viernes, 12 de noviembre de 2021

LA PUERTA DE AL LADO (Nebenan de Daniel Brühl, 2021)

Pasado el ecuador del Festival de Cine de Sevilla, ayer tuvimos la oportunidad de asistir al estreno en España de la primera película dirigida por el actor hispano-alemán Daniel Brühl. El cineasta, que presenta su cinta a la Sección Oficial, fuera de competición, ha sido galardonado en el certamen con el premio Ciudad de Sevilla 2021.

 

La puerta de al lado, que así se titula la cinta, se desarrolla en su mayor parte en un bar céntrico de Berlín donde Daniel (Daniel Brühl), un actor de moda, entra para tomarse un café mientras hace tiempo para volar a Estados Unidos donde le espera una importante audición. En el local, su vecino Bruno (Peter Kurth), al que Daniel no conoce, se dirige a él, en un principio para criticar su manera de interpretar, aunque poco a poco irá desvelando otros oscuros intereses…

La película, que bien podría representarse en el teatro, es una obra two-hander, a dos manos, ya que prácticamente se desarrolla en un solo decorado, y se centra en el diálogo entre el propio Brühl, que casi hace de sí mismo ⸺el personaje es un actor, al que van a seleccionar para una película de superhéroes (en la vida real participa en series y películas del universo Marvel), habla bien español y además se llama Daniel⸺ y el sobresaliente Peter Kurth, que da vida a un personaje procedente de la Alemania del Este con cierto tufillo a expolicía de la Stasi.

Rodada correctamente por Brühl, tiene en su haber precisamente eso: no abusar de extremas angulaciones ni de otras técnicas barrocas tan típicas de director novato con ganas de experimentar. Si bien, la trama es bastante previsible y queda lejos de algunos filmes sobresalientes del mismo corte como La huella, Pura formalidad, Chinese Coffee o Interview, por nombrar unos pocos.

 

En concreto podríamos situarlo en la esfera de la citada Chinese Coffee (2000), el debut de Al Pacino como director de largometrajes de ficción. Filme que guarda ciertas semejanzas con el de Brühl al ser una suerte de autorretrato ⸺también lo es Interview (2007), dirigida e interpretada por Steve Buscemi⸺, una película notable poco vista por el público en general, donde el actor de El padrino se arriesgaba algo más con el rodaje y la interpretación, aireaba la cinta con algunos flashbacks y ofrecía un duelo de altura con otro pedazo de actor: Jerry Orbach.

Y es que el problema con La puerta de al lado puede ser ese: los antecedentes pesan demasiado, tanto por cantidad como por calidad, y sorprender con este tipo de película es muy difícil. Y eso que la cinta de Brühl toca de refilón temas sociales tan importantes como la gentrificiación, la lucha de clases o el de las dos Alemanias, todavía irreconciliables en muchos sentidos. Ambicioso, pues, en ese sentido, pero insuficiente para redondear un debut que, no obstante, puede ser el inicio de una prometedora carrera como realizador.   






jueves, 11 de noviembre de 2021

TRES PISOS (Tre piani de Nanni Moretti, 2021)

Si por algo echaba de menos el Festival de Cine Europeo de Sevilla, era por, entre otras cosas, las películas de directores como Nanni Moretti. Tres pisos, su flamante largometraje, es más un drama del estilo de La habitación del hijo (La stanza del figlio, 2001), que una comedia o crítica social similar a Caro diario (1993) y a la mayoría de las producciones que forman parte de su ya extensa filmografía.

 

Mientras en La habitación del hijo, la muerte del joven del título en un accidente de buceo desencadenaba toda la trama posterior, en Tres pisos también el accidente, esta vez de tráfico, del unigénito de la pareja protagonista hace que arranque la historia. El hijo se llama de nuevo Andrea y otra vez Moretti es el que da vida al padre, solo que bastante más maduro y estricto, al tiempo que la madre es Margherita Buy, colaboradora de Moretti y protagonista de Mia madre (2015), el último largometraje de ficción del director italiano, visto también en el festival sevillano.

Ahí se acaban las semejanzas entre las dos películas porque en Tres pisos Andrea sobrevive al siniestro, pero comete homicidio con el agravante de conducir bajo los efectos del alcohol. La ausencia del hijo es también el centro de atención, y no solo por los años de cárcel a los que le condenan, sino porque el padre ⸺a la sazón juez, por si había alguna duda del carácter autoritario del personaje⸺ es el que renuncia a verlo después de una fuerte discusión entre ambos, con maltrato del hijo hacia el padre incluido.

Y esta es una sola de las historias que desencadena la tragedia, las otras dos también arrancan en ese momento del accidente: el coche se empotra en la vivienda de un matrimonio joven que sospecha de su vecino, un anciano que ha podido abusar de la hija de la pareja. Por otro lado, una mujer con trastornos mentales heredados de su madre es testigo del atropello cuando se dirige sola al hospital a dar a luz, mientras su marido está ausente por trabajo.

Es decir, todos y cada una de los segmentos tienen que ver con la relación padres-hijos y las consecuencias de una educación fallida, por rígida, por abandono, por enfermedad o por desconfianza entre unos y otros. Primeros planos bien elegidos de Moretti, sin necesidad de palabra alguna, logran transmitir al espectador los críticos momentos en los que los personajes se dan cuenta de sus errores.

