
domingo, 26 de septiembre de 2021
MOBY DICK (John Huston, 1956)

lunes, 6 de septiembre de 2021
EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO V (IV)
High Sierra no es sólo una película de
transición entre géneros, sino la primera película cien por cien noir, la que inaugura el ciclo en Hollywood,
justo antes de la que se suele considerar como la pionera: El Halcón Maltés (The Maltese
Falcon de John Huston, 1941). Si Huston, en su primera experiencia como
realizador,[1]
dirige a Bogart en el característico papel de detective, que se repetirá hasta
la saciedad en el ciclo negro, Walsh retrata unos meses antes un mundo ambiguo
donde los “buenos” no lo son tanto (el policía corrupto; Velma, la teórica
frágil adolescente, termina comportándose de forma vulgar y egoísta; los
detestables periodistas, etcétera) y donde los “malos” tampoco está claro
quiénes son.
En El último refugio la negrura de los personajes va pareja a la fatalidad que los envuelve. La muerte amenaza a Roy Earle desde el arranque de la película, y él se siente precipitado hacia el final sin que pueda hacer nada por evitarlo. A la citada advertencia de Doc se unen un par de signos que anticipan la conclusión como si fueran flash-forwards: la montaña desafiante, que desde los créditos anuncia la tragedia (5.6) y será la particular “cima del mundo” para Earle en el momento de morir, algo que repetirá Walsh con James Cagney en Al rojo vivo (White Heat, 1949);[2] y el perro “Pard”, con el que se encariña Roy a sabiendas de que es una mascota gafe que ha visto morir a sus dueños anteriores (5.7).[3]
“Bogie era un hombre de estatura media, no particularmente
notable fuera de la pantalla, pero algo sucedía cuando estaba interpretando el
papel adecuado. Aquellas luces y sombras se transformaban en una personalidad
diferente y más noble: heroica como en El último refugio” (Huston 1998, p. 110).
A medida que avanza el metraje, el actor se va despojando, poco a poco, del personaje secundario que hasta entonces había interpretado. El matón sin escrúpulos, odiado por el público, consecuente con un villano plano y meridiano en sus acciones, se vuelve complejo, errático y querido por el espectador que al final de High Sierra llora su pérdida.
En el itinerario existencial, el héroe se deja acompañar por Marie (Ida Lupino), la que al final será su amor, alguien, que como él, sólo conoce el escape como solución y que descubrirá que la verdadera libertad se encuentra en la muerte. Walsh va tejiendo progresivamente la historia de amor entre Marie y Roy a base de primeros planos expresivos que van acercando a los personajes (5.8 y 5.9),[5] pero hasta que Velma no rechaza a Roy, éste mantiene un debate interior para decidir si debe quedarse con la joven inválida, que representa el cambio, o si continúa con la huida hacia delante con su compañera de refugio como amante. La atracción que Roy siente por Velma también se puede interpretar como la empatía que siente el expresidiario, que es marginado por la sociedad, por la también desplazada debido a su condición de minusválida. De cualquier forma, el desengaño que Roy sufre cuando Velma se recupera despeja cualquier duda: su amada es Marie; y su lugar, ninguno.
[1]
Huston, además de participar en el guión de High
Sierra, no se perdía lo que sucedía en el plató, asistiendo casi todos los
días al rodaje. Un aprendizaje que seguramente le vino muy bien para su primera
película.
[2] Y de
la cima de Al rojo vivo, con incendio
incluido, a las llamas del final de, por ejemplo, Mando siniestro, con un Walter Pidgeon que anticipa al personaje de
James Cagney por mantener una extraña relación edípica con su madre.
[3] Un
perrito que era propiedad de Humphrey Bogart y que en realidad se llamaba
“Zero”. Las mascotas son otra de las constantes en el cine de Walsh. El
director era un enamorado de los animales y siempre que podía los empleaba como
elemento dramático en sus películas. Como ejemplo, recordamos al can casi
gemelo a “Zero”, protagonista unos años antes del policíaco en clave de
comedia, Mi chica y yo (Me and My Gal, 1932).
[4] De
nuevo nos remitimos a James Cagney en Al
rojo vivo, pero también a Errol Flynn en Murieron con las botas puestas (They
Died with Their Boots On) o a Edward G. Robinson en Alta tensión (Manpower),
ambas del mismo año que El último refugio.
No son los únicos ejemplos de héroe walshiano,
hasta las heroínas como el personaje de Ida Lupino en The Man I Love (1947) son similares, y no digamos los protagonistas
del ciclo bélico, como el bandido que encarna Errol Flynn en Uncertain Glory (1944), o el as de
aviación al que da vida Edmond O’Brien en Fighter
Squadron (1948), al que llegan a llamarle, literalmente, “lobo solitario”.
