo parecido, pero más intenso, a lo que sucedía en Gente viva.
domingo, 25 de junio de 2023
EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO V (XV)
Gary Cooper, como Errol Flynn, encarna al típico héroe solitario de las mejores películas de Walsh; igual que su antecesor, la actuación de Cooper destaca por su sobriedad y laconismo. Sin embargo, es en torno al personaje al que da vida el actor donde se concentran algunas de las diferencias que existen entre Tambores lejanos y Objetivo: Birmania:
El capitán
Wyatt de Cooper se aísla más, si cabe, en su soledad que el capitán Nelson de
Flynn, y se encuentra muy por encima de los soldados a los que manda, con los
que apenas se relaciona. Es un héroe con un pasado trágico (su esposa fue
asesinada por unos soldados) que vive en una isla rodeada por los Everglades
(evidente metáfora); que está acostumbrado a la selva (otra diferencia con
Nelson), que prefiere la vida salvaje a la civilización y que incluso viste
distinto al resto (5.41),[1] con una indumentaria de
explorador que se mimetiza con el entorno y que refleja su íntima relación con
los nativos (su mujer era india y tiene un hijo mestizo). A pesar de partir de
un perfil típico de héroe de western
psicológico,[2]
Walsh no se decanta por desarrollar el posible deseo de venganza del capitán,
prefiere atender a la aventura propiamente dicha y saldar el drama particular
de Wyatt con una declaración final donde perdona a los agresores de su mujer.
El contexto social
también marca una importante distinción entre las dos películas. En Objetivo: Birmania, la guerra en el
Pacífico aún estaba por decidir y la crudeza del conflicto se hace sentir en el
naturalismo de las imágenes en blanco y negro; mientras que en Tambores lejanos, la historia que se
cuenta no es contemporánea, la propaganda carece de sentido y eso hace que
Walsh no profundice demasiado en la personalidad de los protagonistas y se
centre más en la colorista aventura que en el drama; aunque, eso sí, ponga el
mismo acento en la batalla del hombre contra la naturaleza. Aspectos, ambos, el
de la aventura y la lucha por la supervivencia, que resalta el director cuando
al final resuelve el conflicto con un duelo a muerte entre el jefe indio y
Wyatt (5.42). Secuencia submarina muy bien fotografiada por Sid Hickox, el
hábil operador de la Warner con el que Walsh trabajó en numerosas ocasiones y
que aquí hace un excelente trabajo con el technicolor de la época.[3]
El reclamo
estelar de Cooper —el único de la película— deja poco protagonismo a los
secundarios que, comparados con los de Objetivo: Birmania, son bastantes menos, podríamos decir que sólo tres (5.43), y con
pocas líneas de diálogo, todo para beneficiar a la acción. Por el lado cómico,
se sitúa Arthur Hunnicutt, un actor que debe su fama al registro de películas
como Río de sangre, o el que hemos
visto en El Dorado, exactos, ambos,
al que utiliza en Tambores lejanos,
esto es, el explorador veterano que conoce al dedillo cada palmo de terreno y
que es capaz de seguir el rastro como si de un indio se tratase.
Junto a Hunnicutt, el otro actor de reparto que destaca es Richard Webb. Interpreta al teniente Tufts, un oficial de marina tan desplazado de su ambiente naval como el barco al que arrastran por tierra (5.44). Tufts es el blanco de los ataques de las serpientes, pero también de las burlas de Wyatt. El teniente se nos antoja el sustituto del reportero de la película original, por lo extraño que se siente en tierra, pero, sobre todo, porque se erige en el narrador de la historia, aunque en este caso la voice over de Tufts acompañe a la acción a lo largo de todo el metraje.
Como bien ha
visto Roberto Cueto (2008, p.197), el arranque de Tambores lejanos es muy similar al que más tarde se usará en Apocalipsis Now (Apocalypse Now de Francis Ford Coppola, 1979) o, lo que es lo
mismo, al de la novela en la que se basa la película, “El Corazón de las Tinieblas”
de Joseph Conrad. Tufts relata a bordo de la embarcación el objetivo de su
misión: encontrarse con el capitán Wyatt, un militar que vive en la jungla y
hace la guerra por su cuenta (como el coronel Kurtz, al que interpretaba Marlon
Brando en la cinta de Coppola).
