Hoy,
por primera vez en la sección "dos por uno", repetimos director, entre otras cosas porque
reconocemos nuestra debilidad por el realizador genovés Pietro Germi. La culpa la
tienen películas como las comentadas aquí,
u obras maestras como Un maldito embrollo. Precisamente, justo
antes de esta, su obra magna, realizó dos cintas donde también era el actor
protagonista.
En
esa época, segunda mitad de los cincuenta, Germi seguía cultivando el melodrama
en filmes de corte neorrealista aún lejos de las comedias por las que sería
recordado. El primero de los dramas que hoy traemos, El ferroviario,
narraba la crisis laboral y también personal del maquinista del título:
Después
de un accidente (el atropello de un suicida que se lanza a las vías del tren),
el personaje interpretado por Germi cae en una depresión que termina por influir
en su matrimonio, en sus hijos mayores y, lo que es peor, en el pequeño que lo
tiene por un dios, pero que ve cómo su padre le falla por primera vez. El
cambio a un trabajo menos cualificado, y el no secundar la huelga convocada por
sus amigos, hace que el ferroviario inicie un descenso a los infiernos con
amistades poco convenientes.
Premiada
con galardones en Cannes y San Sebastián, el largometraje estuvo a punto de ser
interpretado por un actor de Hollywood. En concreto por Spencer Tracy, al que
Carlo Ponti, a la sazón productor de la película, quería contratar. El magnate pretendía
continuar con su particular política comercial después de haber conseguido,
entre otros, a Anthony Quinn o a Kirk Douglas para La Strada o Ulises,
respectivamente. Solo la insistencia de Germi en hacerse con el papel ––amenazó
a Carlo Ponti, con no ponerse al frente del rodaje si no accedía a su petición––
provocó que Ponti desistiera de sus intenciones.
Creemos
que la elección de Pietro Germi como protagonista fue providencial, no solo por
el resultado final del filme ––excelente–– sino porque abrió las puertas al director
para hacerse con el control de sus siguientes películas. Todo un ejemplo de
cine de autor mucho antes de que la nouvelle vague y otros movimientos
del estilo hicieran su aparición.
El
hombre de paja (L’uomo di paglia, 1958)
No sabemos si ese tira y
afloja entre Germi y Carlo Ponti fue la causa que provocó que nunca más colaborasen
en otra película. Lo cierto es que en el siguiente largometraje del director, El
hombre de paja, Pietro Germi, asumía con otra productora los mismos
roles que en su cinta anterior: el de director, guionista y actor principal.
El argumento de El
hombre paja, también de Germi, y la estructura del libreto eran muy
similares a las de El ferroviario: de nuevo la trama se centraba
en la crisis del protagonista, esta vez provocada por una infidelidad en lugar
de un accidente laboral. La progresivamente deteriorada relación entre el
personaje interpretado por Germi y su mujer e hijos iba a desembocar otra vez en
una espiral de autodestrucción, que solo el hijo pequeño y su amigo íntimo (Saro
Urzì, en un papel exacto al de la cinta anterior) podían resolver.
El dramón se vuelve a
disfrazar de cuento de Navidad (más claro en El ferroviario que
aquí) cuando la conclusión coincide con las fiestas de Año Nuevo. Lo que cambia
en El hombre de paja es el regusto amargo que le queda al
espectador después de un final que no es tan feliz como parece, todo lo contrario:
algo ha cambiado en la “familia ideal” para que las cosas ya no vuelvan a ser como
antes.
Se trata, por tanto, de un
melodrama triangular ambientado en el mismo entorno humilde de barrio de
obreros (ahora una fábrica, antes el sector ferroviario), con cierto estilo
neorrealista y fotografía expresionista en los momentos más duros. Elementos
que dotan a las dos cintas del atractivo de los melodramas de, por ejemplo, Raffaello
Matarazzo, solo que mejorados sensiblemente gracias a la mano firme de Pietro Germi
a un lado y otro del objetivo.
Igual
que los grandes pintores o literatos, existen directores cuya obra evoluciona
claramente pasando por etapas muy diferentes entre sí. Creemos que este es el
caso del realizador francés René Clément que, después de una dilatada experiencia
como director de cortos y documentales, debutó en el largometraje con películas
que narraban historias de la Segunda Guerra Mundial recién acabada.
La
siguiente fase de su carrera tenía mucho que ver con una especie de revival del
realismo poético francés, pero a caballo entre ese movimiento y el neorrealismo
que triunfaba en Italia en aquel momento. De hecho, la primera cinta que vamos
a comentar, Demasiado tarde, es una coproducción franco-italiana
que cuenta con elementos de una y otra corriente.
Solo ver a Jean Gabin al
frente del reparto ya sería suficiente para encuadrar el filme en el realismo
poético. El gran actor galo interpreta a uno de aquellos antihéroes tan
reconocibles, de oscuro pasado, que se arrastran por los barrios bajos de las ciudades.