[5] La
insistencia de Walsh en los primeros planos irritaba bastante a Hal Wallis y se
convirtió en motivo de disputa entre el productor y el director sobre todo a
partir de su siguiente película, La
Pelirroja (The Strawberry Blonde,
1941).
viernes, 2 de julio de 2021
¡VACACIONES!
lunes, 21 de junio de 2021
2 X 1: "MACHINE-GUN KELLY" y "I MOBSTER" (Roger Corman)
Machine-Gun Kelly (1958)
Roger Corman, director y productor avezado en películas de bajo presupuesto ⸺y
alto rendimiento⸺, hace dos películas policíacas a finales de los
años cincuenta que tienen muy buena aceptación, no solo por parte del público,
sino también por la crítica especializada. Realizadas en tiempo récord (¡en
ocho días la de 1958!), son un par de filmes sobre gangsters, aunque
muy diferentes entre sí:
La primera de ellas, Machine-Gun Kelly, es la menos convencional de las dos. Interpretada por Charles Bronson antes de convertirse en una estrella, trata de una banda de atracadores de bancos liderada por un psicópata de gatillo fácil al que le gustan las armas automáticas, de ahí el título de la película.
Lo original del filme reside en dos cuestiones: en primer lugar, en la singular relación tóxica que existe entre el gánster y la chica de turno cuando es ella la que lo ha arrastrado a esa vida, proporcionándole ametralladoras de todo tipo, alimentando la fama de asesino sanguinario y dándole el apodo que el criminal lleva con orgullo.
En segundo lugar, y este es el hecho verdaderamente diferencial, el mafioso es, en realidad, un cobarde que teme por su vida y se queda paralizado cuando ve algún signo que le recuerde a la muerte, como un ataúd, una calavera, etc. Un sádico que por su cobardía es mucho más peligroso con un arma automática en la mano.
Atracos muy bien rodados, con escasos medios, planos tacaños viendo solo las sombras de lo que ocurre dentro del banco, y acción directa, sin rodeos, son señas de identidad de un director que no se anda por las ramas. En definitiva, una película interesante, con un final, también poco habitual, donde Roger Corman prácticamente se ríe del personaje.
I Mobster (1959)
Sin apartarse del género
de gangsters, Corman rueda al año siguiente I Mobster; también en poco tiempo, aunque con un presupuesto algo más holgado. Se trata de una
cinta cercana en el estilo a las clásicas de los años treinta, pero actualizada
con el ingenio que caracteriza al director.
Narrada desde el banquillo de los acusados, gracias a un largo flashback conocemos, paso a paso, los entresijos de la escalada de un mafioso, desde niño, hasta su ascenso a la cúspide de un sindicato criminal.
El largometraje se sitúa muy en la línea de Scarface (Howard Hawks, 1932), aunque hace parecer peligrosamente más humano al protagonista, justo todo lo contrario a Machine-Gun Kelly que, en ese sentido, es más moralista y no cae en la trampa de hacer atractiva a la audiencia la vida de alguien que se encuentra al margen de la ley.
I Mobster
está interpretada por Steve Cochran, otro actor tan duro como Bronson, y
también ideal para un papel como este. Las diferencias entre las dos películas
afectan asimismo a la relación entre el mafioso y su novia, en este caso más
normal, incluso idílica, lo que hace parecer aún más simpático al personaje
principal.
No obstante, para poner en su sitio al criminal, se suceden traiciones y venganzas; los asesinatos están al orden del día, y Corman los rueda con toda su crudeza. Las peleas entre bandas para ver quién se lleva el gato al agua centran la atención de la historia, adornada, igual que la primera, con el jazz de una estupenda banda sonora.
