domingo, 2 de abril de 2023
MARE NOSTRUM (Rafael Gil, 1948)
domingo, 19 de marzo de 2023
2 X 1: "FORBIDDEN" y "AQUELLOS DUROS AÑOS" (Rudolph Maté)
Forbidden (1953)
De
los directores de fotografía que se han pasado a la dirección, quizás uno de
los más destacados, si no el más destacado, sea Rudolph Maté. Cineasta polaco, estudió en
Hungría y trabajó en varios países europeos como operador de Alexander Korda,
Dreyer, René Clair o Fritz Lang, entre otros, antes de instalarse
definitivamente en Estados Unidos donde siguió su carrera colaborando con los
mejores: Wyler, Vidor, Dieterle, McCarey, Hathaway, Lubitsch, Hitchcock y un
largo etcétera.
En la segunda mitad de los cuarenta, Maté decide realizar sus propias películas, paradójicamente sin ninguna pretensión estética teniendo en cuenta su virtuosismo como director de fotografía. No obstante, sus mejores filmes se desarrollan a lo largo de los años cincuenta. Uno de las más notables es Su alteza el ladrón (The Prince Who Was a Thief, 1951) donde dirige a Tony Curtis y lanza su carrera como actor. No sería la última vez que ambos trabajasen juntos: en 1953 vuelven a colaborar en el policíaco Forbidden.
El arranque de la cinta es parecido al de Gilda (Charles Vidor, 1946): Curtis es un recién llegado a Macao ⸺¿qúe tiene esta pequeña península que le va tan bien al noir?⸺ que ayuda a un gánster, le salva de ser asesinado, y este para agradecerle el gesto le contrata para supervisar su casino. El conflicto se crea cuando a Curtis le presentan la prometida del gánster.
Joanne Dru, más guapa que nunca ⸺la pantalla parece brillar ante los primeros planos de la actriz, imagino a Maté atando por corto a su operador de fotografía⸺, resulta ser la antigua novia de Curtis. En realidad, el protagonista ha viajado desde tan lejos para buscarla y llevarla a Estados Unidos donde otro mafioso requiere su presencia. Claro que al verla, todo lo que tenía planeado se va al traste...
Buena
película de la Universal, con ritmo creciente. Un largometraje de cine
negro con perseguidos y perseguidores, con amores y desamores, con buena
fotografía y con una música difícil de olvidar del virtuoso Frank Skinner. Maté
parece disfrutar de las escenas de acción donde no se muestra nada tacaño, al revés,
se recrea en las secuencias del intento de asesinato del arranque o, sobre
todo, la de la persecución y el enfrentamiento en el barco.
Aquellos duros años (The Rawhide Years, 1956)
Conforme transcurre el tiempo, Rudolph
Maté se convierte en un artesano que comprende bien los cánones de cada género,
desenvolviéndose a la perfección en todos ellos. Vale lo mismo para dirigir una
película de ciencia ficción que para realizar un péplum. De hecho, solo con
Tony Curtis, colaboró en tres géneros distintos: aventuras, cine negro y
western.
En efecto, después de
Forbidden, Maté cambia a la aventura con el protagonismo de Tony Curtis
en la más que interesante producción de capa y espada Coraza negra
(The Black Shield of Falworth, 1954). Nada que ver con la última
colaboración entre actor y director: un western titulado Aquellos
duros años.
De nuevo con la Universal detrás y con la música de Frank Skinner, Maté dirige a Curtis en una película del oeste que se desarrolla en el Mississippi, con barcos fluviales, juegos de cartas y bandidos que asaltan a los pasajeros. Curtis sigue en el mismo ramo que en Forbidden solo que ahora no es supervisor de un casino, sino un jugador de cartas profesional al que acusan injustamente de asesinato.
El protagonista, a lo largo del metraje, tendrá que demostrar que es inocente ayudado por su novia Zoe (Colleen Miller, algo sosa) y por un buscavidas de dudosas intenciones (Arthur Kennedy, sobreactuado, aunque con cierta lógica por el carácter del personaje, un vividor que siempre opta por quedarse con el mejor postor).