En este caso, Gabin es un polizón huido de la justicia, que desembarca en
Génova para comenzar una nueva vida al lado de Isa Miranda.
Con una estructura casi de
western (el forastero recién llegado revoluciona la vida insulsa de una
madre divorciada y su hija, y además se enfrenta al ex de ella), pero igual de
fatalista que el primo hermano del movimiento, el cine negro, discurre esta
magnífica cinta de Clément donde todo se vuelve en contra de la pareja, incapaz
de librarse de su pasado. Hasta la hija de Isa Miranda, que admira a Gabin,
supone un contratiempo para los dos protagonistas. La culpa la tiene la crisis
adolescente que sufre la joven cuando cree haberse enamorado del recién
llegado.
Calles húmedas, entorno tenebrista,
adhesión a los principios neorrealistas, trama pesimista y estilización máxima es
lo que propone René Clément en una de sus películas menos conocidas, pero más
interesantes de su segunda etapa.
Le
château de verre (1950)
El siguiente largometraje de Clément es otra historia de amor que tampoco
termina bien. Un triángulo compuesto por el matrimonio Bertal (Michèle Morgan y
Jean Servais, en la versión francesa, y Michèle Morgan y Fosco Giachetti en la
italiana) y el joven Rémy (Jean Marais). Los problemas vienen cuando la esposa
adúltera decide ir a París, donde vive el amante, para consolidar el romance
extramatrimonial.
Por las prisas y los sinsabores de la última cita de la pareja, la
segunda parte de Le château de
verre recuerda en muchos
aspectos a Breve encuentro (Brief Encounter, David Lean, 1945). Sin
embargo, el guion no adapta una obra de Noel Coward, sino una novela de la escritora de bestsellers, Vicki Baum.
De nuevo con actores emblemáticos del realismo poético francés (Michèle
Morgan), el realizador ofrece una trama repleta de simbolismos que nos
dicen lo imposible de la relación pecaminosa. Que el marido cornudo sea juez no
es gratuito. Así, el caso que lleva el magistrado es el de un homicidio donde
la acusada quiere proteger al verdadero asesino, que a su vez la engaña con
otra. Un feo asunto que se inserta en la historia principal como un mal
presagio.
Tampoco auguran nada bueno señales como la del castillo del título: un
pequeño souvenir de cristal que se hace añicos en el nido de amor y causa
heridas a los amantes. Oportunidades perdidas por la pareja para descubrir el
adulterio, y de esta manera poder vivir juntos, se suceden continuamente, pero siguen sin llevar a ninguna parte.
Muy bien rodado por René Clément, el filme propone algunas escenas
memorables como la del reloj que ella avanza de forma manual para simular que
lo peor ha pasado, que ya se ha separado de su marido y se halla de vuelta con
el amante; o las distintas secuencias recorriendo un París en blanco y negro, deprimente,
de calles mojadas por la lluvia. Se trata de una población alternativa a la que
el espectador está acostumbrado a ver. Se nos antoja que Clément no filma ningún
monumento emblemático de la llamada “ciudad de la luz” o “ciudad del amor” con
toda la intención del mundo.
El
creador del neorrealismo fue también el primero que se colocó en la disidencia.
Hablamos de Rosselli, claro, aunque la afirmación anterior no debe tomarse al
pie de la letra porque el cambio no fue tan radical. En efecto, Roberto
Rossellini, creador de la célebre e influyente trilogía neorrealista (Roma
ciudad abierta,Paisá, Alemania año cero), afrontó
la década de los cincuenta con una serie de películas protagonizadas por su
nueva musa, Ingrid Bergman, no como una ruptura total con el movimiento que
creó, sino más bien como una evolución hacia lo que se ha llamado cine moderno.
No
obstante, entre Europa ‘51 (1952) y su obra maestra Te
querré siempre (Viaggio in Italia, 1954), el director
italiano realizó dos rarezas que aún navegaban a caballo del neorrealismo,
aunque ninguna de las dos pueda considerarse un ejemplo puro de dicha corriente.
Son dos tragicomedias que el realizador se planteó como un divertimento, y que
vistas hoy en día se nos antojan un par de joyas necesitadas de urgente
reivindicación.
La
primera, La macchina ammazzacattivi, la
más neorrealista de las dos, en realidad fue rodada en 1948 y permaneció congelada
cuatro años hasta su estreno. Se trata de una variedad fantástica del
movimiento, igual que su coetánea Milagro en Milán (Vittorio de
Sica, 1951). La trama es tan increíble como la cinta de De Sica: un fotógrafo
cree que se le ha aparecido el santo patrón del pueblo, cuando en realidad ha
sido el mismísimo demonio. El ángel caído le otorga un curioso, pero letal
poder: acabar con la vida de los que fotografía. El hombre usa lo que cree que
es un milagro para eliminar a los malvados, pero pronto se da cuenta de que
algo falla: cuando mata a uno, surgen dos peores.
