Desgarradora la película que pudimos ver ayer en la Sección
Oficial del Festival de Cine Europeo de Sevilla. El director canadiense Xavier
Dolan, que viene con un premio en Cannes debajo del brazo, fue certero en su
disparo directo a los corazones de los espectadores y creemos que salió
triunfante en una proyección donde no se oía una mosca, tan sólo un reloj de
cuco.
La cinta es una coproducción Canadá-Francia —de ahí que se
presente al certamen—, y trata un tema algo manido en obras de teatro, filmes,
series y hasta documentales: las reuniones familiares al cabo de los años y los
conflictos que llevan consigo. Una trama que siempre ha dado buenos resultados,
incluso magníficos (pensemos en Celebración, Larga jornada hacia la noche
o El
desencanto, entre muchísimas otras), quizás por el hecho de que el
espectador pueda verse reflejado en ella.
A pesar de un argumento tan poco original, Xavier Dolan ha
sabido darle una vuelta de tuerca cuando el motivo de la reunión es el regreso
del hijo pródigo, Louis, que después de doce años ausente viene con una terrible
noticia que dar: tiene una enfermedad terminal; se muere. Louis pronto comprobará que
sus problemas en realidad son los más sencillos, tan sólo la muerte, comparados
con la complejidad de la convivencia día a día en el seno de la familia que dejó
atrás.
La película posee una estructura muy definida, un acto por conversación
entre el recién llegado y cada uno de los miembros de la familia: su hermana
pequeña, el mayor (Vincent Cassel), la madre (Nathalie Baye) y su cuñada
(Marion Cotillard). Sin disimular el origen teatral de la cinta, Xavier Dolan
incluye ligeros flashbacks que dan
algunas pistas acerca del pasado de esta familia disfuncional, de los buenos
recuerdos, de los viejos traumas pendientes de resolver.
Con el suspense de cuándo se va a decidir Louis a contar la
verdadera causa de su regreso, el filme va revelando lo dependientes que son
todos y cada uno de ellos del recién llegado, el único que ha triunfado, el que
podría haber mantenido unida la familia si no se hubiera ido. Los diálogos a
flor de piel, los rostros rozando el objetivo, la luz escasa, revelan que la
familia espera desesperadamente la ayuda del exterior. La noticia que trae
Louis puede ser la bomba que destruya lo poco que queda.
Cinta de actores (el elenco es extraordinario), y de hábil
director, el largometraje contiene además una de las mejores escenas finales —por
las que se puede recordar toda una película— vistas hasta ahora en el presente certamen,
o en cualquier otro.
“Una guerra”, así de escueto y sencillo es el título de la
nueva película de Tobias Lindholm (casi como una continuación de su excelente A Hijacking , "Un secuestro", con la que tiene muchos elementos en común). Dos palabras, unas y otras, que en su concisión encierran toda la
complejidad posible en un mundo tan crispado como el que nos ha tocado vivir. Con A War, Tobias Lindholm ha querido enumerar algunas de las consecuencias que puede
acarrear un conflicto bélico en la vida de los soldados que allí combaten y en
la de sus familias. Tarea nada fácil, pero resuelta de forma brillante, en nuestra
opinión.
Claus Pedersen (Johan Philip "Pilou" Asbaek, actor en primera línea del star system escandinavo, presente en
todas las películas importantes que vienen de allí, también el protagonista de A Hijacking) es el oficial de mayor
grado al mando de un destacamento danés en el frente de Afganistán. Tras sufrir
algunas bajas decide acudir él mismo a las patrullas en vez de supervisarlas
desde el centro de operaciones, como es su obligación. En pleno ataque del
enemigo, toma una polémica decisión para salvar las vidas de sus soldados, pero
no puede evitar daños colaterales entre la población civil. Suspendido de sus
funciones, es enviado de vuelta a casa a la espera de ser juzgado por crímenes
de guerra.
El director danés Tobias Lindholm se atreve a abordar el
espinoso asunto que enfrenta al respeto a la ley por encima de todo, contra la
comprensión hacia personas que se juegan la vida y tienen que tomar decisiones
en décimas de segundo. Algo que no es nuevo, pero que el realizador gestiona desde la posición neutra del crupier que se limita a repartir las
cartas para que sea el espectador el que finalmente tome parte en el juego.
Y la baraja es harto complicada. Por un lado, las
ansiedades del frente, las situaciones extremas por las que personas
corrientes, por muy preparadas que estén, tienen que soportar en territorio
ajeno donde viven otros seres humanos que, cómo ellos, tienen familia y aspiran a
una vida mejor. Lo malo es que a simple vista no se distinguen esos lugares
comunes: los cascos, los uniformes mimetizados, la tez pálida, los cabellos
rubios frente a los burkas, las barbas y la tez morena. Parecen seres de
diferentes planetas; y no lo son.
Por el otro lado se sitúa la batalla cotidiana, la
de los que se quedan en casa esperando el regreso del soldado. Una lucha
también difícil de llevar, donde el objetivo es mantener la estructura de la familia
intacta. Cuando ambos mundos se encuentran, en el caso de A War, no es
precisamente para recuperar lo que dejaron atrás, sino para enfrentarse a
otro dilema: al de la aplicación de una justicia implacable que amenaza con
destruir lo poco que queda de su vida anterior.