Western con pretensiones,
que se queda en una aventura algo deslavazada, con Curtis sin encontrar su sitio
excepto en las primeras secuencias, con el juego, las trampas y el cinismo
donde el actor se encuentra en su salsa y avanza lo que serán sus películas a
finales de los cincuenta y en toda la década de los sesenta, cuando alterne dramas
con comedias.
domingo, 5 de marzo de 2023
EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO V (XIII)
5.2.2. Tambores lejanos (Distant Drums de Raoul Walsh, 1951).
El año 1951
significó para Walsh el comienzo del fin de la estabilidad en su carrera como
director, hasta ese momento asociada a la Warner Brothers. Su contrato de larga
duración con la compañía se había extinguido al terminar Camino de la horca. Ya sólo le unía al estudio el compromiso de
filmar una cinta más, Tambores lejanos,
antes de comenzar un largo recorrido por los diferentes estudios a base de
similares contratos temporales —de un solo filme—, en lo que ya fue su última
etapa como realizador. Una situación que llegó a ser la habitual en los
cineastas de la época, fruto de los cambios que surgieron en Hollywood al finalizar
la década de los cuarenta, y que ya se ha comentado suficientemente.
En realidad, Distant Drums fue producida por United States Pictures mientras que la Warner se encargó únicamente de la distribución. Un acuerdo al que llegaron Niven Busch, autor de la historia original, y Milton Sperling, productor de United States Pictures y, a la sazón, de la película. La operación era semejante a la efectuada por Busch con Perseguido,[1] en donde también se encargó del guion. Para el libreto de Distant Drums, Niven Busch adaptó la novela “Fort Everglades”, de Frank G. Slaughter con la intención de llevarla descaradamente al terreno de la película de Walsh, Objective, Burma! Así, entre Busch y su colega Martin Rackin,[2] confeccionaron un guion que no era otra cosa que un remake de la cinta protagonizada por Errol Flynn, algo parecido a lo que Hawks y Leigh Brackett hicieron con El Dorado y Río Lobo, es decir una versión encubierta de la película original, con el atractivo, eso sí, de cambiar del género bélico al western. Para la Warner, participar en un remake ya hemos visto que era una cosa bastante normal; para Walsh también. Por ambas razones, por partir de una trama que le era familiar y por la experiencia del director en traspasar historias entre géneros, la película era ideal para que la dirigiera él.
Distant Drums narra las aventuras del
capitán Wyatt (Gary Cooper) y su destacamento de soldados estadounidenses en el
territorio hostil de los seminolas, unos indios de Florida especialmente
combativos y peligrosos. Wyatt consigue adentrarse en las líneas enemigas
gracias al apoyo de la marina, en concreto del teniente Tufts (Richard Webb).
El oficial naval aporta una embarcación para atravesar el lago que los lleve a
las cercanías de una antigua fortaleza española. La misión de Wyatt será
destruir el fuerte y de esta forma impedir que se distribuyan las armas a los
nativos; todo para facilitar la invasión del general Zachary Taylor que se
dispone a pacificar la región. En un principio, la operación sale según lo planeado:
destruyen la fortaleza y liberan a unos prisioneros de los traficantes de
armas, entre ellos a Judy Beckett (Mari Aldon), una mujer de oscuro pasado que
desea vengarse de su expareja. Cuando el destacamento va a ser evacuado por la
embarcación, Wyatt y sus hombres son sorprendidos por los indios y tienen que
abortar el rescate. No les queda más remedio que atravesar los Everglades en un
duro camino hacia casa. Wyatt divide a sus fuerzas para tener alguna
posibilidad de sobrevivir, pero la mitad de su grupo es aniquilado por los
indios. Hostigados el resto por los seminolas, pero también por el entorno
asfixiante de la selva y por sus habitantes, cocodrilos, serpientes, etc., los
soldados son diezmados, pero consiguen llegar a la isla donde vive Wyatt. Se
atrincheran en la playa, pero por la noche son atacados por exploradores
nativos y al alba se disponen a la batalla final, seguros de su muerte. Wyatt
salva momentáneamente a sus hombres después de derrotar al jefe de los indígenas
en un duelo en la laguna. Este hecho coincide con la invasión del general
Taylor y pone a salvo definitivamente a los pocos supervivientes..