Son esos sucesos cotidianos los que configuran una cinta donde pequeños ⸺y grandes⸺ dramas confluyen hacia un brillante final con una secuencia made in Moretti. Conclusión que cierra el ciclo de un filme circular cuando tiene que ver con el edificio donde se desarrollan los tres episodios. Una metáfora donde finalmente el director reviste la historia de esperanza, y después de tanto disgusto parece querer decirnos que todavía se puede creer en el ser humano.      




miércoles, 10 de noviembre de 2021

FLEE (Jonas Poher Rasmussen, 2021)

Mediado el Festival de Cine Europeo de Sevilla, tuvimos la suerte de asistir ayer a la mejor película vista hasta el momento. Un documental que compite en la sección “Nuevas Olas” y en la “EFA” (European Film Academy), del director danés Jonas Poher Rasmussen, que presentó la joven productora del filme. La cineasta dijo haber trabajado codo con codo con el realizador y avisó al público presente en la sala de lo poco corriente que era la cinta al tratarse de un documental en su mayor parte animado.

 

La razón por la cual se decidió por la animación fue, entre otras cosas, la de proporcionar una «máscara» al protagonista y a su familia, todos ellos refugiados afganos que pondrían en peligro sus permisos de ciudadanía, y correrían el riesgo de ser deportados a Afganistán si se conocieran sus identidades. La productora también reconoció que los últimos sucesos acaecidos en aquel país le han dado, si cabe, un mayor punto de interés al relato. Un filme que utiliza insertos de imágenes reales de la época en la que ocurren los hechos narrados por Amin (nombre falso del protagonista aunque su voz sea la verdadera).

Todo el largometraje es un testimonio sobrecogedor de la huida de un país en guerra por parte de una familia que ya ha perdido al padre, desaparecido en la época del régimen comunista afgano y la guerra entre los talibanes y la Unión Soviética. El calvario de la llegada como refugiados a Moscú, las penurias de la vida en un país descompuesto por la caída del régimen comunista, la corrupción de la policía, «mucho peores que los traficantes de seres humanos», y el intento, varias veces, de salir de Rusia, son los episodios que se narran en la cinta.

Destacan, por su crudeza, el relato de la huida de las hermanas de Amín dentro de un contenedor por el mar Báltico, y el del protagonista junto a su madre en un pesquero que se hunde ante las miradas de los turistas. También el arresto de Amín y su hermano por la policía rusa, o el trayecto a través del bosque y la nieve de toda la familia, junto a otros refugiados, en manos de traficantes sin escrúpulos capaces de matar a los que no aguantan el ritmo y se quedan atrás.

La sinceridad de Amín al reconocer la vergüenza que sentía por su condición de refugiado ⸺y de homosexual en una familia árabe, con todo lo que eso significa⸺, le da aún mayor fuerza a un relato que reparte reproches por todos lados: a los reporteros que después de hacer su trabajo vuelven a casa sin solucionar nada, o a los turistas que ven la desgracia ajena como un circo al que hacer fotografías.

Flee (huir en inglés) es, por tanto, una historia encubierta pero real, que Rasmussen hace extensible a todos los refugiados cuando la desazón y la angustia del testimonio deforman los dibujos animados y su colorido para transformarlos en trazos monocromáticos expresivos. Figuras humanas concretas se convierten en sombras anónimas sin identidad, en siluetas distorsionadas por el miedo, que proclaman a gritos de una música estremecedora su sufrimiento.    






martes, 9 de noviembre de 2021

THE INNOCENTS (De uskyldige de Eskil Vogt, 2021)

El vacío que dejó aquel filme sueco de terror, Déjame entrar (2008), lo acaba de llenar The Innocents, una película que compite por el premio del público en la Selección EFA del Festival de Cine de Sevilla, sección destinada a las producciones nominadas a los galardones de la Academia de Cine Europeo.

 

Mientras en la cinta sueca un niño autista se hacía amigo de una moderna vampira, en la noruega que nos atañe, la pequeña Ida, recién llegada a una comunidad de vecinos, entabla amistad con Ben, un niño con ciertos poderes que todavía no controla, y que poco a poco irá compartiendo con su nueva amiga. El problema surge cuando el juego se convierte en una guerra entre Ben y la hermana de Ida, una discapacitada mental en apariencia inofensiva. Una batalla que pronto sufrirán todos los vecinos.

Trama muy atractiva del director y guionista Eskil Vogt, y segundo largometraje después de Blind (2014), cinta donde otra minusválida (una ciega) creaba todo un mundo imaginario en torno a ella. La calidad de la película se adivina desde la primera escena, en la que Ida abre los ojos después de una siesta en el coche. La duda de si todo lo que se narra a continuación no es más que un sueño flota en el ambiente, como en algunos largometrajes tan interesantes, pero tan diferentes, como 1917. Una duda que pronto se queda en el camino hacia un final que remite a El pueblo de los malditos, Los chicos del maízLa cinta blanca y otras cintas de terror.



Porque en The Innocents, el director logra un filme original del nada nuevo subgénero de “niños malvados”, con tensión creciente como corresponde a una buena película de miedo y secuencias para (no)olvidar si se quiere dormir bien. Pero también con interesantes reflexiones acerca de la educación de los niños, de la desatención en favor de otros que necesitan más ayuda, del reflejo de los padres en ellos...; y, claro, de los discapacitados mentales graves: ¿qué sienten? ¿Qué piensan? ¿Se dan cuenta de lo que sucede a su alrededor?