Dilemas morales entre compañeros, tensión entre abogados,
remordimientos en los acusados, presión desde las familias, son algunas de las
fuerzas que entran en colisión en una cinta para el debate, muy bien rodada
desde el realismo, tanto en las escenas domésticas como en las bélicas. Y aquí hay que decir que nada fue igual desde Salvar al soldado Ryan; todas las películas que vinieron después se benefician
de una tecnología donde el verismo en la acción es siempre uno de los activos
más importantes; igual que sucede en A War.
Por cierto, ¿se trata de la segunda parte de una trilogía que comenzó con la muy citada A Hijacking y que puede hacer historia en el cine europeo?... Lo ignoramos, pero estaremos atentos a Tobias Lindholm.
De Finlandia viene esta correcta película del casi
debutante en el largometraje, Juho Kuosmanen. Un biopic
acerca de la figura legendaria del boxeo finés, Olli Mäki, que no nos cautivó
demasiado quizás debido al fulgurante arranque del festival de cine europeo de Sevilla y a otra cinta escandinava
que pudimos ver antes: A War, de la que hablaremos en su
momento.
Olli es un panadero, un joven de pueblo que triunfa en el
boxeo amateur y que acaba de dar el salto al deporte profesional. Disputar el
campeonato del mundo es la propuesta que le acaban de hacer y todavía no se lo
puede creer. Eso significa tener que trasladarse a la capital, entrenar mucho y
perder peso. Olli está dispuesto a todo siempre que en su aventura le acompañe Raija,
la mujer de la que acaba de enamorarse.
Casi todos los tópicos del boxeo: el afán de superación, el
sacrificio, la competencia y los oscuros asuntos financieros, aparecen en una película
poco original en ese sentido. Un filme que, no obstante, se sostiene gracias al
contraste entre el entrenamiento de un deporte tan violento, y la evolución de
una tierna y hasta bucólica historia de amor entre dos jóvenes. La colisión
entre ambos mundos será inevitable: Olli se debate entre aislarse de su novia
si quiere estar en condiciones de disputar el combate con ciertas garantías de éxito,
o seguir con ella a pesar de la prohibición explícita de su entrenador.
La mayor virtud de la película, a nuestro entender, es el
aspecto formal y la ambientación, ambos elementos muy unidos, todo un acierto
del director. La trama, como se ha dicho, se encuentra basada en una historia
real que transita por el año 1962 y todo, el vestuario, el atrezzo, los
peinados, el maquillaje, etc., son los de la época. Tan conseguido está el diseño
de producción, que nadie diría que no se trata del propio documental que se
rueda dentro de la cinta (un buen ejemplo de “cine dentro del cine”, estilo felliniano).
Pero si la
ambientación es de diez, la puesta en escena y la forma de rodar, en blanco y
negro, con una cámara en permanente movimiento, casi subjetiva, siguiendo al protagonista,
es maravillosamente engañosa. Sabemos que la cinta se ha rodado en 2016, pero
posee todo el encanto de los largometrajes de las nuevas olas que surgieron en Europa
en los sesenta. Parece extraído de la filmografía del primer Polanski, o más
bien —por la temática pugilística— de su compañero Jerzy Skolimowski. La nostálgica
frescura que destila la película nos hace situarnos en los cine clubes de esos
años donde directores disidentes con los regímenes autoritarios soviéticos se
jugaban sus carreras.
Quizás esto último sea lo que no cuadre del todo. Finlandia
fue un país que a pesar de las concesiones que tuvo que hacer a la URSS al
final de la Segunda Guerra Mundial, se mantuvo neutral en la Guerra Fría. Es
verdad que algo de política hay en la cinta, pero es más la denuncia hacia los
sectores capitalistas que organizan el combate, que a otra cosa.
Si lo que pretendía el director era emular no solo la forma
sino también la combatividad de los realizadores de la Europa Oriental en los
años sesenta, entonces ha fallado en su intento. Si su objetivo era mucho más
sencillo —y es lo que creemos—, es decir simplemente mostrar una historia de
amor donde para el protagonista el triunfo sentimental es más importante que el
deportivo, entonces el director ha acertado; aunque su acierto, eso sí, haya
sido más con el envoltorio que con el contenido.
La primera jornada del Festival de Cine Europeo de Sevilla
2016 giró en torno a la mujer. Ayer pudimos asistir a dos cintas con ese tema
como denominador común, aunque muy diferentes en el género, en la época
(primera mitad del siglo XIX, la primera, y primeros compases del XXI, la
segunda), y que además competían en distintas secciones:
UNE VIE
La película del director Stéphane Brizé —que se ve le ha
gustado el festival pues es de los realizadores que repiten—, es un retrato de
época tal como corresponde a la adaptación de la ópera prima de Guy de
Maupassant. Pero, sobre todo, es la constatación de las dificultades por las
que la mujer de cualquier estamento social (¡ojo! no sólo las de clase baja) debia pasar en aquellos años debido
a los convencionalismos, a las tradiciones, a la religión y al machismo
imperante.