La historia
descansa en una trama bien conocida, la que cuenta la epopeya protagonizada por
un grupo de intrépidos exploradores que, obligados por las circunstancias,
abren nuevas vías de comunicación a través de un territorio salvaje. Pensamos en Paso al Noroeste de
Vidor, pero también en las posteriores Horizontes Azules (The Far Horizons, 1955)
de Rudolph Maté y Río de sangre de
Howard Hawks. Si con estas cintas, decimos, comparte el tono épico, el
argumento de Distant Drums es
evidente que ha sido extraído del de Objective, Burma!; tanto, que nos parece más cercana la relación entre estos dos
filmes que la existente entre Colorado Territory, que sí es un remake
admitido, y High Sierra.
Leer el capítulo desde el inicio.
[1] Sólo
que en Pursued la Warner Brothers
además de encargarse de la distribución también financió la producción de la
película junto a United States Pictures.
[2]
Martin Rackin ya había sido guionista de otra película de Walsh: Fighter Squadron; y también escribió el
libreto de Sin Conciencia (The Enforcer de Bretaigne Windust, 1951)
que, aunque no acreditada, sí fue finalizada por Walsh.
domingo, 19 de febrero de 2023
2 X 1: "VINIERON DE DENTRO DE..." y "RABIA" (David Cronenberg)
Vinieron de dentro de… (Shivers, 1975)
Después
de varios cortos y un par de películas artesanales donde el director canadiense
David Cronenberg escribe, produce, fotografía, monta y dirige sus filmes, por
fin se da a conocer en su país, y luego en la comunidad internacional
cinematográfica, con dos películas casi iguales: Vinieron de dentro de…
y Rabia.
En la primera, el médico de una urbanización de lujo experimenta con unos parásitos que inserta en el cuerpo de un paciente con el objetivo de curar sus órganos enfermos. Algo falla cuando está curando a una joven y provoca una epidemia donde las víctimas se van pasando unas a otras los parásitos mediante encuentros sexuales violentos.
Interesado
por la ciencia, y obsesionado por las mutaciones, las epidemias, los virus y,
en general, los males que acechan a la humanidad ⸺nos imaginamos muy en su
salsa en la actualidad con la pandemia del Coronavirus⸺, Cronenberg rueda Vinieron
de dentro de… con fluidez, directo al grano, de forma explícita, con un
exceso de gore y pobre de efectos. Una historia de terror al estilo de las películas
clásicas de los años cincuenta, en especial La invasión de los ladrones
de cuerpos (Invasión of the Body Snatchers, Don Siegel, 1956). De
hecho, el primer título que Cronenberg barajó fue el de Invasion of the
Blood Parasites.
La cinta está producida por su colega Ivan Reitman (Los cazafantasmas) e interpretada por actores desconocidos, con la excepción de la actriz de culto Barbara Steele, que tiene un pequeño, pero contundente papel, conocida entre los aficionados al género por su participación en algunas de las mejores películas giallo de los sesenta y setenta.
A pesar de que en la actualidad el
largometraje ha perdido parte de su encanto, que son evidentes los fallos de
estructura y que ha envejecido notoriamente, Cronenberg siempre ha sostenido
que Vinieron de dentro de… tuvo una influencia decisiva en otros
autores, en particular adelantó muchas de las secuencias, y casi la trama
entera, de la saga Alien.
La siguiente película de
Cronenberg discurre por los mismos derroteros que la anterior: esta vez es un
implante de piel el que provoca una reacción contraria en una paciente que
acaba de sufrir un accidente de motocicleta. Sedienta de sangre, poco a poco va
contagiando a otras personas por una especie de parásito que tiene en el
cuerpo. Esto provoca una epidemia donde los enfermos se convierten en zombis. Los
síntomas y las mordeduras de las victimas hace que se piense en un brote de
rabia.