Preguntas que se añaden a ciertas afirmaciones que se deducen de la trama: los niños con superpoderes son mucho más peligrosos que los adultos debido, precisamente, a la inocencia que subraya el título, a no controlar sus capacidades y a no pensar en las consecuencias de sus actos. Parafraseando a Chicho Ibañez Serrador, la cuestión no es Quién puede matar un niño, sino A quién puede matar un niño.






lunes, 8 de noviembre de 2021

PARA CHIARA (A Chiara de Jonas Carpignano, 2021)

Con un arranque de película de género ⸺de gangsters, para ser más concretos⸺, al estilo de El padrino, pero con el realismo de la más reciente El traidor (Il traditore de Marco Bellocchio, 2019), comienza la película del director italiano-americano Jonas Carpignano, que compite por el Giraldillo de Oro aquí en el Festival de Cine Europeo de Sevilla.

 

Carpignano organiza una fiesta de cumpleaños de una familia de mafiosos para presentar a todos los componentes del clan, pero ya desde el principio su cámara se decanta por la adolescente Chiara (Swamy Rotolo), una niña de 15 años, la favorita del padre, el capo mafioso Claudio (Claudio Rotolo). A partir de un atentado al coche del progenitor, y de la posterior desaparición de este, Chiara comienza a darse cuenta de qué clase de familia tiene y de los negocios a los que se dedica.

A Chiara cierra la trilogía calabresa del director después de Mediterranea (2015) y A Ciambra (película que pudimos ver en el certamen sevillano de 2017, y que se llevó el premio al mejor actor), y lo hace con una historia rodada de la misma forma que su cinta anterior, con una cámara subjetivo-obsesiva con el personaje principal, que se introduce en la piel de la joven Chiara para que el espectador piense lo que ella piensa y sienta lo que ella siente, igual que lo hacía con Pío Amato, aquel magnífico pequeño actor de A Ciambra.

 

De nuevo Carpignano le saca todo el rendimiento posible a un elenco no profesional (la familia mafiosa Guerrasio es interpretada por la familia Rotolo, todos ellos estupendos, con la joven Swamy a la cabeza) en aras de un verismo que, no obstante, desaprovecha una trama que prometía más emociones por otra que, si bien favorece el realismo, se queda algo más plana.

Aproximación, pues, al mundo de la mafia desde el punto de vista de una adolescente que, a medida que su cuerpo y personalidad se van desarrollando, también ve cómo su mundo ideal se va transformando por otro totalmente diferente. Un filme con trazas coming-of-age, con aspiraciones de película de género, pero con resultado algo discutible.



domingo, 7 de noviembre de 2021

PARÍS, DISTRITO 13 (Les Olympiades, Paris 13e de Jacques Audiard, 2021)

Adelantándonos a la gala inaugural, pudimos ver en un pase de prensa matinal la primera cinta de la Sección Oficial del Festival de Cine Europeo de Sevilla. Filme elegido por la organización para el arranque por todo lo alto, seguramente debido al tirón que supone disponer de la última película de Jacques Audiard entre las ofertas de este, cada vez más prestigioso, certamen.

 

En París, distrito 13, cuatro personajes, tres mujeres y un hombre, de distintas nacionalidades, razas e inclinaciones sexuales se relacionan entre sí por distintos motivos (compañeros de piso, de trabajo o conocidos por un equívoco en las redes sociales), formando una serie de triángulos que cambiarán sus vidas para siempre. Una trama muy bien entrelazada si tenemos en cuenta que es el resultado de haber adaptado tres historias independientes del novelista gráfico Adrian Tomine.  

La nueva película del veterano cineasta francés se nos antoja que comenzó como un divertimento ⸺«siempre quise hacer una comedia romántica», ha confesado Audiard⸺, pero que en manos del avezado director de thrillers y cine negro, se ha convertido en un drama con cierto suspense por ver cómo terminan cada uno de los hilos. Es verdad que la típica estructura de comedia, chico-conoce a chica-se enamoran-se pelean-y se reconcilian, es en la que se apoya al menos una de las subtramas de este largometraje de vidas cruzadas. 

 

Una cinta en la que el cineasta galo ha bajado a la realidad del blanco y negro abandonando el colorido del polar por el que es conocido. Porque la expresividad del cine monocromático le viene muy bien a una trama realista de un espacio parisino multirracial como es Les Olympiades (así llaman al distrito 13, un conjunto de rascacielos de los años 70 conocido como el barrio chino más grande de Europa). De hecho, la única escena en color es aquella en la que uno de los personajes actúa mientras trabaja en su falso mundo de fantasías sexuales.