sábado, 5 de junio de 2021
EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO V (III)
La colaboración entre Huston y Burnett, impuesta por Muni, fue una bendición. Ambos escribieron un guion que conservaba el espíritu de los personajes del autor, algo que raramente ocurría con las cintas adaptadas de los libros de Burnett: siempre solían dar más importancia a la acción que a la descripción de caracteres. La trama de High Sierra, aquí titulada El último refugio, arranca con la puesta en libertad de Roy Earle (Humphrey Bogart) que sale de prisión gracias a la intercesión de Big Mac, un antiguo compañero que se encuentra muy enfermo. Roy desea vivir tranquilo, pero se siente en deuda con Mac y acepta un último trabajo antes de retirarse: deberá robar unas joyas de un hotel cerca de Mount Whitney.[1]
El atraco lo tendrá que planear y ejecutar junto a Red (Arthur Kennedy) y Babe (Alan Curtis), dos jóvenes inexpertos, y Marie (Ida Lupino), la mujer por la que ambos se pelean. Roy pone orden en la banda mientras se enamora de Velma (Joan Leslie), una joven minusválida, perteneciente a una familia de granjeros, que ha conocido en el viaje desde la prisión al lugar del atraco. Roy paga la operación que hará que Velma se reponga de su dolencia, pero también provocará su rechazo al ser ésta mucho más joven que él y verse libre para entablar una relación con alguien de su edad. Llega el día del atraco y todo sale mal: en un enfrentamiento con la policía, mueren los dos sicarios; Big Mac también fallece, y con él la posibilidad de vender las joyas. Roy decide huir con el botín hacia las montañas. En el viaje, Marie y Roy se dan cuenta que están hechos el uno para el otro, pero ya es demasiado tarde, la policía les sigue la pista. Al final, la pareja se separa y los agentes de la ley terminan acorralando y matando a Roy en la sierra.
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| Figura 5.1 |
El argumento de El último refugio se basa ligeramente en la vida del legendario bandido John Dillinger, al que Burnett cambia por Roy Earle —en la cinta, Doc (Henry Hull) conversa con Roy (véase figura 5.1) y llega a decirle que corre hacia la muerte como Dillinger. Roy es un gánster de la vieja escuela que al salir de la cárcel se encuentra totalmente desplazado en un mundo que ha cambiado sensiblemente. Los tiempos de la ley seca, del hampa organizada, ya han pasado y ahora sólo quedan los criminales que actúan de forma independiente como lobos solitarios (“perro rabioso” es el mote que los periodistas adjudican a Earle), que sólo persiguen dar un gran golpe y retirarse de una comunidad que los rechaza. El pesimismo prebélico —“correr hacia la muerte”— presente en otras cinematografías (en especial la francesa) aflora aquí con espontaneidad bajo la batuta de Raoul Walsh, que según algunos autores (Moss 2011) se enfrenta a su película de mayor riesgo por lo profundo de los caracteres. Un director al que se le ha tachado de simple, de no meterse en complicaciones a la hora de tratar a los personajes, en High Sierra hace gala de una habilidad muy presente en su filmografía —rebatimos a sus críticos— en el retrato de alguien tan complejo como Roy Earle.
El expresidiario lo primero que hace al salir de la cárcel es pasear por el parque. Earle desea ver jugar a los niños y oler la hierba. En una emotiva secuencia, se detiene en el lugar donde nació y habla con un niño acerca del mejor sitio para pescar (fig. 5.2). Walsh sitúa a Roy conversando con su trasunto del pasado, con un pequeño que, de paso, también podría ser el propio director en su niñez. Para Marilyn Moss, el gánster era un personaje muy estimado por el cineasta porque igual que Walsh “recuerda una infancia que pasó hace tiempo y a la que idealiza” (2011, p.194). Añoranza que lleva a Roy a entablar amistad con unos emigrantes que se encuentra en la carretera —en un incidente con una liebre que casi les cuesta la vida (fig. 5.3), claro guiño al siniestro que sufrió el propio Walsh, por el que perdió el ojo derecho y, por tanto, otro signo más de empatía con el personaje. Por la misma razón, la atracción que siente Roy por la joven Velma sólo se explica desde el deseo que tiene el bandido de cambiar de vida y volver a los orígenes.[2]
Pero la realidad es bien distinta: Earle se halla metido de lleno en un trabajo oscuro, con unos compañeros deleznables a los que trata con desprecio y dureza. De ahí que Walsh no deje que las citadas secuencias caigan en el sentimentalismo. Ni siquiera llegan a rozarlo porque antes el director ejerce de aguafiestas: así, al final de la escena bucólica del parque, un periódico muestra la noticia de la salida de Earle de la cárcel; también, después de hablar Earle con el niño, alguien reconoce al exconvicto; o Velma, después de recobrar su salud, se aparta de Roy sin demasiados remordimientos.[3] Como bien apunta Ricardo Aldarondo (2008, p.173), la hierba que Roy tanto desea se convierte en roca desnuda al final de la película (fig. 5.4 y 5.5).
La ambigüedad y dualidad del carácter de Earle se refleja en todos los aspectos de la película. La fotografía en blanco y negro cobra todo su valor expresivo: el vestuario de Earle, de oscuro sobre blanco va en ese sentido; también el cabello negro sobre canas es adecuado y además sirve para subrayar el carácter crepuscular de la cinta cuando el protagonista es un gánster cansado de su oficio, que se lamenta de que los buenos tiempos hayan pasado. La ambivalencia del gánster-con-el-lado-bueno provoca que la película se aleje del maniqueísmo habitual de los años treinta y se introduzca de lleno en el cine negro.