El
filme es una crítica social en toda regla contra lo mucho que hay de malo en el
ser humano. Rossellini no deja títere con cabeza y arremete contra todo lo que
ve. Aunque nadie en la cinta es bueno, los políticos se llevan la peor parte al
ser los blancos preferidos del realizador.
Para
que la acidez del mensaje no deje un mal recuerdo, el inteligente cineasta utiliza
con habilidad el humor negro, la comedia y los trucos cinematográficos a lo Méliès.
Esto último como si fuera una suerte de ejercicio nostálgico para homenajear a
las películas mudas clásicas, precisamente cuando él se encontraba al frente
del cine más moderno.
Dónde
está la libertad (Dov’è la libertà…, 1954)
El siguiente largometraje
de Rossellini, justo antes de Te
querré siempre, es otra comedia sarcástica en contra de lo peor del
ser humano, quizás más corrosiva que la anterior en cuanto narra las
desventuras de un presidiario, que prefiere volver a ingresar en la cárcel
antes de pasar un día más “libre”. Cortada por los productores, con escenas rodadas por Fellini y Monicelli, la cinta fue un fracaso en su día; no obstante, y contra todo pronóstico, la película ha mejorado sensiblemente con el tiempo.
Al ser un actor
archiconocido (Totò) el protagonista de la cinta, Rossellini se aleja
premeditadamente de los preceptos del neorrealismo. Y lo hace con buen criterio
porque de todas formas la trama no puede ser más surrealista. Solo hay que ver
cómo arranca el filme: con el juicio más absurdo de la historia cuando el
acusado no desea otra cosa que volver a ser encerrado; mientras, el abogado, el
fiscal y el juez no saben a qué atenerse.
A partir de esta escena,
un largo flashback explica cómo se ha llegado a esa situación, cómo Totò
ha buscado por todos los medios vivir una vida normal sin conseguirlo. Desde que
sale de la cárcel, Totò busca en vano una mujer con la que casarse y comenzar
una nueva vida, pero se encuentra con toda clase de gente que solo quiere aprovecharse
de él: así, unas parejas de baile de un maratón quieren estafarle; un antiguo
compañero de celda lo usa para introducir dinero falso; y, ––lo peor para el
final–– su familia política pretende que vuelva a cometer asesinato para librarse
de un judío, ¡que acaba de regresar de Auschwitz!, para reclamar lo que es suyo.
Descontento con la
sociedad ––como el propio Rossellini–– Totò pergeña un plan para volver a
ingresar en su celda. En el juicio, las cosas suceden al revés: Totò apoya al fiscal y pone en entredicho al abogado; todo con tal de volver
a prisión, a su particular paraíso en la tierra.
Dónde está la
libertad es, por tanto, una paradoja del absurdo, otra tragicomedia con
el trasfondo crítico hacia una sociedad de la que es difícil enorgullecerse. Igual
que en La macchina ammazzacattivi,
Rossellini propone una sátira exagerada, nada real, con el propósito de denunciar
la pérdida de valores de toda una generación. Para el director, el ser humano
medio que transita en la posguerra es un hombre que vive a costa de los demás,
un ser que navega a la deriva sin saber qué hacer, un egoísta que es capaz de
todo para salir adelante, como si aún se hallase en el interior del
conflicto armado donde todo valía con tal de sobrevivir.
Sin
olvidar algunos notables antecedentes como Ossessione de Visconti (1942), casi
todos los críticos le dan a Roberto Rossellini y al guionista Cesare Zavattini,
la autoría, el arranque, del neorrealismo italiano. Fue la llamada trilogía de
Rossellini la que marca el inicio del movimiento (Roma, ciudad abierta, Paisà
y Alemania,
año cero, 1945, 46 y 47, respectivamente).
Pronto,
otros directores siguieron el ejemplo de Rossellini y continuaron con tramas
realistas que también tuvieran que ver con la guerra recién terminada. Fueron
esos argumentos los que priorizaron los primeros años del neorrealismo, aunque,
como veremos, no fue, ni mucho menos, la única temática. Uno de los
realizadores que probó con la nueva forma de hacer cine fue Luigi Zampa. El
cineasta en un solo año (1947) ofreció un díptico que no se distanciaba mucho
de la citada trilogía de Rossellini:
La
primera película, Vivir en paz, reflejaba como ninguna otra el sentir del pueblo
italiano respecto al conflicto que se desarrollaba en su país. Sin el
consentimiento de los ciudadanos, muy a pesar suyo, los granjeros, ganaderos,
la gente del campo, sufría las idas y venidas de una guerra que no tenía nada
que ver con ellos. Zampa lo vio con claridad y eligió vestir a su filme con los
ropajes de la comedia para finalizar con un giro de tragedia y mostrar al
público la cruda realidad.