Entre la clásica película de vampiros y, prácticamente, el remake de Vinieron de dentro de… navega esta cinta del director canadiense, donde ahora rueda con mayor presupuesto, con el mismo productor, Ivan Reitman, y con una protagonista que es una conocida actriz porno: Marilyn Chambers.
Cronenberg rueda de nuevo sin ambages, aún con ciertos fallos de estructura, pero con mejores medios, un guion también escrito por él. Una historia de terror, una de las de mayor éxito en taquilla de Canadá, quizás más clásica que la anterior (las víctimas no desean sexo, se conforman con la sangre), donde la tensión va progresivamente en aumento hasta un final tan abierto como el de la primera.
En Rabia nada cambia en las pretensiones del realizador: sigue su interés por la ciencia y por denunciar los peligros de los experimentos con el cuerpo humano ⸺a este tipo de películas, que Cronenberg pone de moda, se le ha llamado “body horror”⸺, ya sean implantes “neutros”, que deberían sanar la piel con cirugía plástica, o parásitos “domesticados”, que supuestamente curan los órganos desde dentro; en ambos casos, elementos externos que transforman el cuerpo de los pacientes y originan una epidemia sin control y sin aparente solución ¿les suena?
domingo, 5 de febrero de 2023
CAPITANES INTRÉPIDOS (Captains Courageous de Victor Fleming, 1937)
domingo, 22 de enero de 2023
2 X 1: "MÍSTICA Y REBELDE" y "BANJO ON MY KNEE" (John Cromwell)
Mística y rebelde (Spitfire, 1934)
Con
la llegada del sonoro, el director norteamericano John Cromwell, que procedía
del teatro y había tenido éxito en Broadway, fue contratado por la Paramount,
primero, y luego por la RKO, para dirigir películas. Especializado en adaptaciones
para la gran pantalla, una de ellas fue Mística y rebelde, versión
de la obra de teatro “Trigger”, dirigida por George Cukor y con la presencia de
algunos actores del elenco en la propia película.
Trigger (Katharine Hepburn) es una joven que vive sola en las montañas, alejada de la civilización, y que apenas sobrevive con lo que le da el trabajo de lavandera. Muy guapa, es cortejada por sus vecinos, sin mucho éxito, pero también llama la atención de dos ingenieros que trabajan en la explotación de una mina. Uno de ellos (Robert Young), se enamora de Trigger y es correspondido. El conflicto surge cuando la esposa del ingeniero llega de la ciudad para hacerle una visita…
El filme lo domina la protagonista de la historia interpretada por Katharine Hepburn, que, a pesar de llevar apenas dos años en Hollywood, acababa de ganar su primer Óscar por Gloria de un día (Morning Glory, Lowell Sherman, 1933). En Mística y rebelde la actriz hace un papel de muchacha salvaje muy creíble, que contrasta con los más serenos, Robert Young y Ralph Bellamy, y sus intentos por educarla.
Una
trama que se incluye en lo que podría ser un género, el de la chica
indómita que atrae a los hombres por su físico, pero también por su descaro y
por la inocencia casi infantil ante el amor. Otros ejemplos serían el de Gene
Tierney en La ruta del tabaco (Tobacco Road, John Ford,
1941) o el de Jennifer Jones en varios largometrajes (Duelo al sol,
Corazón salvaje, Pasión bajo la niebla).
Se puede decir que Mística y rebelde es una película pre-code, ya que se estrenó justo antes de que la censura del código Hays se estableciese con fuerza en las producciones de Hollywood. Se nota la laxa actuación del código en una cinta que muestra el adulterio totalmente desenfadado y desdramatizado, contagiado de la inocencia de la protagonista. No fue así en la obra justo anterior de Cromwell, Ana Vickers (1933), que tuvo que cambiar el argumento para poder pasar la censura. Filme que, por cierto, marcó una tendencia y provocó el cambio de actitud hacia una postura moral más estricta.