Leer el capítulo desde el inicio.
[1] Como
Alan Ladd en Rebelión en el fuerte (Saskatchewan, 1954), otro western de Walsh que guarda ciertas
semejanzas con Tambores lejanos. El
protagonista es un inspector de la Policía Montada del Canadá, hijo adoptivo de
un jefe indio, que siempre que puede se cambia la casaca roja por la
indumentaria de explorador. Además, termina por liderar un grupo que tiene que
atravesar un territorio hostil de intrincados bosques infestados de indios.
[2]
Pensemos en westerns del estilo de Encubridora (Rancho Notorious de Fritz Lang, 1952) o El último tren de Gun Hill (Last
Train from Gun Hill de John Sturges, 1959), donde el protagonista sólo vive
para vengarse de los asesinos de su pareja.
[3] Como
ya vimos, Sidney Hickox fue el director de fotografía de Juntos hasta la muerte, pero también de Al rojo vivo, Camino de la
horca, Fighter Squadron, Silver River, Uncertain Glory, Northern Pursuit, Gentleman Jim, The Man I Love,
One Sunday Afternoon y Más allá de las lágrimas, todas de
Walsh.
domingo, 11 de junio de 2023
2 X 1: "I'LL SEE YOU IN MY DREAMS" y "PARA ELLA UN SOLO HOMBRE" (Michael Curtiz) (III)
I’ll See You in My
Dreams (1951)
El
realizador húngaro, y ahora reconocido como uno de los grandes, Michael Curtiz,
arrancó la década de los cincuenta asentado en la Warner Brothers, productora
donde estuvo casi tres décadas y donde cosechó los mayores éxitos de su carrera
(Casablanca, Robin de los bosques, El capitán Blood, El lobo de mar, Alma en suplicio y
un largo, larguísimo etcétera). Michael Curtiz se entregó en cuerpo y alma al
sistema de producción del Hollywood clásico y acaso fue el paradigma de director
de los grandes estudios.
Así, era capaz de supeditar todos los recursos cinematográficos al servicio del género para caracterizarlo y definirlo. No solo lo hizo en dramas, películas de aventuras, de cine negro, del oeste o bélicas, también se adentró en el musical con algunos éxitos ⸺aunque no fue su género preferido⸺ casi siempre dando vida a personajes que habían existido en la realidad. Después del éxito de Yankee Doodle Dandy (1942), homenaje al compositor George M. Cohan, y del fallido largometraje a mayor gloria de Cole Porter, Noche y día (Night and Day, 1946), Curtiz rodo en 1950 el excelente filme El trompetista, inspirado en el músico de jazz Bix Beiderbecke. A partir de aquí, en la década de los cincuenta rodó otros dos biopics, tan desconocidos en España como interesantes, de los que vamos a hablar ahora: I’ll See You in My Dreams y Para ella un solo hombre.
En el primero de ellos, Curtiz recrea la vida y obra del letrista Gus Kahn (Danny Thomas), famoso músico popular de los años veinte y treinta, que llegó a trabajar en Broadway, nada menos que para el célebre productor de revista Florenz Ziegfeld. La cinta versa sobre el ascenso al estrellato, la caída y el resurgir del compositor, y arranca cuando Kahn conoce en una agencia musical a Grace (Doris Day), la que será su futura esposa, e insiste en venderle su primera canción, a la sazón el primer éxito de Kahn.
Ni
que decir tiene que aunque el personaje protagonista sea el músico, el centro
de las miradas se dirigen a Doris Day y a los números musicales en los que ella
actúa. Con Doris Day ya había trabajado Curtiz en otro musical: Romance
en alta mar (Romance on the High Seas, 1948) y en la citada El
trompetista (Young Man with a Horn, 1950).
La trama de I’ll See You in My Dreams sigue la estructura de “Ha nacido una estrella”, con los años veinte como telón de fondo y con un buen número de canciones célebres, todas ellas escritas por Kahn y cantadas por ambas estrellas, Danny Thomas y, sobre todo, Doris Day: Comenzando por la que da título a la película, “I’ll See You in My Dreams” y continuando con “It Had To Be You”, “Pretty Baby”, “My Buddy”, “The One I Love (Belong to Somebody Else)”…, y así hasta más de veinte canciones (algunas solo parcialmente) desfilan en una película muy del gusto del pueblo norteamericano.