Leer el capítulo desde el inicio.
[1] Mount
Whitney es la cima más elevada de Estados Unidos con 4.420 metros de altura.
[2] La
rehabilitación de los que han llevado una mala vida es un elemento presente en
el cine de Walsh desde el principio. Pensemos en la citada Regeneration, aún muy lejos del cine negro por su mensaje
cristiano, por la muerte de la protagonista para salvar el alma del gánster.
También en la primera versión de Sadie
Thompson, donde Gloria Swanson se ve obligada por el reformista Lionel
Barrymore a cambiar de actitud; o, incluso, en Klondike Annie (1936), parodia al servicio de Mae West donde la
célebre actriz cómica escribe sus propias líneas de diálogo en una cinta que
comienza como amante en ambientes exóticos, como prostituta de lujo, para
terminar como hermana en una misión del ejército de salvación.
[3] El
rechazo de Velma era mucho más crudo en el guión original, pero Burnett al
final tuvo que ceder ante Hellinger que no quería un castigo tan duro al
personaje interpretado por Bogart. Algo resentido, William Burnett llegó a
opinar que le gustaba más el libreto del remake
que hizo Stuart Heisler en 1955: I Died a Thousand Times, con Jack Palance y Shelley Winters; si bien, el escritor
reconoció que High Sierra era mejor
visualmente porque “Raoul Walsh did a hell of a job (hizo un trabajo
increíble)” (Burnett citado en Moss 2011, p.197). Para Nöel Simsolo, el remake de Heisler posee una “negrura
romántica menos cautivadora que el original, pero con una sequedad distante que
salva el proyecto de caer en una copia vulgar” (2007, p.329).
domingo, 23 de mayo de 2021
2 X 1: "NOT WANTED" y "NEVER FEAR" (Ida Lupino)
Not Wanted (1949)
La historia de cómo Ida
Lupino se situó detrás de las cámaras tiene mucho que ver con la crisis de los
estudios iniciada en 1948 y con la proliferación de compañías independientes
como The Filmakers, propiedad de la actriz y de su marido, Collier Young. Una empresa que se especializó en
producir películas de bajo presupuesto y de temática social, generalmente
escritas por Young.
Fue, precisamente, durante el rodaje de Not Wanted, cuando la actriz tuvo que tomar las riendas de la película debido a la enfermedad de Elmer Clifton, el director titular. Una cinta que significo su debut como directora, y que a la postre formaría parte de una trilogía de filmes realizados por ella de singular corte feminista: Not Wanted, Never Fear y Outrage.
La serie seguía una temática parecida cuando eran retratos de mujeres jóvenes, trastornadas psíquicamente después de haber sufrido un trauma (un hijo no deseado, una enfermedad o una violación), que imposibilitaba la relación con el hombre al que querían y su integración en la sociedad.
Not
Wanted, la
primera de ellas, aborda el problema de las madres solteras en una época tan difícil
como la de la posguerra. Interpretado por Sally Forrest, el largometraje arranca
con la protagonista encarcelada por secuestrar a un niño. A partir de ahí, la
trama descansa en un largo flashback donde el suspense se gestiona desde
la pregunta ¿cómo se ha llegado a esa situación?
Un drama rodado en blanco y negro, con una estética expresiva cercana al noir para las secuencias donde predomina la ansiedad, como aquella del final, filmada a buen ritmo, donde la pareja de tullidos (él, literalmente, ella con problemas mentales) se persiguen en un puente metafórico. No obstante, la aspiración de la cinta es la de ser un documento casi didáctico y divulgativo, con intertítulos explicativos donde hay incluso una secuencia a todo color de una cesárea.
Never Fear (1949)
La segunda película de
Lupino sigue prácticamente la misma estructura que Not Wanted,
solo que ahora es la polio la enfermedad que se interpone entre la pareja, y la
que trastorna a la protagonista, de nuevo interpretada por Sally Forrest y Keefe Braselle. Con una
estrategia de ida y vuelta, la pareja supera las primeras dificultades y,
cuando parece que todo va a ir bien, entonces algo externo a ellos lo pone todo
patas arriba.
Igual que en su debut, Lupino maneja la trama con soltura y agilidad. Una historia que, en realidad, es un melodrama propio de telefilme de sobremesa, pero que en manos de la directora se convierte en un producto muy atractivo, con una estilización prima hermana del cine negro, y también con tono didáctico.