Buena película, por tanto, de un director que sorprende con un hábil cambio de registro para proponer una historia de intensas relaciones ⸺más intensas para unos que para otros⸺, con una cámara al servicio de los personajes cuando, gracias a la magia del cine, como ayuda a la contemplación, el director dilata el tiempo mientras fotografía a blancos, negros, amarillos, homosexuales, bisexuales o heterosexuales, es decir, a humanos. Personas que tienen una cosa en común: todos huyen de la soledad que caracteriza el mundo actual. 



sábado, 6 de noviembre de 2021

EL VIENTRE DEL MAR (Agustí Villaronga, 2021)

Por fin arranca el esperado Festival de Cine Europeo de Sevilla con el visionado de dos películas, una de la Sección Oficial y otra de la selección de cintas nominadas a los premios de la Academia de Cine Europea, ambas muy diferentes entre sí, que solo comparten el haber sido rodadas en su mayor parte en blanco y negro. Antes de reseñar el filme que más nos interesaba, París, distrito 13, veamos lo que dio de sí el segundo:

 

El vientre del mar (2021), película realizada por el veterano director balear Agustí Villaronga, adapta la novela “Oceano mare” de Alessandro Baricco, que, a su vez, es una versión del célebre naufragio que inspiró al pintor francés Théodore Géricault para realizar La balsa de la Medusa.  Como el cuadro y la novela, el largometraje de Villaronga simboliza la decadencia del ser humano abandonado a su suerte en el largo y tortuoso caminar por el mundo para al final descubrir una verdad terrible: la clase de monstruo que cada uno llevamos dentro.

Narrada prácticamente a dos voces, la de un oficial (Roger Casamajor), el médico de a bordo, y la de un marinero de color (Òscar Kapoya), el timonel de la fragata, la cinta adolece de excesiva teatralidad y afectación, pero le sobra fuerza visual gracias al expresivo blanco y negro. Los testimonios de los atormentados personajes, antagonistas, testigos y autores de los asesinatos, canibalismo y atrocidades varias, se superponen para al final ser uno solo. Voces que se organizan a través de una estructura no lineal, con saltos en el tiempo entre el juicio posterior al naufragio y los trágicos sucesos a bordo de la balsa, y con alternancia en la puesta en escena según el tipo de información que recibe el espectador.

 


Así, dependiendo de si es un relato de lo sucedido o son pensamientos en voz alta se suceden de forma intermitente hasta cuatro tipos de escenarios diferentes: desde los más convencionales que representan la balsa y la sala del juicio, hasta  el brechtiano donde no se esconde la artificialidad de lo expuesto ⸺la balsa se sitúa en un plató entre cuatro paredes⸺, pasando por otros dos oníricos (en color), fruto de la imaginación de los supervivientes y en consonancia con el tipo de narrativa usada por el autor de la novela. Eso sí, con la mar siempre presente como telón de fondo y como testigo de excepción de la tragedia.

El vientre del mar es, por tanto, una obra original, barroca, expresiva, demasiado teatral, pero contundente, que no gustará a todos (los comentarios a la salida no podían ser más contradictorios), pero que sí convenció al jurado del Festival de Málaga, del que salió victorioso (se llevó seis Biznagas, todo un récord), y además es la única película española que ha sido nominada a los premios de la EFA (European Film Academy).


miércoles, 3 de noviembre de 2021

XVIII FESTIVAL DE CINE EUROPEO DE SEVILLA 2021

Después de un año para olvidar, en el que contra todo pronóstico el Festival de Cine Europeo de Sevilla abrió sus puertas al público en plena segunda ola del COVID, vuelve el certamen especializado en películas del viejo continente. Y lo hace cumpliendo nada menos que dieciocho años, la mayoría de edad, tal como anuncia el teniente de alcalde de la capital andaluza. 

Un regreso con la pandemia bajo mínimos, pero todavía con riesgo, repleto de cintas que prometen, con muchas más que nunca compitiendo por la sección oficial y con otras ocupando espacios ya conocidos en anteriores ediciones como son “Las nuevas olas”, “Panorama Andaluz”, “Revoluciones permanentes”, “Selección EFA (European Film Academy)”, etc.

Este año de nuevo tienen cabida ciclos y retrospectivas, algunos tan atractivos como “Hacia otra historia del cine europeo”. Selección de ocho películas recién restauradas que configuran una historia singular del cine de nuestro continente. Cintas que van desde la obra codirigida y producida por Luis Buñuel, ¡Centinela, alerta! (1937), hasta El destino (Al-massir, 1997), filme realizado sesenta años después por el director egipcio Youssef Chahine.

Fotograma de El destino, de Youssef Chahine, obra maestra sobre Al-Andalus

Dentro de la programación también destacan sendos homenajes a dos cineastas: a la directora húngara Ildikó Enyedi ⸺participa en la Selección EFA con La historia de mi mujer⸺, que recibirá el premio del festival a su trayectoria; y al actor hispano-alemán Daniel Brühl, distinguido con el galardón Ciudad de Sevilla 2021 mientras se estrena como director en la Sección Oficial (fuera de competición) con la película La puerta de al lado (Next Door, 2021).

Precisamente, como hacemos siempre, prestaremos especial atención a la Sección Oficial, a los largometrajes que compiten por el Giraldillo de Oro. Este año participan directores tan carismáticos como Nanni Moretti, Kenneth Branagh o Jacques Audiard junto a otros que ya conocen lo que es ganar un premio en el festival sevillano. Me refiero a Clio Barnard, directora británica que con The Selfish Giant se llevó en 2013 el premio al mejor guion; o a Miguel Gomes, portugués asiduo al certamen, realizador conocido por la singularidad de sus propuestas: Tabú (proyectada en 2012 y 2013) y la trilogía de Las mil y una noches (Giraldillo de Plata en 2015) son dos ejemplos de su paso por Sevilla en anteriores ediciones.