Para ella un solo hombre (The
Helen Morgan Story, 1957)
Seis años después de I’ll
See You in My Dreams, Michael Curtiz vuelve al mundo de la música
popular, a los años veinte, a la revista, a Broadway y al éxito que significa
trabajar para el mito que fue Florenz Ziegfeld, y lo hace con el biopic
de Helen Morgan, una cantante legendaria estadounidense.
Mal traducida en España, (Para ella un solo hombre), The Helen Morgan Story está protagonizada por Ann Blyth (su último largometraje) y cuenta con una pareja estelar encabezando el reparto: nada menos que Paul Newman. La cinta sigue de nuevo el auge y la progresiva caída de la protagonista, hasta llegar a un final tan emocionante ––y tan calcado–– como el de I’ll see you in my dreams.
No obstante, la historia de Helen Morgan trata, en realidad, de las idas y venidas de un triángulo formado por Helen, por el poco recomendable Larry Maddux (Paul Newman), un pendenciero aficionado a los trapicheos, en especial al contrabando de alcohol en la época de la prohibición, y por el eminente abogado Russell Wade (Richard Carlson), un hombre casado y muy rico que apostará por la estrella emergente.
De nuevo las canciones son lo
mejor de una cinta donde brillan la voz de Ann Blyth (doblada por Gogi Grant).
La película es mucho más dramática que la anterior debido al citado triángulo
amoroso y, sobre todo, a la caída de la cantante, que es mucho más acusada. Circunstancia
que aprovecha Curtiz para manejar escenas nocturnas de calles mojadas, donde reinan
los claroscuros y la luz de bajo tono, mientras Helen es arrojada,
literalmente, al arroyo.
En The Helen Morgan Story aparecen personajes que ya estuvieron en I’ll See You in My Dreams, como Florenz Ziegfeld, y suenan canciones que ya se escucharon en dicha película como “The One I Love (Belong To Somebody Else)”. También se cuenta cómo Helen llega a la cima de su carrera cuando actúa para Ziegfeld en la famosa revista “Show Boat”, aquí llamada “Magnolia” y recreada en varias ocasiones en el cine. Todo suena muy familiar, pero es bienvenido en una cinta tan entrañable como emocionante.
lunes, 29 de mayo de 2023
MASTER AND COMMANDER. AL OTRO LADO DEL MUNDO (Master and Commander: The Far Side of the World de Peter Weir, 2003)
domingo, 14 de mayo de 2023
2 X 1: "PRIVATE DETECTIVE 62" y "MATANDO EN LA SOMBRA" (Michael Curtiz) (II)
Private Detective 62 (1933)
El
gran director Michael Curtiz tuvo una de las filmografías más extensas y de
mayor calidad del universo cinematográfico que ahora llamamos cine clásico. De todas
sus películas destacan aquellas que dirigió en el seno de la Warner Brothers.
De origen húngaro, Curtiz llamó la atención de Jack Warner allá por los años
veinte cuando veía lo bien que se desenvolvía el realizador en Austria dirigiendo
películas épicas (Esclava Reina, Sansón
y Dalila, Sodoma y Gomorra, etc.). Cuando lo contrató, el
productor seguramente ya tenía en mente encargarle El arca de Noé
(Noah’s Ark, 1928), una cinta estilo DeMille con la que prácticamente se
decía adiós al cine mudo.
Pero a Curtiz no solo se le daban bien las superproducciones, enseguida demostró su habilidad para todo tipo de estructuras narrativas. Se quedó en la Warner y ellos que salieron ganando. Dos ejemplos de aquellos filmes tan bien realizados son los policíacos que dirigió en los primeros años treinta con William Powell de protagonista:
En Private Detective 62, el primero de ellos, Powell es Donald Free, el detective privado del título. Después de haber caído en desgracia por haber sido declarado persona non grata en Francia, Free tampoco tiene demasiada suerte al asociarse con Dan Hogan, un colega con pocos escrúpulos, que sigue las instrucciones del dueño de un casino. Free reacciona cuando Hogan y el mafioso planean engañar a una joven a la que el segundo debe mucho dinero.