La
trama se centra en un pueblo que, como dice el título, vive en una paz
relativa. Solo un alemán se ocupa de controlar a la aldea gobernada por un
alcalde fascista. Todo discurre con tranquilidad, como si la guerra no existiera,
hasta la llegada de dos soldados americanos, uno de ellos herido, que piden
ayuda a los hijos de un granjero (Aldo Fabrizi). El cabeza de familia en un
principio se niega a prestarles ayuda, pero poco a poco toma conciencia de la
realidad y opta por arriesgarse, por cuidar a los soldados y ocultar el hecho
al cacique fascista y al resto del pueblo; siempre bajo la amenaza del germano,
que promete pena de muerte a todo aquel que dé cobijo a los aliados.
La
historia de Vivir en paz bien podía haber sido de Zavattini, sin embargo,
la firma otra gran valedora del neorrealismo como fue Suso Cecchi D’Amico (Ladrón
de bicicletas, Rocco y sus hermanos, Rufufú, etc.). La escritora colaboró
con Luchino Visconti en todas sus obras desde que lo conoció en 1951, pero también
fue guionista de De Sica, Antonioni, Comencini, Zeffirelli, Monicelli,
Blasetti… y Luigi Zampa.
Noble
gesta (L’onorevole Angelina,
1947)
El neorrealismo, con la
citada trilogía de Rossellini y otras películas como Vivir en paz, al
principio se centró en el conflicto mundial y en las consecuencias directas de
la inmediata posguerra, pero enseguida se diversificó en lo que se llamó la “Etapa
de la crónica”. En ella los cineastas italianos retrataban aspectos de la vida
cotidiana donde los personajes se asociaban en torno a un suceso común. Las
típicas películas donde se hacia una disección de un barrio, o de una calle,
eran obras derivadas de esta importante rama del movimiento. Quizás Crónica de los pobres amantes(Carlo Lizzani, 1954) sea el paradigma de
este tipo de cine, pero de nuevo Luigi Zampa fue uno de sus impulsores. El
mismo año de Vivir en paz, el director romano dirigió la que puede ser una
de las primeras películas de dicha etapa: Noble gesta.
En el filme de Zampa, Anna
Magnani se convierte en la heroína de un barrio cuando se enfrenta a los
promotores de viviendas con tal de salir de la miseria. Su lucha tiene tanta
repercusión que funda un partido y la proponen como candidata al parlamento.
Enseguida los caciques intentan sobornarla lo que provoca que el pueblo le dé
la espalda. Es entonces cuando se recrudece su lucha. Esta vez ella sola se
enfrentará a todos: al poder establecido, a sus vecinos y a los carabineros (su
marido es uno de ellos).
De nuevo con la
colaboración de Suso Cecchi D’Amico en el libreto, y con otra intérprete destacada
del movimiento, Anna Magnani (recordemos que tanto ella como Aldo Fabrizi, el
protagonista de Vivir en paz, fueron los actores principales de Roma,
ciudad abierta), son con las que Zampa aborda esta excelente película, que se llevó el premio a la mejor actriz (Magnani) en el festival de Venecia.
Igual que en Vivir en paz, el director usa en Noble
gesta la comedia como reclamo popular para, a continuación, enlazarla
con el drama. De esta forma, Zampa lograba denunciar algunos de los problemas
sociales y políticos del momento como eran la carencia de viviendas dignas y la
corrupción. En tan solo un año, Luigi Zampa había ofrecido dos obras que,
prácticamente, podían resumir el inicio del neorrealismo italiano.
El camino de la esperanza(Il cammino
della speranza, 1950)
El
drama de la inmigración ha sido siempre un tema muy tratado en el cine, en
general, y en el neorrealismo, en particular. El nuevo movimiento creado a
mediados de los años cuarenta ofreció dentro del panorama cinematográfico
diversificaciones tan interesantes como las relativas a la guerra recién
acabada, las referidas a la etapa de la crónica, o las que tenían que ver con
la clase obrera.
Dentro
de este último subgénero destacaron las cintas que se enredaban en melodramas
más o menos realistas con la búsqueda de trabajo como tema central; ya sea a
modo de road movie, estilo Las
uvas de la ira, o con una trama más estática como la de Arroz
amargo (Riso amaro, Giuseppe
De Santis, 1949) o, más tarde, con una de las cumbres del cine italiano: Rocco
y sus hermanos(Rocco e i
suoi fratelli, Luchino Visconti, 1960). Una mezcla de las dos primeras es
la que abordó la cinta que podríamos decir dio a conocer al excelente realizador
transalpino Pietro Germi:
El
camino de la esperanza arranca con
la miseria de un grupo de sicilianos que se ven obligados a emigrar si no
quieren morir de hambre, pero que gastan todos sus ahorros en un viaje que
termina siendo una estafa. El drama, y hasta la tragedia presiden una trama en
la que un triángulo amoroso cobra protagonismo. De nuevo Raf Vallone (como en
la citada Arroz amargo, pero también presente en otros dramas rurales,
entre ellos La
venganza de Bardem) estaba al quite para rescatar a la protagonista
de las garras de un delincuente.
El
notable guion era de un joven escritor llamado Federico Fellini, que después de
una década firmando libretos de altura se atrevería ese mismo año en dar el
salto a la dirección con Luci del varietà (codirigida con
Alberto Lattuada).