Banjo on My Knee (1936)
Sin salir de la América profunda,
John Cromwell dirige para la Fox, un par de años después, el musical Banjo
on My Knee. Para un realizador que tocó prácticamente todos los
géneros, con bastante éxito por cierto, se le daban especialmente bien las
historias que transcurrían en entornos rurales o en los sitios más recónditos
de la geografía norteamericana. Así, en los años treinta, Las aventuras
de Tom Sawyer (1930), Mística y rebelde, Jalna
(1935) o Village Tale (1935) se movían en esos ambientes.
Con respecto a Banjo on My Knee, la película vuelve al mismo ámbito que Tom Sawyer: al río Mississippi y a las aldeas que se levantan en sus orillas. Allí viven una serie de personajes sin apenas educación, analfabetos la mayoría. La cinta comienza con la boda entre dos de ellos: Ernie (Joel McCrea) y Pearl (Barbara Stanwyck), bajo la bendición del padre del primero (Walter Brennan). Justo después de la boda, una pelea hace que Ernie tenga que huir al creer que ha asesinado a una persona.
A partir de aquí, las idas y venidas de los personajes buscándose unos a otros es el dinámico argumento de esta tragicomedia que, en realidad, es un musical salpicado de números donde Barbara Stanwyck sorprende cantando y bailando, donde Walter Brennan toca una y otra vez la canción que da nombre al título, como si fuera un hombre orquesta, mientras la canta su amigo Buddy (Buddy Ebsen, actor muy afín a estas historias como aquella que le dio la fama en televisión: Los nuevos ricos), que se lanza con el claqué de una forma original debido a su cuerpo largo y desgarbado.
El principal acierto de Banjo on My Knee es la descripción de caracteres: las de los protagonistas, con especial mención al genial Walter Brennan, pero también a otros secundarios: a Buddy, o al juez que no duda en tachar del acta de matrimonio los nombres de los recién casados si se van a casar de nuevo con otra persona, y que duerme la siesta en el embarcadero junto a una botella de whisky, hecho que mantiene en vilo al resto de vecinos que aguardan de un momento a otro el chapuzón.
De nuevo, como en Mística y rebelde, no parece haber ley en el pueblo, al menos no la normal, pero sí la establecida por los ciudadanos de ese entorno hermético de la América profunda, donde tienen sus propias normas, algunas basadas en supersticiones. Bagaje que llevan con ellos cuando, por necesidad, tienen que acudir a la ciudad, algo tan extraordinario como viajar a otro planeta.
lunes, 9 de enero de 2023
EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO V (XII)
En Objetivo: Birmania, la jungla se
convierte en el verdadero enemigo y la guerra entre japoneses y americanos
pierde su sentido cuando no se comprenden las órdenes, cuando de lo único que
se trata es de llegar a un punto determinado en el mapa sin saber por qué. Así,
la batalla entre dos bandos se transforma en una lucha entre hombres y
naturaleza donde lo único que importa es sobrevivir. Pasado el ecuador del
metraje, el filme se vuelve tan oscuro como anclado el capitán Nelson en el aislamiento
que le confiere su condición de jefe. El personaje se une a la larga lista de
héroes trágicos y solitarios de Walsh, mientras que la película se reafirma
como otra cinta más de itinerario del director; acaso la más representativa de
todas ellas. Si en High Sierra y Colorado Territory, el héroe transita
desde la cárcel hasta la muerte, con un entorno paisajístico que subraya la
tragedia, en Objective, Burma! —y en Distant Drums, como luego veremos— los
personajes penetran en una región prohibida de la que intentan salir; dan
vueltas y más vueltas en un lugar cerrado, en un entorno que les agobia como si
de una moderna Ilíada se tratase. En el cine de Walsh se cumple, por tanto, lo
que afirma Raymond Queneau: “toda gran obra es, o bien una Ilíada, o bien una
Odisea” (citado en Vanoye 1996, p. 37).[1]