Fotograma de "Belfast” (2021) la nueva película de Kenneth Branagh

Un festival, por tanto, que promete emociones y buen cine, al que tenemos la intención de asistir siempre y cuando las condiciones de seguridad sean las adecuadas y el virus nos deje disfrutar de las proyecciones, algo que no sucedió la pasada edición de ahí que tomáramos la decisión de, por una vez y sin que sirva de precedente, no acudir a nuestra cita anual con el cine europeo.

Crucemos, pues, los dedos y ojalá podamos ver todas las películas que ya hemos elegido del extenso y atractivo programa. Si es así, prometemos dar cuenta en este portal de lo acontecido en el XVIII Festival de Cine Europeo de Sevilla. 

LEER CRÓNICA Y RESEÑAS DE LAS PELÍCULAS DEL FESTIVAL.



miércoles, 27 de octubre de 2021

EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO V (V)

En el cine de Walsh la presencia de las mujeres es fundamental y en la mayoría de las ocasiones son decisivas en el devenir de la trama. Se puede decir que el éxito de la pareja es el gran tema en la filmografía del director. Como Fritz Lang o Nicholas Ray, Walsh ocupa mucho metraje en sus cintas en presentar las dificultades que atraviesan los amantes en un mundo hostil hacia ellos. Más optimista que sus colegas, Walsh suele rematar sus historias con finales felices donde el amor siempre sale triunfante. En High Sierra, sin embargo, el realizador se acerca más a Lang y a Ray gracias a un final tan trágico como romántico. Una conclusión que no gustó al director, pero que no tuvo más remedio que aceptar dado el rígido código de censura establecido que prohibía que el gánster se saliera con la suya.

Como Bogart, Ida Lupino da lo mejor de sí misma en un papel que incluso supera al de La pasión ciega. La relación entre ella y Bogart trascendió la pantalla para convertirse en rumor de romance, en un affaire que, a diferencia del que tuvo el actor con Lauren Bacall en Tener y no tener, nunca llegó a cuajar debido a la enemistad que surgió entre ellos en los últimos días de filmación. La vanidad fue la causa del enfrentamiento: Jack Warner quería que Ida Lupino encabezase los créditos y Bogart deseaba lo contrario.[1] Bogart sabía que llevaba las de perder y la tomó con ella: le hizo la vida imposible hasta que finalizó el rodaje. Tal fue el enfado de Lupino que prometió no volver a trabajar nunca más con Bogart.[2]

Hemos dicho que Walsh poco pudo hacer por variar el casting, sólo en el caso de Joan Leslie influyó algo cuando dirigió las pruebas que se le hicieron a la joven, en realidad una adolescente. Leslie cumplió perfectamente con su cometido interpretando a la egoísta Velma en sus dos vertientes, la de la frágil disminuida física de la primera parte y la de la desagradecida joven del final. Walsh protegió a Joan Leslie hasta el punto de no permitir que se dijeran palabrotas cuando la quinceañera,  “the young lady”, estaba presente (Moss 2011, p.192) y es que Walsh en aquel tiempo tenía una hija de la misma edad.

 A la principal virtud de la película, la gestión de unos caracteres que mantienen la complejidad, la poesía y el fatalismo de la obra de Burnett, se le suman el resto de elementos que hacen atractivo cualquier filme de Walsh. En especial, el vigor narrativo y el ritmo endiablado en las secuencias de acción; ambos muy bien secundados por la fotografía de Tony Gaudio. De la técnica de Gaudio destacan la focalización en los responsables de cada escena, manteniendo difuminado al resto; el elegante movimiento de cámara de lo general a lo particular, o al revés, una constante que se repite en el arranque de cada secuencia; y la estilizada colocación de las luces en ciertas secuencias claves (5.10), todo de acuerdo a las pautas del género. 

Aunque visualmente por lo que más se recuerda el largometraje es por las tomas de la persecución en la ascensión a Mount Whitney (5.11) y por los planos aéreos de la caza en la sierra. Allí, en la cima, la narración con imágenes mantiene la tensión que requiere la trama con la ayuda impagable del gigantesco decorado natural que acentúa la soledad del héroe. Nunca el paisaje fue tan determinante para enfatizar el tono dramático en un noir, algo que era más frecuente en el western. Para Walsh, enseguida veremos, ambos géneros no eran tan diferentes como en un principio puedan parecer.

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Leer el capítulo desde el inicio.



[1] Dos eran las razones que esgrimía Warner: lo bien que lo hizo Ida lupino en La pasión ciega, película de la que salió siendo una estrella; y las sospechas del aún tímido Comité de Actividades Antiamericanas acerca de Bogart y una supuesta pertenencia al partido comunista. Algo que se desmintió tras la comparecencia del actor, pero que provocó que Bogart, hasta ese momento poco activo políticamente, fuera con posterioridad simpatizante de los perjudicados por el senador McCarthy.

[2] Y cumplió su promesa, de hecho fue Ida Lupino la que propuso que Humphrey Bogart no participase en su siguiente policíaco: Out of the Fog (Anatole Litvak, 1941).






lunes, 11 de octubre de 2021

FALLING (Viggo Mortensen, 2020)

En 2015, después de veinticinco años observando cómo los técnicos y los directores hacían su trabajo, y escribiendo películas al tiempo que ejercía su carrera como actor, Viggo Mortensen se sintió preparado para dar el salto hacia la realización. Su madre, que sufría demencia, acababa de fallecer y el actor comenzó a escribir un nuevo guion que finalmente se convirtió en el debut como director: Falling.