En
El
camino de la esperanza Pietro Germi ––y Fellini–– ya nos decían, entre
otras cosas, que el fenómeno de la inmigración, el del tráfico ilegal, el del contrabando
de seres humanos, era un tema candente al principio de los años cincuenta. Es
decir, nada parece haber cambiado en más de medio siglo.
La
ciudad se defiende(La città si difende, 1951)
La siguiente película de Pietro
Germi sigue por los derroteros neorrealistas de El camino de la esperanza,
y también cuenta con la participación en el guion de Federico Fellini, si bien,
la trama en un principio parece sensiblemente diferente:
En un estadio de futbol cuatro
ladrones cometen un atraco y son perseguidos por la justicia. Poco a poco, son acorralados
por los policías y el final de cada uno, aunque moralizante, suena pesimista en
un entorno de pobreza extrema y traición. Son cuatro historias diferentes las
de los personajes que por uno u otro motivo se han visto obligados a delinquir.
El arranque de La
ciudad se defiende recuerda mucho al nuevo estilo del cine negro que
triunfa en Estados Unidos. El tono de la cinta de Germi se emparenta con la
coetánea La
jungla de asfalto de John Huston (1950), en cuanto a la estructura
y a las consecuencias trágicas del robo. La presencia de una femme fatale en el policíaco (Gina
Lollobrigida en el comienzo de su carrera) también juega su baza para acercarse
a lo que se hacía al otro lado del charco.
No obstante, Germi se
diferencia del ciclo noir americano
en el énfasis que pone en la situación de miseria de la posguerra, algo que
también es el punto de partida de El camino de la esperanza. Igual que
allí, en La ciudad se defiende la situación es desesperada: el paro, las
penurias por las que pasa la sociedad, son las culpables. La ciudad, más que
defenderse, asiste impasible al drama mientras margina a los personajes sin
trabajo ni esperanza, a los que no les queda otro remedio que emigrar o, peor todavía,
cometer un crimen.
Los actores poco conocidos,
la puesta en escena con predominio de exteriores, y la fotografía en blanco y
negro, se unen a la causa de ofrecer un policíaco neorrealista, algo que luego
será definitivo para consagrar a Pietro Germi. Nos referimos, claro está, a Un
maldito embrollo (Un maledetto imbroglio,
1959), su obra maestra. Un filme con un añadido tono de comedia, de humor negro, que de haber tenido continuidad habría creado
un género dentro del género; algo así como el polar en Francia.
Hoy traemos a
nuestro “master chef” particular un melodrama que fue muy famoso en su día y
que aún se recuerda con cierta nostalgia. Una película de Vittorio de Sica a la que ya no le queda casi nada del Neorrealismo que lo encumbró a pesar de contar
en el guión con el padre de aquel movimiento cinematográfico: Cesare Zavattini.
Sólo el fondo
bélico y la trama de posguerra podrían cuadrar, pero las reglas del
Neorrealismo se rompen en pedazos cuando De Sica se permite todo tipo de recursos técnicos, y cuando la pareja estelar es tan conocida como
Sophia Loren y Marcello Mastroianni, ambos intérpretes muy vinculados a De Sica
y al productor, Carlo Ponti.
El argumento es
también conocido: la pareja de jóvenes a los que les une la guerra y a la vez los
separa. Al terminar la contienda, sin tener noticias uno del otro, romperán con
el pasado para comenzar una nueva vida, encontrarán otro amor y tendrán hijos
de sus nuevas parejas. Así, hasta que se vuelvan a encontrar años más tarde. Estructurada en
dos partes, la primera con algunos tintes de comedia y resuelta a base de flasback, explica la relación de la
pareja protagonista desde que se conocen hasta que Marcello es llamado a filas;
y la segunda, más dramática, comienza cuando ambos se encuentran tras años de
separación.
Del filme destaca
la música de Henry Mancini, nominada al Óscar con toda justicia, y la puesta en
escena de De Sica cargada de metáforas. Algunas tan evidentes como la lluvia en
el reencuentro, y el apagón que les obliga a verse en la oscuridad para amarse
como antaño. Cuando vuelve la luz, ambos regresan a la realidad de sus nuevas
vidas, se ven envejecidos y se dan
cuenta de que ya nada volverá a ser igual.
Escenas
bucólicas y despedidas en los andenes son recursos algo manidos, pero que
funcionan bien en el dramón que De Sica nos propone. Un cinta correctamente resuelta
desde la parte técnica con la única pega del uso —aunque no abuso— del zoom
típico de esos años.