La película se narra bajo el punto de vista de Jeanne
(Judith Jemla) y arranca en el momento en el que la joven de familia acaudalada
sale del convento, donde se le enseña todo menos a transitar por la vida. Un
matrimonio de conveniencia y una noche de bodas traumática no es nada más que
el principio. Desengaños, infidelidades, traiciones, enfermedades
y todo tipo de calamidades se aguantan peor desde el lado de la sufridora que
desde la postura del que se va de cacería o del hijo que vive a costa de la madre.
Si a eso se le une un reverendo que
en vez de solucionar un problema lo que consigue, en nombre de Dios, es provocar el desastre, pues el dramón está
servido. Lo que podría ser un melodrama estilo Orgullo y prejuicio se
torna en tragedia cuando se le despoja de todo el glamour y se observa lo que
se esconde detrás de una historia de amor y lujo. Así, la luminosidad de las lámparas de los bailes de salon se convierte en la luz mortecina de las velas de los largos días invernales; y los románticos duelos se transforman en asesinatos a sangre fría.
El director aborda la trama de forma lineal, pero
episódica; digamos, y salvando las distancias, como haría Tarkovsky pero con estructura clásica. Con el
maestro ruso coincide en los insertos a base de flashback de recuerdos felices, y con el ropaje telúrico de una
película que transcurre en la campiña normanda. Las estaciones del año son
utilizadas por el realizador de Une vie como compartimentos estancos donde guardar las
secuencias del filme: la primavera y el verano coinciden con los instantes de
felicidad; mientras que el otoño y el invierno sacuden el cuerpo y el alma de la
protagonista que ve como su vida se deshace, al tiempo que el sonido del
crepitar del fuego de una chimenea que ya no calienta se convierte a veces en la única
banda sonora de la película.
TONI ERDMANN
Mientras Une vie competía en la sección
Oficial, la segunda película que tuvimos la suerte de ver pertenece a la EFA,
es decir a las cintas seleccionadas para los premios de la Academia Europea de
Cine. Premiada en Cannes y propuesta por Alemania para los Óscar, este filme de
la directora germana Maren Ade es una delicia para el espectador, a pesar de su
larga duración:
¿Qué serías capaz de hacer para reconducir la vida de tu
hija, cuando te sientes culpable de que viva de esa forma? Esa es
la pregunta que la realizadora parece hacerse desde el comienzo de esta
original tragicomedia que estamos seguros de que va a dar mucho que hablar en los próximos meses.
Maren Ade describe una familia desestructurada formada por
un matrimonio divorciado donde él es un profesor de música cuya vida bohemia es un desastre. Winfried, que así se llama (interpretado por
un magnifico Peter Simonischek) padece del corazón, se refugia en un perro
moribundo y en su particular y extravagante sentido del humor. Por otro lado, Inés (Sandra Hüller,
tan fría como adecuada para su papel) es la hija que vive en Bucarest. Ejecutiva
agresiva y déspota con sus subordinados —de uno de ellos se aprovecha para
vivir una falsa aventura basada en el sexo— no trabaja para vivir, sino todo lo contrario.
La existencia de Inés transcurre en
continuo estrés, sin importarle demasiado que su profesión consista en
externalizar servicios para empresas, aunque eso signifique el despido de
cientos de trabajadores. Cuando Winfried acude a ver a Inés por sorpresa se da
cuenta de lo infeliz que es su hija. Entonces decide inventarse un personaje
(Toni Erdmann) para intentar cambiar la vida de su hija.
Atractiva historia para una película donde la comedia y el
drama se dan la mano para gestionar situaciones muy divertidas que van a tener
consecuencias en la relación entre padre e hija y en las vidas de ambos. A Toni Erdmann le basta una peluca y unos dientes postizos para poner patas arriba la
vida de su hija y la de la empresa donde ella trabaja. Todos se verán afectados
por la presencia de un personaje que sólo pretende que la gente se tome un
respiro, se mire al espejo y se haga la última gran pregunta que nos propone la
directora: ¿merece la pena vivir así?
Un año más se acerca el momento de celebrar la fiesta del
cine europeo en la capital andaluza. Del 4 al 12 de noviembre se proyectarán en
Sevilla más de doscientas películas distribuidas en las diferentes secciones de
las que consta el certamen. Algunas ya tradicionales y otras novedosas, pero
siempre con un nivel que cada año parece superarse, y con más de una sorpresa
como vamos a ver a continuación.
Con un estupendo cartel dedicado a los “malos” de la película (por aquello de la edición número 13),
el festival promete emociones. En primer lugar desde la sección oficial que
este año cuenta con la participación de directores consagrados como Philippe
Grandieux (recuerdo el impacto de Sombre), Olivier Assayas (cómo nos
gustaron Finales de agosto, primeros de septiembre, Demonlover o Clean)
o Ulrich Seidl, asiduo al festival. En la actual edición coincide una nutrida representación francesa y bastantes galardonados en Cannes en
sus distintas categorías, lo cual garantiza calidad en las proyecciones.