Entretenido filme, que Curtiz realiza sin muchos medios, al estilo de las películas de serie B, pero con un ritmo muy rápido, una narrativa casi perfecta y un dominio de las elipsis prodigioso. Así, Curtiz es capaz de pasar de un país a otro en pocas secuencias mientras el protagonista se mete en problemas, lo detienen, lo juzgan, viaja en un barco, escapa de él y busca trabajo.
El caso de Curtiz no deja de ser curioso porque le sucedió lo contrario que a la mayoría de directores: de especialista en rodar largometrajes colosalistas, con grandes medios, superproducciones costosas del cine mudo, pasó a dirigir películas de escaso presupuesto, policíacos, dramas, comedias, cintas de aventuras, es decir, de cualquier género, pero siempre con su sello de realizador imaginativo, que manejaba ⸺y acaso inventaba⸺ todos los recursos cinematográficos para convertirse en uno de los que cambió el cine norteamericano para siempre.
Matando en la sombra (The
Kennel Murder Case, 1933)
El segundo de los filmes que
Curtiz dirigió en 1933 con William Powell al frente del reparto fue Matando
en la sombra, adaptación para la gran pantalla de la novela homónima de
S.S. Van Dine, creador del personaje protagonista, el detective Philo Vance:
Vance sospecha que el suicidio de un magnate y coleccionista de cerámica china es en realidad un asesinato. La lista de sospechosos (la sobrina, la amante, la pareja de la amante, el secretario, el cocinero chino, el mayordomo que no falte, el hermano, etc.) es extensa debido al mal carácter del finado y a sus chanchullos comerciales, pero la solución del caso se presenta complicada, ya que la víctima se hallaba en un cuarto cerrado por dentro.
Entretenida trama donde todos tenían motivos para matar a la víctima; donde un jarrón chino y una daga son las claves del misterio; y donde la policía se deja aconsejar ⸺y mandar⸺ por un detective famoso, al estilo de las novelas de Sherlock Holmes o Agatha Christie.
La cinta es un ejemplo del típico
misterio locked-room o habitación cerrada, también llamado “crimen
imposible”. Es, sin duda, la mejor de la larga serie de películas que se
realizaron sobre la figura del detective Philo Vance ⸺en 1940 se hizo un remake
titulado Calling Philo Vance (William Clemens)⸺; Matando en
la sombra es la quinta de la saga, la cuarta y última protagonizada por
William Powell, y la única dirigida por Michael Curtiz, con su acostumbrada
maestría.
La película es un pre-noir donde ya hay algunos estilemas del género que se desarrollaría en los años cuarenta, con la presencia de William Powell ⸺y de Mary Astor, futura femme fatale⸺ un año antes del éxito La cena de los acusados (The Thin Man, W.S. Van Dyke, 1934), que iniciaría otra larga serie de películas inolvidables con Powell, Myrna Loy y el perrito Asta, que por cierto también actúa en Matando en la sombra.
domingo, 30 de abril de 2023
EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO V (XIV)
Raoul Walsh organiza Tambores lejanos con pocas diferencias en la estructura con respecto a Objetivo: Birmania: un pequeño grupo liderado por un valiente jefe que se interna en territorio hostil, que cumple su misión, pero que no puede regresar como estaba previsto y tiene que volver caminando por una intrincada jungla, hostigado por los enemigos. No sólo el planteamiento general es igual, también existen similitudes en elementos más concretos: hay una invasión en marcha; Wyatt divide sus fuerzas; la mitad de la tropa es torturada y asesinada por los indios; al final se desarrolla una batalla nocturna en las trincheras, etc.
Tan afines son ambas películas que Walsh no sólo repite secuencias sino que vuelve a planos como los del ataque a la aldea enemiga (la aproximación es semejante, también el lanzamiento del cuchillo al centinela y la impresión que les causa a los militares el descubrimiento de sus compañeros asesinados que, en este caso, han servido de alimento a los caimanes); o los del grupo que vadea el pantano, cada vez más hundido en el agua a medida que aumenta el peligro (5.37 y 5.38 en vez de 5.31 y 5.32).
En Distant Drums, Walsh también persiguió el mayor realismo posible. A diferencia de lo sucedido en el rodaje de la cinta bélica, aquí sí filmó los exteriores en el mismo lugar donde acontecieron los hechos: en los Everglades de Florida, en Silver Springs y en San Agustín, en el castillo de San Marcos, una fortaleza española del siglo diecisiete enclavada en los pantanos. No contento con la fauna que le proporcionaban las localizaciones, el director mandó traer serpientes desde California para acompañar a los caimanes de Florida en el acoso a los soldados.