En esta tragedia shakesperiana[2] en la que finalmente se transforma la cinta, dos son las secuencias que destacan, ambas muy bien fotografiadas por James Wong Howe. A pesar de las diferencias que Walsh y Howe tuvieron durante el rodaje, el resultado de la batalla final, más propio de una cinta de terror, y la escena de la muerte del teniente Jacobs, son dos genialidades de ambos cineastas. Howe experimenta con la fotografía en ambientes de poca luz y consigue deformar las expresiones de los rostros de los militares que esperan aterrorizados la llegada de los japoneses (5.33). Por su parte, Walsh rueda con acierto encuadres generales de los soldados cavando las trincheras como si de sus propias tumbas se tratase (5.35), o gestiona primeros planos de los actores que muestran temor, ansiedad, o sufrimiento, que se debaten, como el capitán Nelson, entre matar al teniente Jacobs para que no sufra o dejarle morir. En esta secuencia clave, que desata la ira de Williams hasta rozar la locura —y que remite a la escena crucial de What Price Glory?—, Walsh no muestra el cuerpo de Jacobs y deja que el espectador se imagine horribles mutilaciones. Una sutileza que parece extraída de las mejores cintas de miedo donde lo implícito, lo que se sugiere, es más terrible que lo explícito (5.34).
La invasión de los aliados en la secuencia final libera al pelotón —y al espectador de la tensión— y despoja la película de su manto trágico. Sin embargo, Walsh se resiste a dejar las cosas así: en uno de los últimos planos, Nelson ofrece a su superior las chapas de identificación de los caídos (5.36). Sus palabras son amargas, “aquí está el precio de la misión, no mucho en realidad, sólo un puñado de norteamericanos”. La crítica del director anticipa su cinta más cruda sobre la guerra, Los desnudos y los muertos,[3] y distorsiona con toda la intención el mensaje patriótico. La conclusión de Objetivo: Birmania siembra de dudas al espectador que, en 1945, ya no necesitaba de falsas propagandas a favor de la guerra más cruel que haya existido nunca.
Leer el capítulo desde el inicio.
[1] Todas
las obras bélicas de Walsh, a excepción de las más hawksianas como What Price
Glory? o Fighter Squadron, son
Ilíadas. En Los desnudos y los muertos
es muy clara la simbología al desarrollarse también en la jungla, pero no lo es
menos en el resto de cintas: en Jornada
desesperada los héroes dan vueltas dentro de las líneas enemigas, en Northern Pursuit se pierden en un
paisaje nevado tan hostil como la jungla, y en Urcentain Glory son acosados por los ciudadanos de un pueblo
francés y también recorren un camino hacia la muerte, con la duda de si deben
entregarse o no.
[2] Walsh
era un admirador de la obra del dramaturgo inglés. Una de sus frases favoritas
era: “todo hombre tiene muchos papeles en su vida”, algo que se puede aplicar
tanto al director como a sus personajes (citado en Scorsese 2001, p. 33). En
sus filmes bélicos hay referencias explícitas a Shakespeare como en Más allá de las lágrimas donde uno de
los protagonistas lee Hamlet.
[3] Los desnudos y los muertos parece un
ajuste de cuentas de Walsh con respecto a sus películas bélicas anteriores. La
parte final, la operación de inteligencia, es casi un remake de Objetivo: Birmania,
sólo que el mensaje de la lucha por la supervivencia es mucho más nítido cuando
los soldados se quedan sin mandos y actúan sólo por instinto. También la
desmitificación del héroe es máxima: el sargento al frente del pelotón asesina
a los prisioneros y se dedica a robar a los muertos, mientras el general que
lidera las fuerzas norteamericanas actúa sólo por el placer que otorga el
poder.
domingo, 18 de diciembre de 2022
2 X 1: "ATRACO SIN HUELLAS" y "EL RASTRO DEL ASESINO" (Joseph Pevney)
Atraco sin huellas (Six Bridges to Cross, 1955)
En
los años cincuenta después de la crisis de los grandes estudios, solo la
Universal seguía produciendo al viejo estilo de “fabricación en serie”. Uno de
los directores que más se prodigó en esa época fue Joseph Pevney. Realizador
incansable, organizado y metódico, pero relajado en el plató, se le daba igual
de bien el cine negro, las películas bélicas o las cintas de aventuras.