Nos repetimos año a año, pero siempre recomendamos desde
estas líneas y prestamos especial atención a la sección de los premios EFA
(European Film Academy), pues allí suelen concentrarse los mejores filmes del Viejo Continente. Este año podremos asistir a cintas tan
atractivas como A Warde Tobias Lindholm, del que ya disfrutamos en años anteriores con el guión de The Hunt o la realización de A Hijacking; El día más feliz en la vida de Olli Mäki, apuesta de Finlandia para los Óscar de prácticamente un debutante como es Juho Kuosmanen; o Sieranevada,
la nueva propuesta del rumano Cristo Puiu (¿recuerdan La muerte del Sr. Lazarescu?).
Las Nuevas Olas, Resistencias, Panorama Andaluz, Shot Matters!,
Tour/Detour, etc., son otros apartados tan sugerentes como los descritos
anteriormente. De hecho, del último señalado intentaremos no perdernos el
documental del veterano Bertrand Tavernier, Las películas de mi vida,
cuyo título original (Voyage à travers le
cinéma français) parafrasea el excelente filme de Martin Scorsese y promete
ser tan interesante como él.
En el apartado de ciclos y retrospectivas, destacan el
dedicado a la actriz y directora Valeria Bruni-Tedeschi con una trayectoria artística
que da vértigo y que pudimos admirar aquí hace un par de años protagonizando la
película ganadora del premio del público: El capital humano.
Valeria Bruni-Tedeschi en "Actrices"
Mucho a lo que asistir en tan solo una semana. Intentaremos
“sacrificarnos” y darnos un atracón de buen cine, del que normalmente no se
suele ver en las carteleras. Esperamos que la suerte nos acompañe a la hora de
elegir las proyecciones, y prometemos dar testimonio de todo lo que alcancemos
a ver en los siguientes días.
Uno de los movimientos cinematográficos que más nos
interesan y que no podía faltar en nuestra sección analítica es la Nouvelle Vague. No es la única vez que
tratamos a un autor de dicho grupo (aquí se puede repasar la entrada sobre
Claude Chabrol), aunque sí la primera en la que nos detenemos para hablar de la
obra de quizás el director más polémico de la nueva ola francesa: Jean-Luc
Godard.
El debate sobre el realizador, que lejos de haberse cerrado aún
sigue dando que hablar, se mueve tanto por la sinceridad —o la falta de ella— y
por la vigencia de su cine, como por el aspecto autocomplaciente y críptico que
tanto irrita a algún sector de la crítica, el mismo que no duda en calificar a
su obra como tendente a la boutade.
Aunque admitimos que gran parte del cine de Godard ha
envejecido mal, sin embargo no dudamos de la intención rompedora del cineasta en
sus primeros años, quizás la más radical y comprometida políticamente de su generación. Desde
luego nadie podrá negar que Godard, junto a los Truffaut, Resnais, Rivette o
Chabrol, tuvo en su haber el lograr darle frescura a un cine que se estaba
agotando, y en sentar las bases del cine actual de calidad, un cine más ecléctico
que mezcla la modernidad de autores como Godard con el clasicismo narrativo de
siempre.
Dos o tres cosas que sé de ella es un buen ejemplo de aquellas
primeras cintas de Godard donde primaba la descomposición del modelo
institucional clásico impuesto por Hollywood. La no-trama de la cinta, el
discurso de personajes/actores que mezclan realidad con ficción, el manejo arbitrario
—no tanto— de cámara y encuadre, la susurrante voice over (la del propio Godard) y la intelectualidad de todo el
conjunto configuran un modelo radicalmente opuesto a todo lo que se venía
haciendo anteriormente.
Sólo hay que fijarse en el arranque para darse cuenta de que
algo estaba cambiando en el cine europeo: los primeros encuadres presentan a
Marina Vlady, Godard habla de ella como la actriz que es, la describe con
detalle y al final observa como gira la cabeza hacia un lado, pero "esa mirada no tiene importancia". Marina habla con el espectador y nombra a
Bretch. A continuación el objetivo la sitúa en el lado contrario y ahora Godard
la describe como Juliette, el personaje. La joven vuelve a mirar a otro lado, y
Godard insiste en que ese movimiento no supone nada especial. En dos planos se
resume perfectamente lo que Godard pretende: confundir realidad con ficción o,
mejor dicho, desmontar lo poco de ficción que hay para que el espectador pueda
reflexionar sobre lo que se dice, sobre las imágenes que ve, sin el artificio
de dejarse llevar por la acción, por la “falsedad” del cine. La cita de Bretch
no es gratuita.
A lo largo de la película la estructura clásica se difumina
hasta desaparecer: así, un niño hace sus deberes, lee la redacción sobre el
compañerismo, pero luego dispara a la cámara con una metralleta de juguete; Juliette
lleva a su hijo a una guardería que en realidad es una casa de citas; Juliette engaña
a su marido o se prostituye junto a su amiga, con la mayor de las indiferencias, una actividad más, como la de ir de compras o tomar un café; etc. Es decir, Godard
destroza la narrativa acostumbrada basada en la presentación, el nudo y el desenlace
y la sustituye por una agrupación premeditadamente inconexa de imágenes donde
las ideas prevalecen sobre cualquier atisbo de argumento. Es una forma de
diferenciar, de reivindicar, el nuevo cine revolucionario frente al clásico
asociado a la burguesía. Todo es política en el cine de Godard.