John Peterson (Viggo Mortensen) es un piloto comercial que vive en California junto a su marido Eric (Terry Chen) y a su hija. Cuando su padre Willis (Lance Henriksen), un viejo granjero que vive solo en el campo, comienza a tener síntomas de demencia, John le convence para que se mude con ellos y pase allí sus últimos años de vida.

Aunque la película es fruto de la imaginación del autor, su origen se remonta a las notas que Mortensen escribió acerca de su madre. Tratando de recordar cosas sobre ella, comenzó a escribir «principalmente sentimientos más que hechos», que poco a poco se fueron transformando en una historia de ficción. Terminado el libreto, tuvieron que pasar cuatro años hasta conseguir el dinero necesario para llevar su proyecto a la gran pantalla. El ajustado presupuesto le obligó no solo a hacerse cargo del guion y la dirección, sino también de la producción, de la banda sonora… y de la interpretación, esto último fundamental para lograr los fondos.

Si bien la cinta es de ficción, Mortensen ha admitido cierto porcentaje autobiográfico en una trama en apariencia sencilla, pero tan compleja como complejas son las relaciones humanas. Así, en los flashbacks de los que se nutre el director para explicar los antecedentes de la familia protagonista, es en donde hay más escenas extraídas de la vida de Viggo Mortensen. Secuencias que tienen que ver con los recuerdos de la vida en la granja que la familia tenía en Dinamarca, a la que solían ir por vacaciones; con el trauma que sufrió Viggo, con tan solo once años, cuando se separaron sus padres; y con el hecho de haber tenido que cuidar de ambos y de lidiar con la demencia senil hasta el fallecimiento, primero de su madre y luego de su padre.

El que la historia se recubra de cierta verosimilitud no es óbice para que el núcleo central de la trama sea inventado y pivote alrededor de la difícil relación entre padre e hijo. Algo que vas más allá de la simple lucha generacional desde el momento en el que el director ha introducido el tema de la homosexualidad en una historia ya de por sí tensa. La “sinceridad” del anciano, aquejado de una enfermedad que le desinhibe a la hora de decir las cosas de forma directa, sin tapujos, no facilita las cosas a pesar de que el hijo no entra al trapo hasta el estallido final, cuando al viejo le da por criticar a la madre ya fallecida.

A medida que la batalla dialéctica se recrudece, el filme se agiganta y transciende hacia la audiencia que asiste no a una lucha padre-hijo, sino a una descripción —eso sí, algo maniquea— de las dos américas. Por un lado, la profunda, reaccionaria, homófoba y conservadora, personificada en el viejo Willis; y por otro, la más progresista y tolerante del resto de personajes: John y su marido, su hermana y los nietos. Se podría decir que Mortensen opina que los antagonistas pertenecen a épocas distintas, de ahí el enfrentamiento. Pero no nos engañemos, todos sabemos que existen muchas personas en la actualidad que comulgarían con las opiniones de Willis sin pestañear. 

Un filme ideal para el mejor registro de Mortensen como actor, el tranquilo y pausado, pero con otros aciertos como la inclusión de simbologías más o menos evidentes, aunque todas adecuadas. Dos ejemplos: uno, el pequeño John, recién nacido, rompe a llorar cuando el padre lo coge en brazos; dos, la película que dan en televisión cuando discuten Willis y John no es otra que Río Rojo (Red River, Howard Hawks, 1948), y la escena que se ve en pantalla es la pelea final entre padre e hijo: John Wayne —actor conservador donde los haya, en la ficción y en la vida real— contra Montgomery Clift —progresista y joven. No hace falta decir más.




El post es un extracto corregido para la ocasión del capítulo dedicado a Falling en mi libro: AUTORRETRATOS DE CINE. Las 50 mejores películas de Hollywood interpretadas por sus directores.


domingo, 26 de septiembre de 2021

MOBY DICK (John Huston, 1956)

La idea de filmar “Moby Dick” siempre estuvo rondando por la cabeza de John Huston, un admirador de la obra de Melville desde su infancia. Ya se intentó en dos ocasiones anteriormente, ambas protagonizadas por John Barrymore en el papel del capitán Ahab: la muda La fiera del mar (The Sea Beast, Millard Webb, 1926) y su remake La fiera del mar (Moby Dick, Lloyd Bacon, 1930) en los albores del sonoro. Ninguna de las dos resultó muy fiel a la novela de Melville, algo que John Huston quiso remediar con una versión más moderna y respetuosa con las intenciones del escritor.


No fue hasta 1954 cuando Huston por fin pudo llevar a cabo su sueño. Antes de empezar, el director tenía dos cosas muy claras: creía saber de qué trataba la película, y contaba con el actor ideal para llevarla a cabo: Walter Huston. El problema fue que su padre murió antes de que se diese el visto bueno a la viabilidad del proyecto. Huston pensó en varios candidatos como sustitutos, pero la Warner quería a Gregory Peck. Así que Huston no tuvo más remedio que conformarse, convencerse de que Peck era el mejor actor para el papel y, lo que fue más difícil, convencer también a la estrella. Peck no las tenía todas consigo, se veía demasiado joven para interpretar a un lobo de mar como Ahab, pero finalmente accedió ante la insistencia y seguridad que mostraba Huston. Años más tarde supo que el director nunca había pensado en él como primera opción, que le había engañado debido a la presión de los productores. Nunca se lo perdonó.