Durante la segunda mitad de la década destacaron en su filmografía dos policíacos protagonizados por uno de los actores de moda: Tony Curtis. Pevney ya había trabajado con Curtis en la interesante historia de boxeo Flesh and Fury (1952), pero con Atraco sin huellas y, más tarde, El rastro del asesino, mejoró sensiblemente la primera colaboración entre actor y cineasta.
El
argumento de Atraco sin huellas sigue la vieja trama de la
amistad entre un policía y un criminal. El filme repasa la vida del ladrón
Jerry Florea (Sal Mineo en la adolescencia, y Tony Curtis en la juventud y en
la posterior madurez) al que el agente Ed Gallagher (el soso George Nader)
dispara en un atraco y le deja estéril de por vida. Esa circunstancia hace que
ambos tengan una peculiar relación de amistad en la que, mientras Jerry hace de
confidente y Gallagher se aprovecha de los chivatazos para subir en el
escalafón, el primero obtiene gracias al policía las coartadas necesarias para sus
fechorías.
Película atractiva, narrada de forma detallada, al estilo de La ciudad desnuda (The Naked City, Jules Dassin, 1948) o de Atraco perfecto (The Killing, Stanley Kubrick, 1956), para reforzar el hecho de estar presentando una historia real, que tiene un final excelentemente rodado. Un clímax que se ve venir, pero no por ello es menos logrado.
Aunque interpretada por Sal Mineo en el primer tercio, en lo que sería su debut cinematográfico justo antes de Rebelde sin causa (estrenada el mismo año), la película se puede decir que está protagonizada por Tony Curtis, que se encarga del resto del largometraje con un registro muy alejado de aquel más cómico por el que sería recordado después.
El rastro del asesino (The Midnight Story, 1957)
Dos años después de Atraco
sin huellas, Joseph Pevney vuelve a dirigir a Tony Curtis en El
rastro del asesino, otro policíaco, mezcla entre drama y cine negro, pero
con cierta dosis de suspense que también le acerca al thriller:
Curtis interpreta a Joe Martini, un agente de policía italoamericano que insiste en que le den el caso del asesinato de un sacerdote en San Francisco. Su interés radica en que el cura fue su cuidador en el orfanato y su mentor, gracias al cual pudo ingresar en el cuerpo de policía. Las pistas que sigue Martini le llevan a sospechar de Silvio Malatesta (Gilbert Roland), un pescador de la bahía con el que comienza a relacionarse. Martini se integra tanto en la familia de Malatesta que llega a enamorarse de la hermana del sospechoso y a querer casarse con ella. El conflicto está servido cuando las sospechas son cada vez más fuertes y la amistad con el supuesto asesino es cada vez mayor.
La trama del filme es como una
montaña rusa: hay tensión cuando todas las pistas indican que el sospechoso es
el culpable, y relajación cuando aparece una coartada que demuestra su inocencia.
Lo que en principio parecía una obsesión personal por detener al culpable,
ahora se transforma en un deseo de probar su inocencia. Ese ir y venir del
argumento es acaso lo más destacado de la película.
De nuevo toda la cinta se desarrolla bajo el punto de vista del personaje interpretado por Tony Curtis, que en su registro, digamos serio, parece especializarse en estos retratos dramáticos, a veces biopics de personajes de otras razas, como la del indio en El sexto héroe (The Outsider, Delbert Mann, 1961) o la del ladrón, también de ascendencia italiana que hemos visto en Atraco sin huellas.
Personajes duros, que luchan por
sobrevivir en un país hostil hacia los extranjeros o, en el caso de El
rastro del asesino, con tintes casi autobiográficos cuando el propio
Curtis viene de una familia de inmigrantes húngaros, con una dura infancia de
orfanato en orfanato junto a su hermano, muerto arrollado por un camión, igual
que sucede en la película.