Así plantea el filme en su conjunto, pero también en cada
secuencia, como vamos a ver enseguida. En las escenas concebidas por Godard los
personajes confunden diálogo con pensamientos, y la acción carece de
continuidad y de relación con la dialéctica o con el discurso del narrador:
La secuencia que acabamos de ver sigue el mismo esquema que
el resto de la película: Godard intercala planos generales de una ciudad, con
escenas donde los personajes deambulan por el metraje sin ninguna razón
aparente. La cinta, como se ha dicho, carece de estructura, desde luego nada
que ver con la narrativa clásica de la que se aleja definitivamente tras un
amago de argumento más o menos legible; algo que se puede resumir con el
visionado de esta secuencia, que podría ser la primera o la última, o
cualquiera de las escenas centrales, como si fuera una novela de Cortázar.
El arranque con las imágenes de unas obras públicas lo explica
el propio director entre susurros y más adelante en boca de sus personajes (en
la secuencia donde las dos amigas se prostituyen debaten acerca del significado
de los elementos urbanos con respecto al observador que se relaciona con ellos).
A continuación, en la segunda parte de la secuencia,
Juliette entra en un bar. Mientras camina habla para sí misma, y para nosotros,
(dice que se considera indiferente ante la vida). Su discurso se confunde entre
la realidad de la propia actriz y la ficción del personaje, ya sea en su relación con los demás o en pensamientos
en alto. No sabemos a qué atenernos.
Sigue una parte más o menos normal: ella se sienta, saluda a
su amiga e intercambian algunas palabras; luego, la cámara la acompaña cuando
va a por tabaco. El espectador digamos que se “acomoda” con una escena que se desarrolla
en condiciones habituales de narración. Es un espejismo. La cámara abandona a
la actriz para pararse en una cliente de la barra. Godard quiebra por completo
la narrativa cuando el personaje/actriz se vuelve hacia la cámara para
contarnos su vida (¿la del personaje?, ¿la de la actriz?) que nada tiene que
ver con Juliette, cuya voz en off oímos mientras pide el tabaco.
Se trata de que el espectador sienta que las imágenes son un
artificio y reflexione sobre las ideas que aquí y allá va soltando el director.
De nuevo el discurso bretchiano llevado a sus límites más extremos. La rotura
de la narración no es gratuita, ahora hay que estar atentos.
En la última parte de la secuencia el realizador inserta un
diálogo sin aparente importancia: vemos con dificultad a Juliette en contraluz —Godard
insinúa que el personaje no es esencial, que cualquier cosa puede pasar, o no
puede pasar nada…—, mientras Juliette se acerca a la maquina de música, se
habla en off de los zapatos americanos, de que sirven para aplastar vietnamitas
y sudamericanos; después Juliette habla con una pareja de las relaciones fallidas
y de la guerra, todo como quien comenta la predicción meteorológica. Godard se
sale con la suya.
Si hay un director francés que utiliza el cine para provocar
a la burguesía de su país este es Bertrand Blier. Hijo del actor Bernard Blier,
con el que no hay que confundir, se inició en el cine con el documental y destacó como realizador de éxito con la
singular Los rompepelotas (Les valseuses, 1974), obra iconoclasta y descarada que le guiaría en su carrera
posterior hasta el día de hoy.
En la misma línea desafiante contra la moral conservadora, y
con el mismo actor protagonista (Gerard Depardieu), Blier rodó en los años
ochenta una serie de éxitos entre los que destacan las dos películas que hoy
reseñamos.
Tenue de soirée es una comedia muy cercana a Los rompepelotas, en cuanto trata de un trío (dos hombres y una mujer) que se
dedican al robo tan sólo por ir en contra del sistema establecido. La
diferencia entre los dos filmes es la perversión sexual que padecen los protagonistas
de Tenue…
debido a las relaciones bisexuales que se establecen entre ellos: mientras
Antoine (Michel Blanc) no puede dejar de amar a su mujer Monique (Miou-Miou),
ella se siente atraída por Bob (Gerard Depardieu), que a su vez intenta seducir
a Antoine. El conflicto plantea situaciones cómicas, pero también dramáticas
hasta el punto de llevar a los personajes a prostituirse con tal de no cejar en
su intento de normalizar una situación que es imposible de manejar.
Con un guión en ningún caso políticamente correcto, que
seguro hará sonrojar a más de un espectador —hoy el efecto es menor aunque se
adivina lo que supuso en su día—, Blier parece querer dar un golpe en la mesa que
haga saltar todo tipo de prejuicios, en especial el sexual, para finalmente salirse
con la suya.
Demasiado bella para ti(Trop belle pour toi, 1989)
A finales de los ochenta el cine de Blier se vuelve algo
menos retador (sólo un poco), y también más serio con este estupendo melodrama
que, de todas formas, sigue rozando el surrealismo, de nuevo con Gerard
Depardieu al frente del reparto.
El argumento es otra vez osado: el director de una empresa
de automoción (Gerard Depardieu), casado y con dos hijos, se lía con su
secretaria. Hasta ahí nada nuevo, un triángulo amoroso con sus conflictos,
separaciones y reconciliaciones que no aporta originalidad si exceptuamos un
detalle: la mujer del empresario no puede ser más bella y joven (la
espectacular Carole Bouquet), mientras que la amante es bastante mayor, gorda y
fea (Josiane Balasko).