Aunque la cinta finaliza con cierto optimismo y con la confianza de que el sistema termina funcionando, en cada una de las películas de la trilogía, el espectador se queda con ciertas dudas debido a la atmósfera que rodea a las historias, a las duras secuencias rodadas con vigor por Lupino y a la desesperación de las mujeres protagonistas.
El “Don Siegel de los pobres”, como solía presentarse Ida Lupino, fue
una pionera en su trabajo, una de las pocas, escasísimas, mujeres realizadoras
en una época dominada por el hombre. Según sus propias declaraciones, aprendió
el oficio de directora fijándose en los mejores entre un rodaje y otro.
Con respecto a las oportunidades para las mujeres, Ida Lupino declaró: «Me encantaría ver a más mujeres trabajando como directoras y productoras. Hoy en día, es casi imposible hacerlo a menos que seas una actriz o escritora con poder». Aunque en el cine todavía es enorme la brecha de la desigualdad, ahora es más normal verlas a ellas detrás de la cámara; un avance significativo gracias, entre otras cosas, a mujeres como Ida Lupino.
En el último tercio de este vídeo podemos ver el trailer de "Not Wanted":
domingo, 16 de mayo de 2021
EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO V (II)
Los años
treinta transcurrieron para Walsh entre irregulares comedias, flojos musicales
y películas en su mayor parte para olvidar, realizadas para diferentes
estudios. Todo cambió al final de la década, cuando la firma de un contrato
para la Warner Brothers supuso el inicio de su mejor etapa como director, la
que abarca los cuarenta y el inicio de los cincuenta, en la que nos vamos a centrar:
Como solía ser
habitual en la Warner, Walsh fue uno de los últimos en unirse a la producción
de High Sierra. El director llegó
cuando la mayoría de las decisiones acerca del guion y del casting estaban ya tomadas por los responsables de los distintos
departamentos. Todos supervisados en teoría por el “gran jefe”, Jack Warner y,
en la práctica, por su mano derecha, Hal Wallis.[1]
La operación para hacerse con el copyright de la novela en la que se basa la película se inició mientras Walsh estaba rodando su filme anterior, La pasión ciega (They Drive by Night, 1940). El autor del texto, W.R. Burnett,[2] había conseguido en tan sólo dos semanas hacerse con el premio al libro del mes. Warner pensó que con la garantía del escritor de moda el éxito estaba asegurado siempre que encontrasen un guionista para llevarlo a cabo y un intérprete taquillero. Wallis asignó a Warren Duff para el libreto y eligió a la estrella del estudio, Paul Muni, para el papel protagonista. Ninguno de los dos acabarían trabajando en el proyecto. El primero, porque le puso tantas pegas a la historia[3] que acabó siendo sustituido por John Huston, por entonces guionista del estudio, gran admirador de la obra de Burnett y entusiasta con el proyecto. En sintonía con Huston se encontraba el que a la sazón sería productor asociado de High Sierra, Mark Hellinger, una adquisición personal de Jack Warner que siempre se sintió fascinado con el escritor desde el principio.
Hellinger era un periodista que se conocía al dedillo el mundo del hampa y tenía la misma visión liberal que defendía la compañía, en consonancia con el New Deal de Roosevelt. Digamos que si Wallis era el ejecutivo, Hellinger era el alma, el promotor de la óptica de denuncia social de la que hacía gala el estudio. Además, conocía a Walsh con el que había trabajado en dos largometrajes: indirectamente en el debut —y primer éxito— del director en la Warner, Los violentos años veinte (The Roaring Twenties, 1939), cuyo argumento se basaba en una historia original de Hellinger; y más estrechamente en La pasión ciega, donde Hellinger ya ejercía de productor asociado.
Las
dificultades para conseguir el guionista se quedaron en nada en comparación con
los problemas por los que tuvo que pasar Wallis para encontrar al actor
principal. Paul Muni se aprovechó de su condición de estrella para hacer un
trato con Jack Warner: él haría el papel si le garantizaban una película sobre
Beethoven. Ambos aceptaron con la boca chica, porque ni Warner quería hacer el biopic ni Muni estaba para más
gánsteres. El primero no pensaba cumplir su palabra, y el segundo boicoteaba
una y otra vez los borradores que le presentaba Huston de tal forma que Wallis
tuvo que contratar al mismísimo Burnett para colaborar en el guion. Cuando Muni
se enteró de que el estudio pasaba de su propuesta sobre el músico, no sólo
rechazó el papel sino que rescindió el contrato con la major.