La inclusión de
la película en nuestra apetitosa sección tiene su porqué en la siguiente
escena. Debe ser la tortilla con más huevos de la historia del cine…
Y ahora las
tapas:
Las Golondrinas (Calle
Antillano Campos, 26, Sevilla)
Volvemos al
barrio de Triana para encontrarnos con otra de sus tabernas más típicas y mejores
de la ciudad. Inaugurado en 1962, el bar Las Golondrinas toma su nombre del célebre poema de Gustavo Adolfo Bécquer y pronto se convierte es uno de los lugares
obligados para un recorrido de tapas por Triana. Escondido en un estrecho
callejón, sin embargo es conocido por toda Sevilla gracias a sus puntas de solomillo —nadie las hace igual— y sus rábanos con aceite y sal. Dos platos que
te salen solos cuando el camarero te pregunta ¿qué desea tomar?
Entre fotos de
la Semana Santa y azulejos de la Esperanza de Triana, podrás tomarte una
manzanilla helada mientras disfrutas de otras tapas como chipirones, chuletitas de cordero y champiñones; o de aliños
de todo tipo, desde zanahorias, hasta
remolachas. Con una selecta oferta de vinos, no esperes raciones
demasiado elaboradas; no se echan de menos. Productos de la tierra cocinados
como siempre en un bar de siempre, eso es Las Golondrinas; ni más ni menos. Allí
nos vemos.
Comenzamos la
nueva temporada en el blog volviendo la mirada atrás para repasar alguno de los
cineastas desaparecidos en 2013. En octubre, en Roma, falleció a la edad de noventa
y un años, Carlo Lizzani, un director italiano no demasiado conocido en nuestro
país que, sin embargo, fue responsable de alrededor de setenta películas y más
de cuarenta guiones. Para recordarlo, nada mejor que comentar la que para
nosotros fue su mejor cinta.
Crónica
de los pobres amantes, al margen de su calidad, posee una considerable
importancia histórica. Situada en pleno auge del neorrealismo, fue el paradigma
de “la etapa de la crónica”, así llamada por el teórico del movimiento, Guido Aristrarco. Una fase del nuevo cine nacido en Italia que se
caracterizaba por narrar un hecho histórico de la mano de situaciones
cotidianas. Lizzani se basó en el buen recurso de guión en el que varios
personajes asociados a algún barrio, edificio o calle, se enfrentan entre sí
para reflejar los distintos aspectos de la sociedad del momento. Algo que
recogería nuestro cine patrio en varias cintas de los cincuenta y sesenta; quizás con Mi Calle (Edgar Neville, 1960) al frente de todas ellas.
En Crónica de los pobres amantes, Lizzani rueda con el estilo que ayudó a
crear junto a los grandes autores del movimiento —recordamos su participación
en los guiones de películas tan importantes como Alemania, año cero (Germania, anno zero de Roberto Rossellini,
1948) y Arroz amargo (Riso Amaro
de Giuseppe de Santis, 1949)— y se rodea de nuevos actores (alguno de ellos
tendrá una carrera tan espectacular como Marcello Mastroianni que no explotará
hasta el año siguiente en La Ladrona, su padre y el taxista de
Alessandro Blasetti) para crear este microcosmos de un barrio florentino en
pleno auge del fascismo. Lizzani había tomado buena nota de su anterior
proyecto, la participación en aquel fantástico largometraje, una suma de cortos
que se llamó Amor en la ciudad (L’amore
in citta, 1953), donde formó parte de un equipo de jóvenes cineastas que
prometían mucho: estaban Antonioni, Fellini, Risi, Lattuada, Mazelli y el
propio inspirador del neorrealismo Cesare Zavattini; casi nada.
La cinta,
decimos, es un retrato de la Italia de los años veinte a través de
los vecinos de un edificio humilde de Florencia. Una película coral con
personajes representativos de la sociedad de esos años: los reprobables fascistas;
los delincuentes comunes unidos al mejor postor; las prostitutas; los jóvenes
amantes, al principio poco comprometidos políticamente, pero enseguida tomando
partido; los antifascistas en una época muy poco agraciada con ellos; la policía
apoyando con su pasividad a los seguidores del dictador; la usurera que se
aprovecha de unos y otros y, finalmente, las personas que sólo quieren vivir en
paz y ganarse el pan con un trabajo honrado, pero que, igual que la propia
Italia, no salen adelante por culpa de unos tiempo convulsos.
Con un arranque melodramático, incluso cómico, con algunos conflictos y triángulos amorosos, poco a poco la trama se ve
abocada a la tragedia bélica. El director nos lleva desde lo cotidiano a lo
dramático como si la propia historia reciente de Italia —el fascismo— fuera una
broma pesada que se salió de madre. Lizzani destaca sobre todo por la dirección
de actores, por lograr un clima realista que brilla especialmente en las
escenas nocturnas. Así, es sobresaliente la secuencia en la que los fascistas salen
de noche de "caza" para vengarse de la muerte de uno de los suyos.
El filme tuvo un
gran éxito en el festival de Cannes de 1954, donde se llevó un premio
importante, pero fue incomprensiblemente atacada por el gobierno italiano de la
época. Nosotros la recomendamos efusivamente y nos apoyamos en ella para rendir
un merecido tributo al buen realizador que fue Carlo Lizzani.