Una ocasión más para que Blier reparta polémica para todos
los lados: los prejuicios sociales, el tema de la mujer objeto, el rechazo a la
fealdad sin tener en cuenta a la persona, etc. No obstante, la trama parece ir en
el sentido correcto cuando el marido se enfrenta a su mujer y reconoce que se
ha enamorado de otra persona, y esta vez no ha sido por su físico como la
propia esposa podrá comprobar.
Claro que Blier no se conforma con la moralina fácil: pronto
la nueva pareja se tambalea cuando el personaje interpretado por Depardieu
comienza a aburrirse y a darse cuenta que sólo le atraía el sexo. Enseguida la
vergüenza por salir con una mujer poco agraciada y de una clase social baja saldrá
a la luz y todo se vendrá abajo. Es decir, la realidad finalmente se impone a una situación a todas
luces anómala. Eso sí, cuando el empresario quiera volver con su esposa “modelo” ya las
cosas no serán igual…
Después de la simpática Irratonial
Man (2015), Woody
Allen recupera la nostalgia por tiempos pasados, que se nos antoja fueron mejores para él, con una agradable película de guión especular:
Café Society se podría encuadrar en la serie de filmes a los
que últimamente nos tiene acostumbrados el director neoyorquino donde la melancolía predomina sobre una trama melodramática con ligeros toques
de humor. Desde Midnight in Paris (2011), paradigma de este tipo de
largometrajes —el mejor de todos ellos—, Woody Allen alterna su particular visión
del mundo soñado (vivido en su infancia y juventud) con historias más o menos
acertadas del mundo actual. Se trata de una especie de actualización de sus películas
“turísticas” (Roma, París, Barcelona, etc.) donde la forma parece haberse
impuesto definitivamente sobre el fondo.
Algo que se puede apreciar en Café Society gracias al notable
esfuerzo fotográfico de Vittorio Storaro (Apocalipsis Now, El último
emperador,…), operador a las órdenes de Allen también contratado para
su siguiente película. Storaro acude a los clásicos para resolver algunos
planos con maestría: así, utiliza sólo las luces de las velas en el interior,
como hiciera Kubrick en Barry Lyndon, o encuadra una
secuencia de amor entre los límites de una cueva imitando al mejor John Ford. El
director de fotografía alterna los tonos cromáticos con clara intención dramática
y gestiona admirablemente el formato scope,
para que Woody Allen se luzca en su primera incursión con el video digital.
Con la belleza de las imágenes como principal herramienta,
Allen presenta al Hollywood de los años treinta en todo su esplendor. Por
supuesto no abandona su discurso acerca del sexo, la muerte o la religión (se
ensaña especialmente con su comunidad judía); ni tampoco prescinde de su
personaje preferido, el atolondrado héroe que Woody solía interpretar aquí adjudicado
a Jesse Eisenberg. El joven protagonista es de los destacados del casting, y por momentos se parece al
propio Woody en la primera mitad, y a Joseph Cotten en la segunda cuando camina
maravillosamente inseguro por un plató que se asemeja al de Gilda.
Mientras secuencias de la Warner o la Metro de los
años dorados de la industria americana salpican el metraje de clasicismo, Allen
se mueve por un trama muy afín a aquellas donde triunfaban Barbara Stanwyck o
Jean Harlow (las dos aparecen en pantalla). Además lo hace utilizando insertos
de lo que parece un filme de gangsters
con final a lo James Cagney, todo con una intención entre satírica, desmitificadora
y melancólica muy agradable a la vista del espectador.
Así, entre notas de Jazz, celuloide con sabor clásico,
pequeños toques de humor y muy buena fotografía discurre esta nueva propuesta
de un director que agradecemos siga dirigiendo películas.
Con motivo del parón acostumbrado por las vacaciones estivales, y como norma casi obligada en este portal, os dejo hasta la vuelta con una secuencia de la mejor película jamás filmada.Se trata de una escena del primer tercio del filme, cuando Ethan y Martin descubren la matanza de su familia a manos de los indios.
El ritmo de la secuencia es made in John Ford, excepcional. Los contrapicados en el Monument Valley, con cielos nublados tan afines al maestro, no presagian nada bueno. Todo se acelera hasta que descubren las llamas y el rancho destrozado.
A destacar uno de los últimos encuadres, cuando Ethan atraviesa de nuevo la puerta (igual que en el arranque de la película y en el final). En dicha escena se escucha la música de Max Steiner que acompaña a John Wayne cuando descubre el cadáver de Martha, su amada. Ford utiliza el encuadre que hará famosa a la película como si fuera el leitmotiv de una pieza musical, de una ópera, de una obra magna como de hecho es Centauros del desierto.
Lo dicho, a descansar y nos vemos a la vuelta.
Un abrazo.
Recuperamos nuestra sección gastronómica con una película
que no podía faltar en cualquier menú cinéfilo que se precie.
Ganadora de un Óscar al mejor largometraje extranjero —el
primero que se llevó Dinamarca, allá por el año 1988—, se trata de una brillante
cinta de época que adapta la novela de Karen Blixen, la autora
del libro que dio origen a Memorias de África, mas conocida por su pseudónimo literario: Isak Dinesen.