El siguiente candidato para encarnar al protagonista de High Sierra fue George Raft, un profesional menos importante que Muni, pero muy taquillero como lo había demostrado con La pasión ciega, donde daba la réplica a una excelente Ida Lupino. El deseo de Wallis de que la pareja repitiera éxito con el mismo equipo, es decir con Walsh de director y Hellinger de productor, se quedó pronto truncado cuando Raft, sorprendentemente, rechazó el papel. Ni siquiera la intervención directa de Walsh surtió efecto: el director fue a su casa para convencerlo de que cambiara de opinión, pero el actor no quería participar en una película en la que su personaje muriese al final.[4]
![]() |
| Humphrey Bogart y George Raft en "La pasión ciega" |
Al tiempo que se sucedían
estas intrigas, el verdadero interesado, Humphrey Bogart, no hacía más que
insistir en que era el adecuado para el papel. La multitud de telegramas y
mensajes que Bogart puso a Wallis y a Warner, más el apoyo incondicional de
Hellinger y de Huston,[5] fueron al final determinantes
para que Bogart se alzara con el personaje y para que, definitivamente, arrancase
su carrera como estrella de Hollywood.
Leer el capítulo desde el inicio
[1] Jack
Warner era el presidente de la compañía, un trabajador nato, pero, como dice
Juan Luis Álvarez, “era consciente de sus inconmensurables lagunas culturales.
Para rellenarlas estaba Hal Wallis, su jefe de producción. Listo como el hambre
[…]. Estaba al tanto de todo…” (2007, p.37). Para John Huston, Wallis era el
hombre que realmente dirigía la Warner Brothers: “…no hay nadie que tenga su
combinación de imaginación y capacidad directiva.” (1998, p.102).
[2] Walsh
acababa de realizar un western basado
en otra novela de Burnett: Mando
siniestro (Dark Command, 1940). Antes
de publicar “High Sierra”, Burnett había escrito varias novelas, entre ellas,
“Little Caesar”, y había colaborado en varios guiones, como en el de Scarface. Ambas películas fueron
llevadas a la gran pantalla por Mervyn LeRoy (1931) y Howard Hawks (1932),
respectivamente, para convertirlas en dos obras maestras del cine de gangsters.
[3] Según
Marilyn Ann Moss, Duff pensaba que la trama era absurda, que sólo se salvaba el
último tercio y que el resto sería blanco fácil para los censores (2011, p.89).
[4] Sobre
el rechazo de Raft hay varias teorías: en primer lugar, los que opinan que es
una consecuencia directa de la intervención intencionada de Humphrey Bogart
cuando el actor convenció a Raft de que el proyecto estaba “más que sobado, que
sólo lo querían para salvar algo que ya estaba tocado y hundido” (Álvarez 2007, p.70). También los hay que abogan
por la teoría de que Raft prefería seguir acumulando ganancias con la promoción
de La pasión ciega (Moss 2011,
p.191).
[5] A Hellinger le gustaban dos cosas en especial: “los gánsteres y Bogart” (Álvarez 2007, p.62). Para Hellinger, Bogart era el único actor que había captado la esencia de los gánsteres. Ambos habían entablado amistad en el rodaje de It All Came True (Lewis Seiler, 1940), donde Hellinger hacía de productor. Por su parte, Huston conoció a Bogart cuando coincidieron en The Amazing Dr. Clitterhouse (Anatole Litvak, 1938), aunque donde verdaderamente se hicieron amigos fue en High Sierra; una amistad que duró toda una vida.
lunes, 10 de mayo de 2021
2 X 1: "BAGDAD" y "LOS HERMANOS BARBARROJA" (Charles Lamont)
Bagdad (1949)
Los títulos de ambiente
oriental durante la Segunda Guerra Mundial ⸺se llegó a llamar “el filón de Alá”⸺ llenaron las salas de cine en Estados Unidos y fueron el medio más eficaz
de escapismo para espectadores que ansiaban olvidar la terrible actualidad. La
Universal fue uno de los estudios que se dedicó con más empeño a este tipo de
producciones. Al finalizar la guerra, la compañía continuó con buen ritmo dicha
actividad, esta vez para combatir otro enemigo: la televisión.
Las armas con las que contaba la Universal eran cada vez mejores: al color se le unieron los grandes formatos panorámicos para encuadrar las historias exóticas de siempre, y con estrellas que seguían dando buenos dividendos. Uno de los directores que destacaron en el género fue Charles Lamont, y una de sus películas señeras fue Bagdad.