Hay películas que claramente marcan la trayectoria de sus autores, que suponen un punto de inflexión en su carrera. Algunas, incluso, contienen en su interior ese cambio fundamental. Es el caso de Il Grido, una extraordinaria cinta de Michelangelo Antonioni que conviene revisar para conocer la evolución del, siempre moderno, cineasta.
Antonioni se distancia de sus películas anteriores y desciende varios peldaños en la clase social -aunque este no es el cambio al que nos referimos, ya veremos cuál-, el director pasa de la reflexión acerca de la burguesía, en Las Amigas, hasta la problemática social de la clase obrera, en El Grito. Pero lo hace como excusa para estudiar el conflicto interior del personaje principal: Aldo vive con Irma y con la hija que tienen ambos en común. La pareja espera con ansiedad que el marido de Irma le conceda el divorcio para poder casarse. Sin embargo, cuando surge la oportunidad de contraer matrimonio, la mujer decide abandonar la convivencia e irse con otro. Aldo comienza a deambular por distintos pueblos con su hija, en espera de olvidar lo ocurrido y darle un sentido a su existencia.
A partir de aquí, el filme se convierte en un conjunto de episodios, tantos como intentos de Aldo por iniciar una nueva vida; pero también en una repetición, una continua vuelta al punto de salida, en lo que parece un problema sin solución para el protagonista. La estructura por capítulos tiene, además, un atractivo especial cuando el realizador la utiliza para describir diferentes personalidades femeninas. Distintas, sí, pero todas ellas desesperadas por cumplir la misma aspiración: abandonar la soledad.
Esta es la trama que plantea Antonioni. Y en ella se aprecia con claridad el punto de inflexión al que nos referíamos: la transición entre el neorrealismo más puro y la reflexión personal acerca de la incomunicación. Así, la presentación naturalista de los personajes en un ambiente obrero, y el arranque con el conflicto de la pareja, corresponden al movimiento cinematográfico nacido de la mano de Rossellini; pero el posterior deambular, y el desasosiego del protagonista, es más propio del cine que vendrá a continuación con su influyente trilogía, La Aventura, La Noche y El Eclipse. Incluso hay un borrador de El Desierto Rojocuando, en la conclusión, Antonioni se sirve de la excusa de una huelga para presentar a Aldo atravesando la fábrica abandonada, fiel reflejo del estado de ánimo del personaje. En el mismo sentido camina la utilización expresionista del paisaje. La llanura del Po, ya tratada en el documental Gente del Po (1947), sirve para que el desolado Aldo se identifique con ella.
La inclusión de actores conocidos no contamina lo que pretende el director gracias al magnífico trabajo de Antonioni con ellos. Destaca la actuación de Steve Cochran, habitual secundario en westerns y policíacos de cine negro, encasillado en papeles de villano de sangre fría, pero que aquí cambia totalmente de interpretación para dar vida al angustiado Aldo; y la de Alida Valli, que aparece desposeída del glamour que la caracterizó en otras obras -e incluso más fea de lo normal-, todo para encontrarse con un personaje amoral que propicia toda la acción dramática. Más fácil lo tuvo Antonioni con Betsy Blair, una actriz prácticamente con un solo registro: el de solterona resignada, enamorada y no correspondida, cuya presencia siempre se agradece en cualquier drama.
Recomendamos, por tanto, El Grito. Porque es un excelente estudio cinematográfico de caracteres; y porque encierra la transición fundamental de la obra de un grande: Michelangelo Antonioni.
En el año 1955, en el Cine Club de Salamanca, se celebraron las decisivas conversaciones entre cineastas españoles de todo tipo de condición social e ideológica. El famoso pentagrama con el que abrimos el post se debe a Juan Antonio Bardem. En pocas palabras, en un párrafo, Bardem definía con precisión la realidad del cine español en los años cincuenta. Hoy, en nuestro cine club virtual, queremos aproximarnos a la obra del genial director y de paso comprobar los esfuerzos que hacía para cambiar la deplorable situación. Para ello vamos a comentar La Venganza; un estupendo drama rural, con tintes neorrealistas y clara intención disidente.
El cine español actual es políticamente ineficaz, socialmente falso.
La Venganza significaba en la obra de Bardem la finalización de una trilogía iniciada con Muerte de un Ciclista (crítica a la alta burguesía) y continuada con Calle Mayor (opinión sobre la clase media de provincias). La trama es una clara metáfora del enfrentamiento entre las dos españas. Los vencidos vienen personificados por Juan Díaz (Jorge Mistral), el personaje que regresa de la prisión (el exilio) después de cumplir condena por un delito no cometido. Para representar a los vencedores, Bardem se vale de Luis, “El Torcido” (Raf Vallone), el jefe de los segadores que pertenece a la familia responsable de acusar a Díaz: “Los de la Casa Vieja” (el régimen). Ambos personajes se unen a otros tres campesinos y a la hermana de Juan para formar una cuadrilla. En el peregrinaje, en busca de campos para segar, la rivalidad de los dos se verá acrecentada. El guión y la estructura de itinerario provocan que surjan contratiempos, nuevos acompañantes y todo tipo de impulsos narrativos que desembocarán en el inevitable enfrentamiento.