Narrada en un largo flash-back,
la acción se sitúa en una tranquila aldea de la península de Jutlandia donde se
refugian, en algún momento de sus vidas, los diferentes personajes que van a
configurar este drama decimonónico, esta historia de religiones intolerantes, de
oportunidades perdidas y de falsos orgullos. Todos ellos superados por el placer
de una buena comida.
La estructura del filme descansa en dos puntos de inflexión: En el primero, una reputada cocinera (Babette) es la última en llegar al
pueblo; recomendada por un músico, su tarea será servir en la vivienda de dos
hermanas luteranas. A medida que los años pasan, las relaciones entre los
vecinos de la aldea se van agriando. Es entonces cuando, gracias a un golpe de
fortuna (el segundo de los puntos de giro), Babette recibe una gran cantidad de dinero que gasta en una fabulosa
cena en agradecimiento al trato recibido. Este acontecimiento provoca la
preocupación de los ciudadanos temerosos de Dios. El conflicto, por tanto,
lejos de resolverse parece empeorar; el suspense, como la cena, está servido…
Con la musa de Claude Chabrol (Stephane Audran) al frente
del reparto (ideal para cualquier papel de mujer enigmática), el filme es una
delicia para la vista –y para el gusto, en este caso virtual-. Desde luego no
hay que perderse la famosa secuencia de la cena que dura casi media hora; tanto
los preparativos como la degustación no tienen desperdicio y ocupan con justicia uno de los primeros puestos dentro de las secuencias gastronómicas de la historia del cine.
Y ahora las tapas:
El Espigón (Calle Bogotá,
1, Sevilla)
En el barrio del Porvenir, muy
cerca de casa, existe un bar-restaurante que para muchos es el mejor de la
ciudad —suerte que tenemos los que vivimos a su vera—. No es de extrañar su
fama cuando el pescado, los mariscos y el jamón que el mesón gestiona son
insuperables a este lado del Guadalquivir.
Si de tapas se trata, lo del
Espigón es de altura. Para los asiduos lo mejor es apalancarse en la barra y
dejar las mesas para las comidas de empresas, las bodas y los bautizos. En
primer lugar porque sale muy bien de precio, y en segundo porque podrás hablar
con Carmelo, verás como se corta de verdad un jamón y tendrás vistas a los
manjares que salen de la cocina.
Tampoco es mala cosa hacerse con
una mesa de la terraza si el calor aprieta. Una cerveza bien fría o un Marqués de Villalua helado es lo que se
recomienda para acompañar lo que viene.
Para comer está muy claro: los calamares fritos, los taquitos de pescado (bacalao,
merluza, mero,… lo que quieras), los
boquerones (nadie los iguala), el
pulpo, el salpicón… y el jamón, ¡ay el jamón!
Vacaciones en Roma(Roman Holiday de William Wyler, 1953). Autrey Hepburn, Gregory Peck, Eddie
Albert. (Paramount Channel, martes
21 de junio a las 02:00).
Cuento de Cenicienta al que Dalton Trumbo le da la vuelta
para convertirlo en la historia de una princesa que se despierta en casa de un
periodista, y que decide tomarse el día libre para descubrir Roma como una
turista anónima más. El guión fue merecedor del Óscar, pero el escritor no pudo
recogerlo al estar perseguido por el comité de asuntos antinorteamericanos,
razón por la que su nombre no aparece en los créditos.
El caso es que Roman Holiday es una deliciosa
comedia que supuso un gran cambio en las vidas de aquellos que la realizaron.
Por un lado, William Wyler se aleja momentáneamente del drama, y de Estados
Unidos, para rodar en Roma- dicen que también para poner distancia entre él y
el comité de McCarthy… Seguir leyendo
No es país para viejos
(No Country for Old Men de los
hermanos Coen, 2007). Javier
Bardem, Tommy Lee Jones, Josh Brolin, Woody Harrelson. (Paramount Channel, miércoles 22 a las 22:37).
Que por una entrada de cine puedas ver dos películas no
tiene que ser siempre necesariamente bueno. Con No Country for Old Men no
lo ha sido. La sensación de haber visto dos filmes –uno bueno; el otro no-
compite con esa otra de haber presenciado un intento loable, pero fallido, de
originalidad
Y es que la cinta de los Coen comienza de forma brillante. Arranca
como deben arrancar las obras importantes: con imágenes de ese país no apto
para las personas –no sólo para las mayores-. Un descubrimiento da pie para que
se desarrolle una acción más que correcta. La trama recuerda aquella excelente
historia de Sam Raimi: Un Plan Sencillo (A Simple Plan, 1998); allí unos cuervos,
tan negros como la cinta, contrastaban sobre la blanca nieve para no presagiar
nada bueno. Aquí, la presentación del personaje principal (Bardem); el propio
paisaje; la banda sonora, repleta de silencios, sólo rotos por el sonido del
viento; o una amenazante nube, un cúmulo nimbo que nos avisa de lo que se
avecina; todo ello nos sujeta firmemente a la butaca y nos dice que algo va a
suceder; y no va a ser un cuento de hadas... Seguir leyendo.