La acción se desarrolla en el Irak dominado por los turcos donde una princesa, educada en Inglaterra, regresa a su país para ver con horror cómo su padre es asesinado por la banda de las túnicas negras. El líder de los criminales es desconocido, pero todas las sospechas recaen en el príncipe de una tribu de beduinos, que se desvive por demostrar su inocencia.
La trama es una especie de
refrito de varios de los relatos de Las mil y una noches. De ahí, los lugares
comunes de este género que solían aparecer en filmes como Bagdad:
nombres de Aladino, Ali Babá o Sherezade en personajes secundarios, para dar
ambiente a la historia; la danza de los siete velos, a cargo de la estrella; el
malo de turno ⸺nadie mejor que Vincent Price⸺, que ansía “ser califa en lugar
del califa”, igual que el famoso comic Iznogud de Goscinny y Tabary; y,
en fin, un miembro de la realeza escondido tras el personaje de esclavo, mendigo
o, como en Bagdad, conductor de camellos.
Protagonizada por Maureen O’Hara (llamada, con razón, la Reina del Technicolor) y el desconocido Paul Christian, la cinta se queda algo coja al carecer de una estrella masculina a la altura de la célebre odalisca. No obstante, la presencia de la pelirroja en pantalla es tan irresistible que ella sola puede con todo.
Los hermanos Barbarroja (Flame of Araby, 1951)
Con el artesano Charles
Lamont de nuevo al frente del proyecto, y con parte de su equipo, donde destaca
el director de fotografía Russell Metty, Los hermanos Barbarroja
sigue los mismos derroteros que Bagdad en cuanto a exotismo,
aventura y presencia estelar de Maureen O’Hara al frente del reparto.
La actriz da vida, otra vez, a una princesa, en este caso la hija del califa de Túnez, que también se queda huérfana. Los hermanos del título son unos conocidos piratas que tienen aterrorizada la ciudad y desean ganar una famosa carrera de caballos para que uno de ellos pueda casarse con la princesa. Eso sí, tendrán que competir con un beduino que posee el mejor caballo de la zona.
Charles Lamont, más conocido por ser el director de varias películas de la pareja Abbott y Costello, dirige una cinta que corrige la anterior al contar en el reparto con alguien de más renombre: Jeff Chandler. Un actor que se recuerda más por cintas del oeste como la excelente Flecha rota (Broken Arrow de Delmer Daves, 1950).
De todas formas, Chandler
no desentona demasiado como árabe en Los hermanos Barbarroja
porque la película es casi un western. Y es que la trama gira alrededor de
un caballo de pura sangre que todos ansían: el beduino (Chandler) porque le
dará suerte y reinará en su tribu como un héroe; uno de los hermanos Barbarroja
(Lon Chaney Jr.) porque quiere la mano de la princesa; y la propia princesa (Maureen)
porque lo necesita para convencer al beduino, que gane la carrera y, de paso, ¿alguien
lo dudaba?, casarse con él.
Nuevas aventuras, pero viejos clichés, de nuevo extraídos de Las mil y una noches, con decorados orientales, danzas varias y muchas correrías de acá para allá; y hasta una carrera de caballos emocionante. Eso es lo que promete esta película sin muchas pretensiones, ideal para disfrutar los sábados por la tarde con una de capa y espada; o de chilaba y cimitarra, como es el caso.
domingo, 25 de abril de 2021
EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO V (I)
V
RAOUL WALSH
—Remember
what Johnny Dillinger said about guys like you and him? He said you were just
rushing toward death.
Doc (Henry Hull) advierte
a Roy Earle (Humphrey Bogart) en High
Sierra (1941).
5.1. El salto
de la liebre.
5.1.1. El último
refugio (High Sierra de Raoul
Walsh, 1941).
Si con Capra y Hawks llegamos a la conclusión de que sus repeticiones no son otra cosa que una consecuencia directa de su carácter de autor cinematográfico, con Raoul Walsh casi se puede decir lo mismo, aunque no lo parezca en una primera aproximación: Walsh, en la mejor época de su carrera, la que transcurre como asalariado de la Warner Brothers, y en la que se concentran sus mejores cintas, era el prototipo de director bajo contrato de unos grandes estudios donde los guiones, el reparto y la mayoría de los elementos de la producción solían escapar casi siempre a su control directo. Una situación que para nada molestaba al realizador, muy a gusto con dicho sistema; de hecho, el inicio de su decadencia vino a raíz de la inestabilidad que supuso el dejar de trabajar para la Warner. Podríamos decir que Walsh era el realizador con el que soñaban los grandes magnates de la industria cinematográfica: un profesional que manejaba cualquier género, eficiente en su trabajo y con muy buenos resultados en taquilla.