A pesar de no estar muy cómodo con el rol que le había tocado, Gregory Peck se esforzó por parecer un Ahab enloquecido que en su delirio logra convencer a la tripulación para que lo siga hasta el infierno. Ante unas críticas no demasiado buenas, pues nadie se imaginaba al bueno de Peck en ese endemoniado papel, el actor se defendió culpando de su relativo fracaso al exceso de prosa del guion —uno de los fallos de la película—, y a la falta de fuerza de un registro que no dominaba en aquel momento. Huston, no obstante, siempre elogió la actuación del actor y aseguró que las generaciones futuras, menos influenciadas por los papeles de galán asociados a la estrella, sabrían valorar su interpretación.  

El director tenía razón: Peck hace un muy digno Ahab. Además los posibles defectos de idoneidad del actor son compensados por las extremas angulaciones de cámara de Huston que inciden en el drama cuando éste lo necesita, y sitúan al capitán en posición dominante con respecto al resto de la tripulación. Acerca de la edad de Peck (38 frente a los 58 que se supone tenía Ahab), su interpretación y el maquillaje minimizan bastante el problema; algo que no sucede con Richard Basehart, un personaje, el de Ismael, que frisaba la veintena y que en la película se muestra incapaz de disimular las cuarenta primaveras que en realidad tenía el actor.




Decimos que Huston siempre tuvo claro de qué trataba la novela: él creía que todo lo que sucedía en el libro era consecuencia de la blasfemia cometida por Ahab cuando consideraba que la ballena era una representación de Dios, que Dios era un ser malvado que disfrutaba torturando a los hombres. Para escribir un guion que tuviese en cuenta ese tema central, el director encargó el correspondiente tratamiento a Ray Bradbury. 

El estilo de Bradbury, según el realizador, era similar al de Melville a pesar de ser un especialista en relatos de ciencia ficción. Bradbury reconoció que Melville y él tenían las mismas raíces: Shakespeare y La Biblia, pero le confesó a Huston que nunca había podido con “Moby Dick”. Huston no se preocupó demasiado, le entregó una copia del libro y le dijo: “lee lo que puedas y dime mañana si somos capaces de matar a la ballena blanca”.

Para “matar a la ballena”, Huston gastó mucho tiempo y más dinero. El rodaje en Madeira, Irlanda y Canarias se realizó en condiciones muy duras debido al mal tiempo y al fallo de los distintos artilugios mecánicos que simulaban al cetáceo, la mayoría de ellos perdidos en el océano. El último, el utilizado en Canarias, era una ballena de goma de más de ochenta pies, diseño precursor del utilizado en Tiburón (Jaws, Steven Spielberg, 1975). Precisamente, la segunda mitad de la película de Spielberg se considera una versión moderna de Moby Dick, donde el cazador de tiburones interpretado por Robert Shaw era un Ahab redivivo, y el monstruo, si bien era un escualo en vez de una ballena, seguía siendo del color de la muerte: blanco.

Con el buque que Huston compró para simular el “Pequod” tampoco le fueron muy bien las cosas: se desarboló hasta en tres ocasiones. Tantas calamidades las achacó Huston en sus memorias a una maldición divina por haber realizado el largometraje que tan mal dejaba al Todopoderoso: “Moby Dick es la película más difícil que he hecho en mi vida. Perdí tantas batallas mientras la hacía que llegué a pensar que mi ayudante de dirección estaba conspirando contra mí. Luego comprendí que solamente era Dios”. 


Mi interpretación es ligeramente diferente a la de Huston: El mal reside en el interior de Ahab que parece como poseído por el demonio. Hay un par de ocasiones en Moby Dick en las que Ahab habla de su conflicto interno, de cómo intenta en vano resistirse a continuar con su obsesión por matar a la ballena: “Ahab debe temer a Ahab”, exclama el capitán cuando discute con su segundo. 

Por tanto, el verdadero Leviatán es el odio y la venganza de Ahab, mientras que la blasfemia de la que habla Huston es en realidad el ritual diabólico que celebra el capitán con la dotación, la ceremonia satánica que templa el acero con la sangre de los marineros para fabricar el arpón que dará muerte a la bestia. El combate entre Ahab y la ballena no es otra cosa que el reflejo de su lucha interior, batalla a la que ha arrastrado a toda la dotación. Hasta el segundo, que siempre se había mantenido al margen, al final se une al frenesí de destrucción y muerte. 

En la escena final, Ismael se aferra al ataúd de su amigo Queequeg, lo único que queda del “Pequod”, al tiempo que un remolino se traga al ballenero y lo conduce directamente al infierno. “La gran mortaja del mar envuelve al ‘Pequod’, a su dotación y a Moby Dick, sólo yo escapé para contarlo.”, dice Ismael en la última de las simbologías de una película que es de principio a fin una bella y trágica metáfora.