Aunque el verdadero peligro, tanto en la ficción como en la realidad, lo representaban los indios seminolas. Una tribu especialmente beligerante con el hombre blanco, que tiene el orgullo de ser la única que no ha llegado a firmar la paz con los estadounidenses.[1] Walsh los filma más exóticos de lo normal para sacar mayor rendimiento a la fotografía en color: como si fueran mayas o aztecas, sus pinturas de guerra y las ropas que visten en algunas escenas se hacen eco de la rica variedad cromática de la selva, mientras en otras contrastan con ella (5.39).
Desde luego, son indios que se alejan del estereotipo del nativo medio desnudo, el que se suele identificar con el paisaje más tradicional del western desértico. Con ese peculiar enemigo, y con una primera parte que más bien parece “una de piratas” (la presencia del teniente de la Armada, la navegación por el lago, el asalto al fuerte colonial, los contrabandistas que protegen la fortaleza (5.40), etc.), Tambores lejanos es un western tan atípico como original; una película sin caballos, que se desarrolla en la selva y que trata un tema que ha sido llevado muy pocas veces al cine, el de las guerras con los seminolas.[2]
Igual que en Objetivo: Birmania, la estrella de la
película, Gary Cooper, también se quejó de lo duro del rodaje; si bien sus
declaraciones no fueron siempre tan críticas como las de Errol Flynn. Mientras
por un lado aseguraba que “había donado un galón de su mejor sangre a los
mosquitos y sanguijuelas”, por otro, confesaba que había aprovechado los
parones entre rodajes para buscar caracolas, para jugar al golf y relajarse en
un lugar ideal para descansar lejos de la civilización (Meyers 2001, p. 238).
Independientemente de las agotadoras —o no tanto— condiciones de la filmación,
la relación entre Cooper y Walsh fue casi mejor que la que existió entre Flynn
y el realizador, seis años atrás. De hecho, el director estaba encantado de
poder contar con la colaboración del actor, con el que siempre había querido
trabajar.[3]
Leer el capítulo desde el inicio.
[1] Walsh
presumió de ser el primero en rodar en esos parajes y de contar con verdaderos
seminolas como extras, aunque según él, “no era el pueblo más fácil de
domesticar e incluso me llegaron a amenazar de muerte” (Walsh citado en Moss
2011, p.312).
[2] Se
nos ocurre el largometraje de Budd Boetticher, Traición en Fort King (Seminole,
1953) y pocos más.
[3] Se
llevaban estupendamente, solían cazar y pescar juntos. Walsh llegó a decir:
“nunca he conocido a un hombre más bueno que Gary Cooper, o lo que es lo mismo,
a un amigo mejor” (Moss 2011, p. 311).
domingo, 16 de abril de 2023
2 X 1: "UN SUEÑO AMERICANO" y "ESPOSA DE GUERRA JAPONESA" (King Vidor)
Un sueño americano (An American Romance, 1944)
La
carrera de King Vidor, un gigante del cine norteamericano y acaso del mundial,
tuvo un carácter ascendente desde que comenzó como proyeccionista en su ciudad
natal hasta que llego a dirigir obras maestras como El gran desfile
(The Big Parade, 1925) o …Y el mundo marcha (The Crowd,
1928), cumbres de su obra en el cine mudo, siempre con un trasfondo moral que
aprendió gracias a su madre, seguidora de las teorías de la Christian Science.
En los años treinta, en la época del realismo crítico, volvió a interesarse por
esos temas sociales con El pan nuestro de cada día (1934), una excelente
utopía donde la protagonista era una cooperativa agrícola. Alejado de estos
mensajes sociopolíticos que le dieron sus mejores obras, volvió a ellos en un
par de ocasiones que vamos a comentar:
En
Un sueño americano, Vidor narra la historia de un emigrante ruso
(Brian Donlevy) desde que llega a Estados Unidos hasta que se convierte en un
magnate de la industria del automóvil. El filme transcurre desde finales del
siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial. Una película-río, donde el
protagonista se casa con la maestra que le enseña a leer, tiene cinco hijos y pasa
por diversos trabajos (una mina de hierro, una fábrica de acero, la producción
en serie de coches y, finalmente, la de aviones para el ejército) en los que va
ascendiendo progresivamente de categoría gracias a su esfuerzo y ambición.