El pasado 6 de abril salió al mercado la
célebre película de Frank Capra, Sucedió una noche. En formato blu-ray y con Sony Pictures detrás de la distribución, la cinta de Capra ha vuelto a
los hogares recién pintada y lavada para disfrute de cinéfilos de todo el
mundo.
El
filme escrito por Robert Riskin es una delicia que consiguió por primera vez en
la historia de Hollywood el “gran slam”, o lo que es lo mismo ganar los cincos
Óscar más prestigiosos (mejor película, director, guión, actor y actriz). Con Sucedió
una noche se pusieron de moda las road
movies, o cintas de itinerario, en este caso con la conocida estructura de chica conoce
a chico, se pelean, y en el último momento ella no se casa con el otro. Pero, lo más
importante, con el largometraje de Capra se inventó un género nuevo: el de la "Screwball Comedy".
La comedia
“alocada”, como se conoció en España, se caracterizaba por diálogos punzantes
que presidían situaciones absurdas donde el ritmo era endiabladamente rápido.
El nombre viene de una jugada de béisbol donde el pitcher lanza la pelota para que gire en el sentido contrario a las
agujas del reloj. Un lanzamiento especialmente propenso a las lesiones de codo.
En la screwball comedy se
especializaron la Paramount y la Columbia. Nació en la primera mitad de los
años treinta y se extendió hasta la siguiente década para dar obras tan
importantes como La Fiera de mi niña,
La Pícara puritana eHistorias de Filadelfia. Entre Riskin y Capra (para algunos más mérito
del primero que del segundo) estaban dándole la vuelta a la comedia que no había parado de
evolucionar desde el fin de las películas mudas: los diálogos eran ahora el
centro de las talkies y daban sentido a la revolución tecnológica del sonido.
Los actores de Sucedió una noche son además los
ideales para la cinta. El casting
encaja tan bien en el largometraje que parece que estuviera escrito para la
pareja de estrellas (cosa que no es cierta): Gable es coronado como el
"rey" a partir de esta película, de hecho, así le
llaman sus amigotes periodistas en el arranque de la película. Un rey muy particular que recuerda a Bugs Bunny —dicen que el “conejo de la
suerte” nació del rol que interpreta Gable—. Mientras Gable ingiere zanahorias
y presume de autoestopista, Claudette Colbert no puede estar más encantadora;
no es de extrañar que todos se enamoren de ella.
En el filme no falta la temática social del
acercamiento de clases, una de las obsesiones particulares del cine de Capra y
asunto central de un gran número de películas del director: Dama por un díay su remake, Estrictamente confidencial y suremake,
El secreto de vivir, Vive como quieras, Juan Nadie, etc. Con cierta crítica al materialismo,
todo en esta película es un cuento simpático que nada o poco tiene que ver con la
realidad, pero que encanta al espectador. Llena de momentos inolvidables, como
la "Muralla de Jericó"; las lecciones de autostop o de cómo se ha de
comer un Donuts; la escena del paso
del río, con esas aguas brillando a la luz de la luna; todo es sencillamente
genial y no pierde nada con el paso de los años. Contenidos del blu-ray: - Tráiler de cine. - Audio adicional: emisión radiofónica de Clark Gable y Claudette Colbert. - Cortometraje: Frank Capra Jr. recuerda... "Sucedió una noche". - Publicidad original: posters y postales. - Filmografías de Frank Capra (Director), Clark Gable y Claudette Colbert.
Con la cadencia acostumbrada de dos años entre novelas, tengo el orgullo de presentaros mi tercer libro de ficción que acaba de salir al mercado publicado por Ediciones Alféizar:
Planteada en un principio como parte de un libro de cuatro
novelas cortas, una por cada estación del año, “El suave roce de tu pelo” es un
relato que me salió más largo de lo previsto (ya saben eso de que los libros,
por mucho que queramos controlarlos mientras los escribimos, al final van a su aire),
de ahí que decidiera desligarlo de sus tres compañeros y optase por presentarlo
a un concurso de novela mientras buscaba editor.
Con grata sorpresa por mi parte, la novela quedó finalista
del Primer Certamen de Novela “Alféizar” donde se presentaron más de 200 obras.
A pesar de no ganar el concurso, la editorial me ofreció firmar un contrato
para publicar la historia, a lo cual accedí con gusto.
La novela hace una semana que puede adquirirse desde la
página web de la editorial ALFÉIZAR, y desde AMAZON.
Si queréis leer las primeras páginas, podéis hacerlo
entrando en Amazony pinchando en el enlace “Echa un vistazo” ( "Look Inside") que se encuentra en la parte superior de la
imagen del libro.
Pues nada más, espero que os guste.
SINOPSIS:
“Sevilla, años ochenta, un crimen sin resolver… ¿o dos?”
Jesús Rosique es un
inspector de policía jubilado que recurre a un caso antiguo para dar una
conferencia en la Academia de Policía. Su mujer, que no se resiste a leer las
notas que ha preparado Rosique, pronto comprobará que no se trata de un caso
cualquiera, sino de aquél que cambió completamente la vida de ambos.
El suave roce de
tu pelo es
un viaje al pasado donde las pulsiones sexuales se mezclan con el crimen, la
intriga y el suspense, y donde antiguas deudas darán sentido a un presente
totalmente inesperado.