Toda la historia tiene un objetivo: presentar el Plan de Reconciliación Nacional promovido por el clandestino Partido Comunista. Como casi todas las películas de Bardem, la cinta fue censurada –y, además, cortada en casi una hora-. El régimen forzó a que la acción se desarrollara en una época anterior a la Guerra Civil y no contemporánea al momento del estreno; por otro lado el título inicial: "Los Segadores", fue sustituido por el actual, La Venganza, para evitar que el primero coincidiera con el himno catalán (“Els Segadors”) y su reivindicación de libertad para la tierra. A pesar de todo, el filme mantiene el carácter discrepante con la dictadura y se atreve, por ejemplo, a incluir una secuencia donde un pueblo entero se enfrenta al terrateniente planteando una huelga general.
Intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo.
A la simbología citada, y para alejarse del maniqueísmo, Bardem hace referencia a un tercer punto de vista: el del espectador neutro, el que sólo quiere que la gente viva en paz. Así, el realizador incluye a Fernando Rey para dotar a la trama de un personaje culto, un escritor ajeno al conflicto entre Juan y “El Torcido” que aboga por el bien y el sentido común. También el resto de integrantes de la cuadrilla, que prácticamente representan todas las edades de la población adulta, podrían ir en el mismo sentido. No así el personaje interpretado por Carmen Sevilla (debe ser una de las mejores actuaciones de la actriz, muy lejos de su habitual registro de folclórica), que se sitúa en la línea de salida con el mismo odio visceral que los protagonistas.
Conviviendo con el casting estelar, Bardem acerca el drama a una estética realista. Y lo consigue gracias a la muy buena ambientación, al sentido naturalista de la trama y a las imágenes casi documentales de las labores de siega (evidente alegoría) que se asemejan al tono épico de los cineastas rusos.
E industrialmente raquítico.
La Venganza, como se ha citado, tuvo un reparto internacional de talla. Además contó con la distribución de, nada menos, que la Metro Goldwyn Mayer, que la promocionó con eficacia amparada en su formato a todo color (Eastmancolor). La ambición comercial –ejemplar- y su indudable calidad obtuvieron su recompensa cuando el largometraje fue seleccionado para la Palma de Oro en Cannes; y cuando tuvo el honor de ser la primera cinta española de la historia nominada al oscar a la mejor película extranjera.
Juan Antonio Bardem demostró con La Venganza que se podía salir del oscuro y profundo pozo en el que se encontraba el cine español. Intentó contrarrestar uno por uno los cinco puntos negros que el mismo había definido. Y lo logró. ¿Quién se decidirá, a día de hoy, a enumerar los defectos de la industria cinematográfica española y, lo que es más importante, a demostrar que se puede salir de una crisis que ya dura décadas?
Atendiendo a la petición de nuestro querido lector Raúl (estudiar una secuencia de alguna película española cercana al Neorrealismo), vamos a analizar una escena de La Venganza. Nos encontramos aproximadamente en la mitad de la película, con la cuadrilla de segadores en plena faena y con el fantasma del enfrentamiento entre Juan y “El Torcido” planeando sobre ellos…
Se trata de una escena compacta, muy bien delimitada gracias a tres aspectos técnicos: se enmarca entre un fundido encadenado y un fundido a negro; arranca con la cámara en picado y termina igual; y prácticamente es un plano secuencia, Bardem sólo interrumpe la toma justo al comienzo cuando “El Tinorio” (Manuel Alexandre) se corta el brazo con la hoz; esto cumple además la función de separar la acción casi documental de la dramática.
El accidente del labrador, y su brazo herido, predisponen al espectador para un enfrentamiento violento entre los dos protagonistas. Será el desencadenante que propicie el conato de lucha que pronto vamos a ver. La sangre es un aviso.
La cámara sigue en travelling a los personajes que intentan parar la hemorragia; finalmente se detiene en el encuadre final. Un bellísimo plano donde la inmensidad del campo y la perspectiva de lo ya segado llega hasta el horizonte.
La puesta en escena está estudiada al detalle: al fondo del plano, en el centro, Bardem reserva un espacio para el núcleo de la cuadrilla que atiende a “El Tinorio”; son los espectadores del drama. En primer término, a la derecha, como símbolo del régimen dictatorial, sitúa a “El Torcido”; a la izquierda coloca a Juan. Entonces se desencadena la pelea. Sólo el más viejo de la cuadrilla es capaz de separarlos aludiendo al bien común (la citada tesis de reconciliación que defiende la película).
En otro plano muy logrado, Bardem cierra la secuencia con la grúa en picado, igual que al comienzo. Mientras suena una triste melodía, los personajes se van sentando en el centro acotando un espacio que quiere representar al territorio nacional.