Dicho esto, y conscientes de no ser inmunes a la polémica habitual que suele acompañar a cualquier trabajo sobre Walsh,[1] somos de la opinión que detrás de este artesano se escondía un verdadero autor: un cineasta con un estilo concreto dentro de la variedad argumental de sus largometrajes, un director que le daba su impronta personal a personajes y situaciones, que aún partiendo de géneros opuestos, de tramas totalmente diferentes, fue capaz de realizar una obra compacta repleta de caracteres reconocibles y elementos constantes. Las mejores pruebas que respaldan nuestra opinión las tenemos en este capítulo, en los cuatro filmes que vamos a analizar, todos pertenecientes a su mejor etapa como director, todos ellos de excelente factura.
Nacido en
Nueva York, en 1887, Albert Edward Walsh tuvo una infancia feliz al lado de su
madre, española de nacimiento, y de su padre, un irlandés, empresario del sector
textil, que se enriqueció en la guerra Hispano-Americana fabricando uniformes.
Su niñez, idealizada siempre por el director, se truncó repentinamente a la muerte
de su madre, cuando él apenas tenía quince años. El trágico suceso le cambió
tanto la vida que decidió vivirla lejos de casa. Como ocurrió con la mayoría de
los pioneros del cine, la entrada de Walsh en la profesión fue precedida de los
más diversos oficios: desde marino mercante a cowboy, pasando por oscuros trabajos relacionados con los bajos
fondos. Walsh, siempre empujado por su espíritu aventurero, entró en la
industria en 1913 como extra en películas de género de la Biograph gracias a su
condición de jinete experto. Allí fue actor y ayudante de dirección de Griffith[2] que, al poco tiempo, le propuso
realizar sus propias películas. 
En su carrera, Walsh llegó a tratar a personalidades
tan influyentes y famosas como Mark Twain, Jack London, James Corbett, Wyatt
Earp o Pancho Villa, al que dirigió en un biopic
sobre la vida del legendario militar mexicano (The Life of General Villa, 1914).[3] En 1915, Walsh se unió al
proyecto de William Fox con, entre otras, Regeneration,
un antecedente del cine de gangsters
muy apreciado hoy en día. En su periodo silente, Walsh no sólo trabajó para la
Fox, sino también para compañías independientes, algunas fundadas por actores-productores
como Douglas Fairbanks y Gloria Swanson. Gracias a éxitos como El ladrón de Bagdad, producido por el
primero, Walsh sí gozó en el cine mudo del control directo de todos los
elementos de la producción.[4] Así, en La frágil voluntad (Sadie Thompson, 1928), cinta financiada con dinero de la Swanson,
Raoul Walsh dirigió, escribió el guion e incluso interpretó uno de los papeles
principales.
La llegada del
sonoro fue, como para la mayoría de los cineastas, un punto de inflexión en la
carrera de Walsh, en este caso negativo por lo que significó de inestabilidad
en su obra y por el accidente que sufrió mientras dirigía En el viejo Arizona,[5] su primera talkie: el director buscaba
localizaciones para la película cuando una liebre, deslumbrada por los faros
del vehículo, saltó y atravesó el parabrisas destrozando el ojo derecho de
Walsh. Desde entonces, el parche en el rostro del realizador, como en los de
John Ford o Nicholas Ray, siempre acompañaría a su estampa de director clásico
de Hollywood.[6]
[1]
Terenci Moix titula su capítulo sobre el director: “Artesano o Maestro” (1996,
p.576). José María Latorre también hace referencia a las “estériles y
envejecidas discusiones” sobre si Walsh fue un autor o no (2008, p.13).
[2] En
1915, Griffith le dio a Walsh el papel de John Wilkes Booth, el asesino de
Lincoln, en su obra maestra, El
nacimiento de una nación.
[3]
Codirigida con Christy Cabanne.
[4] En Regeneration, además de dirigir y
producir, Walsh también escribió el guion.
[5] En el viejo Arizona fue finalizada en
1929 por Irving Cummings y protagonizada por Warner Baxter que, igual que
Cummings, estaba sustituyendo a Walsh. Como en La frágil voluntad, las pretensiones de Walsh eran encargarse de la
realización y de la interpretación. Ambos sustitutos tuvieron suerte: el primero
fue nominado por su trabajo, el segundo se llevó el Óscar.
[6] Un
accidente que aceleró su ceguera en los últimos años de vida. La enfermedad de
Walsh, igual que la de Fritz Lang y otros, fue provocada por culpa de la
exposición continuada a la luz de las lámparas Klieg usadas en los rodajes.




