En realidad es una cinta de propaganda bélica, realizada durante la guerra, pero se convierte en una de las obras más personales de Vidor, con incursiones en el tema de los sindicatos y los derechos de los trabajadores, temas afines al contexto social del momento, con un aliado como la Unión Soviética en su lucha contra los nazis. El largometraje tiene cierto aire autobiográfico, cuando los abuelos de Vidor fueron emigrantes húngaros, y además es un interesante documento sobre la fabricación del acero y la de coches y aviones en serie.
Destaca
la interpretación de Brian Donlevy, seguramente en uno de los mejores papeles
de su larga carrera, donde siempre había destacado en registros de personaje
malvado. Aquí es un ambicioso inmigrante que en su cumbre como empresario se
enfrenta a los sindicatos, donde su propio hijo es uno de los representantes de
los obreros (y el narrador de la historia). El magnate abandona su puesto
cuando se ve derrotado por los trabajadores, pero vuelve en el momento en el
que el gobierno solicita su ayuda para fabricar aeronaves.
Un sueño americano (por una vez, y sin que sirva de precedente, nos gusta más la traducción española que el título original: An American Romance) fue mutilada por la Metro debido a su larga duración y el resultado no tuvo ni buenas críticas ni éxito entre el público. Solo más tarde, cuando se pudo ver completa, se demostró que era una de las mejores cintas de King Vidor.
Esposa de guerra japonesa (Japanese War Bride, 1952)
Otra cinta de King Vidor que pasó
sin pena ni gloria fue Esposa de guerra japonesa. Una cinta que
vista hoy en día tiene unas cuantas virtudes y se deja ver con agrado. Película
de posguerra donde Vidor se adentra en el complejo mundo de los soldados que
regresan después de combatir, en este caso agravado por haber contraído
matrimonio con una nativa.
La película se centra en la japonesa Tae (Shirley Yamaguchi, actriz china), flamante novia, casada con Jim, el soldado que vuelve del frente (Don Taylor), y el conflicto que surge cuando ambos tienen que vivir en la casa de los padres y del hermano del protagonista, a la sazón casado con una antigua novia de Jim. Los celos de la cuñada, antiguos amores no resueltos, y las heridas de una guerra que aún no han cicatrizado se vuelven en contra de una inadaptada Tae que, para más disgustos, se encuentra embarazada.
Un melodrama en toda regla, pues, pero matizado con los temas sociales que le interesan a Vidor, ahora sobre los problemas de la integración en la sociedad norteamericana de una mujer, antigua enemiga para algunos que han sufrido pérdidas en el conflicto. Eso sin contar lo que supone un matrimonio interracial en una sociedad tan intolerante y racista, y más en aquella época.
En realidad se trata de otro
sueño americano, esta vez truncado, donde la pareja ansía tener su hogar y
llenarlo de niños (hasta se construyen la casa con sus propias manos). De forma
tangencial se ve la mano del Vidor que tanto éxito tuvo en el periodo mudo con
este tipo de películas: aquellas en las que planteaba los problemas de una
pareja para salir adelante en un mundo lleno de prejuicios. También hay algo de
documento cuando presenta la plantación de hortalizas en California, la cosecha
y el empaquetado en la fábrica.
En el filme, sobresalen algunas secuencias muy bien filmadas por Vidor, como aquella en la que Jim vuelve a casa: el director “pierde el tiempo” en pasear al protagonista por todas las estancias, una a una, del hogar de su infancia, hasta se para en la cocina para oler el guiso de su madre que le retrotrae a una vida más feliz, la de antes de la guerra. Buena interpretación de Yamaguchi, muy sentida, y fuerte presencia del gigante, a su lado, Don Taylor (futuro director de cine), que tiene que agacharse en más de una secuencia para ponerse a la altura del resto de personajes.
domingo, 2 de abril de 2023
MARE NOSTRUM (Rafael Gil, 1948)
domingo, 19 de marzo de 2023
2 X 1: "FORBIDDEN" y "AQUELLOS DUROS AÑOS" (Rudolph Maté)
Forbidden (1953)
De
los directores de fotografía que se han pasado a la dirección, quizás uno de
los más destacados, si no el más destacado, sea Rudolph Maté. Cineasta polaco, estudió en
Hungría y trabajó en varios países europeos como operador de Alexander Korda,
Dreyer, René Clair o Fritz Lang, entre otros, antes de instalarse
definitivamente en Estados Unidos donde siguió su carrera colaborando con los
mejores: Wyler, Vidor, Dieterle, McCarey, Hathaway, Lubitsch, Hitchcock y un
largo etcétera.