El post es un extracto corregido para la ocasión del capítulo dedicado a Moby Dick en mi libro: CINE Y NAVEGACIÓN. Los 7 mares en 70 películas



lunes, 6 de septiembre de 2021

EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO V (IV)

High Sierra no es sólo una película de transición entre géneros, sino la primera película cien por cien noir, la que inaugura el ciclo en Hollywood, justo antes de la que se suele considerar como la pionera: El Halcón Maltés (The Maltese Falcon de John Huston, 1941). Si Huston, en su primera experiencia como realizador,[1] dirige a Bogart en el característico papel de detective, que se repetirá hasta la saciedad en el ciclo negro, Walsh retrata unos meses antes un mundo ambiguo donde los “buenos” no lo son tanto (el policía corrupto; Velma, la teórica frágil adolescente, termina comportándose de forma vulgar y egoísta; los detestables periodistas, etcétera) y donde los “malos” tampoco está claro quiénes son.

En El último refugio la negrura de los personajes va pareja a la fatalidad que los envuelve. La muerte amenaza a Roy Earle desde el arranque de la película, y él se siente precipitado hacia el final sin que pueda hacer nada por evitarlo. A la citada advertencia de Doc se unen un par de signos que anticipan la conclusión como si fueran flash-forwards: la montaña desafiante, que desde los créditos anuncia la tragedia (5.6) y será la particular “cima del mundo” para Earle en el momento de morir, algo que repetirá Walsh con James Cagney en Al rojo vivo (White Heat, 1949);[2] y el perro “Pard”, con el que se encariña Roy a sabiendas de que es una mascota gafe que ha visto morir a sus dueños anteriores (5.7).[3] 

 Pero quizás la señal más clara de lo trágico del filme sea la personalidad del propio Roy Earle, encarnado por Humphrey Bogart. Al tiempo que Earle corre hacia su destino en Mount Whitney, Bogart lo hace hacia el estrellato. Nadie como el actor para interpretar al héroe walshiano solitario y autodestructivo que inicia un viaje sin retorno.[4] Si Hellinger confiaba en Bogart, Huston no se quedaba atrás cuando opinaba que:

“Bogie era un hombre de estatura media, no particularmente notable fuera de la pantalla, pero algo sucedía cuando estaba interpretando el papel adecuado. Aquellas luces y sombras se transformaban en una personalidad diferente y más noble: heroica como en El último refugio” (Huston 1998, p. 110).

A medida que avanza el metraje, el actor se va despojando, poco a poco, del personaje secundario que hasta entonces había interpretado. El matón sin escrúpulos, odiado por el público, consecuente con un villano plano y meridiano en sus acciones, se vuelve complejo, errático y querido por el espectador que al final de High Sierra llora su pérdida.

En el itinerario existencial, el héroe se deja acompañar por Marie (Ida Lupino), la que al final será su amor, alguien, que como él, sólo conoce el escape como solución y que descubrirá que la verdadera libertad se encuentra en la muerte. Walsh va tejiendo progresivamente la historia de amor entre Marie y Roy a base de primeros planos expresivos que van acercando a los personajes (5.8 y 5.9),[5] pero hasta que Velma no rechaza a Roy, éste mantiene un debate interior para decidir si debe quedarse con la joven inválida, que representa el cambio, o si continúa con la huida hacia delante con su compañera de refugio como amante. La atracción que Roy siente por Velma también se puede interpretar como la empatía que siente el expresidiario, que es marginado por la sociedad, por la también desplazada debido a su condición de minusválida. De cualquier forma, el de­sengaño que Roy sufre cuando Velma se recupera despeja cualquier duda: su amada es Marie; y su lugar, ninguno.


Leer el capítulo desde el inicio.

[1] Huston, además de participar en el guión de High Sierra, no se perdía lo que sucedía en el plató, asistiendo casi todos los días al rodaje. Un aprendizaje que seguramente le vino muy bien para su primera película.

[2] Y de la cima de Al rojo vivo, con incendio incluido, a las llamas del final de, por ejemplo, Mando siniestro, con un Walter Pidgeon que anticipa al personaje de James Cagney por mantener una extraña relación edípica con su madre.

[3] Un perrito que era propiedad de Humphrey Bogart y que en realidad se llamaba “Zero”. Las mascotas son otra de las constantes en el cine de Walsh. El director era un enamorado de los animales y siempre que podía los empleaba como elemento dramático en sus películas. Como ejemplo, recordamos al can casi gemelo a “Zero”, protagonista unos años antes del policíaco en clave de comedia, Mi chica y yo (Me and My Gal, 1932).

[4] De nuevo nos remitimos a James Cagney en Al rojo vivo, pero también a Errol Flynn en Murieron con las botas puestas (They Died with Their Boots On) o a Edward G. Robinson en Alta tensión (Manpower), ambas del mismo año que El último refugio. No son los únicos ejemplos de héroe walshiano, hasta las heroínas como el personaje de Ida Lupino en The Man I Love (1947) son similares, y no digamos los protagonistas del ciclo bélico, como el bandido que encarna Errol Flynn en Uncertain Glory (1944), o el as de aviación al que da vida Edmond O’Brien en Fighter Squadron (1948), al que llegan a llamarle, literalmente, “lobo solitario”.

[5] La insistencia de Walsh en los primeros planos irritaba bastante a Hal Wallis y se convirtió en motivo de disputa entre el productor y el director sobre todo a partir de su siguiente película, La Pelirroja (The Strawberry Blonde, 1941). 




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