Deseo a todos los lectores de este blog unas ¡muy felices fiestas! Un fuerte abrazo.
domingo, 4 de diciembre de 2022
LORD JIM (Richard Brooks, 1965)
domingo, 20 de noviembre de 2022
2 X 1: "ANTWONE FISHER" y "EL GRAN DEBATE" (Denzel Washington)
Antwone Fisher (2002)
Procedente del teatro y de la pequeña
pantalla, Denzel Washington triunfa en el cine a finales de la década de los
ochenta, ganando el Óscar al mejor actor secundario con Tiempos de gloria (Glory, Edward Zwick, 1989), aunque el
espaldarazo definitivo se produce en 1992 cuando da vida a Malcolm X, dirigida por Spike
Lee. Una década más tarde, con el caché del actor por las nubes, Denzel
Washington prueba como realizador con Antwone Fisher.
En el debut del actor detrás de la cámara, Washington interpreta a un psiquiatra de la Navy que tiene que tratar a un marinero, que se revela contra todo y contra todos a causa de los malos tratos recibidos cuando era un niño. Un tema muy afín al director, que desarrollará ampliamente, años después, en su mejor película hasta la fecha: Fences (2016).
Antwone Fisher se basa en una historia real, escrita por el propio Fisher, con el racismo como telón de fondo (otro asunto recurrente en la filmografía de Washington), pero con el tratamiento que el médico ejerce sobre el paciente como argumento central del largometraje.
El flamante realizador crea cierto suspense en el desarrollo del filme cuando el facultativo se afana en descubrir el motivo por el que el marinero se comporta de esa manera para, de paso, poder curar su dolencia mental. Algo, si se quiere no muy original en este subgénero médico-paciente, pero que Washington estructura muy bien al tiempo que se vale de una más que adecuada puesta en escena para un director novato.
Como curiosidad hay que decir que Fisher trabajaba en la Sony, en el departamento de seguridad, cuando su historia comenzó a sonar en el estudio. El interés fue creciendo tanto, que los directivos de la compañía quisieron comprar los derechos para llevar la vida de Fisher al cine. El guardia accedió, pero puso como condición que él mismo fuera el guionista.
El gran debate (The Great Debaters, 2007)
Cinco años pasaron hasta que
Denzel Washington volvió a ponerse detrás de la cámara. En esta ocasión también
al frente del reparto, seguramente, igual que en la película anterior, para
conseguir más fácilmente la financiación necesaria.
El gran debate, que así se llamó la cinta en España, es otra película basada en hechos reales, donde un profesor (Denzel Washington), activista sindical, elige a un grupo de alumnos afroamericanos para concursar en los debates universitarios. Entre los elegidos se encuentra un estudiante conflictivo, con un pasado traumático y un presente más que problemático.
De nuevo el tema de las infancias
traumáticas y el del racismo sobrevuela la cinta. Esta vez en lugar de
médico-paciente, la relación que se establece es la de profesor-alumno. Es, por
tanto, una cinta de aprendizaje, pero con la misma tendencia que en Antwone
Fisher: la de ahondar en el pasado del joven para intentar resolver sus
problemas actuales y su incierto futuro.
La diferencia entre ambos filmes radica en que en El gran debate hay varias subtramas que enriquecen la cinta. Los personajes principales no se reducen solamente a dos, hay también otros compañeros que tienen cierto peso en la historia. Además, el personaje interpretado por Washington tiene una vida aparte de la docente, la de la lucha sindical frente a los poderes empresariales. Es decir, hay también una parte importante de denuncia social.
Esas secuencias, las del activismo político, y la violencia que incluso amenaza la integridad del protagonista, compiten con otro tipo de lucha: la de las discusiones entre los universitarios, que son en las que el director pone el acento; y las que dominan el metraje de esta atractiva película, que recrea el célebre debate entre una pequeña escuela de provincias contra la todo poderosa universidad de Harvard.

