En la segunda mitad de los cuarenta, Maté decide realizar sus propias películas, paradójicamente sin ninguna pretensión estética teniendo en cuenta su virtuosismo como director de fotografía. No obstante, sus mejores filmes se desarrollan a lo largo de los años cincuenta. Uno de las más notables es Su alteza el ladrón (The Prince Who Was a Thief, 1951) donde dirige a Tony Curtis y lanza su carrera como actor. No sería la última vez que ambos trabajasen juntos: en 1953 vuelven a colaborar en el policíaco Forbidden.
El arranque de la cinta es parecido al de Gilda (Charles Vidor, 1946): Curtis es un recién llegado a Macao ⸺¿qúe tiene esta pequeña península que le va tan bien al noir?⸺ que ayuda a un gánster, le salva de ser asesinado, y este para agradecerle el gesto le contrata para supervisar su casino. El conflicto se crea cuando a Curtis le presentan la prometida del gánster.
Joanne Dru, más guapa que nunca ⸺la pantalla parece brillar ante los primeros planos de la actriz, imagino a Maté atando por corto a su operador de fotografía⸺, resulta ser la antigua novia de Curtis. En realidad, el protagonista ha viajado desde tan lejos para buscarla y llevarla a Estados Unidos donde otro mafioso requiere su presencia. Claro que al verla, todo lo que tenía planeado se va al traste...
Buena
película de la Universal, con ritmo creciente. Un largometraje de cine
negro con perseguidos y perseguidores, con amores y desamores, con buena
fotografía y con una música difícil de olvidar del virtuoso Frank Skinner. Maté
parece disfrutar de las escenas de acción donde no se muestra nada tacaño, al revés,
se recrea en las secuencias del intento de asesinato del arranque o, sobre
todo, la de la persecución y el enfrentamiento en el barco.
Aquellos duros años (The Rawhide Years, 1956)
Conforme transcurre el tiempo, Rudolph
Maté se convierte en un artesano que comprende bien los cánones de cada género,
desenvolviéndose a la perfección en todos ellos. Vale lo mismo para dirigir una
película de ciencia ficción que para realizar un péplum. De hecho, solo con
Tony Curtis, colaboró en tres géneros distintos: aventuras, cine negro y
western.
En efecto, después de
Forbidden, Maté cambia a la aventura con el protagonismo de Tony Curtis
en la más que interesante producción de capa y espada Coraza negra
(The Black Shield of Falworth, 1954). Nada que ver con la última
colaboración entre actor y director: un western titulado Aquellos
duros años.
De nuevo con la Universal detrás y con la música de Frank Skinner, Maté dirige a Curtis en una película del oeste que se desarrolla en el Mississippi, con barcos fluviales, juegos de cartas y bandidos que asaltan a los pasajeros. Curtis sigue en el mismo ramo que en Forbidden solo que ahora no es supervisor de un casino, sino un jugador de cartas profesional al que acusan injustamente de asesinato.
El protagonista, a lo largo del metraje, tendrá que demostrar que es inocente ayudado por su novia Zoe (Colleen Miller, algo sosa) y por un buscavidas de dudosas intenciones (Arthur Kennedy, sobreactuado, aunque con cierta lógica por el carácter del personaje, un vividor que siempre opta por quedarse con el mejor postor).
Western con pretensiones,
que se queda en una aventura algo deslavazada, con Curtis sin encontrar su sitio
excepto en las primeras secuencias, con el juego, las trampas y el cinismo
donde el actor se encuentra en su salsa y avanza lo que serán sus películas a
finales de los cincuenta y en toda la década de los sesenta, cuando alterne dramas
con comedias.

























